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La maldición africana del Rey Leopoldo II

Por bonsauvage, el 5 de octubre de 2017, en Buensalvaje Reseña

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El Fantasma del Rey Leopoldo. Autor: Adam Hochschild. Malpaso Ediciones. 2017

El Fantasma del Rey Leopoldo II, obra del periodista norteamericano Adam Hochschild, desvela uno de los capítulos más vergonzosos de Europa y la lucha de un puñado de hombres de letras y diplomáticos que denunciaron sus delitos; delitos que siguen en activo y de los cuales, sin saberlo, usted y yo, somos cómplices.

 GEORGE SIMONS

 

Entre los secretos más ignominiosos (y mejor ocultados) de la historia de Europa está el proyecto africano de Leopoldo II de Bélgica, que da lugar a la obra de Adam Hochschild <<El Fantasma del Rey Leopoldo: codicia, terror y heroísmo en el África colonial>>, recientemente reeditado por Malpaso Ediciones. No exagero al decir que si este secreto hubiera sido divulgado, como sucedió con los gulags soviéticos o los campos de concentración nazis, Bruselas probablemente no sería la capital de la joven Comunidad Europea. En efecto, este libro es peligroso, explosivo, imprescindible.

Adam Hochschild (Nueva York-1941) se formó como historiador y ejerce como periodista de investigación. Es cofundador de la mítica revista Mother Jones, autor de ocho libros de no ficción y de innumerables artículos publicados en The New Yorker, Harper’s Magazine, The Atlantic, Granta, el NewYork Times, entre otras. El Fantasma del Rey Leopoldo es su quinto libro: una obra de madurez. Habiéndose documentado hasta la saciedad en bibliotecas y archivos del Reino Unido y Europa, tras numerosos viajes a países subsaharianos, tanto para la preparación del libro como para reportear asuntos humanitarios diversos a lo largo de su carrera, Hochschild nos cuenta el proyecto colonial del rey belga Leopoldo II (1835-1909), de sus secuaces y secuelas, y cómo ello dio pie a la primera ONG moderna, como si narrara una obra de ficción lúcida y entretenida. Dada la magnitud del genocidio, su prosa es más bien estoica, grácil, precisa, sin resabio de moralina. Además, tras leerlo en inglés (precisamente recorriendo Nigeria, país que cubrí para una agencia de prensa cuyo nombre prefiero olvidar) y releer la versión en castellano de Malpaso Ediciones, puedo asegurarles que la traducción de José Luis Gil Aristú es magnífica. Supongo que, en parte, por ello Vargas-Llosa aceptó prologarla en el 2001.

Santos y arribistas en la intriga belga

David Livingstone partió de Inglaterra en 1865 con la misión de descubrir el mítico origen del río Nilo en África. Libros de sus anteriores viajes en los que narraba aventuras, como el combate con un león que le dejó el brazo izquierdo lisiado, eran best-sellers en toda Europa por entonces. El tiempo pasó y se dejaron de recibir noticias suyas. En un alarde sensacionalista, siete años después, el “New York Herald” envió al reportero Henry Stanley en busca de Livingstone al corazón del África Negra. Tras varios meses atravesando junglas inhóspitas, enfermedades mortíferas que diezmaron a sus porteadores y una que otra sedición, el 10 de noviembre de 1871 Stanley llegó finalmente a la aldea de Ujiji, al este del Lago Tanganica. Se abrió camino entre la multitud de nativos que rodeaba a un convaleciente hombre blanco, y profirió su célebre frase, “Dr. Livingstone, I presume”.

Ambos personajes encarnan el interés de Occidente por el continente africano que Hochschild retrata. Livingstone, misionero calvinista, bienquerido por sus gestiones intertribales, creía que sus exploraciones abrirían el camino a la religión cristiana y al progreso occidental. Henry Stanley, en cambio, tránsfuga durante la guerra civil estadounidense y posteriormente periodista de guerra, recibió la atención pública internacional tras encontrar a Livingstone. Gracias a ello consiguió nuevas misiones en África.

Leopoldo II de Bélgica financió los viajes de Stanley en repetidas ocasiones a la región, supuestamente con objetivos científicos y humanitarios. En una ocasión, al mando de una expedición que remontaría el río Congo; en otra, para traer de vuelta al excéntrico teutón Emin Paschá, gobernador de una rica zona de África que terminó sitiada por los rebeldes musulmanes mahdíes; pero fueron muchas más. Sottobanco, Stanley cumplía las órdenes de Leopoldo II: comprar tierras y firmar acuerdos con los jefes de tribu para su explotación, llegando a instigar conflictos interétnicos para maximizar los beneficios y reducir la inversión. Aunque muchas veces ello se debió más a su ineptitud que a sus dotes de estratega, de las cuales hacía alarde en sus crónicas de viaje.

De cara a la opinión pública internacional, la administración del protectorado del Estado Libre del Congo evangelizaba y ofrecía ayuda humanitaria a los pobladores a cambio del comercio extraído de la región. Pero en realidad, a lo largo de las rutas comerciales del inmenso e inhóspito territorio se establecían estaciones administrativas que sometían pueblos enteros a la esclavitud por el marfil y el caucho; y cuando no cumplían con la cuota asignada o desobedecían las órdenes de los capataces eran azotados, se les cortaban manos o brazos, o eran asesinados. De hecho, Joseph Conrad, quien también desfila por las páginas del libro de Hochshild, se basó en los capataces más crueles de las estaciones comerciales del Congo para crear a Kurtz, el personaje principal de su novela corta, El corazón de las tinieblas (1899).

El Estado Libre del Congo fue el primer escándalo de la diplomacia internacional del siglo XX. Fue denunciado por un puñado de buenos hombres. Entre ellos destacan E. Morel, administrador de una compañía inglesa y periodista diletante, y Roger Cassement, cónsul británico y poeta (Mario Vargas-Llosa ficcionó su vida en El Sueño del Celta (2010)). Fundaron la pequeña Congo Reform Association, una de las primeras organizaciones humanitarias transnacionales del siglo XX, para denunciar la conspiración del rey Leopoldo II de Bélgica.

Gracias a la presión que ejercieron, en 1908 el gobierno del Estado Libre del Congo fue cedido al Parlamento Belga, el Estado Libre del Congo se transformó en el Congo Belga, mejorando en algo las condiciones de vida de los congoleños. Asimismo dieron a conocer la hipocresía del rey Leopoldo II y los escándalos en los que estuvo envuelto, como su relación con una prostituta menor de edad. Su labor encontró eco en el diplomático belga Jules Marchal, cuyas investigaciones, publicadas bajo el pseudónimo de A. M. Delathuy, a lo largo de los ochenta y noventa, contrarrestaron ‘la política de olvido’ emprendida por el gobierno belga.

Gracias a ello, hoy Leopoldo II es conocido como el primer genocida del siglo XX. Como afirma Vargas Llosa en el prólogo a la obra de Hochshild, si bien es menos conocido que Hitler o Stalin, su proyecto africano no fue menos cruel que los centros de exterminio alemanes o rusos. Se calcula que murieron alrededor de 10 millones de personas.

Cuando Hochshild compara el Estado Libre del Congo con los campos de concentración nazis y soviéticos ofrece una poderosa cita de Primo Levi: “Los monstruos existen. Pero son demasiado pocos como para constituir un auténtico peligro. Más peligrosos son (…) los funcionarios dispuestos a creer y actuar sin hacer preguntas”.

La riqueza africana actual y su maldición

Las zonas de conflicto en África coinciden con las zonas diamantíferas de Sierra Leona y con el Delta del Níger, de donde se extrae petróleo; y la Gran Guerra de los Lagos Africanos, “la Tercera Guerra Mundial Olvidada”, (llamada así por el número de países, por el capital internacional involucrado y porque ningún medio habló nunca de ella como tal), tuvo lugar en la ex colonia de Leopoldo II, rebautizada hoy como República Democrática del Congo. Y más de una decena de conflictos bélicos generados por los recursos naturales africanos suceden mientras lee estas líneas.

Los países africanos han mantenido más de cuatro imperios cristianos y tres imperios musulmanes, y sustentan hoy millonarias transacciones de empresas multinacionales, derivadas principalmente de sus recursos naturales. En el siglo XIX fueron el oro, el marfil y, sobre todo, el caucho, material que alimentó la revolución industrial europea de finales del XIX y comienzos del XX.

Dada la globalización, como por una extraña teoría del caos, comprar hoy un móvil en Estocolmo puede financiar en el Congo la guerra del coltan (insumo imprescindible para celulares, Play-Stations, equipos médicos, ordenadores o satélites, entre otros); saborear un café sin certificado de comercio justo en Manhattan puede promover la pobreza en Etiopía; adquirir diamantes en Ámsterdam sin el certificado Kimberly puede incentivar la esclavitud de niños en los depósitos de diamantes subsaharianos de Ruanda. Ahora bien, el certificado de diamantes Kimberly, que garantiza que estas codiciadas piedrecitas para casarse no provienen de zonas en conflicto, puede ser suficiente para los llamados “diamantes de sangre”. Pero ¿qué sucede con insumos procesados tan necesarios como el coltan, el nobium, el cobre, el cobalto, el zinc o el manganeso que pasan desapercibidos en cientos de objetos de primera necesidad en nuestras sociedades y que con seguridad encontrará en nuestras casas? En efecto, vivimos aún a la sombra del fantasma del Rey Leopoldo II. Por ello, los esfuerzos por un comercio justo en el que la procedencia de los insumos de los productos que compramos se encuentren de manera visible en sus etiquetas, no son baladí.

 

George Simons (Lima, Perú, 1980). Lector obsesivo, aficionado al asombro, a la buena música y a las conversaciones de madrugada. Se formó en las humanidades, se licenció en Filosofía en España. Viajó por el mundo y regresó a casa (Madrid/Lima) hastiado de las modas y de los tumultos. Trabaja como escritor. Colabora habitualmente con medios de comunicación de España, Canadá y Latinoamérica.

recomendaciones Buensalvaje.

  1. <<Martín Adán. El más hermoso crepúsculo del mundo(Antología) Estudio y selección de Jorge Aguilar Mora>>. Ed.FCE. 1992.
  2. <<Le procès de Gilles de Rais. Les documents présentés par Georges Bataille>>. Ed. Jean-Jacques Pauvert. 1965.
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