03.03.2015

ARCO: arte, ironías y malentendidos

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Obra de Jannis Kounellis en la feria ARCO.

Obra de Jannis Kounellis en la feria ARCO.

Un recorrido distinto de la mano del público por la última edición de ARCO, arte con todas sus contaminaciones, ironías y malentendidos, con su valor y sus talones de aquiles. Un inmenso mercado que este año tuvo como país invitado a Colombia y donde pudimos asistir a loables actos de valentía y también a procesos de reducir el arte contemporáneo a puro interiorismo.

Confieso que entré dispuesto a ser una esponja para no desistir en el intento de empaparme de arte contemporáneo a lo largo y ancho de esos dos inmensos pabellones a los que nos tiene acostumbrados ARCO. Quise comportarme con el optimismo de un Rey Lear cualquiera, ávido de euforia antes de cruzar las puertas del drama. Ciertamente, era difícil adoptar un papel de Shakespeare, pero eso ya lo sabía. Con un clima oxigenado y a priori libre de intrusos, el diálogo dio la bienvenida al pase profesional donde la predisposición de los artistas, solícitos a atender cualquier interrogante que surgiera sin pensar en las ventas, fue lo más reseñable de sus primeras páginas. Pronto empezaron a sonar las campanas. Mientras los galeristas se encargaban de clasificar, administrar y estrechar las manos de sus huéspedes, otros desayunaban vorazmente gracias al generoso servicio de catering, un espectáculo pornográfico al que lamentablemente no pude sumarme. También mucho coleccionista y mucho trepa, como siempre, unos con las antenas bien calibradas y otros con el horrible (des)propósito de convertir el arte contemporáneo en un proceso de interiorismo. Así que después de otear rápidamente las zonas, el montaje, los stands, los pasadizos y los espacios prohibidos –“¿Es usted VIP?”– decidí analizar materialmente el concepto ferial de este año. Es sabido que en eventos de este alcance no hay un sólo centímetro cuadrado que no sea susceptible de comercializarse. Estaba intrigado, porque sabiendo que el rincón de aquí o allá podía convertirse en una oportunidad de negocio, las ocurrencias habrían podido ser disparatadas. No cayó esa breva. Hay que decir que no había nada alarmante, si bien las zonas expresamente reservadas para editoriales y publicaciones sufrían de cierta desgana que, traducida en cristiano, estaba basada en una mala disposición de espacios, alejados entre sí de la vanguardia artística, sin codearse con el aliado, que lo miraba en la distancia sin oportunidad de contaminarse, de enriquecerse.

El caso es que viendo que los medios siempre terminan volcándose sobre el enemigo haciendo campaña en términos de populismo, llevé a cabo un sondeo distinto al de todos los años y hablé con unos protagonistas muy especiales. Protagonistas a los que se les ha tenido vetada la entrada durante tres días, ¿tal vez porque no compran o no pueden comprar?, pero capaces sin embargo de asediar Ifema en masa cual Palacio de Xanadú en el siglo XXI –que lo hay, por cierto– y de aportar su granito de arena al reverdecimiento del arte contemporáneo. Me refiero al público.

Paco está esperando junto a las fotografías majestuosas de Cándida Höfer en la Galería Helga de Alvear. Es de Barcelona, ha venido con su pareja y me dice que se marchan el domingo. Han aprovechado el fin de semana para visitar ARCO, pero también otras ferias, ArtMadrid y JustMad. Alejandro y Sheila vienen desde de La Rioja, pero sólo harán un alto en el camino para esta cita, la más famosa de Madrid. José, sin embargo, viene de Torrejón y no tiene necesidad de invertir todo el fin de semana para echar un vistazo rápido por los pasillos de Ifema el viernes por la mañana. Coinciden en que ARCO es una oportunidad de primer orden para ver galerías que en ningún otro momento verían con esta facilidad, pero lejos de la aparente comodidad se esconde el verdadero escollo para todos ellos: el coste de la entrada.

En la galería ADN, al lado de dos paneles de Carlos Aires, encuentro a Hugo y Jimena, estudiantes de Salamanca. Quieren saber qué están haciendo los grandes (artistas, nombres, protagonistas) para inspirarse y recavar ideas. Han pagado una entrada reducida, lo cual no supone un precio excesivamente elevado aunque, al igual que Prishka y Adriana, que vienen de visita con un instituto de Aranjuez, pagar una entrada completa por la friolera de 40 euros supondría un lujo que no pueden permitirse. Aún así, se muestran optimistas y consideran recomendable desplazarse a Madrid. Que todo sea por turismo. Además el viernes es día de visitas y uno puede notar la cantidad de grupos dispersos de Secundaria guiados por comisarios y agentes relacionados con el mundo del arte, encargados estos de mostrarles las galerías y explicarles el funcionamiento de la gestión cultural.

Tino y Mariló son de Madrid, siempre cumplen con la cita y se muestran más ilusionados que muchos de esos jóvenes, son aficionados al arte y les gusta verlo. Disfrutan. Al igual que Arantza y Ramón, ellos del norte, de Bilbao. Sostienen que ARCO pocas veces los ha defraudado. Pero les pregunto por el precio de la entrada y de nuevo la cosa cambia. El fantasma de las grandes citas: las cotas de accesibilidad al arte contemporáneo son reducidas.

Más adelante, en una habitación oscura en la que adivino la presencia de un proyector, me seduce la soledad de la cámara y voy directo hacia ella. Se trata de la Galería Jocelyn Wolff de París, que expone una variante de la serie Lantern (2014), del artista portugués Francisco Tropa, basada en un mecanismo óptico de aumento que ofrece la visión del funcionamiento de un reloj que gira lentamente. Todas esas ruedecillas, vistas ahora desde otra perspectiva, parecen cobrar una cualidad poética sobre las que hasta el momento personalmente no había reparado, y, aunque me parece más una operación visual que plástica, la obra funciona. Al salir me topo de manera fortuita con el pintor Miguel Mejía y el poeta Eduardo González, dos miembros del Grupo Estación. Han venido desde Toledo para hacer balance de la feria. Aunque el año pasado salieron con un mal sabor de boca, parece que este año les está gustando. Buscan la reivindicación, la rebeldía, como así atestigua La decadencia del sistema (2013), uno de sus últimos proyectos presentado en el Centro Cultural San Marcos, pero echan en falta más mucosa, más radicalidad, más músculo. De hecho, Eduardo me cuenta que en pasadas ediciones tuvo problemas para introducir una vara de madera en la que había escrito una frase políticamente provocadora porque a los agentes de seguridad les parecía un arma blanca. Es la misma que ahora lleva encima, solo que todos los años la renueva con una frase distinta. En efecto, los agentes no estaban equivocados, se trata de un arma de la naturaleza en la que puede leerse: “Los pobres no compran arte”.

Luego asalté a Marisa, llegada directamente desde Vitoria, para que me dijera qué suponía para ella la feria, visitante de una docena de ediciones. No titubeó: “Es una feria de mercado”. La feria está demasiado politizada, codificada, dirigida. A pesar de todo y todavía, se ha publicitado –y por tanto se constituye– como un reclamo cultural ineludible del fin de semana. Es algo en lo que todos los asistentes, visitantes, usuarios o turistas coinciden. “Tampoco se le puede pedir más”, me decía Sonia, ingeniera de Burgos, que ha venido atraída por las galerías colombianas. “En Latinoamérica las propuestas son más sinceras y aquí no se ve prácticamente nada de sus trabajos, que se reducen únicamente a algunas capitales de provincia”. Latinoamérica y la sinceridad, la política autonómica: temas que abiertamente preferí eludir.

Obra de Rafael Díaz en la galería Álvaro Alcázar.

Obra de Rafael Díaz en la galería Álvaro Alcázar.

Aunque tal vez la voz más crítica la encontré en Jerónimo, un funcionario de Valladolid que acude solo todos los años: “Necesito respirar de manera autónoma cuando veo arte, dame aire y dime adiós”. Es aficionado, antaño hizo sus pinitos y ahora se dedica a pensar. Me dice que ha escrito ensayos, pero no me habla de ningún título. “ARCO está hecho para gente que vive de este mundo”. Y no termina aquí: “Vengo todos los años con la esperanza de que un día desaparezca, pero no el arte, que me encanta, sino todos sus secuaces. La gente que recomienda vivamente ARCO es gente que infla sus bolsillos en ARCO, ¿se puede usted creer?”. Los protagonistas tienen la voz.

También quise revisar la mirada de aquellas personas que, más allá de concebir la feria como una exposición, buscan en las galerías una posibilidad de compra. Son pocas pero existen, de eso estaba seguro, y mi empeño finalmente obtuvo sus frutos: Gerardo y Eiden, una pareja de Zaragoza, también aficionados a la escultura y “amantes de cuadros raros”. Cuando les pregunto el porqué, lo tienen tan claro como Marisa pero a la inversa. Ellos no quieren decorar su casa, tampoco alardean, ni tan siquiera invierten. Buscan piezas con las que sentirse identificados según su naturaleza. No se atreven a decirme qué piezas poseen, pero reconocen que ARCO “no deja muchas alternativas de compra, sí de venta”. ¿Hablamos de especulación? Parece que esquivan mi pregunta, pero “esperamos encontrar algo acorde a nuestros bolsillos”. En ese momento supe que debían ser anchos, pues uno no encuentra por aquí gangas de tres dígitos.

Sigo deambulando por los pasillos y aprovecho para acercarme a las mesas editoriales, las revistas, los libros. En uno de los pasadizos que conecta el pabellón 7 al 9, encuentro multitud de cosas interesantes, veo fotolibros, libros de artista, ensayos de arte y filosofía, pequeños panfletos de reivindicación social. Esto es la libertad, me digo. Pero todo se queda en una pompa de jabón cuando presiento que están desconectados de la realidad del gran escenario, o viceversa. Unos aquí, otros allí, y sin embargo sólo unos pocos tienen el privilegio de codearse entre instalaciones de Jannis Kounellis o desperdigados entre las marcas patrocinadas que ofrecen comida y bebida a un precio definitivamente marciano. Todo será cosa de la cuota que Ifema impone a sus expositores, aunque estoy convencido de que se podía haber hecho algo mejor. Que alguien me diga desde cuándo nos hemos dedicado a separar los libros del arte. Disgregación que amenaza la salud del conjunto, pero de acuerdo, reculemos. La compleja distribución espacial de ARCO obliga a optimizar el rendimiento de sus vías de acceso, qué voy a decir yo de planificación, pero echo en falta una mayor cercanía de la letra a la obra susceptible de dialogar, de mancharse. Las galerías suplen la distancia, traen consigo sus catálogos, cualquiera puede verlos pero rara vez uno se detiene; aquí es donde entra el espacio de la librería (véanse editoriales, revistas o publicaciones de distinta índole), que si por algo es valioso no es porque allí se vendan libros, sino porque el lugar en el que están se convierte automáticamente en un foco de reflexión. La letra se comporta del mismo modo, allí donde hay palabra hay idea, ¿por qué separarlo? Es sólo una incertidumbre conceptual, nada más lejos, nada tan cerca.

Con todo, después de haber hecho un rastreo más propio de sabuesos que de detectives, reconozco que predomina el valor museístico de la feria, un puntal indiscutible que todavía da pujantes beneficios. El público general ve en ARCO una macroexposición (mientras los estatutos de la feria no admiten ese formato sobre el papel); los coleccionistas, una oportunidad de mercado (a lo que está destinada la inversión). Mientras unos apelan al deleite, otros invocan las cuotas. El enfoque es completamente distinto y, aun así, creo que la feria ha estado bien repartida dentro de sus propias limitaciones, sin salvar, por supuesto, que el gigantismo siempre acarrea una serie de controversias que niegan la ecología y la sostenibilidad del arte contemporáneo.

La única lección que he extraído de todo esto es que si por algo los medios de comunicación somos capaces de catapultar estas ferias en base al éxito o al desacierto, a la ironía o al malentendido que provoca; si por algo es difícil encontrar consenso sobre su utilidad o, incluso, si por algo algunas plumas afamadas se han hecho eco del optimismo y otros no aciertan a dar crédito ante tal espanto, es porque seguimos llamándolo arte pero todavía no sabemos qué demonios significa.

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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2 comentarios

  • El 04.03.2015 , Paloma Ctrl ha comentado:

    Interesante. Comparto!

  • El 04.03.2015 , Nely García ha comentado:

    Visité hace algunos años la feria ARCO y me pareció semejante a los grandes Salones parisinos, con la diferencia de que en ella el negocio y la especulación, son predominantes. Pienso que siempre nos preocupan las mismas cosas, filosofía existencial, política social y la complejidad de los seres humanos con todo lo que les rodea. Lo que cambia es la forma de expresión que en el arte contemporáneo ocupa mucho espacio en algunos casos, y en otros las nuevas tecnologías, ofrecen visiones deslumbrantes. En la diversidad predominante cada visitante puede encontrar alguna finidad.

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