25.10.2017

España no arde, la quemamos

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Incendio forestal. Foto: Pixabay.

Incendio forestal. Foto: Pixabay.

El 95% de los incendios tienen causas relacionadas directa o indirectamente con la acción humana. Ello quiere decir que solo tienen causas naturales, y por tanto son inevitables, el 5% restante, por lo que tenemos mucho que hacer para que no se produzcan todos los demás. Evitar tragedias como las de Galicia y Asturias de la semana pasada también depende de lo que tú y yo hagamos.

POR JUAN CARLOS RANZ, Coportavoz de EQUO Castilla-La Mancha

Ni las últimas novedades en el enésimo caso de corrupción del PP se han abierto hueco en el monotemático espacio informativo de estas semanas como lo han hecho los catastróficos incendios ocurridos en el noroeste peninsular. Ello es prueba de su gravedad y del creciente interés que arrancan en la ciudadanía, que ha visto el fuego atravesando autovías, entrando en núcleos urbanos y llevándose la vida de 4 personas en Galicia y 44 en Portugal, país donde los incendios de junio causaron ya 64 muertes y centenares de personas heridas.

Los incendios forestales no son solo uno de los principales problemas ambientales de nuestra península ibérica, sino que son el principal problema de protección civil al que nos enfrentamos a día de hoy y que cada año va incrementándose, incluso en épocas tradicionalmente menos peligrosas. Aunque el número de incendios pueda reducirse, la creciente intensidad de estos, y su evolución a grandes incendios forestales, muestra una tendencia imparable en los últimos años; quedando fuera de capacidad de extinción, en determinadas condiciones, frente a cualquier dispositivo. Si en su camino se encuentra con un pueblo, ciudad o algunas de las urbanizaciones que, legal o ilegalmente, se han construido como setas en el interior de bosques, montañas y barrancos de difícil salida, la tragedia estará servida, y ya será demasiado tarde.

La parte positiva de esta situación, en la que aproximadamente solo el 5% de los incendios tienen una causa natural, y por tanto son inevitables, es que cada persona juega un papel que desempeñar para paliar esta emergencia civil que por su potencial destructivo no cabe otra definición que terrorismo ambiental. No hace mucho, la sociedad se desentendía y veía con distancia los casos de terrorismo machista, y gracias a las organizaciones sociales se ha conseguido, al menos, que se identifique el problema en su dimensión pública y se exijan medidas legislativas y presupuestarias para luchar contra él con una estrategia global que va de lo educativo a la atención a las víctimas o al castigo del delincuente.

En nuestro caso necesitamos seguir el mismo camino, y necesitamos la implicación de toda la sociedad. Tenemos que reconocer la existencia del problema, su gravedad, su dimensión multidisciplinar y tomar medidas en lo personal, y exigir a las autoridades políticas adecuadas y financiadas en lo público; todo ello dentro de una estrategia global contra el cambio climático que luche no solo contra los síntomas, los incendios forestales, sino contra la enfermedad, el cambio climático, derivado de nuestro sistema productivo y de consumo.

La cultura de la prevención general a medio y largo plazo debe imponerse frente al negocio de la extinción y las políticas paliativas tras cada catástrofe. La educación ambiental, el fin de la impunidad de los causantes por dolo o imprudencia, el endurecimiento de las penas o revertir el despoblamiento del medio rural y el desmantelamiento de la ganadería extensiva tradicional son algunas de estas medidas. Y algo que debemos acometer con urgencia.

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