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La fructífera relación entre fotografía y narrativa, de Wim Wenders a Sophie Calle

Por El Asombrario & Co., el 3 de noviembre de 2016, en clases

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Fotografía de Peter Beard.

Fotografía de Peter Beard.

Comienza noviembre con una lección en torno a la fructífera relación entre la fotografía y la palabra a cargo de Rubén Abella, el profesor del mes del blog de la Escuela de Escritores. Al final del artículo, Abella nos cuenta las bases para participar en el Concurso Escuela de Escritores / El Asombrario. Esta vez, las 500 palabras deberán surgir a partir de la imagen propuesta.

Basta caminar por el centro de una ciudad o encender un ordenador para darse cuenta de la ubicuidad que la imagen —especialmente la imagen fotográfica— ha alcanzado en la mayor parte de las sociedades contemporáneas. Cada minuto se captan en el mundo millones de instantáneas con teléfonos móviles o cámaras digitales. Nunca nos habíamos fotografiado tanto.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con el lenguaje, cuyas reglas aprendemos desde pequeños, muy poca gente conoce en profundidad la sintaxis, la gramática o el vocabulario del medio fotográfico; es decir, las estrategias y mecanismos internos de los que se valen las fotografías para comunicar un mensaje o contar una historia. Tampoco se conoce bien la relación histórica que la fotografía ha mantenido casi desde su invención con el lenguaje escrito y, más concretamente, con la narrativa.

Los orígenes. El pie de foto.

La relación entre la fotografía y la escritura ha sido siempre compleja y, como veremos a continuación, muy fructífera. Probablemente —es difícil establecer un origen preciso— los primeros escritos asociados a fotografías fueron los llamados “pies de foto”, mínimos textos redactados para proporcionar al lector datos que la fotografía no podía proporcionar por sí sola.

El primero en utilizar pies de foto más elaborados fue Paul Nadar, para acompañar la entrevista que su padre, el famoso retratista Félix Nadar, hizo al anciano científico Eugène Chevreul el 5 de septiembre de 1886. Se trataba, en términos modernos, de un auténtico ensayo fotográfico, casi un storyboard, pues marcaba el paso del tiempo a lo largo de la entrevista e incluía al pie de las imágenes, en una estilizada letra cursiva en tinta negra, las palabras del científico.

Más tarde, los periódicos se encargarían de normalizar el uso de los pies de foto e instituir la técnica del fotomontaje, que en ocasiones utilizaba porciones de texto. Pero tanto en la entrevista de Nadar como en los periódicos, la función del texto era la de un mero refuerzo de las fotografías.

Esta relación de desigualdad se mantuvo hasta la década de los setenta del siglo XX, cuando el fotógrafo estadounidense Duane Michals empezó a producir obras en las que el texto jugaba un papel determinante en las representaciones fotográficas.

Michals había inventado con anterioridad lo que se ha dado en llamar la “secuencia fotográfica”, que él utilizaba para contar pequeñas y a menudo humorísticas historias en las que exploraba conceptos como lo grotesco, el narcisismo, la literatura, la mitología o la fantasía. Ahora empezó a incluir textos junto a sus imágenes. De esta forma llamaba la atención sobre las ambigüedad inherente al medio fotográfico, que supuestamente reproduce la “verdad” y que, al mismo tiempo, tiene la capacidad para inventar ficciones literarias que se aprovechan de la credulidad natural de los espectadores.

El texto que acompaña a la fotografía, titulada Una carta de mi padre, dice: “En la medida que puedo recordar, mi padre siempre decía que algún día me escribiría una carta muy especial. Pero él nunca me dijo sobre qué sería esa carta. Yo solía tratar de adivinar lo que la carta contendría, qué íntimo secreto compartiríamos nosotros dos, qué misterio de la familia podría ser ahora revelado. Yo sabía lo que esperaba leer en la carta. Quería que él me dijera dónde había escondido sus afectos. Pero entonces murió, y la carta nunca llegó. Y nunca encontré el lugar donde había escondido su amor”.

Más allá del pie de foto.

Otra variante de la relación entre la imagen fotográfica y la escritura consiste en la presencia de la palabra escrita dentro de la fotografía. Estos elementos textuales pueden llegar a ser cruciales para lograr desentrañar el mensaje de la fotografía, tanto por lo que dicen como por lo que revelan de una sociedad determinada.

Esto se aprecia con claridad en buena parte de la obra documental llevada a cabo por Walker Evans durante los años de la Gran Depresión en Estados Unidos, aunque este interés también emerge en los últimos años de su vida, mediante la inclusión de textos en sus polaroids en color. No hay que olvidar, además, que la verdadera vocación de Evans fue la de escritor, y que, junto con James Agee, creó a finales de los años treinta del pasado siglo uno de los libros más originales jamás publicados, el ya clásico Elogiemos ahora a los hombres ilustres, que incluye fotografías de Evans y un fascinante e inclasificable ensayo-novela de Agee.

Los elementos textuales adquieren también mucha importancia en el retrato fotográfico de Nueva York que William Klein elaboró a mediados de los años 50. La nueva edición de su libro New York 1954-55 contiene un capítulo entero dedicado a los mensajes escritos que proliferan en la ciudad, desde los titulares de los periódicos hasta el graffiti, pasando por los mensajes insertados en los escaparates de tiendas y en los restaurantes.

En su incansable búsqueda de los límites expresivos de la fotografía, Robert Frank también se ha enfrentado a la palabra escrita en sus trabajos. Ha hecho fotografías de fotografías colgadas con pinzas de una cuerda, en las que aparece escrita la palabra Words [palabras]. También ha escrito directamente sobre los negativos, fijando así de forma permanente la asociación entre el texto, que se convierte en imagen, y la fotografía original. Un juego complejo con una presentación engañosamente sencilla.

El progresivo refinamiento de la obra de Bernard Faucon lo ha llevado a incluir textos esenciales en dos de sus series fotográficas. En Les Écritures [Las escrituras], introduce textos de luz en el paisaje, mientras que en La fin de l’image [El fin de la imagen], utiliza textos filosóficos escritos sobre la piel.

Peter Beard va aún más allá, introduciendo en sus fotografías textos escritos a mano que resultan prácticamente ilegibles para el espectador y acaban convirtiéndose en “imagen”, en una parte constituyente, primordialmente visual, de la fotografía.

Otros fotógrafos que han hecho un uso eficaz de las palabras dentro de sus imágenes son Barbara Kruger, que utiliza la estética publicitaria para lanzar sus mensajes feministas; Marcelo Brodsky, cuya foto Los compañeros sería inane sin los breves apuntes a rotulador que explican la suerte que los antiguos compañeros de colegio del autor han corrido durante y después de la dictadura argentina; o Gilliam Wearing, quien, en su serie Signs that Say What You Want Them to Say and not Signs that Say What Someone Else Wants You to Say [Carteles que dicen lo que tú quieres que digan y no carteles que dicen lo que otras personas quieren que digas], pide a gente con la que se encuentra por la calle que escriban en una hoja de papel lo primero que les venga a la cabeza, con resultados a menudo desconcertantes, como el de un joven ejecutivo de la City de Londres que escribe: “Estoy desesperado”.

El libro fotográfico.

El libro fotográfico es quizás el formato más adecuado para que florezca la relación entre la escritura y la fotografía. Fundamental en este sentido es la ya mencionada obra de Walker Evans y James Agee, Elogiemos ahora a los hombre ilustres, publicada a finales de los años 30 del siglo pasado.

También importante es la obra de Wright Morris quien, en libros como The Inhabitants [Los habitantes] (1946), The Home Place [Lugar de origen] (1948) o God’s Country and My People [Tierra de Dios y mi gente] (1968), elabora sofisticadas narraciones que combinan sus propias narraciones y fotografías.

A principios de los años sesenta del siglo pasado, la editorial barcelonesa Lumen tuvo feliz la idea de publicar libros con fotos. Cada libro de esta pionera serie tenía un tema específico y requería la colaboración de un fotógrafo y un escritor. La esencia de la colección Palabra e Imagen puede encontrarse en el primer volumen de la serie, Libro de juegos para los niños de otros, resultado de la colaboración de la escritora Ana María Matute y el fotógrafo Jaime Buesa. Otro libro destacado de la serie es Izas, rabizas y colipoterras, un retrato del barrio del Rabal de Barcelona realizado por Camilo José Cela y Juan Colom en 1964.

Fruto también de la colaboración de un escritor —John Berger— y un fotógrafo —Jean Mohr— es A Fortunate Man [Un hombre afortunado], un bello ensayo humanista inspirado en la vida y el trabajo del médico rural inglés John Sassall.

Los fotógrafos y la escritura.

Entre los numerosos fotógrafos que han utilizado con éxito el texto en sus trabajos destacaremos al español Chema Madoz, quien no sólo ha explorado los significados de la palabra escrita en sus fotografías, sino que ha llegado a publicar un libro, Fotopoemario, en colaboración con el poeta Joan Brossa. Como afirman los editores en la contraportada, el libro es “una demostración de cómo, si bien una imagen puede valer más que mil palabras, un poema puede ofrecernos una gran imagen”. Se trata de un juego de itinerarios entrelazados, nacidos de la mutua inspiración de los dos artistas.

A principios de los años noventa, Wim Wenders publicó un libro, Einmal [Una vez], que contiene textos y fotografías. A través de las palabras, que adoptan la forma de breves poemas narrativos, el cineasta alemán establece una interesante relación de complementariedad con las fotografías.

Mención especial en este capítulo merece la obra de Sophie Calle, consistente en complejos proyectos que mezclan la vida y la ficción, la literatura —en forma de breves textos narrativos— y la fotografía —que no ilustra los textos sino que habla con ellos en una relación entre iguales—. La imagen de la ilustración pertenece a su serie The Hotel [El hotel], que la propia autora explica con las siguientes palabras: “El lunes 16 de febrero de 1981 fui contratada por tres semanas como parte del servicio de limpieza de un hotel de Venecia. Se me asignaron doce habitaciones en la cuarta planta. Mientras llevaba a cabo mis labores de limpieza, estudiaba los objetos personales de los huéspedes del hotel y observaba a través de los detalles vidas que yo nunca llegaría a conocer. El viernes 6 de marzo, el trabajo terminó”. (Sophie Calle, Double Game, 1999).

Cada una de las doce habitaciones dio lugar a un díptico como el de la ilustración, en el que figuran las normas del hotel, descripciones objetivas de los objetos observados y la respuesta emocional de la artista ante esos objetos.

Los escritores y la fotografía.

Entre los escritores que, de forma notoria, han adoptado el uso de la fotografía en su obra cabría destacar a Émile Zola y Victor Hugo en el siglo XIX, y a Juan Rulfo, Georges Simenon, Allen Ginsberg, Manuel Rivas o W.G. Sebald en el XX.

Las fotografías de Juan Rulfo constituyen una representación gráfica de los paisajes desolados e inhóspitos por los que transitan los personajes de Pedro Páramo y El llano en llamas. Ginsberg usa fotos y textos para elaborar un cercano retrato de los componentes de la generación Beat. Sebald, por su parte, usa fotografías tomadas durante sus reflexivos viajes para potenciar el poder de las palabras. En España, Rivas publicó en 2001 un libro muy original, La mano del emigrante, que se vertebra alrededor de una pequeña colección de instantáneas.

De especial interés, por su carácter híbrido e innovador, que lo ha elevado a la categoría de libro de culto, es Motel Chronicles [Crónicas de motel], del narrador y dramaturgo norteamericano Sam Sheppard. Una obra esencial que, mediante breves relatos, recuerdos autobiográficos, poemas y fotografías, retrata con lucidez y dura belleza la vida en los Estados Unidos a finales del siglo XX.

La fuerte presencia de elementos textuales dentro de las fotografías o junto a ellas —pensemos, por ejemplo, en la enorme importancia que adquieren los textos en la fotografía publicitaria— suscita una importante reflexión. Como plantea Christian Caujolle en su ensayo Text and Photograph: A Rich and Complex Relationship [Texto y fotografía: Una rica y compleja relación]: “Quizás, al contrario de lo que normalmente se piensa, seguimos viviendo en una civilización dominada por el texto, no por la imagen, a pesar de que las imágenes visuales estén en todas partes”.

Sea como fuere, la relación entre la fotografía y la escritura pone a nuestra disposición una infinidad de posibilidades creativas.

Concurso Escuela de Escritores/El Asombrario

Una vez exploradas las diferentes estrategias empleadas por la fotografía y la narrativa para relacionarse entre sí, proponemos el siguiente ejercicio. Se trata de escribir un relato breve inspirado en esta fotografía, de acuerdo con las siguientes indicaciones. El texto no debe limitarse a describir lo que muestra la imagen, sino que debe contar una historia autónoma, basada en el estímulo visual pero que se sostenga sola. Las palabras deben complementar la foto y, al mismo tiempo, formar con ella una unidad más compleja y, por tanto, más sugerente. Ese es el reto. El texto no debe tener más de 500 palabras. Cuando lo tengas, envíalo a la Escuela de Escritores para participar en el concurso de este mes. El ganador podrá disfrutar de un mes gratis en cualquiera de los cursos de la Escuela y el relato se publicará en las páginas de este blog, en El Asombrario / Público.

Para enviar el texto pincha aquí.

Todos los cursos de la Escuela de Escritores.

Foto: Gregory Crewdson.

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