06.07.2017

Antonio Orejudo: “Los libros y las personas sin sentido del humor son horribles”

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El escritor Antonio Orejudo. Foto: Iván Giménez.

El escritor Antonio Orejudo. Foto: Iván Giménez.

Conversando con Antonio Orejudo (Madrid, 1963) se aprenden muchas cosas. Por ejemplo que “holgar” viene del latín tardío follicāre que significa “soplar” o “respirar”, lo que sin duda ennoblece palabras como “holgazán”, “huelga” e incluso “follar”, en alegre secuencia semántica. Y leyendo su última novela, publicada en abril, ‘Los Cinco y yo’ (Tusquets), nos damos cuenta de que no sólo rinde un homenaje muy poco al uso de la literatura popular de Enid Blyton, aquella que leyó cuando de niño leer era mucho más que leer, sino que, como dijo Cervantes, “horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse”.

Por JIMENA LARROQUE

Pero estamos siempre en un clima ambivalente ya que nos sitúa en un lugar de diversión que por momentos se vuelve algo inconfortable, como si nos dejara con las defensas bajas para perturbarnos mejor. Como buen narrador consigue poner en escena historias que remiten a otras historias dando lugar a una prosa fértil, a la vez que denuncia sin dulzura las jerarquías políticas y culturales, la solemnidad risible y el caos de la realidad. Todo ello desde un yo múltiple, verdadero o ficticio, aunque probablemente sincero: “He perdido la capacidad de distinguir cuándo estoy fingiendo y cuándo estoy comportándome tal cual, signifique lo que signifique eso”.

Alguna vez dijo que si no hay nada que decir, mejor no escribir. Han pasado seis años desde la anterior novela, ‘Un momento de descanso ‘(Tusquets), ¿cómo vuelve a surgir el deseo de escribir? ¿Qué tenía que decir de nuevo?

En mis novelas suelo ser un poco insidioso y me gusta dar pellizcos de monja a la generación que me precede en la nalga de sus preferencias literarias; a la institución literaria, al compromiso político, a la universidad. Ahora me apetecía ponerme a mí mismo, o a alguien que se parece mucho a mí, en el punto de mira. Me apetecía escribir contra mí mismo.

Aunque tratemos de ser buenos lectores distinguiendo las categorías de autor y narrador, nos cuesta mucho no solaparlas. Dan ganas de creerse todo lo que nos cuenta y dejarse llevar por la confusión de identidades. ¿Nos puede decir algo de esta técnica de fingimiento?

Todas mis novelas son eso que antes se llamaba novelas autobiográficas. En otras, los materiales de mi propia vida se difuminaban con el uso de la tercera persona. En Un momento de descanso y en Los Cinco y yo, los niveles de autobiografismo, por decirlo así, no son mayores, aunque lo parecen por el uso de la primera persona. Pero este tipo de curiosidades sobre las coincidencias entre el autor y el narrador suelen tenerlas quienes conocen al autor. Imaginemos que esta novela sigue leyéndose dentro de cinco siglos. En ese momento nadie preguntará por la biografía del autor. Se leerá como lo que es: el texto autónomo de un yo construido a base de palabras.

Sobre la fotografía de la portada del libro, ¿se acuerda de quién la hizo, de aquel día sobre el tobogán, de aquellos cinco chicos a sus espaldas?

Nos la debió de hacer otro compañero de clase. Disfrutábamos de nuestro primer viaje de cole sin padres.

Decía Philip Roth que el escritor es un terrorista en la medida en que publicar una novela es como una detonación que estalla en el ámbito familiar. ¿Qué es la familia, vector de amor o más bien de neurosis?

La familia es un grupo de personas que viven juntas y se ocultan cosas. Si no fuera una idiotez, diría que estoy en contra de la herencia. De todas las herencias, incluida la que se firma ante notario. Pero sobre todo de la que se recibe a través de los genes y la que se contagia durante la convivencia. Le decía antes que casi todas mis novelas son autobiográficas en mayor o menor medida. En ese sentido, cada una de ellas supone una revelación, el desvelo de un secreto, o de varios, que uno ha escondido a la familia. Sí, algunas veces esos secretos son como una detonación. Me gusta la idea del escritor terrorista: alguien peligroso que va a hacernos o decirnos cosas que no nos gustan.

El narrador, Toni, menciona el “disfrute animal” que experimentó con la lectura de ‘Los Cinco y el tesoro de la isla’ y califica su experiencia de lectura “preliteraria”. ¿Llega un momento en que “lo literario” puede estragar?

No es que estrague, es que se desactiva. El placer que he sentido luego con los libros, en mi fase literaria, es un placer diferente, más intelectual, no menos intenso, pero sí percibido con otros órganos.

Toni es un profesor de literatura y un escritor que muchas veces no lleva a cabo sus proyectos literarios. También dice “soy feliz, y no necesito literatura. Si acaso, a veces, entretenimiento. Solo algunas novelas policiacas consiguen mantenerme concentrado en la lectura, sin consultar el móvil a cada rato”. ¿Son la intermitencia y la falta de concentración síntomas de nuestra época? ¿La literatura ya no nos hace ni más libres ni más felices?

Es más un síntoma de mi generación. Me parece que hemos sido un poco perezosos y acomodaticios. Debe de ser que somos la primera (y casi la única) que se crió en las mieles del estado del bienestar, y nos hemos acostumbrado a no meter ruido. Pero de todas formas, la literatura no tiene por qué hacer feliz a nadie. Si lo hace, estupendo. Pero no es su función. A mí personalmente no me gustan los libros que me hacen feliz. De hecho, salvo los de Los Cinco no recuerdo que ningún libro me haya hecho feliz. Me han hecho pensar, me han incomodado, me han provocado, me han mostrado que las cosas son de otro modo, me han enseñado a pensar y en ese sentido me hacen más libre, sí… Pero feliz… Yo soy feliz tomando vino con amigos. Es más, creo que sucede todo lo contrario: la literatura nos hace infelices porque los lectores nos acostumbramos a los argumentos, a los finales cerrados, a los sentimientos sublimes… Y luego, cuando cerramos el libro, nos damos cuenta de que nada de eso existe de verdad.

La infancia es un cheque en blanco y la edad adulta la recensión del debe y del haber. Dice que “hay en el ambiente una sensación general de fraude, como de haber sido engañados en todos los ámbitos de la vida”. ¿Tiene algo esta novela de ajuste de cuentas pasados los 50 años? ¿Desde el resentimiento o el afán de justicia? ¿Desde la necesidad de comprender o desde cierta coña marinera?

No, no es un ajuste de cuentas. Es una reflexión desapasionada y sin contemplaciones nostálgicas de lo que mi generación ha significado en la España de los últimos 40 años. Se lo he dicho antes. Es otro pellizco de monja, esta vez a mí mismo.

Entre la llamada “autoficción”, la novela de aprendizaje, de aventuras, la ciencia-ficción, la estructura de esta novela parece volatilizarse y ya no hay teorías ni andamios que la sujeten. Está planteada como una mezcla de géneros, anécdotas, ocurrencias, ansiedades y diversiones.

Exactamente. Usted la ha definido muy bien. Es un texto, es decir, un tejido, una materia textil confeccionada con hilos de primera calidad y de diferente procedencia, lo que le da a la tela un colorido alegre y una variedad que divierte. Y no se deshilacha. ¿De qué otra manera se puede escribir si no es mezclando?

Todas sus novelas se han destacado por el humor, ¿sigue buscando divertir al lector o ya no es un propósito tan deliberado?

No quiero que el lector se aburra y se duerma. Es cierto que un exceso de divertimento puede distraer. Pero el sopor distrae mucho más. Así que el primer mandamiento de mis particulares Tablas de la Ley Narrativa es tejer un texto de lectura placentera. No divertido ni humorístico necesariamente. Placentero. ¿Humor en la literatura? ¡Claro! ¡Y en la vida! ¿O no son horribles las personas sin sentido del humor? Pues lo mismo sirve para los libros. Y sobre todo: no tomarse muy en serio. Pero mis novelas resisten una inspección hermenéutica. Sí, se pueden interpretar, tienen pasadizos subterráneos como los de Los Cinco. Y lo que dicen por debajo de lo que dicen es a veces un poco insidioso, sí.

Parece ser que Faulkner y Joyce no le dicen mucho, pero sí Cervantes y Rabelais. ¿Por qué?

Porque ha pasado el tiempo de los textos difíciles. La democracia y sus degeneraciones lo impregnan todo. Corren malos tiempos para las élites. Faulkner y Joyce escriben para la élite, escriben para escritores o para lectores con alma de escritores. Cervantes y Rabelais, no.

Las trayectorias vitales de ‘Los Cinco y yo’ están teñidas de desengaño y de cinismo, como si un desquiciamiento generalizado lo impregnara todo. ¿Dejarlo por escrito es su manera de ser transgresor, o tan solo un poco gamberro?

Niego la mayor. El libro no es pesimista. Hay desengaño, hay cinismo, pero también hay un homenaje o un canto o una reivindicación o un reflejo de la amistad. No todo es malo en el mundo. Pero sí es cierto que no tengo una idea muy elevada del papel que he desempeñado en el mundo. Ni yo ni la generación a la que pertenezco. Al menos, en lo que a mi clase social se refiere.

Piensa el narrador, reflexionando al hilo de la Transición española, que “nos hemos quedado un poco a la mitad de todo, en tierra de nadie”. ¿Está cada generación abocada a “matar al padre”? ¿Es irremediable la violencia frente a los hermanos mayores para existir?

Ese juicio no es sobre la Transición, sino sobre mi propia generación. Sí, creo que es obligación de cada generación enfrentarse a sus mayores (que no necesariamente tiene por qué ser la generación biológica anterior) y disputarle sus valores, sus juicios, sus prejuicios y su poder. La violencia tiene muy mala prensa. Aun así, creo que es más saludable entender la cultura como un campo de batalla más que como una balsa de aceite en la que cabemos todos. Leer a los clásicos de otra manera o leer a otros clásicos es, en el terreno de la literatura, una obligación de cada generación. Y este es un acto que contiene cierta violencia: se derriba lo construido y se erige algo nuevo.

Otra cita de su novela: “El abandono de la lectura —de la lectura de los clásicos, de los libros que hay que leer— tiene algo de revuelta popular contra esa imposición”. ¿Pensar que el “no leer” es una reacción política, una expresión de la “lucha de clases”, no es atribuir a los “no lectores” una reflexión que en el fondo no se hacen?

Yo no atribuyo a los “no lectores” una reflexión. El que reflexiona soy yo. Ellos más bien reaccionan. Y es esa reacción la que yo interpreto en mi reflexión como una rebelión. Y lo es: una rebelión contra las élites, sean estas políticas o culturales. Es un proceso largo, que ya percibió Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, un libro muy actual que explica por qué Trump ha llegado a ser presidente de los Estados Unidos.

¿Qué otros lenguajes políticos puede emplear la juventud, qué manifestaciones artísticas?

Todos los lenguajes son políticos. Estoy poco informado sobre lo que hace la juventud. Pero no creo que haya mucho donde elegir: o eligen un lenguaje visual, sonoro o verbal. En el caso de los escultores, también táctil. En general, me parece que cada vez menos jóvenes eligen el verbal, que era el mayoritario cuando yo era joven. ¿La razón? Una cierta pereza, fomentada por la decadencia de la instrucción primaria, y una abaratamiento de los chismes digitales.

¿Cómo ve la situación actual de España? ¿Alguna vez saldremos del patio de Monipodio?

Me alegra que mencione el patio de Monipodio. Acabo de dar a leer a mis estudiantes Rinconete y Cortadillo, con instrucciones de que presten especial atención al episodio de Monipodio que todavía hoy sigue explicando cómo funciona España. ¿Saldremos? Nunca se sabe. Pero llevamos así más de 500 años. Llevará su tiempo.

¿Cuál es la relación que mantienen el autor, el mercado del libro y el marketing en las redes sociales? ¿Qué exigencias nuevas debe cumplir el autor, tiene que estar más disponible que antes, ser más visible? En definitiva, ¿es hoy tan importante saber escribir como saber venderse?

Lo de vender el libro además de escribirlo es un proceso que empezó a finales del XIX, cuando los editores pedían a sus autores que escribieran en prensa para ser más conocidos y poder vender más. Más que vender lo que hacemos los autores en la promoción es anunciarlo. En esta algarabía digital hay que pregonar la mercancía y encarecer el género. Vender es otra historia. No hay estrategia de marketing que supere el boca a boca.

Aunque centra su acción en el marco contemporáneo, su literatura rezuma el desengaño barroco, como hemos dicho, pero también el espíritu medieval, como cuando dice “no nos abandona nunca el pensamiento mágico de la Edad Media”. ¿Para cuándo el humanismo del Renacimiento? ¿Qué pensarán de nosotros en el siglo XXII?

El desengaño es un tema importante en mis libros, pero se trata de un desengaño alegre y no lúgubre. En ese sentido, mi literatura pertenecería a una especie de barroco renacentista. Lo que piensen de nosotros en el siglo XXII no procederá del examen de la literatura, sino de las redes sociales. ¡Me habría encantado que existiera YouTube o Facebook en el Siglo de Oro!

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Sobre el autor

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Buensalvaje es una revista cultural de ideas feroces y formas exquisitas, de ahí que algunos prefieran llamarnos Bonsauvage. Dirigida por David Villanueva y Manuel Guedán -de la editorial Demipage- cuenta además con una manada de firmas: Alberto Olmos, Juan Gracia Armendáriz, Richard Parra, Lina Meruane, Joan Losa, Mónica Ríos, Fernando Valls, Sergio C. Fanjul, Javier Moreno, Andrea Morán, Guillermo Aguirre, Ana March, Víctor Balcells, Mireia Pérez, Antonio M. Arenas, Mateo de Paz, Rafa Ruiz, Carlos Yushimito, Jean-François Martin, François, Matton, Ana Esteban, Esther García Llovet, Azahara Alonso, Javier Sáiz, Sarah Bienzobas, Ana Blé, Ana Esteban, Ignacio Trillo Imbernón, Carlos Pott, los miembros de Estado Crítico, Pepe Prieto (Hotel Arizona Radio Enlace) y María Carbonell y Susana Godoy (Alquimia Sonora). La edición en papel se distribuye bimestralmente en librerías de toda España. La cabecera Buensalvaje, además, se publica en Perú, Colombia, México y Costa Rica.

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Un comentario

  • El 06.07.2017 , Pilar ha comentado:

    La casita cerca de la estación, la amable Sela, su banderín y el cucurucho de moras que me regalaba; la bellísima Ana Mari y su mirada de miel, la misma que percibo en tu fotografía. Forman parte de un paraíso de mi infancia, allá en un pueblecito de interior en el que el paso del tren suponía el único avance del siglo.
    Precioso hallazgo.
    Felicidades y gracias por esta lectura curiosa.

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