17.09.2017

¿Te comerías a tu perro?, ¿y a tu conejo?

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Un perro callejero toma el sol. Foto: Flickr Creative Commons.

Un perro callejero toma el sol. Foto: Flickr Creative Commons.

El libro ‘¿Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas?’, de Melanie Joy, aporta razones contundentes para unirse a la liberación animal. “El carnismo”, sostiene la autora, “distorsiona la realidad: que no veamos a los animales que comemos no quiere decir que no existan”. 

Alambradas con concertinas en Melilla y Ceuta, un muro-fortaleza en la frontera entre Estados Unidos y México, el Mediterráneo convertido en una fosa común. El mundo rico se atrinchera desde hace años en sus fronteras, pero no hay muro que pueda contener la llegada de migrantes en busca de un mundo mejor o simplemente de quienes huyen de la guerra, el hambre o la represión política y social.

Sin embargo, hay algunos muros que son casi más infranqueables. Hablo de los muros mentales, esos que nos impiden ver al diferente o mirar lo que no queremos ver. Uno de ellos, muy presente en nuestra cultura, es el que nos bloquea nuestra mirada hacia los animales, los animales de granja. Somos incapaces de verlos como parientes de un mismo árbol genealógico, a diferencia de lo que sentimos hacia otros animales, los llamados de compañía (perros, gatos), a los que queremos y casi consideramos parte de nuestra familia. En el mundo occidental nadie se comería un perro. O no que yo sepa. Algo que sí ocurre en otros lugares del planeta, como China. ¿Por qué entonces nos comemos tranquilamente un filete de ternera y no uno de perro o de gato? A esta pregunta responde la psicóloga y activista norteamericana Melanie Joy en ¿Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas, editado por Plaza y Valdés.

“Queremos a los perros y nos comemos a las vacas, no porque los perros y las vacas sean muy distintos (las vacas, como los perros, tienen emociones, preferencias y conciencia), sino porque la percepción que tenemos de ellos es distinta”, asegura Joy. Dividimos a los animales entre comestibles y los que no lo son, en un proceso de generalización que nos lleva a tratar a los animales en función de la percepción que tenemos hacia ellos. “Se trata de un proceso cíclico porque no es solo que las creencias determinen nuestras conductas, sino que nuestra conducta refuerza nuestras creencias”, escribe esta activista.

Nos comemos a los animales de “granja” porque no los vemos, no los visualizamos, no los miramos. El sistema nos ha anestesiado de tal forma que cuando nos comemos una hamburguesa no pensamos qué hay detrás. Y lo que hay detrás permanece invisible. Ya se encarga el carnismo, ideología que según Joy sustenta las granjas industriales de producción de carne, de que así sea, de matar nuestra empatía hacia los animales. Es famosa la frase de McCarney de que si los mataderos fueran de cristal, dejaríamos de comer carne. “¿Por qué se toma tantas molestias el sistema para bloquear nuestra empatía?”, se pregunta la autora en el primer capítulo del libro, uno de los más jugosos, ya que hablamos de comida. Y responde: “La respuesta es muy sencilla: porque nos preocupan los animales y no queremos que sufran. Y porque nos los comemos”.

Y a partir de ahí, Joy se dedica a desmontar todos los mitos del carnismo: su anclaje cultural, pues no todo lo que es tradición es bueno; las implicaciones éticas; las condiciones en las que se “crían” los animales de las granjas industriales, un eufemismo más, puesto que de granjas tienen muy poco y en esta batalla el lenguaje es muy importante; la vida de los trabajadores de los mataderos, que ya retratara a principios del siglo XX Upton Sinclair en La jungla y que no han cambiado tanto, como demostró el documental Fast Food Nation de Eric Sschlosser; o la repercusión que el consumo de carne masivo tiene para la salud del planeta y el medioambiente.

En la mejor tradición del ensayismo militante anglosajón, escrito con agilidad, con una sabia mezcla de datos, información y reflexión, con argumentos irrefutables y que escarban en los pliegues de la ideología dominante, Joy nos apela, nos agita y nos conmueve. Necesitamos salir de un sopor que ha durado demasiado tiempo, viene a decirnos.

Asiduo como soy de las redes sociales, donde se libran ahora muchas de las batallas de nuestro tiempo, compruebo que cada vez hay más gente sensible hacia el maltrato animal, pero no es lo general. Muchos reciben la información sobre cómo viven los animales de granja con escepticismo, otros con desdén y abunda también la hilaridad, como si la risa fácil fuera el único recurso que les queda para no cuestionar su propia humanidad. Me recuerda a la sorna con la que los hombres y muchas mujeres recibían las primeras protestas de las feministas de principios del siglo XX o a las de quienes aún hoy se resisten a reconocer la libertad sexual y siguen presos de su homofobia.

Cuenta la escritora y activista norteamericana Grace Paley cómo en los años sesenta y setenta en Estados Unidos confluyeron varios movimientos de liberación: el feminismo, la lucha contra el racismo, el ecologismo, el activismo gay… Y a veces se daba el caso de que un hombre negro muy comprometido en la lucha contra el racismo era un machista en casa. O que una mujer blanca, socialista, antirracista, era insensible a la degradación ambiental. Es posible que no podamos ser coherentes con todo, pero al menos deberíamos aspirar a serlo, como reto. A todos estos movimientos se ha unido en las últimas décadas la lucha por los derechos de los animales, los únicos que ni siquiera pueden rebelarse ni alzar la voz. El libro de Melanie Joy aporta razones contundentes para unirse a esa liberación animal, cada uno a su manera. El carnismo, sostiene la autora, “distorsiona la realidad: que no veamos a los animales que comemos no quiere decir que no existan”. Y hay muchas cosas que podemos hacer, que están en nuestra mano para cambiar la situación en la que viven miles de millones de animales. “Aunque lo ideal sería eliminar el consumo de productos de origen animal, el mero hecho de reducirlos puede tener un efecto sobre los animales y sobre usted mismo”.

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en: Facebook: www.facebook.com/javier.moralesortiz Twitter:https://twitter.com/javiermoralesor

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17 comentarios

  • El 17.09.2017 , Chem ha comentado:

    Bueno, seguramente al mio no, pero al del vecino le tengo menos aprecio.

  • El 17.09.2017 , Jesus. M. ha comentado:

    El ser humano es omnívoro, necesita proteinas animales, y cuando le faltan las busca donde sea. Se nota que el articulista no ha vivido los 40, 50, y parte de los 60, en los que los gatos eran pieza de caza, y las salchichas y otros embutidos, ni se sabía qué llevaban, ni nadie lo preguntaba, lo importante era que estuviern bien especiadas. Restaurantes donde las chuletas, se descubrió que no eran de cordero sino de perro, estaban llenos, y la gente alababa su calidad.
    En Extremadura, el lagarto (ahora especie protegida) era un plato habitual, y muy rico por cierto, así como las ancas de rana en La Mancha, uno de mis platos favoritos.
    Tampoco ha leído a Quevedo (El Buscón), donde decía, que la carne de los ejecutados se utilizaba para empanadas.
    Tampoco ha leído sobre el canibalismo en ciudades sitiadas, o la ingesta de ratas.
    El que los animales se sacrifiquen en mataderos, significa simplemente una garantía sanitaria, y el cumplimiento de unos estándares de calidad. La escritora a que se refiere, es simplemente una snob como otros muchos, buscando argumentos “humanitarios” y pseudocientíficos, para afirmación de animalistas, veganos, y anoréxicos, poniendo de moda la desnutrición.

  • El 17.09.2017 , Vigorro ha comentado:

    “Nos comemos a los animales de “granja” porque no los vemos, no los visualizamos, no los miramos.”

    Si quieres dar a entender que si se visualizara a los animales de granja, no nos los comeriamos, estas muy equivocado, por lo menos con la gente de los pueblos… en ellos mucha gente tiene corrales y cria cerdos, conejos, pollos, pavos, etc. que luego son comidos…

    • El 17.09.2017 , Pedro ha comentado:

      Se refiere a la ganadería industrial.

  • El 17.09.2017 , Sílver ha comentado:

    Hoy no, pero de pequeño mis abuelos criaban todos los años un cerdo. Cuando lo sacaba a pasear por la huerta, me gustaba acompañarlos, ver cómo hozaba buscando comida, hacerle cosquillas con la vara, ver cómo se moría de gusto…
    Cuando llegaba diciembre… Nunca me dejaron asistir a la matanza (cosa que hoy les agradezco), pero sí participar en el despiece, en su guardado en medio de sal, en la elaboración de los embutidos… Una fiesta en la que participaba toda la familia. Aquellos cerdos nos alimentaban (y la comida no sobraba). Era así y les estábamos muy agradecidos.

  • El 17.09.2017 , Halfsoul ha comentado:

    Mucha gente no sabe lo que se hace en las granjas, no solo los matan, les hacen vivir en espacios reducidos en los que su movilidad es prácticamente nula, hacinados desde que nacen hasta que mueren.
    Si viéramos esto, mucha gente cambiaría de opinión.

  • El 17.09.2017 , Alex Mene ha comentado:

    Un libro interesante.

  • El 17.09.2017 , Lili ha comentado:

    en High Rise, peli basada en la novela de J.G. Ballard, el protagonista se come a un alaska o husky, precioso animal…

  • El 17.09.2017 , Lili ha comentado:

    (es muy molesto cuando moderáis tanto… no creo que os beneficie)

  • El 17.09.2017 , mentalmente ha comentado:

    Sinceramente, creo que el libro debería llamarse
    “¿Te comerías a tu puta madre?”

    Sería bastante mejor título, descriptivo y se vendería mejor.

    La madre hace referencia a la naturaleza, la diosa madre, que se asocia a todo el reino animal.

    Y los de puta porque engendra cualquier forma de vida sin criterio. Entonces.

    ” ¿Te comerías a tu puta madre? “

  • El 17.09.2017 , Marta ha comentado:

    Me encantan los perros ayudan a niños a desarrollar efectividad.
    Hacen muchisima compañia.
    Te obligan a dar un buen paseo a su amo i considero que son inteligentes en esto.
    Y aunque esten muy malitos es increible cuanto aguantan pobrecillos.
    Ah y me los comeria a besos.

  • El 18.09.2017 , Miguel ha comentado:

    No existe ningún carnismo, existe una alimentación variada, natural y equilibrada desde el origen de la humanidad. El problema está en el veganismo y sectas similares, a las que se adhiere gente muy aburrida y con el porvenir resuelto que no tiene nada mejor que hacer que dar por c… a los demás. Si tuvieran problemas para su subsistencia, no perderían el tiempo con estas gansadas. Por cierto, ¡qué ricos los gansos asados!

  • El 18.09.2017 , Daniel L. ha comentado:

    es por aprecio o por cercanía.
    si criase a una vaca desde pequeña y la viese todos los días probablemente me costaría mucho comérmela.
    y al contrario, si hablamos de un perro al que no he visto nunca ni he visto cómo lo han matado, progablemente me lo comería.
    sobre ser vegetariano o carnívoro creo que influyen mucho las modas, la publicidad, las costumbres, etc.

  • El 18.09.2017 , VanDaLo ha comentado:

    Yo me crié entre vacas cerdos conejos y gallinas que en muchos casos yo mismo ayudaba a matar y sobre todo a comer. Esto refleja que la vida del obrero de ciudad está totalmente trastornada hasta tal punto que pierde su cordura y se pone a votar al PP sin pensar porque o a decir que no se come animales por vegetariano o pide la paz mundial al tiempo que permite un sistema asesino.

  • El 18.09.2017 , Hector ha comentado:

    Mi pregunta, si para producir un kilo de carne (vacuno, el porcino es apróx. 1/4) se necesitan 16 kilos de cereal, ¿por qué demonios la “carne” (asimilados de embutidos, hamburguesas… etc) vegetariana cuesta LO MISMO O MÁS que la carne animal? ¿Estamos locos? Si me sueltas el cuento de que la industria cárnica monopoliza el cereal, no, no me lo creo, si la industria vegetariana se lo tomase en serio podrían destronarla de un plumazo, empezando por pagar el doble a los productores de cereales ibas a ver cómo se cambiaban de bando corriendo, si la proteína vegetal es mejor, más sana y mucho más barata que la animal el consumidor poco a poco se irá haciendo a ella, yo lo he intentado varias veces pero el precio me parece una tomadura de pelo, si la tendencia en este aspecto cambia estaría gustoso de cambiar mis hábitos alimenticios, entiendo que todo el mundo quiera hacer negocio pero pagar un filete vegetal 16 veces su precio, no, gracias (no puedo y, entiendo, ellos no quieren, hay un márgen más que suficiente para hacer de esta una industria rentable, que productiva ya es)

    Un saludo

  • El 18.09.2017 , Hector ha comentado:

    Gracias por hacerme ver que mi comentario (moderado y eliminado) no estaba muy lejos de la realidad, el problema es que yo no iba contra vuestra lucha pero la realidad sigue ahí, pues nada, a defender la causa con unicornios, buena suerte.

    Yo, por mi parte, intentaré, si la industria vegetal me lo permite, consumir más cereales, si no intentan, también, hinchar el precio de la materia prima (venga, este último comentario es para que me “moderéis” y os comportéis como gente de bien, abierta y, para nada reaccionaria, no vayáis a ser como el PP XD)

  • El 18.09.2017 , José Manuel H.H. ha comentado:

    En mi tierra, a nuestros mayores les oíamos decir una frase que, siempre se me ha quedado en la memoria y lo dice todo sobre el articulo y los comentarios… ¡Animal que vola a la cassola!. Pero esa frase siempre ha atesorado un amplio contexto, pues se referían a que con el ha,brea que pasaban, cualquier animal volara o no, si tenían ocasión se lo guisaban. O sea, que todo esto tienen que ver y mucho según la época vivida o padecida.

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