03.11.2017

¿¡Cómo que progresivas!?

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Ilustración: Concha Pasamar

Ilustración: Concha Pasamar.

Aún no he superado del todo el trauma de tener que usar gafas de cerca, y va mi optometrista y me dice que soy como rompetechos y que ha llegado el momento de pasar a unas progresivas, que son estupendas —a pesar de las zonas de aberración, añade sin inmutarse—. “Pero vamos a ver”, me mato con la razón. “¡Si veo perfectamente de lejos!”. Ella me observa displicente desde detrás de sus gafas —porque eso sí, en mi óptica todos los empleados las llevan; sospecho que más de una es de pega— y me dice: de eso nada… “¡Monada!”, estuve a punto de contestar rabiosa, pero me contuve a tiempo para mostrar la mejor de mis sonrisas, porque me pareció preferible rendirme ante la evidencia de una tecnología que aseguraba que no veía un pimiento a perder el tiempo negándolo.

Ya había malgastado demasiados años despotricando contra los fabricantes de cosméticos por su manía de escribir las etiquetas —en especial las de los productos que se usan debajo de la ducha— con una letra cada vez más pequeña en vez de aceptar que no se trataba de una cuestión de letras menguantes, sino de presbicias crecientes. Había llegado, sin enterarme, a esa edad en la que, a la hora de leer, los que nunca han necesitado gafas se las tienen que poner y los que siempre las han llevado, quitar. ¿Absurdos de la especie humana o ironía del destino? A día de hoy, he logrado desarrollar algunos trucos de supervivencia; por ejemplo, un elaborado sistema para desbloquear a tientas los candados de combinación, tarea especialmente difícil cuando te toca abrir tu taquilla en el vestuario de la piscina completamente desarmada en lo que a la vista se refiera.

Pensaréis que estoy loca, pero, cuando llegué a casa, posiblemente debido a los efectos de haber pasado casi tres horas eligiendo las gafas que me van a acompañar el resto de mi vida —con lo que cuestan las dichosas progresivas, espero que sea así—, me fui directa a por el diccionario de la RAE para buscar el significado de la palabra progresivo: “de progreso”. “Vamos bien”, pensé —lo confieso, siento simpatía por el concepto—, pero lo que venía detrás me preocupó. “1. Adj. Que avanza o aumenta gradualmente”. “¡Dios mío, esto no acaba aquí. Ya lo sospechaba!”, pensé; y, en mi imaginación, empezó a formarse la imagen de una gran bola de dioptrías que crecía a medida que avanzaba por la cuesta del envejecimiento. Como últimamente estoy viendo Juego de tronos —me refiero a la serie, no a los telediarios—, y me tiene un tanto envalentonada, decidí detener aquella avalancha plantándole cara y, para neutralizarla, le lancé un enorme jajajeo* —nuevo verbo que he descubierto hace unos días, también en la RAE, y me tiene loca— con la esperanza de que las nuevas gafas progres, a pesar de su zonas aberrantes, me conserven la vista, porque igual así, y de una vez por todas, empiezo a comprender lo que está ocurriendo a mi alrededor, porque, por más que miro, no consigo verlo.

*Jajajear: “Reír en forma burlona, dando a entender no sentirse afectado”.

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Sobre el autor

Marta Rañada
Editora y documentalista de profesión, profesora de escritura creativa por devoción y cincuentista por pura diversión. Mi única ambición es reírme de los cincuenta y vivirlos con la cabeza bien alta, desafiando incluso la ley de la gravedad. He publicado varios libros infantiles y el año pasado me estrené como novelista con Las uvas de la Hidra (Bookolia, 2016).

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