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Las películas negras de Charles Burnett

Por bonsauvage, el 8 de noviembre de 2016, en Cine

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Killer of sheep, Charles Burnett

Killer of sheep, Charles Burnett

Por Andrea Morán

 Andrea Morán escribe en la sección de cine de Buensalvaje sobre Charles Burnett, el realizador afroamericano considerado por el Chicago Tribune como uno de los mejores directores estadounidenses vivos.

¿Qué es una película negra? A mediados de los años setenta, cuando la revolución del flower power se instalaba a lo largo de Sunset Boulevard, Charles Burnett recibía sus primeras clases de cine en la Universidad de California. Junto a otros estudiantes afroamericanos que también se convertirían en directores (Haile Gerima, Julie Dash, Billy Woodberry), Burnett trataba de encontrar los requisitos que debía reunir una película negra para poder se considerada como tal. Sobra decir que el grupo, más tarde conocido como L.A. Rebellion, nunca alcanzó la definición, en parte porque fueron descubriendo excepciones que cuestionaban los cimientos de esa negritud perfeccionada. Por ejemplo, Nothing But a Man (1964) y The Quiet One (1948) eran filmes protagonizados por negros, sobre temática negra, pero rodados por blancos… ¿Había que expulsarlos de ese corpus ideal? “Nuestra obsesión por encontrar la película negra perfecta pudo hacer que pasásemos por alto grandes títulos”, admite ahora Burnett en una entrevista que forma parte del libro Un cineasta incómodo, editado por María Mínguez y Víctor Paz y publicado por Play-Doc Books y la asociación Shangrila Textos Aparte. “Lo único que sacamos en claro era que había que tomárselo en serio, aunque fuera una comedia. Debíamos rehuir los elementos típicos de una película sobre la explotación de los negros o una producción de Hollywood”.

Este compromiso autoimpuesto que atraviesa su filmografía no podría entenderse sin escarbar en sus orígenes. Mientras veía a sus compañeros de promoción adherirse a la revolución hippy, a él aquellas inquietudes le parecían ajenas. Unos años antes de entrar en la UCLA, cuando aún estaba terminando sus estudios de electrónica, se produjo una revuelta en su barrio natal. Poca gente en Estados Unidos había oído hablar de Watts pero en agosto de 1965 varias fotografías de sus calles colapsadas por columnas de humo y policías a la carrera ocupaban la portada del Time. Su primera película, Killer of Sheep (1978), retrata esas mismas avenidas unos años después cuando todavía se percibe el efecto de aquellas protestas en la comunidad. Como si se tratara de la Roma neorrealista, el film de Burnett deambula por decorados reales y destartalados describiendo un espacio en el que está prohibida la vulnerabilidad y la supervivencia pasa por el ataque. Pero aun cuando quiere destapar ese reverso más envilecido, el cine de Burnett muestra un gran un respeto hacia la belleza genuina. En una de las escenas más referenciadas de Killer of Sheep, el protagonista baila junto a su esposa en el interior de una casa mientras suena The Bitter Earth de Dinah Washington, produciéndose una identificación sublime entre el lamento del blues y la estética árida del blanco y negro. “De joven escuchaba blues pero la verdad es que no lo entendía mucho”, confiesa Burnett, “no fue hasta años después cuando el significado de esas canciones te cae encima como un jarro de agua fría”. Esa revelación emocional acompaña muchas de sus bandas sonoras. En su segundo largometraje, My brother’s wedding (1983), Burnett también recurre a la música negra para acceder a un imaginario hiperconsciente de la condición humana (“para mí algunos temas de blues son lecciones vitales”) pero en esta ocasión desplaza su lente hacia la clase media. Ya en color, sienta a sus personajes alrededor de una mesa y satiriza los paradigmas sociales que encarnan para ahondar en la problemática que supone el ascenso social entre los negros. Este sentido del humor se agudiza en Nunca te acuestes enfadado (1990), en la que, también desde del núcleo familiar, saca a relucir las contradicciones que se producen entre la vida urbana y el folclore sureño (“si habías crecido con gente del campo era imposible no ser supersticioso, tuve que desaprender muchas cosas”).

A pesar de que su carrera ha oscilado entre proyectos propios, de encargo, tentativas con Hollywood e incluso producciones con Disney y Martin Scorsese, Burnett siempre ha mantenido en foco a la comunidad afroamericana. Pero si bien sus inicios en el cine partían de ese interrogatorio colectivo acerca de qué mirada debía adoptar la nueva generación de cineastas negros, Burnett pronto vio cómo ese debate acerca de la representación se convertía en otra etiqueta más, especialmente cuando los festivales de cine europeos, en busca de nuevas tendencias, transformaron la estética negra en un adjetivo de moda para sus secciones, tal y cómo después llegarían las películas orientales exóticas o las latinoamericanas de la pornomiseria. Con este cambio de significación se entiende que cuando le preguntan por qué se considera un cineasta negro, él responde: “me etiquetaron así, realmente hago películas sobre Estados Unidos”.

 

Andrea Morán (1988) es profesora universitaria de comunicación audiovisual y escribe crítica en Caimán cuadernos de cine.

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