12.11.2014

El ‘Off Berlín’ del ‘Post-25 años’ de la Caída del Muro

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Una de las casi infinitas muestras de street art en Berlín. Foto: VisitBerlin.

Una de las casi infinitas muestras de street art en Berlín. Foto: VisitBerlin.

Pistas ‘off’ para no perderse en los mil recovecos de arte y creatividad de Berlín, en plena resaca de celebración de sus 25 años de la Caída del Muro. No nos dimos cuenta de que aquel positivo acontecimiento histórico también abría paso a la soberbia de un sistema capitalista sin límites ni escrúpulos que nos llevaría a la crisis-desahucio que estamos viviendo ahora. Pero lo que está claro es que Berlín renació y hoy este Nueva York europeo nos sigue asombrando por la libertad de su expresión artística. Recorremos galerías, cafés, tiendas, calles y parques distintos.   

El Spreegold es uno de esos lugares frecuentados en el centro de Berlín por oriundos que quieren comer algo fresco y ligero no lejos de Alexanderplatz. Julia Rautenberg, de VisitBerlin, intenta estar a la última en la ciudad que mira al Spree, aunque sus movimientos de ocio y culturales sean tan inabarcables, sobre todo según se ha ido acercando el día cumbre del Jubileo de la Caída del Muro: este domingo, el 9 de noviembre. Así, el Spreegold es sugerencia suya, y mientras va a la barra a pedir observo los asientos de estay con algunos desperfectos, y sus mesas tan casuales. El gran ventanal hace las veces de cinemascope, y de fondo pasa un tren de la SBahn, una de las arterias del transporte berlinés. Sus vagones están cubiertos de grafitis, otro de los emblemas de la capital alemana tras la caída del Muro, y los trenes hacen de vallas móviles de estas reivindicaciones artísticas y de identidad.

Mientras Julia habla con el camarero, por ese cine en directo pasan personas vestidas con calzado cómodo, vaqueros, chubasqueros o chamarras, algunas mochilas. También algún traje y, lo más llamativo: pantalón de sastre y chaleco en un mocetón alemán que a la vez tiene hechos grandes orificios en las orejas. Una chica avanza dando saltitos, haciendo brincar su coleta. Detrás de ella, un hombre de negocios camina a la vez que come pasta de un cubo de cartón portable. Un chico de aspecto caribeño se detiene para sostener en sus brazos a un niño de pelo color zanahoria: Das ist Berlin, este anuncio de Benetton andante es Berlín.

Por la vía del tren se lee la pintada Toleranz. “Donde yo vivo, esos asientos con desperfectos, esa estación con grafitis… serían vistos como signo de poorness“, conversamos en inglés. Rápida de reflejos, como la mayoría de los alemanes que pueblan Berlín, Julia replica: “Aquí, es símbolo de coolness“. Y, sí, esa especie de look de La Polla Records en los años 80 por las entonces grises Siete Calles de Bilbao, en Berlín forma parte del paisaje cotidiano.

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Escaleras de acceso a Neurotitan, shop & gallery. Foto: Cristina Martínez Sacristán.

Galerías de arte y grafitis. Julia aclara que, aunque los grafitis caracterizan a la ciudad renacida tras la profunda cicatriz de su cruenta división, está prohibido pintarlos. ¿Qué sentido tiene esa prohibición, si uno de los iconos de Berlín son, precisamente, sus pintadas callejeras? Víctor Landeta, pintor de spray, opina que cualquiera no debe pintar grafitis, que hay mucha egolatría en esto y que si alguien lo hace debe tener un sentido artístico, no para dejar la huella de “yo pasé por aquí”. Desde ese punto de vista, la idea encaja. “La prohibición perpetúa el carácter reivindicativo y antisistema que originó la era grafitera”, razona Stefano Gualdi, historiador del arte de origen italiano y buen conocedor de la ciudad y su trayectoria.

Fueron los artistas los que reavivaron Berlín tras quedarse tan exhausta por 28 años de Muro. Aún se nota la división, confirman bastantes berlineses, que creen que al menos falta otra generación para que las diferencias entre el Este y el Oeste se desvanezcan. Con todo, la heterogeneidad de Berlín se va haciendo cada vez más homogénea. Y la creatividad no sólo está en las galerías de arte, numerosas por Oranienburgerstrasse y Auguststrasse, por ejemplo, o en sus numerosos museos repletos de sorpresas y hallazgos, sino también en la librería con mensaje, en la valla publicitaria con relieve, en la fachada del Berliner Zeitung, en la decoración del hotel… Y hasta en el baño del restaurante.

Así, en el lavabo de mujeres de un restaurante turco en Brunnenstrasse, la puerta entera, de arriba abajo, está pintada en una auténtica Torre de Babel expresiva, graciosa y que saluda a la usuaria. En este establecimiento, asequible y con empleados muy simpáticos, la gente va y viene y disfruta de sus ricos platos. La última parada, en el baño, redondea la experiencia… En Kreuzberg, el italiano Vereinszimmer cuenta con una Marilyn con cuerpo de muñeca para señalar que el baño es femenino. La puerta es de colores, y eso se repetirá en establecimientos de lo más diversos. Por ejemplo, el hotel Ibis Styles de Mitte es un guiño tras otro. Los números de las habitaciones parecen derretirse, mientras la moqueta produce el efecto óptico de los pies cuando dejan huellas en la arena… En la habitación, la pantalla televisiva está encastrada en una especie de chimenea. Al activarla con el mando a distancia, aparece la imagen de unos troncos encendidos, y el sonido es como el del fuego que crepita… La recepción se confunde con la barra del bar y en el desayuno el Che se mezcla con mensajes relativos a Brandenburg Tor y el final de la zona americana de Berlín, Check Point Charlie, donde, en plan Finisterre, el Este se antojaba lejano y como “otro mundo”, cuentan los berlineses.

Berlín East Side Gallery. Restos del muro de Berlín decorados. Foto: VisitBerlin / Tanja Koch.

Berlín East Side Gallery. Restos del muro de Berlín decorados. Foto: VisitBerlin / Tanja Koch.

Lo que no debe repetirse. Estos días los actos relativos a los 25 años de la Caída del Muro son una celebración. Los berlineses quieren contar y cantar al mundo “qué no debe repetirse”, subrayan. Es su obsesión, y su orgullo, pues son conscientes de que Berlín no es una ciudad rica como Frankfurt, Munich o Stuttgart, pero que tiene un punch de ambiente cultural y turístico poco común en el planeta. El fin de semana, al anochecer, cientos de personas se han estado congregando frente a Brandenburg Tor, donde se proyectan imágenes en movimiento de colores, formas variadas, metáforas de ladrillos del Muro. Como al que cantó Pink Floyd en Postdamerplatz, a finales de 1989. Y el 9 de noviembre, una gran hilera de globos de helio iluminaron simbólicamente el espacio que ocupó el telón de acero. Más de 15 kilómetros de luz donde antes hubo horror y dolor.

Desde VisitBerlin han ideado unas postales que, en una posición, nos muestran Brandenburg Tor o Checkpoint Charlie en blanco y negro, desoladoras, sin alma, hace 40 años. Al inclinarlas, vemos la ciudad actual, vibrante, con colores, personas dinámicas por la calle, muy viva. Las exposiciones organizadas hace meses de Ai Wei Wei y de Bowie formaban colas. Espectaculares, la del chino encaja perfectamente con la idea de libertad y disidencia que reivindica la ciudad otrora dividida; en el caso de Bowie, él también vivió en Berlín, y le cantó al Muro… ¡hasta en alemán!

El Festival of Lights ofreció recientemente espectáculos de imágenes en movimiento que eran pura luz, sobre los edificios. En Alexanderplatz, un navegante parecía salirse de la fachada, conviviendo con los últimos días de la Oktoberfest. La imaginación inundaba en 3D las ventanas, el granito y el ladrillo, haciendo bailar el urbanismo ya dinámico y contrastado de Berlín.

El artista de origen vasco Víctor Landeta vivió en Londres y en Thailandia, y ya lleva unos años en Berlín. Conformó el mítico grupo de la comuna de Tacheles, y el año pasado trabajaba con otros artistas en un edificio abandonado de Correos en la extinta RDA. Al subir por las escaleras, aún había escombros… El último año, Víctor ha estado pintando trozos de muro que en su origen fueron fabricados en Teltow, en Brandenburg, y actualmente han regresado a la fábrica que los creó. En un acuerdo con los dueños, el pintor de spray es de los pocos artistas del mundo que está volcando su arte en los restos del muro de la vergüenza. Tras inmortalizar varios rostros de Premios Nobel de la Paz, ahora está acometiendo el de Teresa de Calcuta.

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El artista de origen vasco Víctor Landeta que ha estado pintando trozos de muro en Berlín. Foto: Cristina Martínez Sacristán.

Eso le tenía muy contento a finales de octubre, pero el viernes, día 7, Landeta estaba exultante: uno de sus retratos ha sido colocado para la festividad enfrente de la Puerta de Brandenburgo, en el hotel Adlon. Su Gorbachov será incluido en la Gala Cinema For Peace, celebrada ad hoc del Jubileo. “La serie de Premios Nobel muestra la parte positiva de la raza humana, en un muro que hizo tanto daño”, opina el autor, valorado por su tenacidad y acierto en humanizar esos trozos de granito represivos.

Un día aquí es como tres. Bastantes artistas de Tacheles han pasado a un estudio en Kopernickerstrasse. La entrada tiene algo de cafetería cracoviana, a media luz, con muchos ornamentos pintorescos, madera, velas… Hay varios pisos, y Víctor me muestra dónde tiene su departamento y el de otros colegas. En la primera planta, una barra atípica, como con barrotes, y una música underground. Más arriba, unos diseñadores, fotógrafos, urbanistas… Cerca de donde reposan las pinturas de Víctor, encontramos con las manos en la masa a otro de los autores que pintó en el bosque de trozos de muro de Teltow. Con él está un periodista mexicano que va a permanecer en Berlín una temporada, amparado por los medios para los que trabaja. Por allí anda un artista madrileño amigo de Víctor, con rastas y aspecto de músico. Como todos ellos, tiene una mirada despierta y divertida. Todo el edificio rezuma creatividad. En el espacio de Landeta, unas fotografías de su paso reciente por Brasil y Venezuela. Allí suele dormir, en ese edificio tomado por las musas…

“Creo que Berlín es un buen lugar para las personas que quieren expresarse”, resume Julia Rautenberg. Artistas, poetas, realizadores, góticos, homosexuales… “sienten que aquí pueden hacerlo”. “Un día es como tres”, dice gráficamente Ana García-Pineda, quien se formó en Londres pero lleva escogiendo Berlín para desarrollarse bastantes años… Acaban de concederle el premio Fundacio Lluis Coromines al mejor artista catalán, y en enero marchará a una residencia a Malasia. Concienzuda y disciplinada, Ana se siente cómoda en una ciudad en la que puedes hacer amigos de cualquier edad, de diferentes orígenes, intercambiando ideas todo el rato.

Su amigo y colega Ignacio Uriarte, de familia entre vasca y barcelonesa, ha pasado buena parte de su vida en Alemania, y su carrera está bastante consolidada allí. No siempre ocurre con las jóvenes promesas, que saben que en Berlín se invierte en arte, y por ejemplo María Ptqk y Ramón Quanta desmitifican la imagen de Edén para el artista que tiene la capital alemana. Sí que aún los precios de los pisos son asequibles, y comer puede ser realmente barato, pero por ejemplo María, aunque reconoce que Berlín facilita muchas sinergias, la dejó recientemente cansada de realizar trabajos freelance, precarios.

Aunque su paso por la Berlin Art Week con Jokin Burgo fue muy aplaudida, el escultor Jesús Lizaso cree que “Berlín está saturada de arte”: demasiada oferta, que en ocasiones obtura la demanda… Landeta conviene que Berlín es estimulante, pero competitiva, y casi todos los que empiezan a vivir en ella saben lo que es un minijob o vivir con menos de 1.000 euros al mes.

Aunque estos meses está en Finlandia con otros proyectos, Misha Piratenburger se dejó seducir por Berlín, abandonando Sidney, dejándose “inspirar por la vibra berlinesa, ese punto justo entre la mugre y lo profiláctico, el ambiente de tolerancia que aún se respira, en dirección antagónica a la oficialista internacional”.

Osos, ‘zapas’ y una jirafa. Y es que la creatividad alcanza el rincón más insospechado. Grandes osos, emblemas de la ciudad, están haciendo el pino en algunos espacios, como enfrente del Instituto Cervantes. Caminando de Alexanderplatz a Mollstrasse anuncian Stupid Sidekicks exhibition, con una pintada que recuerda a Kandinsky. “Shoes are boring. Use Snickers”, invita una valla publicitaria por Greifswalderstrasse. Cerca de Mollstrasse, la fachada del Berliner Zeitung parece explotar en mil pedazos. No lejos de Postdamerplatz, una empresa eléctrica indica, con un operario subiendo en relieve por una escalera, Für Berlins Energie geben wir alles (Por la energía de Berlín lo damos todo). En torno a la gran y moderna plaza, otrora bastión de la Guerra Fría, los edificios desafían las convenciones en mil formas inauditas. En medio del Sony Center, la jirafa hecha con piezas de Lego destaca como uno de tantos puntos de imaginación y color en la ciudad.

En Berlín, homóloga de Nueva York en Europa, el cómic abunda y es de gran calidad. En busca de lo mejor en cómic femenino, doy con el Neurotitan; bueno, no es fácil dar con este singular local de Rosenthalerstrasse, escondido en un patio repleto de vericuetos, cercano a la zona de moda de Hackeschen Höfer, que se antoja misterioso en el anochecer prematuro de octubre. Enfrente, el Centro Anna Frank y un bar muy berlinés, ¿es un bar, es un lugar de encuentro de intelectuales?. Al subir las escaleras, un horror vacui de pintadas asalta a la visitante. No hay espacio para el aire, todo está pintado. Sencillamente impactante, maravilloso.

Esta es la antesala de Neurotitan, shop & gallery. Gerrit está comiendo unas nueces, algo distraído. Decenas y decenas de cómics y libros rodean a este joven y rubio alemán, que admite que trabajar en ese ambiente, y escuchando la música que le gusta, está muy bien. Suenan Los Ramones. Gerrit cuenta que este espacio lleno de musas nació de su galería, contigua al aluvión de viñetas y libros. Una vez dentro, la exposición de Jim Avignon, “the fastest painter of the world”, quita el cansancio de todo el día andando: es una explosión de imaginación, de colores, de ideas. Combina objetos con dibujos, letreros de neón con imágenes algo cubistas. Un Tío Sam golpea con su garrote de dólares mientras proclama “Yes, we can”… Una chica habla al teléfono mientras detrás de ella dos tipos esnifan una raya. La muestra es como las nueces que se está merendando Gerrit: energética.

Por Berlín la gente lee mientras espera el metro, en el tren, en el parque… y hasta aguardando a que termine la colada en la lavandería. Es una ciudad que democratiza la cultura, con fácil acceso a sus manifestaciones y aún con precios asequibles. De ahí que muchos jóvenes se animen a probar suerte en la homóloga de Nueva York en Europa.

Escritores, cocineros, artistas. La escritora de origen argentino Esther Andradi me cita en el Billy Wilder, mítico café cinematográfico, en el entorno ultramoderno de la Berlín renacida, la de la Biblioteca y la Filarmónica, y el entorno de la Berlinale. Entre hojas secas otoñales, de regalo, un atardecer rojo, sobre los edificios de ladrillo… La imaginativa Esther va a publicar en unas semanas el libro Mi Berlín, una recopilación de los artículos que escribió para diferentes medios de Latinoamérica antes, durante y después de la caída del Muro. Me lo cuenta mientras la jirafa de Lego parece mirarnos, en un contrapicado de rascacielos imposibles…

El Jubileo del Muro lo que ha hecho ha sido intensificar un ambiente ya de por sí creativo. En Berlín los amantes del arte se pueden perder por la isla de los Museos (Patrimonio Unesco), por la Berlin Art Week (septiembre), por la Biennale (junio), el festival Cut de performances (mayo), la Berlinale cinematográfica (febrero)… La oferta no cesa, es un manantial generoso. “Berlín es muy estimulante aunque no es cómoda, sino dura. Pero resulta un motor para la música, la poesía… Es un nido de talento”, define Ana García-Pineda. De ahí que reúna a cineastas, editores, cocineros que se benefician de su apertura multicultural para ofrecer creaciones originales; cantantes como Naroa Intxausti, que se impregnan de la estela de Wagner, Bach, Mendelssohn… y las nuevas corrientes…

La puerta de Brandeburgo. Foto: VisitBerlin / Wolfgang Scholvien.

La puerta de Brandeburgo. Foto: VisitBerlin / Wolfgang Scholvien.

Cocineros de todo el mundo despliegan sus creaciones en una ciudad con un paladar abierto a todas las culturas. Y hay restaurantes en todos los formatos y diseños imaginables, algunos de ellos enclavados bajos las vías del tren. Eso es muy Berliner…

La East Side Gallery son 1.300 metros de Muro (Schandmauer) pintados por artistas de todo el mundo, en esa explosión de creatividad que hizo renacer a Berlín de las cenizas de la escisión y el rapto de su identidad. Aún se debate la procedencia de construir casas burguesas enfrente. Llama la atención un espacio enorme de murales pintados con spray en Lichtenberg, unos 22.000 metros cuadrados de grafitis en las fachadas del barrio, a unos 15 minutos de Alexanderplatz (Alt Friedrichsfelde/Am Tierpark).

La creatividad alcanza Tempelhofpark, parque que hasta el cambio de siglo fue un aeropuerto aliado, y que hoy representa el emblema de la libertad berlinesa: Tempelhofer Freiheit. Hasta el atardecer, los berlineses circulan con sus bicis, pasean, leen, hacen pic-nics, juegan con sus monopatines… Estos últimos encienden sus luces cuando el cielo se enrojece. Los ciudadanos van saliendo del parque y, enfrente, las figuras de unos niños juegan entre hojas secas. Un referéndum frenó en junio la construcción aquí de edificios y tiendas de lujo. Los berlineses querían seguir teniendo su reducto para el ocio, la naturaleza y el ejercicio.

Ciudad cubista y picassiana. Y, todavía, Berlín sigue siendo cubista. Y en una misma plaza convive la iglesia abatida por el bombardeo de la II Guerra Mundial y el edificio ultra-moderno. “¿Ves? Por aquí pasaba el Muro”, me contaba, hace un año, Víctor Landeta en el límite con el Este en el que pintaban él y sus colegas. Y un skyline de viejas fábricas, de edificios monótonos y adocenados, aún delatan ese pasado reciente.

Contrastes algo picassianos que hipnotizan a fotógrafos como Javier Reina, Erika Ede, Ángel López-Soto… y que siguen atrayendo con fruición a creadores de todo el mundo.

Erika Ede, fotógrafa e historiadora que trabaja para el Guggenheim Bilbao pero pasa temporadas en su casa berlinesa, lo sabe bien. Pareja del Pulitzer David Hornback y de ascendientes alemanes, conoce a profesionales de todo pelaje. Así, me dispara propuestas que van desde tiendas de moda Berlin Stil, pasando por un intérprete de viola muy bueno, un galerista de arte, la responsable de la Kulturabteilung der Botschaft von Spanien… Por galerías muy punteras, donde la naturaleza tiene mucho peso, como su protagonismo en la ciudad de las bicis y los pájaros y las ardillas. Víctor Landeta me pasa los folletos del Lakino Latin American Film Festival y la Border-Bridges art exhibition… La lista no tiene fin. Se necesitan otros pies o más días para abarcar tanta creatividad, tantos estímulos urbanos…

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Sobre el autor

Cristina Martínez Sacristán
Cristina Martínez Sacristán. Periodista desde los años 90, viene trabajando especialmente en prensa diaria, y también para radios, revistas, webs y editoriales. Le gusta desarrollar baterías de reportajes y entrevistas en destinos internacionales, y así se encontró con los primeros 'indignados' en Wall Street, identificó a algunos supervivientes de La Maleta mexicana, ha testado a noruegos tras los asesinatos de Breivik y a berlineses 25 años después de la Caída del Muro, y ha charlado con Aminetu Haidar, Tom Sharpe, Bahiyyih Nakhjavani, Bill Keller, Luis Rojas Marcos... Sus trabajos culturales y humanitarios se reflejan en su blog,

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