26.08.2014

Cortázar sin Cortázar

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Cristina Peri Rossi y Julio Cortázar. Foto: Archivo de Julio Cortázar.

Cristina Peri Rossi y Julio Cortázar. Foto: Archivo de Julio Cortázar.

A estas alturas, posiblemente hayan leído ya media docena de artículos y pueden estar hasta la coronilla del omnipresente Cortázar, del almibarado, manipulado y menos justo Cortázar; otros tantos se sentirán contentos, como es normal, por ver rememorada la figura de uno de los escritores latinoamericanos más influyentes del siglo XX; y otros, como es mi caso, recordamos el centenario de su nacimiento a través de terceros, como el nuevo libro de Cristina Peri Rossi, y nos negamos a hablar estrictamente de Cortázar sin hablar de Cortázar.

Un documental suyo del pasado domingo, emitido en la televisión pública, despertó el pertinente y justificado desafecto entre algunos espectadores españoles, no tanto entre los latinoamericanos, por presentar a Cortázar lejos de ser Cortázar. El montaje de Tristan Bauer recibió varios premios en su día, pero hoy, con 20 años de edad, no es capaz de resistir la embestida de un público cada vez más preciso, atento y conocedor de la obra del escritor. Personalmente, no creo que la cosa fuera para tanto y en un principio no me pareció tan clamoroso ni alarmante, pero es cierto que había algunas notas extrañas: el videomontaje de Torito, con su voz en off (y no la de Cortázar), llega hasta la exasperación de extenso que es, el preludio de la Suite para cello de Bach que lo solemniza y, sobre todo, un fragmento de una sinfonía de Mozart que no asocio yo estéticamente con la visión artística de Cortázar, tan frecuentador como era de jazz. El caso es que Bauer, apoyándose en las palabras del escritor, siguió el sendero de “Soy un sentimental” y ahí se acabó todo. Para mi sorpresa, después, al consultar sus Obras completas (RBA/Instituto Cervantes, 2005) me topé con una nota de Saúl Yurkievich que recuerda el cuento autobiográfico Un tal Lucas (1979). El paralelismo es evidente, pero no necesariamente verdad: “[…] y que a la hora de su muerte pide escuchar dos cosas, el último quinteto de Mozart y un solo de piano”. Puede que este sea el motivo de insertar a Mozart en el documental, no lo sé, pero que Bauer optó por el Cortázar más empalagoso y dulcificado, como de merengue, es algo palmario.

Por esto y porque no soy experto en la obra de Cortázar, tan sólo amante de sus libros, quiero hablarles de Cortázar pero sin Cortázar, porque creo que de Cortázar no puede decirse mucho más de lo que ya se ha dicho hasta ahora, y, además, no haré ningún ejercicio de vanidad, mis palabras edulcorarían aún más un lienzo literario que no necesita la justificación de mi firma ni la de ningún otro.

Se sabe que todos los escritores tienen musas. Amistades íntimas con las que en ocasiones se produce algo más que un intercambio de palabras y de ideas, personas afines congregadas –por efecto o causalidad– en el mismo palmo de tierra que les ha concedido el devenir, seres humanos que tocados al unísono con una varita mágica son capaces de habitar la literatura en la misma página de un libro, o bien, llanamente, personas que se quieren, se aman o se desean, o las tres cosas a la vez, independientemente de las letras. Por aquí ronda el último libro de la escritora Cristina Peri Rossi, Julio Cortázar y Cris (Ediciones Cálamo).

Se conocieron por algo que ambos tenían en gran consideración, el azar. El detonante fue La llamada de mis primos, una de las primeras novelas de Cristina –no tengo el placer de conocerla personalmente, pero la llamo por su nombre de pila porque el libro invita a la empatía. Después de huir de los “gobiernos blancos” de Uruguay y exiliarse en Barcelona, recibe una carta de Cortázar porque este está inmerso en otra novela, El libro de Manuel, y ha reconocido a su hipotético protagonista en uno de los personajes que aparecen en la novela de Cristina. “Fijate vos, Manuel de alguna manera estaba entre tus primos”. Lo que sigue será el testimonio de una complicidad intelectual tejida a base de puntadas azarosas y huellas indelebles: “Me parecía fascinante que vos en Montevideo y yo en París tuviéramos la misma idea […], pero no sólo la idea, porque no es cuestión de ideas, y esa combinación casi la inventaron los románticos, sino de juegos y de fantasías, de colores y de emociones”.

Ella tenía 32 y él rozaba los sesenta. Ella conocía y admiraba su obra; él, por el contrario, reconoció en ella la dulce casualidad de un alma gemela. Él la invitó a París y ella aceptó. “Te espero en la gare de Austerlitz”, le dijo por teléfono. Pero todo no sería siempre tan emocionante. El libro, que está escrito en dos fases, una reciente y la otra, la primera, hace 15 años, donde recuerda su entierro y el dolor de su desaparición, eso sí, floreando –si acaso puede embellecerse la muerte– con parábolas que evocan lo más hermoso que suele haber en cada ser humano: las manías, los gustos y las obsesiones: sus imperfecciones.

Hace parada en multitud de anécdotas divertidas extraídas de ese pedacito de vida que compartió con él. Como cuando habla de sus aficiones, de si Tana Rinaldi o Carlos Gardel, del jazz, Louis Armstrong, Charlie Parker, de su alergia vampírica a los ajos, de los polos que compraba a docenas en El Corte Inglés porque no encontraba talla en ningún otro sitio que envistiera semejante cuerpo, o de aquella fotografía en la que aparecía con un gato negro camuflado entre su barba y sus ojos que ella no soportaba y de la que él se sentía orgulloso. Y el humor. Tenía un gran sentido del humor, de esos pausados, silencio de blanca, de dos tiempos, lo que le procuró, a pesar de su carácter solitario, estar siempre acompañado. Nunca estuvo solo. Cristina recuerda a sus dos esposas –Aurora Bernárdez y Carol Dunlop– con ternura, respeto, incluso con admiración, porque sabía que en ellas residía una buena parte de la felicidad de Cortázar. La primera lo acompañó hasta el final ejerciendo de albacea testamentaria y la segunda murió dos años antes que él. La extraña enfermedad que se le diagnosticó tanto a él como a su segunda mujer era desconocida hasta el momento y tenía a los médicos desconcertados. Después, con el tiempo, se sabría que ambos eran seropositivos. La culpa, como siempre anónima, la tuvo una malograda transfusión de sangre que se le practicó en Francia. El escándalo de la sangre contaminada de sida.

No es necesario hacer acopio de la obra cortazariana para hallar el valor en este libro, que reside, al margen de Cortázar y de Cortázar mismo, en la complicidad pura de una relación ricamente literaria que trasciende las páginas de un cuento o los capítulos de una novela. Es el mejor ejemplo de literatura hecha vida, montada sobre una armazón de huesos nutrida de cerebro. “Creo que no te quiero, / que solamente quiero la imposibilidad / tan obvia de quererte / como la mano izquierda / enamorada de ese guante / que vive en la derecha”. En efecto, la melancolía del deseo sexual insatisfecho y la frustración libidinal también sublimaron la mirada de él hacia ella. Ambos convirtieron su relación en un campo granado de infinitud donde Cortázar, arrellanado de falso egoísmo, solía decir: “Soy inmortal”. Al contrario de lo que pueda parecer, no es una fórmula fácil o vaga o caprichosa de recordarlo. Cristina en todo momento se dirige en presente porque sabe que el pasado existe si se dice, si se habla, si se nombra en pretérito; que la palabra viva es el hoy, presente, y que al fin y al cabo es la única que responde con dignidad a los muertos. Por eso, cuando Nuria Amat le sugiere la idea del libro, Cristina no acepta, pero ve que es la única forma de revivirlo y, al mismo tiempo, de sanar ese dolor asumiendo el riesgo de que este iría y vendría, a base de latigazos nostálgicos, como ráfagas crueles de la memoria. Era inevitable. Ya ven que sin querer hablar de Cortázar hemos terminado hablando de él. El presente.

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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Un comentario

  • El 27.08.2014 , Tinejo ha comentado:

    Del Julio que habita en “Bestiario” o “Final del juego”, hasta el Julio de “Libro de Manuel” hay demasiados talentos reunidos en un sólo narrador, que habla a ritmos distintos y emerge desde el individualismo más intelectualmente burgués al extracto del cuerpo social que no sabe vivir sin el resto, para el resto.

    http://casaquerida.com/2014/08/26/disquisiciones-veraniegas-iv/

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