20.02.2015

La invasión de los ladrones de cuerpos, segunda parte

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Fotograma de la película 'La invasión de los ladrones de cuerpos'.

Fotograma de la película ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’.

En esta versión del clásico sólo cambia el interior de las víctimas: los ‘secuestrados’ por los invasores de cuerpos no son ellos mismos, una vez ‘invadidos’. Madonna, Renée Zelwegger o Uma Thurman son en la actualidad ejemplos de sus presuntas víctimas.

Muchos habréis visto la película que da nombre al título de mi artículo, dirigida por Don Siegel en 1956, y que tuvo una secuela llamada La invasión de los ultracuerpos en 1978. Ciencia ficción de los años de la Guerra Fría, que narra la historia de la sigilosa llegada a la Tierra de unos seres del espacio que se reproducen en el interior de vainas gigantes y sustituyen poco a poco a toda la población de una pequeña ciudad norteamericana, utilizando sus mismos cuerpos y rasgos. Sólo cambia el interior de las víctimas: los “secuestrados” por los invasores de cuerpos no son ellos mismos, una vez “invadidos”. Actúan como si lo fueran, pero en realidad son el envoltorio del que se sirven los marcianos para vigilar, observar, denunciar y traicionar a sus vecinos y familias, y así ir penetrando y conquistando la vida de los pobres terráqueos. El terror del espectador es inevitable: en plena atmósfera de extrema paranoia, ante el temor de una invasión comunista, la película jugaba con el ancestral miedo al otro, siempre incontrolable, nunca del todo nuestro, y con la pesadilla moderna de la invasión silenciosa que convierte todo lo que nos rodea en una amenaza.

La fragilidad de la identidad, el fantasma de la traición, la ambigüedad del amor, la idea de que el enemigo está siempre en nuestro interior y el mal luce a plena luz en las miradas más inocentes: sin necesidad de efectos especiales costosos, pero sí muy efectivos –las vainas producen un sonido de algo gelatinoso rasgándose que hiela la sangre-, La invasión de los ladrones de cuerpo, una modesta película de serie B, se emparenta con clásicos del género gótico –y de la historia de la literatura- como Otra vuelta de tuerca, de Henry James; Drácula, de Bram Stoker, o Dr Jekill y Mr Hyde, de Robert L. Stevenson. Todas estas novelas hablan de ese miedo contemporáneo a dejar de ser uno mismo que el cine ha reflejado en otros éxitos míticos como La vida de los otros o Poltergeist. Nada más inquietante que aquel “están aquí…” musitado por la pequeña Heather O’Rourke.

Esta es la segunda parte. Porque, miren a su alrededor: ¿han notado que últimamente hay una invasión de extraños? Rostros irreconocibles o vagamente familiares que nos observan desde periódicos, blogs, crónicas de cine y de la vida social, o revistas femeninas. Los ejemplos en estas últimas semanas se han multiplicado y las polémicas también. Tras la perplejidad ante la nueva apariencia de la actriz Renée Zelwegger, nos hemos escandalizado recientemente con el rostro de Uma Thurman, en realidad producto de un maquillaje denominado Blur, que rellena arrugas e iguala la superficie de la piel hasta conseguir un efecto cirugía sin bisturí, los dos yoes de Madonna, las mejillas de Beyoncé antes del retoque para una campaña publicitaria o el impresionante documento supuestamente filtrado tras un editorial para la revista Marie Claire UK de Cindy Crawford posando en lencería sin “arreglar”, que recibió cientos de “¡bravo!” en las redes sociales como homenaje a una supuesta “belleza natural de las mujeres reales”. Hasta la actriz Jamie Lee Curtis publicó en Twitter una emotiva alabanza sobre la verdad y la belleza. El revuelo ha sido tal (bueno, uno de esos revuelos que nos sacuden cada día y ayudan sobre todo a vender más tráfico en Internet y más ejemplares) que a todos estos casos se les ha dado el nombre de “fashionleaks”. Algo así como los expedientes secretos de la moda. En realidad, el escándalo procede de la alta hipocresía de un público acostumbrado a consumir rostros prefabricados o a creerse supuestas rupturas con el canon dominante para mayor gloria de la carrera de una modelo en decadencia: es difícil creerse que ese cuerpo pertenezca en realidad a Cindy Crawford. El mío, y soy mayor, está en mejor estado, y nunca he hecho gimnasia.

Es, sin duda, la reflexión que publicaba hace pocos días la revista SModa a propósito del uso de Photoshop en las redacciones de las revistas de moda y belleza la que más me impresionó. Como ustedes podrán apreciar en estas dos fotos de Madonna, y que menciono más arriba, hay algo que yo me atrevería a llamar metafísico en la relación entre ambas caras, algo que tiene que ver con la juventud, la belleza, el comercio, la manipulación, el periodismo y el marketing, pero también con conceptos como la verdad, la identidad, el sueño, la magia o el sentido de lo que somos. A un lado está Madonna, sí –igual que al otro-, pero básicamente lo que tenemos ante nuestros ojos es el rostro de una mujer madura –o, si lo prefieren, mayor, entrada en años, que ya no es joven— que podría llamarse Madonna o María Emilia. Es una desconocida, con sus párpados caídos, sus arrugas de expresión, la falta de luz en la mirada, las mejillas socavadas y los labios diminutos. Es la Madonna privada, que en realidad nadie conoce, porque la imagen que muestra de sí misma al mundo, a pesar de tantas campañas de publicidad en las que supuestamente rechaza el Photoshop –la última con Versace-, se parece más bien a la foto de la derecha: la de una veinteañera de piel perfecta, ojos de gata y frescura inmarcesible que hemos acabado creyendo que era la de una mujer de más de 50 años. Madonna no existe como tal, su imagen pública es una construcción, un sueño. Incluso cuando aparece en una alfombra roja, nunca, jamás, lleva su propia cara. Y quien dice Madonna, dice tantos otros nombres. Elijan el suyo.

La cuestión es: ¿qué nos pasa a las mujeres que vemos esas fotos? Pues que acabamos creyendo que las que no existimos en realidad somos nosotras. Es decir, que somos excepciones, malas bromas de la naturaleza, monstruos. Nuestros cuerpos no tienen nada que ver con lo que vemos en esas fotos de mujeres que tienen nuestra edad o incluso más. Así que, pensamos, algo tendremos que hacer. La mayoría opta por deprimirse, o por no pensar, o por cegarse ante la verdadera belleza: la de la vida real. El poder de Photoshop es difícil de desafiar.

La cuestión va, sin embargo, más allá. Primero tiene que ver con la manipulación periodística. ¿Es admisible? No, claro. ¿Es periodismo lo que hacen las revistas llamadas femeninas? Yo creo que sí, a menudo de muy alta calidad. ¿Por qué entonces se ha generalizado esa mentira que consiste en hacer creer que las protagonistas de las fotos tienen un rostro que en realidad no tienen? Dice Alberto Yagüe, experto en posproducción digital, en ese mismo artículo de www.smoda.com que el Photoshop es una forma de embellecer, de mejorar el resultado final de una imagen que puede sufrir alteraciones en el proceso de producción –luz, sombras, brillos, etc— que hace que los rasgos se endurezcan o no transmitan lo que busca el fotógrafo o la publicación. Vale, eso es parte de la labor fotográfica. El Photoshop es un instrumento al alcance de la fotografía digital para enriquecer un trabajo, al igual que el maquillaje, el estilismo, la pose, la luz. El problema es que esa “mejora” se ha convertido en una inquietante realidad paralela. El público consume rostros que, en realidad, no existen. Y eso quizá es moda, pero desde luego no es periodismo.

Cuando se manipula el rostro de Beyoncé o de Madonna, en realidad, se manipula el rostro de todas las mujeres. Y ahí llega la segunda implicación del “retoque”: estamos rodeadas de mujeres que no existen, porque nadie tiene interés por enseñar a las mujeres reales. Nadie. Ni siquiera aquellas revistas que dicen haberse sumado a la campañas de “la naturalidad”, una nueva moda que simplemente significa “menos maquillada”. ¿Qué pasa, que siempre queremos esconder el rostro o el cuerpo femeninos? ¿Ni siquiera podemos aparecer en el escenario siendo nosotras mismas, sino simples remedos virtuales, ensoñaciones nacidas en un laboratorio, criaturas de la imaginación, ideales inventados por otros? Envejecer es duro, lamentablemente nada permanece en su sitio, ni los músculos, ni la expresión, ni el entusiasmo. Y es obvio que el proceso ocurre antes en las mujeres que en los hombres, aunque ellos sufren una decadencia más brusca, quizá porque es más tardía. Y sólo queremos ver belleza en la juventud. Cualquier otra opción debe recurrir al Photoshop.

Este rechazo es tan consustancial a lo que somos y a lo que nos hemos acostumbrado a ser que hasta quien intenta enfrentarse a él, para denunciarlo, desvía la mirada. Como si se tratara de la del ojo de la Gorgona.

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Sobre el autor

Elena Castelló
Elena Castelló es periodista. Fue redactora jefe en Dunia y directora de Mujer Hoy, TVMás y Hoy Corazón, en Vocento, durante más de 10 años. En la actualidad colabora con Vanity Fair, Telva, XLSemanal, Mujer Hoy y Hola Decoración. Twitter: @ecastello Facebook: Elena Castelló

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