La pausa, en peligro de extinción
08.02.2017

La pausa, en peligro de extinción

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Foto: Diego Lara.

La pausa necesaria. Foto: Diego Lara.

‘El Asombrario’ abre aquí una nueva columna mensual para, sin prisa y sin ruido, detenernos a pensar sobre comportamientos que nos rodean y conforman una sociedad cada vez más histérica. Para hablar de lo que más nos gusta y mejor nos define: aquello que han apartado otros medios de comunicación, enzarzados en el bucle de la cháchara política, las ‘celebrities’, el morbo, el fútbol, la urgencia o el ‘pincha-pincha’ de la curiosidad digital. Paremos… aunque sea un instante. El ‘mundo feliz’ ha de ser distinto al que pintó Huxley. Os lo decimos hoy… con la debida pausa.

Por JAVIER ALBERDI

Pocas circunstancias sintetizan mejor la modernidad que la paulatina extinción de la pausa. Durante décadas, el ser humano ha realizado fotos con la intención de aprehender la magia del momento. Con tan sólo el encuadre de un objetivo y la pulsación de un botón podíamos capturar un instante y convertir lo efímero en perpetuo. Aquel fragmento significativo compuesto por luces, formas y colores quedaba reflejado en una imagen revelada sobre papel como si el mundo se hubiese detenido para siempre. Pero la reciente posibilidad de serializar la fotografía mediante dispositivos de uso cotidiano como los móviles, sin la restricción de tomas a la que te acotaba el tradicional carrete analógico, ha privado a la instantánea de su valor exclusivo. En la actualidad, ya no se retrata la precisión del momento sino que disparamos ráfagas con una frecuencia compulsiva. Las imágenes pasan desapercibidas en un cúmulo continuado, alejadas de la posibilidad de ser plasmadas en formato papel.

La capacidad exponencial de hacer fotografías ha mermado la profundidad de la mirada detenida de antaño y por tanto el sentido de la fotografía popular en sí misma. Una suerte similar a la que corrieron las felicitaciones navideñas. Si la postal suponía una muestra personalizada de afecto, como acreditaba la dedicatoria de puño y letra, la propagación de felicitaciones por correo electrónico o redes sociales ha derivado en el absurdo de convertirte en el destinatario de la misma felicitación estándar que, en plena espiral viral, habías enviado a toda una lista previamente. El automatismo deshumanizó el gesto y la gente comenzó a dejar de mandarlas.

La producción en serie, inercia motriz de nuestros días, ahoga la pausa, ese espacio desde el cual el hombre traza su perspectiva. Cualquier actividad que requiera de contemplación (la reflexión, la creación o la introspección) necesita de una base desde la que asentarse, unos márgenes cada vez menos frecuentes en un ritmo productivo frenético que lo fagocita casi todo. Aunque lo habitual es interpretar tu guion vital en arreglo a los acontecimientos que desarrollas a lo largo del día, no sería descabellado afirmar que los instantes más auténticos, aquellos que nos conectan vivencialmente con el presente, residen, paradójicamente, en los intervalos que separan dichos sucesos. Unos espacios, hoy, en peligro de extinción.

En el mítico filme Tiempos modernos (1936), Charles Chaplin retrató de forma irónica esta intromisión de la dinámica hiperproductiva en nuestras vidas. Chaplin interpreta a un empleado que trabaja frenéticamente hasta el punto de trasladar a su vida privada la mecánica de movimiento de la cadena industrial en la que interviene. Superado por el estrés y la angustia, Charlot tan solo alcanza la libertad en la soledad de una cárcel, en una de cuyas celdas puede gozar, por fin, de la paz de la lectura, la conversación con los carceleros y hasta el cuidado de una bella planta. Aldous Huxley ya había vaticinado, con cuatro años de antelación, una sociedad sumida bajo el yugo de la producción en serie. Mundo Feliz (1932) es una ficción futurista a la que el presente ha terminado por conferir un carácter profético. El Mundo Feliz de Huxley se fundamentaba en la inercia producción/consumo y evitaba cualquier derivado de la pausa (arte, literatura, filosofía o espiritualidad) mediante el control del tiempo libre por medio de la droga, la hipnopedia y el ocio.

La mercantilización del ocio supuso, efectivamente, una de las causas determinantes para la actual carencia de espacio vital. Detenerse y tomar posesión del instante no es una opción socialmente admisible. El sistema impele a que ningún momento quede desatendido y a que cualquier actividad genere un rédito, a mimetizarse como un diente de una de las muchas ruedas que conforman un engranaje productivo en el que se diluye la esencia individual. Jugar a un videojuego, navegar a la deriva por Internet, abstraerse con la proyección de cualquier acontecimiento deportivo, realizar una incursión en un centro comercial o hacer zapping pueden resultar gratificantes pero, por sí mismos, no compensan la falta de definición personal.

En la promesa de una identidad social a través del consumo, perdemos la oportunidad de una verdadera interpretación personal. La estandarización no solo homogeneiza objetos sino también el paisaje humano. De igual manera que cada artesanía es diferente al estar condicionada por las circunstancias del creador en el momento preciso de su elaboración, consagrarse a la excepcionalidad de cada situación es la mejor garantía de un espíritu independiente. El producto o la persona en serie, en cambio, responden siempre a un mismo molde.

Un ejemplo paradigmático de la desnaturalización, como consecuencia de la producción en masa, es la frivolización del que ha sido uno de los mayores iconos de la era moderna: El Che Guevara de Korda. La instantánea tomada al guerrillero en 1960 por el fotógrafo cubano Alberto Díaz (Korda) se convirtió en un emblema revolucionario tras ser reinterpretada en blanco y negro por el artista irlandés Jim Fitzpatrick. Consciente del poder de la imagen, Korda, un ferviente comunista, decidió no poner trabas a su comercialización para difundir la causa de la revolución en el mundo. Durante décadas, el Che de Korda se estampó millones de veces en todo tipo de objetos hasta terminar perdiendo el valor con el cual se significó.

La persistente subyugación de la voluntad personal por medio de la publicidad, la moda y el marketing reduce al individuo a una reiteración de dinámicas que le privan de la libre experiencia personal que, de consumarse, redundarían en sus múltiples potencialidades, de su verdadero valor como ser que nace del encuentro. El ciudadano serializado, por el contrario, se convierte en un día sin sorpresa, en unas semanas preconcebidas, en unos meses como los de los de cualquier otro, en unos años consumidos en aras de un interés ajeno. Zafarse de estas limitaciones pasa por asumir cada momento como si se tratase de una fotografía de antaño. Con la debida pausa.

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2 comentarios

  • El 09.02.2017 , María Delia ha comentado:

    Leí tu comentario y fue como un espejo dónde me ví reflejada.Tome con conciencia de los retratos que tengo de mi familia, de cuando tomaba fotos con una cámara y no con el celular,con lo cual no tengo ninguna foto de este tiempo de selfies.Todo es rápido como este mismo mensaje. Gracias.Un cordial saludo sin prisa,con pausa.Ma.Delia

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