De Luca: "La democracia insuficiente se llena de palabras publicitarias"
23.12.2016

Erri de Luca: “Las democracias insuficientes se llenan de palabras publicitarias”

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Montaje realizado con un retrato del poeta y novelista Erri De Luca.

Nacido en Nápoles en 1950, la política y el activismo han definido, junto con la escritura, la vida de Erri De Luca: fue miembro de Lotta Continua, estuvo en la Yugoslavia en guerra como ayuda humanitaria, participó activamente en las protestas sindicales durante los años en los que trabajó como obrero en Fiat y fue una de las voces más influyentes del movimiento No TAV contra la construcción del tren de alta velocidad entre Turín y Lyon, lo que le supuso una condena a ocho meses de prisión; finalmente fue absuelto, tras un largo periodo de juicios y con el respaldo de gran parte de la opinión pública. La editorial Seix Barral publica ahora su ‘Poesía completa’ y uno de sus últimos trabajos en prosa, ‘Historia de Irene’.

Lleva toda la vida escribiendo. “La escritura”, dice, “me ha acompañado desde siempre, desde muchos años antes de publicar”. Publicó su primer libro en prosa en 1989, mientras que su primer libro de poesía se publicó en 2002. ¿La poesía le llegó más tarde?

No, en verdad la poesía llega antes. Como siempre, en la literatura, la poesía es lo primero que llega y que se escribe. Y, en efecto, hay una primerísima publicación de algunas de mis poesías: fue en 1070 en Nuovi argomenti, una revista dirigida por Alberto Moravia y por Pier Paolo Pasolini. Sin embargo, solo posteriormente, gracias al éxito de mi prosa, se me abrieron las puertas editoriales para publicar poesía.

¿Siempre es más difícil publicar poesía?

Sí, sin duda. Todos escriben poesía, pero no se compra.

Escribe: “En una guerra los huérfanos y quienes no tienen un libro están al descubierto”. ¿Los libros, la poesía, son una forma de protección o de alivio?

Son una forma de alivio en los momentos de emergencia, en los momentos difíciles.

Entonces, ¿no son siempre sinónimo de alivio?

No. Los libros son como la fraternidad: se manifiestan en los momentos de emergencia. En un terremoto, se manifiesta la fraternidad. Lo mismo sucede con la poesía y con los libros.

Decía usted, en una ocasión, que la palabra escrita tiene sentido e influencia solo en una dictadura o cuando está prohibida.

Cuando la palabra está prohibida, tiene un valor adjunto porque, además de cumplir su función de entretenimiento, tiene un valor de resistencia contra el silencio obligado. La palabra se convierte así en un modo de resistencia en contra de la dictadura, en contra de la falta de libertad de palabra.

¿Y en estas nuestras democracias deficientes…?

Más que deficientes, insuficientes.

En estas democracias insuficientes, ¿qué peso tiene la palabra?

La característica de una democracia insuficiente es que en ella las palabras pierden su peso y se convierten en palabras publicitarias, que sirven para vender el producto del día, pero que el día siguiente ya no valen nada: pueden ser desmentidas, malinterpretadas… no importa. Nadie recrimina al charlatán su charlatanería. En estos tiempos de palabras publicitarias, la palabra de la escritura tiene un atractivo más al tener mayor consistencia. Y este es el motivo por el cual determinadas noches dedicadas a la poesía o determinados encuentros literarios están llenos de gente: las personas necesitan escuchar palabras más consistentes, palabras que llevan consigo la responsabilidad de aquello que dicen.

Esto me hace pensar a la poesía que usted dedica al poeta Izet Sarajlic.

En Sarajevo, ciudad que ha sufrido el mayor asedio de todo el siglo XX, se celebraban noches de poesía; las personas que habían perdido todo, que ni tan siquiera tenían comida o agua, acudían a escuchar a los poetas que recitaban poesías en sótanos o en subterráneo de los edificios. Esas noches de poesía duraban hasta el amanecer y durante todas esas horas de poesía, el asedio quedaba suspendido, las palabras conseguían salvar ese tiempo y tener lejos el asedio militar. La poesía, por tanto, en ciertos momentos, es capaz de suspender los ataques y de ofrecer unas palabras que sirven como contrapeso a los infortunios que viven las personas.

Habla de la palabra como modo de recuperar el tiempo. ¿A esto responde su interés por el Yiddish, lengua que usted estudió?

Para mí, estudiar el Yiddish era un acto de reparación. Mi intención era la de reparar un daño cometido por el pasado y, de hecho, tratar de reparar este daño, reanimando el yiddish, es lo único que puede hacer alguien que ha venido.

¿Hay, por tanto, un sentido de culpa o de responsabilidad por lo cometido por el mundo que le precedió?

De responsabilidad, no de culpa. Yo estoy tan falto de todo sentimiento de culpa que conmigo Freud no habría ganado ni un céntimo. Sin embargo, soy alguien que ha nacido a la mitad del novecientos y, por tanto, he estado investido, incluso por la primera mitad del siglo en la que yo no he vivido, de esa responsabilidad.

Y, sin embargo, actualmente la memoria histórica es muy frágil y el olvido de lo que nos precedió es muy común.

Las generaciones no siempre recogen todo aquello que proviene de las generaciones anteriores, más bien eligen solo algunas cosas de esa herencia e, incluso, a veces, prefieren no rescatar nada del pasado, como es el caso de nuestros tiempos. Yo, de la generación precedente a la mía, he heredado los efectos de la guerra.

Y estos efectos confluyen, en su poesía, en las guerras del presente, en un eterno retorno.

Las guerras nunca han faltado y tampoco faltan en nuestro tiempo. Sin embargo, también es cierto que yo pertenezco a la primera generación de Europa que, en 20 años, no ha sido enviada a una guerra, mientras que todas las generaciones anteriores a las mías padecieron ese destino. El hecho de que Europa, al final de la Segunda Guerra Mundial, se constituyera como cuerpo político ha impedido, durante décadas, el regreso de los conflictos bélicos en territorio europeo y, por esto, no puedo sino estar agradecido a esa Europa. Yo soy un convencido europeísta, Europa me ha salvado y ha asegurado la paz durante años, hasta los años noventa, cuando la guerra regresó con el conflicto de Bosnia. Y, precisamente por este resurgir de la guerra tras años de paz, muchos como yo decidieron ir hasta Bosnia y hasta Yugoslavia para tratar de hacer algo y ayudar.

Se define europeíza; sin embargo, se muestra muy crítico con esta Europa y también con la Italia actual, sobre todo, por cómo afrontan el drama de los inmigrantes y de los refugiados.

Para mí Europa es un viaje que comenzó hace muchos años, un viaje prometedor, lo que sucede es que, actualmente, en este viaje que está recorriendo, Europa se está deteniendo demasiado en una misma estación en vez de proseguir hacia adelante. En cuanto a la cuestión de la inmigración, en Europa actuamos de forma absolutamente insuficiente porque la posibilidad de hacer viajar de forma legal y segura a toda esta gente existe y, sin embargo, dejamos que se enfrenten ellos solos al problema, dejamos que se enfrenten ellos solos al peor transporte marítimo de la historia humana, peor incluso de los barcos en los que viajaban los esclavos. Mientras que en el caso de los los esclavos, al ser considerados como mercancía, se tenía muy presente que, en ese viaje que comenzaba en África, ellos debían sobrevivir, pues debían llegar salvos a América, donde eran comprados, los inmigrantes de ahora pagan personalmente por su viaje antes de hacerlo y a nadie importa que no lleguen a destino. Por esto digo que los viajes que realizan los inmigrantes hoy son los peores viajes de la historia y nosotros somos contemporáneos de todo esto. No digo que seamos responsables directos de lo que está sucediendo, pues las causas son muchas, pero sí actuamos de forma insuficiente ante lo que está sucediendo. Y esta insuficiencia es la razón de mis poesías y de mis intervenciones al respecto.

Publicó su poemario ‘Solo Ida’ en 2005. Hoy, con el drama de los refugiados, la situación de los inmigrantes es todavía más trágica.

Desde hace ya 20 años que existen los flujos migratorios y, seguramente, existirán, por lo menos, por otros 20 años. Por esto, es erróneo llamar a lo que está pasando “emergencia”. Quien llama “emergencia” a un fenómeno de esta duración y de esta continuidad es alguien que no está a la altura de gestionar el orden del día, quien llama a los flujos migratorios “emergencia” es un incapaz y así lo declara.

Decía Giorgio Bassani que él no hubiese sido el escritor que llegó a ser sin esos años de lucha antifascista. ¿Sería Erri de Luca el escritor que es sin esos años de Lotta Continua, sin su viaje humanitario a la guerra de Yugoslavia y sin su experiencia laboral como obrero de fábrica?

No lo sé, no puedo hacer esta conexión entre mi vida y mis textos. Yo me he acompañado a mí mismo con la escritura desde antes de salir de la cáscara de Nápoles y he continuado, desde entonces, a través de la escritura. No sería el ciudadano que soy sin ese recorrido. ¿El escritor? No lo sé, no puedo decir nada al respecto.

Sin embargo, el compromiso político define gran parte de su literatura. Basta pensar en ‘Sólo ida’.

Mi literatura, si la podemos llamar así…. Mis páginas son fruto de mi experiencia física, de aquello que me ha sucedido, de aquello que he conocido. Invento poco, uso más bien el material que me ha ofrecido la vida y, por tanto, todo lo que he vivido forma parte de mis páginas. Sin embargo, no me considero como un ciudadano comprometido, más bien soy alguien que, de vez en cuando, ha tomado un compromiso con cuestiones que no podía evitar, con hechos que me han saltado encima con su fuerza, me han agitado y han invadido mis sentimientos y mi sistema nervioso a tal punto de obligarme a un compromiso, que me resultaba ineludible.

Sin embargo, su actividad en Lotta Continua hasta su activismo en contra del TAV lo definen y lo han definido en Italia como un escritor de compromiso político.

Soy un ciudadano que se preocupa por las cosas que suceden en su país y fuera de él, pero no soy un militante a tiempo completo del compromiso político como sí que lo fui cuando era militante de Lotta Continua.

¿Qué ha cambiado desde entonces?

En la época de Lotta Continua, a mi alrededor tenía una comunidad solidaria, que marchaba en una sola dirección. Tiempo después, me encontré solo. Empecé a trabajar como obrero a finales de los años setenta porque había una lucha entre los obreros, una lucha activa que, sin embargo, terminó y yo me encontré ejerciendo el oficio de obrero, que se había convertido solo en un trabajo y ya no significaba pertenecer a una comunidad. Lo que ha cambiado con respecto a antes es que ahora estoy aislado, soy un single.

¿Añora los años de Lotta Continua?

Yo no añoro nada, no tengo nostalgia alguna, no quiero regresar a ninguna estación vital precedente, me gusta.

Los movimientos del 15M similares o el activismo actual, ¿no los ve como una herencia de aquellos movimientos de los setenta?

No, en absoluto, sobre todo porque aquellos movimientos como el 15M se basaron en la indignación y la indignación es solamente un sentimiento pasajero. No se está indignado a tiempo completo, uno inevitablemente termina por cansarse de estar indignado. La indignación no es un sentimiento político, es un sentimiento personal a partir del cual no se puede crear una polis.

¿Sí, en cambio, se puede crear una ‘polis’ con la tenacidad y la no rendición, que usted ve reflejada en la figura de Don Quijote?

Nazim Hikmet dedica un poema a Don Quijote, donde lo define diciéndole: “tú eres el caballero invencible de los sedientos”. El término “invencible” aplicado a Don Quijote, en un primer momento, sorprende, suena extraño, puesto que Don Quijote siempre pierde. Sin embargo, la descripción de Hikmet es absolutamente precisa, porque los invencibles no son los ganadores, sino que son los derrotados que, a pesar de las derrotas, continúan poniéndose en pie y continúan hacia adelante. Para Don Quijote rendirse es un imposible; los invencibles no se permiten rendirse.

Y paralelamente a Don Quijote está el Charlot que, en medio de un tumulto de gente, se detiene para recoger una bandera del suelo y continuar hacia adelante.

Esa es la imagen que resume el Novecientos, cuando el individuo se ha encontrado dentro de un engranaje gigantesco, siendo, incluso, arrollado por él, pero se detiene, coge la bandera y sigue adelante.

¿Y cómo ve al individuo del XXI, heredero de ese sujeto arrollado y que sigue adelante?

El individuo del XXI ya no recoge la bandera como Charlot, porque ya no está en el centro de la calle, sino que está en la acera, desde donde pasa y observa. Estamos todos en una gran acera, pero ya no nos encontramos; el individuo de hoy no baja ese pequeño escalón que lo separa de la calle para encontrarse con los demás, prefiere quedarse allí, solo, en la acera.

¿El individuo dejó de estar en la calle, como la izquierda dejó de cantar la Internacional, como dice en uno de sus poemas?

La izquierda política ya no canta, ha dejado completamente de cantar.

¿Vivimos la orfandad de la izquierda?

Hoy, la izquierda debería ocuparse exclusivamente de los inmigrantes, que son la fuerza de trabajo que hace ir hacia adelante nuestro país y sobre todo son la fuerza de trabajo explotada en Occidente. Sin embargo, lo que hace la izquierda es preocuparse de mantener algún que otro puesto de trabajo en peligro como si protegiese solamente unas áreas ecológicas dentro del todo. La izquierda, además, está siempre a la defensiva, no propone nada, sino que intenta conservar lo que tiene.

Usted dedica un poema a Paolo Persichetti, condenado en Italia a diversos años de cárcel por ser miembro de Unione dei Comunisti Combattenti, heredera de las Brigate Rosse.

Paolo Persichetti se expatrió en Francia, donde tenía una vida perfectamente regular, daba, incluso, clase en la Sorbona, hasta que el gobierno francés de Balladour lo vendió a Italia, donde ha cumplido una larga pena de detención. Bajo este punto de vista, Persichetti es un ciudadano como todos, un ciudadano que ha tenido que pagar su deuda. Al mismo tiempo, Persichetti es uno de los últimos miembros de aquella generación, que ha sido la más encarcelada por motivos políticos de toda la historia de Italia. Mi generación ha sido más encarcelada por motivos políticos de cuanto lo fue la generación que vivió el fascismo si bien, a diferencia de la época mussoliniana, nuestro tiempo era el de una democracia.

En más de uno de sus poemas, hay un reconocimiento del encarcelado como ciudadano.

Por esto hablo de prisioneros y no de detenidos o encarcelados. Para mí todos son prisioneros, sea cual sea la causa, también la política, para mí todos son iguales, no considero al prisionero político superior al detenido común. Por lo general, en las cárceles, siempre están los últimos, aquellos que están al final de la escala social. Las cárceles italianas están llenas de inmigrantes y de drogodependientes. Los últimos de la sociedad. Cuando con Lotta Continua entramos en las prisiones nos encontramos con una separación neta entre los detenidos comunes y los presos detenidos por motivos políticos: nosotros tratamos, de inmediato, de unirnos y hermanarnos con el proletariado detenido, mientras que todo el antifascismo encarcelado durante el Ventennio había mantenido las distancias de los prisioneros comunes, de los pobres encarcelados por cuestiones comunes. Y fuimos nosotros los que llevamos, por primera vez, libros a la prisión. Ahora hay bibliotecas en las cárceles, pero antes no había un solo libro.

¿Llevar libros a la cárcel suponía pensar la cárcel como lugar reformador y de reinserción?

Claro. Los detenidos que comenzaron a leer libros a través de nosotros y terminaron por aficionarse a la lectura han podido encontrar en los libros las palabras necesarias para contar su situación y relatar su experiencia. Los libros les dieron el vocabulario para expresarse y, por tanto, también una mejor consciencia de sí mismo y de lo que les rodeaba; los libros fueron, para todos ellos, una formación política y de ciudadanía y, a la vez, supusieron una consolidación de la propia personalidad. Los libros, siempre, como efecto secundario al del deleite, te permiten contar tu propia historia, ante todo, a ti mismo.

¿Usted escribe, tal como ha dicho, para usted antes que para los demás?

Yo siempre escribo para darme compañía. Me llega una historia a través de algún relato o a través del alguien, pues yo nunca invento, y entonces yo empiezo a escribirla, pero mientras escribo, la historia va tomando su propio recorrido, distanciándose de aquello que yo quería escribir en un inicio. Son muchos los recuerdos que aparecen durante la escritura y la historia toma su propia dirección, mientras yo trato de atraparla. Lo que me gusta de escribir es precisamente encontrarme ante una historia que es más grande que yo y estoy obligado a retener lo más posible, mientras la historia se me escapa.

“Para mí, un libro de poemas es una ciudad”. ¿Qué ciudad es su poesía completa?

Es una ciudad hecha solamente de barrios, sin centro.

¿Y uno de los barrios es Nápoles?

Sin duda. Nápoles es mi origen. Soy napolitano por educación sentimental; mi compasión se ha formado en Nápoles, mi cólera se ha formado en Nápoles y mi vergüenza se ha formado en Nápoles.

¿Vergüenza de qué?

Vergüenza de aquello que veía a mi alrededor. Nápoles tenía la más alta mortalidad infantil de Europa, tenía emigrados repartidos por todo el mundo y tenía el cuartel general de la Sexta Flota de Norteamérica. Era una ciudad que había sido consignada completamente a Estados Unidos y si un americano cometía un delito, éste respondía ante los tribunales estadounidenses no ante los tribunales italianos. Nápoles era ciudad italiana por cuestiones geográficas, pero en manos norteamericanas. Y los militares estadounidenses llegaban a Nápoles y desahogaban su abstinencia alcohólica y sexual y la ciudad se ponía al servicio de sus necesidades. Mi vergüenza nació en ese contexto y en ese tiempo.

¿Y cómo ve Nápoles hoy?

La veo bien en cuanto está muy bien representada: tiene un alcalde que no proviene de ninguna formación política, es un ex magistrado que lo primero que ha hecho ha sido impedir el uso impropio de los bienes públicos y las concesiones ilegales. Italia sufre de corrupción, que es su mayor mal y el caso de Nápoles es, por ello, un caso único al tener un alcalde que preserva, precisamente, lo público de cualquier uso corrupto. Además, me gusta la relación que hay del alcalde de Nápoles con Ada Colau.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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