14.10.2016

‘La edad de la inocencia’, una pasión asfixiada por la represión

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Un fotograma de 'La edad de la inocencia'.

Michelle Pfeiffer y Daniel Day-Lewis, en ‘La edad de la inocencia’.

Trío de lujo en la interpretación: Michelle Pfeiffer, Daniel Day-Lewis y Winona Ryder. Mano maestra en la dirección: Martin Scorsese. Y una gran historia que contar sobre un amor que no puede ser. Con el otoño, Antonio Bazaga retoma sus recomendaciones en la sección ‘Viernes de Cine’ de la mano de una película de enormes dimensiones en todos sus planos: ‘La edad de la inocencia’ (1993). Una pasión encerrada en la represión.

“Aquel era un mundo en un equilibrio tan precario, que su armonía podía hacerse añicos con un suspiro”. Edith Wharton (The Age of Innocence, 1920).

La gran novela de la no menos grande Edith Wharton sobre el Nueva York de mediados de siglo XIX que resurge tras la guerra civil norteamericana y que pelea contra sí misma para dar a luz una nueva comunidad, en este caso protagonizada por la alta sociedad, es nada más y nada menos, la base, inmensa, en la que en 1993 el director ítalo-americano Martin Scorsese se apoya para realizar esta formidable película que no necesita de un título diferente del que alejarse intelectual o emocionalmente, La edad de la inocencia.

Distanciada de los cánones por los que caminaba hasta entonces el director, Scorsese se adentra sin miedos ni complejos, incluso con ciertos toques de originalidad y de sátira, en esta historia que navega con constancia entre el drama sentimental y el melodrama de época, y que va mucho más allá de lo imaginado; en la historia de una rancia sociedad dentro del círculo afortunado y endogámico de los privilegiados. Triste en general, agridulce en ocasiones como lo exige ese guión que Jay Cocks escribe junto al mismo Scorsese sobre una novela, editada por entregas en 1920 y que haría por primera vez a una mujer ganadora del prestigioso premio Pulitzer.

La historia, un amor que no puede ser. Los protagonistas, un triángulo amoroso, dos mujeres y un hombre, encarnados por Michelle Pfeiffer, Daniel Day-Lewis y Winona Ryder, debatiéndose entre la terrible y pretendidamente “social” maldición de lo que es y lo que debe ser, sea o no menester.

Elegante y tan moderna que es capaz de simular técnicas del pasado para solucionar muchas de sus secuencias, sin desmerecer por un sólo momento la capacidad cinematográfica ni la maestría del director de títulos mayoritariamente bendecidos como Taxi Driver, Toro salvaje, Uno de los nuestros o La última tentación de Cristo, tan grandes como distintas.

Enorme ya desde esos títulos de crédito en los que se entrelazan los grandes temas de la historia, la belleza en las flores abriéndose, la sociedad y el ámbito conservador en los tules y bordados que las engullen con naturalidad y la escritura, ejemplo salvador del cambio desde la revelación de unos usos y costumbres, de unas fuerzas desperdiciadas, de la frustración.

Porque si algo es La edad de la inocencia desde ese comienzo con la soberbia planificación y presentación de personajes e historia, acompañados por la representación operística del aria de Margarita del Fausto de Gounod -en cuyas reticencias amorosas se verán reflejados los protagonistas- hasta llegar al último de sus fotogramas, no me cabe duda de que es la historia de una pasión encerrada en la represión.

La lucha que supone la renuncia, la no expresión posible de una vida coaccionada, secreta, inmencionable, que se presenta sin haberla llamado y que resulta ser más fuerte que todo lo que hubo y que aquello que pueda estar esperando. El dolor de no causar dolor al otro. El sacrificio silencioso de lo injusto que se ha edificado para nosotros y que por nosotros sigue en pie, y, lo que es peor, cuyo futuro está abocado a caer, antes de que se pueda disfrutar.

Esa renuncia que se ejerce como quien no se da cuenta bajo la máscara de una “inocencia que cierra la mente a la imaginación y el corazón a la experiencia”.

La comprensión de lo que les rodea y la necesidad de que la relación no se convierta en algo vulgar transita también con fuerza en la relación de los amantes, que, a pesar del dolor, aceptan la renuncia en la mediocridad que envuelve el escenario de su vida cotidiana. De ese país enorme y tan pequeño y miserable que les acorrala, con ataduras del costumbrismo y la falsa experiencia. “Esa ciega obediencia a la tradición, a una tradición ajena. Parece estúpido haber descubierto América para hacer de ella una copia de otro país”.

Y comprender que la soledad conduce a la desesperación y que saltarse ese convencionalismo maldito y enfrentarte a él te puede vencer como lo hace en este caso el poder de esa inocencia, falseada a conveniencia por quien te rodea, capaz de conducir a alguien que está dispuesto a enfrentarse a ellos a ser vencido por el poder social y castrador de emociones. Porque estar más allá es demasiado duro, y el adulterio contra la aparente falsa moralidad puede destrozar no ya tu vida sino la de aquellos a quienes quieres. ¿Existe mayor sufrimiento?

Podría estar horas hablándoles de esta película, pero no quiero aburrirles, tan solo empujarles a que la vean y más tarden no deseen otra cosa que lanzarse sobre la novela.

El resto, la ajustada y hermosa música de Elmer Bernstein, la imagen de sobrecogedora belleza, retratando el Nueva York de la época con deliciosos toques decimonónicos alejados de cualquier violencia expresiva y sin embargo agarrada hermosamente a la historia, la belleza de sus decorados, el vestuario de Gabriella Pescucci (que obtuvo el Oscar) y… Se lo dejo para lo disfruten a solas y que con el tiempo lo recuerden, quién sabe, quizás como Archer, nuestro protagonista a su condesa Olenska, como “… la versión acumulada de todo lo que le había faltado”.

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Sobre el autor

Antonio Bazaga
Toño Bazaga. Más de 20 años dedicados al mundo del cine, habiendo tocado casi todos los palos: producción, desarrollo, escritura, financiación… Convencido de que el futuro del cine está aún por llegar. Apasionado de la literatura y la historia, creo que el celuloide es el mejor invento para contar lo que pasa, lo que pasó y lo que puede pasar. En fin, parte indispensable de nuestra vida.

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4 comentarios

  • El 14.10.2016 , Auri ha comentado:

    Me han encantado las reflexiones Antonio: “la lucha que supone la renuncia, la no expresión posible de una vida coaccionada”, aparte claro está, del análisis crítico que siempre haces y el toque especial a esos films que imprimes. Qué bien volver a verte por aquí.

  • El 14.10.2016 , Olga ha comentado:

    Es que Martin Scorsese todo en lo que pone la mano, lo transforma, lo ensalza. Y qué decir del reparto. Ya de vuelta con estos artículos y estas propuestas que tanto nos atraen y nos suscitan.

  • El 18.10.2016 , Juan ha comentado:

    Enorme peli, precioso articulo!

  • El 19.10.2016 , Roberto ha comentado:

    Película maravillosa, el artículo nos descubre cosas interesantes y sin duda anima a volverla a ver.

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