La catarsis del huevo y el mejillón llega al Reina Sofía
06.10.2016

La catarsis del huevo y el mejillón llega al Reina Sofía

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Marcel Broodthaers. Sin título. Tríptico. Cáscaras de huevo sobre tres lienzos pintados. Imagen cortesía de María Gilissen Archives of Marcel Broodthaers.

Marcel Broodthaers. Sin título. Tríptico. Cáscaras de huevo sobre tres lienzos pintados. Imagen cortesía de María Gilissen Archives of Marcel Broodthaers.

Marcel Broodthaers (Bruselas, 1924 – Colonia, 1976) es uno de los personajes clave para contar la historia no oficial del arte del siglo XX. Fue poeta, fotógrafo, cineasta y artista plástico. Cuestionó el papel de la obra de arte y el de los museos y por esto, por bucear en aguas alejadas de las norma, está considerado hoy uno de los artistas esenciales del siglo XX en el que se miran muchos de los creadores de arte contemporáneo. En la base de su obra, una declaración: “Todo son huevos. El mundo es un huevo”. Y tres nombres clave: Baudelaire, Mallarmé y Magritte, como muestra la amplia retrospectiva que le dedica desde hoy el Museo Reina Sofía de Madrid.

Poeta literario y poeta del objeto. Todo lo mezcló y con todo trabajó. Escribía poesía, editaba libros, fotografía, tipografía, pintura, cine, persiguiendo lo único. Soñaba con un nuevo alfabeto, con descubrir el lenguaje de las formas. Cuando decidió acabar con su carrera de poeta y entrar en la actividad artística incrustó en yeso 50 ejemplares de su última colección de poemas, Pense- Bête, como un gesto sacrílego. Tenía 40 años, según él la edad de la madurez, y la inauguró con este maleficio, si bien, en palabras de los comisarios de la muestra, Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, y Christophe Cherix, del MoMa de Nueva York, donde previamente se ha podido ver la antolológica, Broodthaers “no pasa de ser poeta a ser artista visual; empezó como poeta y continuó siendo poeta”.

Marcel Broodthaers con René Magritte, Bruselas, 1966. Foto: Maria Gilissen.

Marcel Broodthaers con René Magritte, Bruselas, 1966. Foto: Maria Gilissen.

Su declaración de intenciones la hizo pública en su primera exposición individual en Bruselas, en 1964: “Yo también me he preguntado si no podría vender algo y triunfar en la vida. Hace ya un tiempo que nada se me da bien. Tengo 40 años… Finalmente se me pasó por la cabeza la idea de inventar algo insincero y me puse manos a la obra. Al cabo de tres meses, mostré el resultado a Ph. Édouard Toussaint, propietario de la Galefie Saint-Laurent. Pero si es arte, dijo, y lo expondré todo encantado. De acuerdo, le contesté. Si vendo algo se quedará el treinta por ciento. Por los visto, son las condiciones normales. Algunas galerías se llevan el setenta y cinco. ¿Y qué es todo esto? En realidad, objetos”. Así, en dos trazos, Broodthaers estaba poniendo patas arriba todo el sentido del arte. Su lenguaje se hermanaba a la perfección con la crítica y el humor. Combatía la idea del nacionalismo y lo hacía de forma brutal pintando dos tibias con las banderas alemana y belga. La identidad convertida en hueso. Cuando critica el problema del Congo agarra el periódico Le Soir y bajo el titular Il faut sauver Le Congo planta huevos negros. Hizo de la crítica permanente su lema; unas veces atizaba a los minimalistas, otras al Pop o al nuevo realismo. “Se le asocia con lo conceptual”, dice Borja-Villel, “pero él era sumamente crítico con este movimiento”.

Vista de una sala de la exposición Marcel Broodthaers. Una retrospectiva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Foto: Joaquín Cortés / Román Lores.

Vista de una sala de la exposición Marcel Broodthaers. Una retrospectiva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Foto: Joaquín Cortés / Román Lores.

Broodthaers, Marcel. Frites (Patatas fritas), 1966. Cuenco de cerámica pintado con madera pintada y carbonizada. The Museum of Modern Art, Nueva York. Estate of Marcel Broodthaers.

Broodthaers, Marcel. Frites (Patatas fritas), 1966. Cuenco de cerámica pintado con madera pintada y carbonizada. The Museum of Modern Art, Nueva York. Estate of Marcel Broodthaers.

Ideó performances delirantes. En una de ellas, descubrió una silla pintada en rojo, amarillo y negro con cáscaras de huevo en el asiento a los sones de La Brabanzona, el himno nacional belga, mientras leía en voz alta artículos sobre la comercialización del arte. En una muestra colectiva sobre el Pop Art, mostró un gran mostrador de Banco para denunciar el consumismo del arte. Cuando decidió volver a la pintura (“Vuelvo a la simetría, redescubro la tradición de los primitivos, pintura al huevo”) colocó cajas con gallinas vivas delante de la galería. Y en una provocación sublime ideó su propia Virgen flamenca, María (1966), atando una bolsa de la compra con cáscaras de huevo a la manga de un vestido azul colgado en un lienzo blanco.

Artista de corto recorrido -toda su obra la realizó en 12 años-, fue consciente de que muchas cosas del arte ya habían caducado. Se enfrentó a un mundo cambiante. Observa el Mayo del 68, asiste al desarrollo de nuevas técnicas y lo hace con un poso de nostalgia, de melancolía que le permite transformar un elemento cotidiano en obra de arte. Cáscaras de huevos, patatas fritas, conchas de mejillones y carbón son sus fetiches nacionales. En una docena de años es capaz de crear exposiciones como decorados, rodar casi una cincuentena de piezas cinematográficas y, cuando en los 70 la pintura renace de su muerte pictórica anunciada, coge a sus autores favoritos, a filósofos, a músicos y pinta cuadros como si fueran lápidas. Broodthaers no puede volver al pasado, él que es un maestro de la reinvención lo hace en cada instalación, esa palabra que odiaba.

La fábula de Le Fontaine, Le Corbeau et le Renard (el cuervo y el zorro), adquiere otro significado con Broodthaers. Toma frases truncadas, las despoja de su sentido y arma poemas visuales. Hace lo mismo cuando adopta el poema de Mallarmé Un coup de dés jamais n’abolira le hasard (Un golpe de dados jamás abolirá el azar), tacha las letras y deja líneas tipográficas. En los últimos años, Broodthaers abandona a Mallarmé y adopta a Baudelaire en su serie Décors. Crea jardines de invierno con palmeras, loros, sillas de jardín. Son bromas, guiños al exotismo; se ríe de la burguesía, del colonialismo y del papel que jugaron aquellos Salones del siglo XIX en la difusión de la obra artística. También filma películas que arrancan con un homenaje al poeta de entreguerras, Kart Schwitters.

En una de sus primeras obras, La Grand Mére (1964), con cáscaras de huevos, pelotas de plástico, bomba de bicicleta, cepillo, todo sumergido en yeso, la ironía es brutal. Recuerda a su padre (Paternité, maternité, enfance, 1963) y escribe “Todo son huevos. El mundo es un huevo. El mundo nació de la gran yema, el sol”. Son sus relaciones familiares, sus orígenes, plasmados en yeso.

El mejillón, el símbolo gastronómico belga, es otro de sus temas recurrentes. Con ellos fabrica esculturas, moldes (“El mejillón es astuto, ha evitado el molde de la sociedad”), también el carbón, denuncia implícita de las condiciones de vida de los mineros. Broodthaers participó en la Resistencia belga durante la Segunda Guerra Mundial, se afilió al Partido Comunista en 1943 y durante algunos años fue un activista del surrealismo hasta que descubrió los caminos entre el mercantilismo y la cultura.

Vista de una sala de la exposición Marcel Broodthaers. Una retrospectiva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Foto: Joaquín Cortés / Román Lores.

Vista de una sala de la exposición Marcel Broodthaers. Una retrospectiva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Foto: Joaquín Cortés / Román Lores.

La personalidad de Marcel Broodthaers fue siempre cambiante. Le gustaba la ocultación, sugerir diferentes disfraces. Buscaba la imagen dentro de la imagen. Es un Magritte literario del que toma la pipa, presente en lienzos con abecedario. Una y otra vez, el pintor Magritte aparece como una sombra benefactora. La vida artística de Broodthaers da un giro cuando en mayo de 1968 artistas y estudiantes ocupan la Salle des Marbres del Palacio de Bellas Artes de Bruselas, una acción de protesta contra la comercialización del arte y la sociedad de consumo. Él se erigió en su portavoz y se implicó de tal modo que los siguientes cuatro años los dedicaría a su proyecto, el Museo de Arte Moderno, Departamento de las Águilas, una alusión a la altura que alcanzan estas aves en su vuelo. El museo de las Águilas se montó en su taller con cajas de embalaje como asiento para los visitantes, postales de cuadros del siglo XIX y las letras Musée escritas en las ventanas… “Y así nació el museo. No de un concepto sino de una circunstancia; el concepto llegó después. Si Marcel Duchamp decía: ‘Esto es una obra de arte’, yo dije: Esto es un museo”. Una crítica a la política museística, un antimuseo abierto en su propia casa que luego se haría itinerante. Fue su gran obra, siempre cambiante, nunca igual. Montó 12 presentaciones temporales en siete ciudades de Bélgica, los Países Bajos y Alemania. Su museo acabó como llegó. Así escribió su epitafio: “Nací en 1924. / Me hago artista en 1963. / Fundo un museo (el Museo de Arte Moderno. Departamento de la Águilas) en 1968. Entierro ese Museo en la Documenta de Kassel en 1972. / Ese mismo año vuelvo a convertirme en artista otra vez”.

El recorrido de la exposición se cierra a lo grande con imágenes de la quinta y última retrospectiva que realizó Broodthaers, L’ Angelus de Daumier, con el montaje de la Salle Blanche de 1975, prestada por el Pompidou de París (es la primera vez que la obra sale del museo francés). La Sala blanca es una reconstrucción del interior de la casa de Broodthaers, “una perfecta planta baja pequeño burguesa donde las palabras flotan”.

‘Marcel Broodthaers. Una retrospectiva’ puede verse en el Museo Reina Sofía hasta el 9 de enero de 2017. 

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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