18.06.2017

Sofoquemos el calor asfixiante con viajes clásicos sin movernos de la butaca

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El pueblito de Manarola en la costa italiana. Foto: Pixabay.

El pueblito de Manarola en la costa italiana. Foto: Pixabay.

La literatura es, ante todo, moverse, conmoverse, ponerse en el lugar de otro, viajar. Leer es viajar, nos dice Camila Paz Obligado, profesora del taller, en esta entrada, en la que nos propone la relectura de ‘La Odisea’ y de otros clásicos. Ahora que el calor nos abruma, zambúllete en el Mediterráneo con los pies de Ulises y de Telémaco.  

Por CAMILA PAZ OBLIGADO

Hace casi 30 años de la publicación del clásico sobre los clásicos de Italo Calvino, que leí -horror- hará más de una (¡o dos!) décadas. Entonces yo entraba en la universidad espoleada por algunas lecturas que quedarían para siempre en mi cabeza, y en el autor italiano encontré a un escritor admirable que decía lo siguiente: Hay que leer a los clásicos porque, quieras o no, ya los estás leyendo.

Una de las actividades profesionales con la que más disfruto es sentarme en una mesa rodeada de lectores para comentar un libro. Y siempre, siempre, me ha admirado la reticencia con la que se acercan los lectores a un texto clásico, y el placer con el que terminan zambulléndose después en él.

Hace calor, así que me viene a la cabeza La Odisea, y ya siento mis pies remojarse en el Mediterráneo, no se diga que la imaginación no es poderosa en este Madrid que hierve.

Tanto si la has leído como si disimulas que sí, estoy segura de que conoces su contenido. Es más, incluso podrías hacer una pequeña disertación sobre sus personajes (algo sabrás del polítropo Ulises, la paciente Penélope o el joven Telémaco). Podrías, sin duda, recordar alguno de los peligros que amenazan al héroe en su regreso a Ítaca (habrás oído alguna vez cantos de sirena, te habrás encontrado vacilando entre Escila y Caribdis en más de una ocasión). Un Ulises más viejo y tal vez sabio, tras diez años de guerra, y otros diez de interminable viaje de retorno. La Odisea configura uno de los grandes tópicos de la literatura: el viaje, y es un tópico muy adecuado para esta época del año, en la que desearíamos salir de vacaciones: viajamos, y abarrotamos los centros de las ciudades en busca de quién sabe qué. Quiero decir que el viaje es un tema clásico, que convierte a La Odisea en un paradigma literario imprescindible porque nos ayuda a entender otras manifestaciones artísticas y, por lo tanto, otros textos literarios.

La literatura es, ante todo, moverse, conmoverse, ponerse en el lugar de otro, viajar. El mismo acto de leer un cuento, una novela, un poema, supone un cambio de sitio. Como seres humanos, como cultura, nos hemos visto impelidos al viaje, al cruce de fronteras, al destierro, hemos deseado regresar a casa, nos hemos contado qué vimos, qué paisajes cambiaron nuestros ojos. Nos hemos asombrado ante lo desconocido, como los historiadores y geógrafos de la Antigua Grecia, (Heródoto compara a un cocodrilo, animal ignoto para los griegos, con un cerdo en sus Historias), como Colón en sus cartas a los Reyes Católicos, donde describe el inesperado mundo en un adelanto del realismo mágico (¿acaso no pensaría un aborigen que estaba ante un ser mitológico al ver a un hombre plateado sobre una bestia de cuatro patas?). O como Marco Polo, que rememora sus andanzas desde Armenia hasta el Tíbet, hasta China, la India, y que después el mismo Calvino funde en sus Ciudades invisibles, “un último poema de amor a las ciudades cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades”.

Hemos descrito los paisajes en los que nos enamoramos una vez, lejos de casa, y viajamos en pos de ese amor, como en la novela bizantina (no se pierdan la mínima Dafnis y Cloe, de Longo de Lesbos, revivida por Cervantes en sus Aventuras de Persiles y Segismunda). Hemos hecho viajes superficiales (esa forma tan moderna de viajar, visitándolo todo, sin ver nada), pero también hemos hecho viajes que nos han transformado, como se transformó el joven Lucio de El asno de oro (Apuleyo) quien, convertido en asno por un error en cierto hechizo, vaga hasta que la diosa Isis lo devuelve a su forma humana y, ya de paso, lo convierte a su religión. O sea, el viaje como ascensión mística aparece aquí, en el imperio tardorromano, como en el viaje interior que, a fin de cuentas, propone también San Juan de la Cruz en Noche oscura del alma, donde el viajero (el poeta) parte hacia la unión mística con lo divino (entiéndase como se quiera, pero eso sí, léase urgentemente, son algo menos de cinco minutos muy bien invertidos). El asno de oro de Apuleyo y la novela bizantina, además, están en la base de la picaresca, como Lazarillo de Tormes, que sumaría el viaje por las distintas capas sociales del momento.

El viaje literario tiene tanto éxito como el turismo low cost. William Defoe hace famoso a su Robinson Crusoe (o viceversa), el hombre autosuficiente capaz de recomponerse y sobrevivir en las peores circunstancias, capaz también de crear una nueva sociedad allí donde va, mientras que Jonathan Swift satiriza sobre el mismo tema en Los viajes de Gulliver, donde el hombre encuentra serias dificultades para adaptarse. Y cómo olvidar a Joseph Conrad, en El corazón de las tinieblas, avanzando hacia el centro del Congo en un viaje hacia la locura; en este siglo, la novela de carretera cobra fuerza con diversas propuestas (el viaje apocalíptico, el acercamiento a las otras realidades, el conocimiento de uno mismo), ni qué decir ya de ese otro subgénero (a veces literario) que componen las guías de viajes.

Los ejemplos se cuentan por cientos, miles seguramente. Caminar, desplazarse, cambiar de lugar está en el ser humano que quiere romper con lo anterior, abrir posibilidades, conocer nuevos mundos. Vivir es viajar. Leer es viajar. Telémaco, en La Odisea, el hijo del desaparecido Ulises, se hace una gran pregunta: ¿Quiénes somos, en el origen? ¿Quién es mi padre? Perdido en el Mediterráneo, sólo sabe que es una víctima más de la gran guerra (caramba, qué actual que es todo). Y emprende el viaje para buscar a su padre en un camino doble: el del crecimiento y el de la búsqueda de su historia. Dos elementos que nos da la lectura hacia atrás, tejiendo y destejiendo libros como quien nunca desea dejar de esperar.

***

Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado. Pionero en España, el Taller de Escritura nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. En esta sección, el lector encontrará recursos para la escritura, entrevistas, reseñas, historias sobre el mundo clásico y otras herramientas que facilitan un primer acercamiento a la creación literaria. Podrás encontrarnos los domingos, cada 15 días, aquí, en ‘El Asombrario’.

Cursos de verano en el Taller de Clara Obligado:

Modos de ver. Nuestra mirada nos sitúa en el mundo, también en la escritura. 

Se leerá a John Berger y a otros autores que han meditado sobre la mirada y la escritura (como el poeta canadiense Mark Strand). El curso es práctico, con sesiones teóricas.

Vuelta alrededor del cuento. Para iniciación-intermedio

Se leerá a los grandes cuentistas de la historia, desde Poe o Chéjov, hasta Cheever, Carver, Borges, Cortázar, Ribeyro, Munro, Lorrie Moore, entre otros autores. Curso práctico.

Más información.

O escribiendo a: http://escrituracreativa.com/contact

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4 comentarios

  • El 18.06.2017 , Carmen Frías ha comentado:

    De acuerdo con leer a los clásicos en verano. He vivido el singular placer de leer la Odisea al atardecer navegando en velero frente a Ítaca.

    • El 18.06.2017 , Flakus ha comentado:

      Más fácil es leer el Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha, sentado en la boca de entrada de la Cueva de Montesinos.

  • El 18.06.2017 , Alejandro Chanes Cardiel ha comentado:

    Camila tienes una capacidad de explicación muy buena y con una claridad que engancha en la lectura de lo que escribes. Ya sabes que soy un fan tuyo

  • El 21.06.2017 , Eva Manzano ha comentado:

    Camila, eres una mujer odisea en ti misma, llena de historias que conoces. Que buena frase que la literatura es, ante todo, moverse, conmoverse, ponerse en el lugar del otro, viajar. No puedo estar más de acuerdo.

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