Desconexiones
19.03.2017

Desconexiones

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Foto: Pixabay.

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Los políticos y los medios de comunicación dedican mucho tiempo y espacio para hablar de la llamada desconexión catalana, por utilizar el lenguaje de sus impulsores (ERE, CiU y la CUP). Frente a esa desconexión unilateral de una mayoría parlamentaria en Cataluña (que no social, la mayor parte de los catalanes quieren un referéndum pactado), hay otras muchas desconexiones de las que apenas se habla o no lo suficiente, y en las que, paradójicamente, es el Estado quien parece haberse desenchufado.

La lista es interminable, pero a bote pronto me acuerdo de la desconexión del Estado con la mayoría creciente de españoles que cada vez es más pobre, que no tiene trabajo o con un trabajo de mierda que no le evita la visita a los comedores sociales. Por no hablar de la desconexión del Estado con los desahuciados. O con los pensionistas que no pueden pagar sus medicinas por el copago. O con las mujeres que mueren a diario por violencia de género. O con los ciudadanos que padecen la degradación continua de los servicios públicos por los recortes (sanidad, educación) a pesar del esfuerzo que hacen con sus impuestos. O con los españoles indignados por el distinto trato que la justicia del Estado dispensa a unos y a otros, dependiendo de su origen y condición. O con los inmigrantes que desean llegar a nuestro país, huyendo de la guerra o de unas condiciones de vida infames.

Pero quiero detenerme en una desconexión, aún más desconocida y marginal, que me afecta como extremeño que vive en Madrid desde hace años. Leo en el Periódico de Extremadura del 14 de marzo que los placentinos se quejan del estado del servicio ferroviario entre Madrid y la ciudad del Jerte. “La vergüenza de los trenes de Atocha a Plasencia”, titula Raquel Rodríguez Muñoz. La periodista recoge la denuncia de los viajeros, quienes aseguran que los trenes son viejos y sucios y, casi siempre llevan retraso.

“Viajar en tren desde la madrileña estación de Atocha hasta Plasencia y llegar sin retraso se ha convertido en la excepción que confirma la regla, es decir, que cada vez más a menudo, la norma es el retraso y, en la mayoría de los casos, el tren ni llega, porque Renfe opta por trasladar a los viajeros placentinos desde Monfragüe en autobús para que los cacereños no tengan que perder más tiempo y no acumulen más retraso hasta su llegada a Cáceres”, escribe Rodríguez.

Como usuario y casi militante de este tren desde hace 30 años, doy fe de estas denuncias (se las he trasladado no pocas veces a Renfe), aunque no lo limitaría al tramo Madrid-Plasencia sino al enlace ferroviario de la capital con Extremadura, en realidad con cualquier parte de España. La distancia entre Plasencia y Madrid es de poco más de 200 kilómetros y,, sin embargo, el tren tarda oficialmente tres horas, que siempre son tres horas y media cuando no cuatro. No hay cafetería y no es raro que no funcionen la calefacción ni el aire acondicionado.

El desmantelamiento de la línea entre Badajoz y Madrid, pasando por Plasencia, viene de lejos, de la época de Felipe González. Cuando yo era un chaval recuerdo la línea de la Plata, que unía Salamanca con Plasencia y llegaba hasta Sevilla, un trayecto que utilizaban las decenas de estudiantes que acudían a la universidad charra a estudiar. La apuesta del Gobierno socialista de entonces por la alta velocidad y las carreteras borró del mapa esta y otras líneas, desarticulando una red que conectaba capitales de provincia y articulaba el territorio. Desapareció también el tren que unía Extremadura con Cataluña, un talgo viejo y destartalado, de los años sesenta, pero que al menos creaba un vínculo entre ambas comunidades.

Un Estado cohesionado es un Estado conectado por el ferrocarril. El escritor Antonio Orejudo ya nos enseñó hace tiempo las ventajas de viajar en tren. Aparte de ser el más sostenible, tanto económica como ambientalmente, viajar en tren es el modo más placentero que conozco. Uno puede leer, dormir, levantarse, observar el paisaje. En un tren pueden surgir romances y hasta se pueden apagar pasiones repentinas. No queremos un tren de alta velocidad, tan solo un tren que funcione, que sea limpio y accesible para todos los bolsillos. Por favor, que no nos desconecten aún más. Yo quiero estar conectado con el Estado, que piense en mí, que vele por mi seguridad y mi bienestar y que me respete como ciudadano.

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en:

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