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Nuestras calles, Alessandra Lavagnino

Por bonsauvage, el 29 de agosto de 2016, en Buensalvaje Reseña

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Fotografía de Franco Pinna

Fotografía de Franco Pinna

POR ANA ESTEBAN

Ana Esteban reseña Nuestras calles, de Alessandra Lavagnino (Errata Naturae, 2015).

Mientras pasaba páginas de Nuestras calles me he acordado de aquel juego de Pac-man, donde aparecía esa bola muda que boqueaba y recorría un laberinto perseguida por fantasmas. En sus obsesivos itinerarios Marzia, la narradora de esta palpitante y hermosa novela, avanza como un punto lejano sobre un plano que ella misma observa desde arriba, y recorre el trayecto que separa su infancia de su juventud luchando contra su voz intermitente y acosada por el miedo: a las palabras, a su silencio, a los otros, al amor. La dificultad para expresarse con fluidez es la brecha entre ella y el mundo, entre ella y su madre Anna, una abogada viuda que lucha contra el fascismo en la Roma de entreguerras, y cuya inteligencia y vitalidad son también el abono para el progresivo aislamiento de su hija.

Aunque se pudiera pensar lo contrario, el título de la novela no alude a un espacio físico porque las calles no se ven aunque se nombran, en realidad no son calles sino itinerarios emocionales a través del tiempo; primero de la niña, después de la adolescente, y al fin de la joven Marzia. Roma surge en un cuadro neorrealista y brillante pero difuso, porque queda atrapada con todo lo demás en las circunvalaciones del discurso entrecortado de Marzia. Y, pese a la aridez que la seca por dentro, en su mente se va haciendo un océano de palabras que antes de ahogarla la llevarán flotando, a través de esas mismas calles, hacia su lenta y melancólica catarsis, a la aceptación de su silencio, de su madre, al abrazo de la vida.

Como en su anterior novela Un granizado de café con nata, también publicada por Errata Naturae, la autora napolitana Alessandra Lavagnino ­–a la que siempre comparan con la gran Natalia Ginzburg– aborda el tema de la soledad y la incomunicación en historias de apariencia sencilla donde sus personajes bordean la felicidad en ciertos instantes luminosos. Mediante el discurso sincopado y a ratos abrupto que caracteriza la voz de Marzia, obtiene aquí intensos destellos poéticos que llegan con nitidez en la estupenda traducción de Martín López-Vega.

Ana Esteban (Madrid, 1964) es autora de las novelas Es solo lluvia (Debate, 2001) y La luz bajo el polvo (Ediciones del Viento, 2006)Ha publicado artículos, crítica de cine y de libros, entrevistas y reportajesEs coordinadora de talleres de escritura creativa en la escuela Fuentetaja de Madrid.

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