16.12.2017

Y resulta que el amor y la vida no eran como habías imaginado

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Ariadna Gil y Gonzalo Cunill en el ‘Vania’ de Àlex Rigola. Foto: Alba Pujol.

Es uno de los mejores montajes teatrales de la temporada. La versión de ‘Tío Vania’, de Chéjov, ideada por Àlex Rigola y que se representa estos días en los Teatros del Canal de Madrid, es uno de esos espectáculos que no se deben dejar escapar. La esencia de la vida, el amor, la esperanza y el ser humano se exhiben frente al público a través de cuatro actores encerrados en una caja de madera en la que caben solo 60 espectadores. 

Los cinco primeros minutos parecen inofensivos, pero no es más que un espejismo. Al entrar huele a bosque. Tal vez sea una mala pasada que le juega a uno el cerebro cuando lo meten dentro de una enorme caja de madera de ocho metros de largo por seis de ancho y tres de alto. O tal vez se deba a que para encontrar la puerta de esa caja haya que seguir el rastro, como si fueran miguitas de pan, de una hilera de notas adhesivas con un árbol azul dibujado sobre su fondo amarillo. Puedes intuir qué es lo que se avecina, pero todo lo que hayas imaginado, lo que te hayan contado, lo que yo pueda contarte, se queda corto.

Te miran como si fueras uno de ellos. De hecho, nada los diferencia: van vestidos como tú -con su propia ropa-, y el resto de los 59 espectadores que han decidido subirse a esa montaña rusa emocional sin haber medido muy bien la violencia de las curvas y pendientes que les esperan. Al entrar, te saludan amablemente. Son cuatro y juegan a mantener flotando un globo de color verde tocándolo únicamente con sus cabezas. Lo dicho. Todo parece pacífico.

En una ocasión tuve la suerte de que me llevaran a comer a Mugaritz, el restaurante que Andoni Luis Aduriz regenta en un precioso caserío en el campo cerca de San Sebastián. Ya me habían advertido de que la experiencia se asemejaba bastante a disfrutar de una ópera, con su obertura, sus arias, sus recitativos, sus coros, su trama… En un momento dado de las tres horas que duró aquella comida, pusieron frente a mí un gran plato con una especie de pequeño cuenco en el centro en el que a simple vista no había otra cosa que dos bocados de algún manjar nadando en abundante salsa. Nos explicaron que aquello era cochinillo. ¡Cochinillo! Imposible con una ración tan pequeña. Sorpresa. En aquellos dos bocados había condensado, concentrado, llevado a su esencia última todo un crujiente y enérgico cochinillo. Salvando las distancias, eso mismo es lo que ha hecho Àlex Rigola con el Tío Vania de Chéjov. Bueno, en realidad, como dice Salvador Sunyer, director del Festival Temporada Alta de Girona, coproductor del espectáculo, “con todo Chéjov, porque dentro de esa caja de madera se representa y se condensa todo el teatro de Chéjov“.

En este Vania de Rigola todo está reducido, como son capaces de hacer los buenos cocineros, para lograr la esencia sin ningún tipo de artificio. Los personajes pasan a llamarse como se llaman en realidad los actores y actrices porque en la propuesta de Rigola no hay actores sino personas. Lo que uno ve es a personas normales y corrientes con sus devaneos pesimistas, sus buenos y malos días, sus cicatrices infligidas por el amor y el paso del tiempo y, también, con sus miserias inconfesables. Es algo que se enfatiza, ¡y cómo!, gracias a la cercanía física con los actores. Con esas personas.

Luis Bermejo es Vania en el montaje de Àlex Rigola. Foto: Alba Pujol.

Luis Bermejo es Vania en el montaje de Àlex Rigola. Foto: Alba Pujol.

Es extraño. Sabes que estás en un espectáculo; has firmado un acuerdo tácito con un grupo de profesionales que te van a contar una historia, pero lo realmente alucinante reside en que eres tú mismo, una de las personas del público, el que entra en el juego. Asistes, a escasos metros de distancia, al milagro de ver entrar en personaje a Luis Bermejo y, sin querer, te vas instantáneamente detrás de él, o de Irene Escolar o Gonzalo Cunill o Ariadna Gil. Porque tras la labor de condensación, de reducción, de limpieza de costumbrismo y de geografía llevada a cabo por Rigola, y por más pesimista que sepas que es Chéjov -el tipo que ha escrito esas palabras que escuchas-, te resulta imposible no sentirte identificado hasta la médula con esas cuatro almas que se desnudan ante ti cuando te cuentan que ni la vida ni el amor son -y lamentablemente nunca lo serán- aquello que pensaban que realmente serían. Esas personas te hacen cómplice en el desasosiego, en la decepción profunda, pero también en la redención que esconde ese instinto de supervivencia supremo que denominamos esperanza.

Todo está reducido hasta la esencia sin ningún artificio ni distracción posible. Buena pista y metáfora de ello es uno de los pocos elementos de atrezo que hay en la caja. Los árboles, el jardín de los cerezos, todos los bosques del planeta están condensados en un bonsai que la actriz Irene Escolar deja bajo sus pies. Todo el movimiento ecologista está ahí, encerrado en las palabras que dice Gonzalo Cunill (que interpreta el personaje de Astrov del Tío Vania original): “Hay que ser un bárbaro para quemar tanta belleza, para destruir lo que por nosotros mismos no somos capaces de crear. Si el hombre fue dotado de inteligencia y fuerza creadora es para multiplicar lo que le ha sido dado y, sin embargo, hasta ahora, lejos de crear nada, lo que hace es destruir”.

Casi una hora y diez minutos después de haber entrado en la caja de madera, devuelto a la realidad por el ruido de los aplausos, comprendes que nada era inofensivo. Has caído en todas y cada una de las trampas emocionales que te ha tendido ese grupo de personas. Sobre todo en la que supone mirarte en ese lago hipnótico e invisible del que sales calado, aunque no quieras, hasta el último recuerdo.

‘Vania’ (versión libre de la obra de Chéjov). Proyecto para cuatro actores y 60 espectadores en la búsqueda de la esencia de Chéjov dentro de una caja. Dirección: Àlex Rigola. Teatros del Canal, hasta el 7 de enero.  Los días 19 y 20 de enero en el Teatro Central de Sevilla.

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Sobre el autor

Manuel Cuéllar
El 12/12/12 decidió poner en marcha esta revista después de una experiencia profesional de 17 años en el diario EL PAÍS, donde se convirtió en un periodista todoterreno. Se licenció en Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el máster en la Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS. Periodista convencido de las bondades de las nuevas tecnologías, cubrió el 15 M por Twitter y otras redes sociales. Puedes seguirme en mis cuentas personales de Twitter, Facebook e Instagram. Gracias.

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Un comentario

  • El 16.12.2017 , Makiavelo ha comentado:

    Ciertamente,…no es lo que nos cuentan en las peliculas de principes azules y princesitas hermosas,….

    El amor es lago muy duro,…duriiiisimo….

    Imaginate que…..echar un polvo te cuesta toda una vida de obligaciones y sacrificios impuestos,…cuando no la muerte en si como ser con vida propia….

    serio,…muy serio

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