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El último relato ganador nos trae unas extrañas hortalizas

Por El Asombrario & Co., el 28 de Abril de 2017, en concurso

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Foto: Pixabay.

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Uxue Montero Muñoz, con el relato ‘Huerto urbano’, es la ganadora del Concurso Escuela de Escritores/El Asombrario de abril. “Lo primero que hay que destacar de este relato es lo bien que construye la verosimilitud”, destaca Javier Sagarna, profesor y director de la Escuela de Escritores. Este relato y el lúcido comentario en torno a él cierran el blog de la Escuela de Escritores en ‘El Asombrario’, tras casi dos años de artículos, entrevistas, lecciones, concursos… Y el punto y aparte lo pone la frase “¿qué sería de la vida si no existiera la magia de la literatura?”. A partir de mayo toma el relevo en nuestra publicación el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado.

Huerto urbano

por Uxue Montero Muñoz

Siempre deseé tener un huerto, así que cuando el ayuntamiento puso unas parcelas en las afueras no me lo pensé dos veces y me apunté.

Es pequeño, de cinco por dos metros; en total hay sesenta repartidos en tres filas. El mío es el último de la del medio.

La mañana siguiente a que me lo adjudicaran desbrocé y comencé a mover la tierra. En eso estaba cuando la azada chocó con lo que creí era una piedra. Enseguida me di cuenta de que había algo raro; era muy redonda y lisa. Al descubrirla del todo me quedé abrumado: ¡un cráneo! Aunque no parecía humano. Estrecho en la parte inferior y ancho en la superior con un valle en medio; tenía forma de corazón. Las cuencas de los ojos y la abertura de la boca sí eran normales —o eso pensé yo que no soy un experto en osamentas— pero la nariz tenía tres agujeros.

Lo solté como si quemara y llamé al 112. En diez minutos llegaron dos coches de policía y una furgoneta blanca sin distintivos. Se acercó a mí un agente, quien me comunicó que no podía permanecer ahí.

Mientras me alejaba miré hacia atrás. Pude ver a varias personas con trajes blancos colocando una carpa, y al policía de antes haciéndome gestos para que siguiera andando. Observé los alrededores pero no vi a nadie más.

Volví a última hora de la tarde y no había rastro de lo que había pasado esa mañana. Nada. Ni carpa, ni policía, ni huesos. Me fui a casa sin saber qué pensar.

Apenas dormí esa noche. Estaba muy confuso, todo había sido tan raro. O no. Tal vez esa era su forma de trabajar, siempre así de rápido. Al fin y al cabo, ¿qué sabía yo?

Después de desayunar di un paseo hasta la comisaría. Les comenté lo ocurrido y que me gustaría saber qué había encontrado pero no tenían constancia sobre aquello. Llamé al 112 y me contestaron lo mismo. Pregunté por los alrededores del huerto, nadie había visto nada. Hablé con una amiga periodista, una semana después me llamó; no había encontrado ninguna noticia sobre eso.

Me dije a mí mismo que lo habría imaginado, o soñado. No estaba muy convencido pero tampoco sabía qué hacer. Continué labrando mi pequeña huerta y a día de hoy estoy muy orgulloso de mi trabajo. Han pasado cinco años y temporada tras temporada me salen las hortalizas más grandes y brillantes.

Los demás me preguntan qué le echo a la tierra; les digo la verdad, que el mismo abono que ellos aunque sospecho que no me creen. Y eso que no saben de las alubias duras y brillantes que crecen dentro de las judías. Llevé una a un joyero pero no supo decirme qué es; luego a un geólogo y tampoco. Las voy guardando en una caja debajo de mi cama, no sé qué haré con ellas. 

***

Comentario del profesor

Lo primero que hay que destacar de este relato es lo bien que construye la verosimilitud. Sin explicaciones, con la fuerza tozuda de los hechos y de los detalles concretos, nos convence primero de la existencia del huerto, algo, en teoría, sencillo (“el ayuntamiento puso unas parcelas en las afueras”; “Es pequeño, de cinco por dos metros; en total hay sesenta repartidos en tres filas. El mío es el último de la del medio”) y luego de la aparición de ese extraño cráneo (“la azada chocó con lo que creí era una piedra”, “era muy redonda y lisa”, “no parecía humano. Estrecho en la parte inferior y ancho en la superior con un valle en medio; tenía forma de corazón. Las cuencas de los ojos y la abertura de la boca sí eran normales, pero la nariz tenía tres agujeros”). Lo vemos, casi lo hemos tocado, a partir de esta sólida base (construida también con la habilidad de que el personaje matice que “no soy un experto en osamentas”, lo que permite al lector situarse en el mismo plano), el autor construye el resto del texto sabiendo ya que, a poco que sea capaz de mantener una lógica narrativa razonable y de avanzar en la línea marcada, el lector permanecerá sumergido en el sueño ficcional, es decir que seguirá aceptando creer todo lo que pase.

Y lo que pasa es que todo parece desaparecer, todo se pone en duda. No queda ni rastro de lo ocurrido, nadie sabe nada, incluso el narrador llega a pensar que puede haberlo imaginado. Mientras estos hechos se suceden -y aunque tal vez esta parte podría mejorar trabajando un poco más la precisión y la selección de los hechos a narrar-, el lector sin embargo está convencido, sabe lo que ha visto, sabe que el cráneo era real y sabe que era muy raro, con lo que, sin que el narrador tenga que decírselo explícitamente, entiende que hay algún tipo de conspiración.

Y así llegamos al desenlace, el personaje que ha hecho todo lo que estaba en su mano para esclarecer los hechos parece haberse rendido, ha vuelto a su huerto donde cava y cultiva unas hortalizas que (el lector recibe esta información con un “ya lo sabía yo”) resultan extrañamente grandes y brillantes. Algo sucede. Lo que se nos confirma en las últimas frases del relato que nos dejan, por un lado satisfechos al descubrir que, como imaginábamos algo raro sigue sucediendo, y por otro lado intrigados.

¿Qué sería ese cráneo?, ¿el de un marciano?, ¿el de un duende?, ¿son mágicas las habichuelas o extraterrestres?, ¿qué sucederá con esas alubias guardadas bajo la cama? Generoso con el lector, el relato no se cierra sobre sí mismo, sino que deja bullendo en su cabeza todos estos interrogantes y casi le invita a imaginar las muchas historias que podrían surgir a continuación.

En el capítulo de lo mejorable, tal vez se podrían construir un poquito más los escenarios que, huerto aparte, quedan un tanto desdibujados, tal vez empleando algunos detalles sensoriales (olores, sonidos, etc.) que acaben de asentar la verosimilitud.

Pero se trata de un relato excelente y muy bien trabajado, de una mentira urdida con la habilidad de un buen cuentista que nos obliga a aceptar la irrupción de lo fantástico en un escenario por lo demás del todo real. Un relato que subvierte nuestra concepción de la vida y que, tal vez por eso, la refresca y completa. Y eso es lo que hace la literatura. Porque ¿qué sería de la vida si no existiera la magia?

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