Laura Fernández: "Si te ríes de tu propia ridiculez, eres invencible"
19.05.2017

Laura Fernández: “Si te ríes de tu propia ridiculez, eres invencible”

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La periodista y escritora Laura Fernández. Foto: Random House.

La periodista y escritora Laura Fernández. Foto: Random House.

Ha tocado todos los palos dentro del periodismo cultural, si bien con lo que se queda es con las entrevistas, “por el placer de conocer autores a los que admiras”. Pero Laura Fernández es, ante todo, escritora que tiene ya tras de sí cuatro novelas. Debutó con ‘Bienvenidos a Welcome’ en 2008. Ahora publica ‘Connerland’ (Literatura Random House), una compleja y ambiciosa novela en torno a la creación literaria. Desde la parodia y jugando con elementos del género de ciencia-ficción, indaga, con mirada crítica, en la figura de un escritor -¿fracasado?– cuyo reconocimiento le llega una vez fallecido. ¿Valió la pena escribir? Este es el interrogante con el que se abre la novela y al que le sigue otro: ¿qué significa el fracaso?, ¿fracasa el escritor no reconocido o el que no logra hacer felices a sus lectores?

Con ‘Connerland’ te sumas a todos esos autores que han hecho de la escritura y la creación literaria el centro de su obra.

Sí, efectivamente y, de hecho, me sentí muy identificada con lo que escribe Rodrigo Fresán en La parte inventada, en concreto, cuando habla de que él como escritor quiere crear siempre escritores como personajes de novela. Me sentí identificada con esas palabras, porque cuando creas un personaje que es un escritor, éste se convierte en un espejo en el cual te puedes mirar desde muchos puntos de vista. Y, como dices, Connerland es una novela sobre el acto de escribir, sobre cómo los escritores transforman la realidad para convertirla en novela y en su propio universo. Al mismo tiempo, es un homenaje a todos los escritores que me han hecho feliz, escritores que para mí son gente entrañable a la que quiero mucho. Tengo la sensación de que hay determinados escritores y artistas que no deberían morir nunca, son gente buena que ha hecho grandes cosas para el mundo; debería haber una especie de indulto para ellos.

Y entre esos escritores está Van Conner…

Exacto, él es un escritor que no debería morir, porque ha hecho feliz a mucha gente con sus libros y está bien que pueda comprobar ese cariño que recibe de los lectores. Ten en cuenta que la escritura es un oficio muy solitario, a veces muy desagradecido, no tanto para el escritor, para quien la escritura es su vida, como para la gente que lo rodea. Por esto Connerland es una novela sobre la redención, sobre la posibilidad de poder ver si lo que se ha hecho ha valido la pena para algo, aunque en realidad, lo que termina diciendo Connerland es que lo importante es que lo que se haya escrito y hecho valga la pena para ti mismo, para el escritor. En este sentido, Voss Van Conner es un ejemplo: es alguien a quien la escritura le ha valido la pena.

‘Connerland’ es una novela donde lo que se narra no es lo que acontece.

Sí, hay dos planos y, por esto mismo, al mismo tiempo puede considerarse Connerland como una novela fantástica y no.

Yo no la he leído como una novela de ciencia ficción.

A mí me gusta mucho repensar la ciencia ficción como género y me gusta mucho rescatar todos aquellos personajes malditos, como Kilgore Tout, el personaje de escritor fracasado creado por Vonnegut y a quien dedico la novela, a través de los cuales hemos tenido la posibilidad de conocer esos mundos completamente infantiles que solo podemos encontrar en las novelas de ciencia ficción. Como dice Fresán, ser escritor es el oficio más infantil que hay y los escritores de esos mundos fantásticos aún parecen más infantiles, pero en verdad muchos de ellos escriben para vivir e, incluso, para malvivir y su escritura es un intento de seguir siendo un niño, cuando en verdad son adultos y, muchos de ellos, son perdedores. Es una tragedia la que viven.

Hay una mirada no ilusionante del mundo que rodea el escritor, desde la falta de reconocimiento hasta la falta de libertad creativa, sobre todo cuando se es un escritor de éxito.

Efectivamente y, de hecho, hay un personaje en la novela que es una escritora que no tiene ni tan siquiera la libertad de ser como es ella, de escribir como quiere. Es la escritora famosa, todo el mundo la odia por su éxito y la envidia, pero no tiene libertad y es que, además, vive con el peso del prejuicio según el cual para ser un buen escritor tienes que ser un escritor maldito, de culto, con pocos lectores. Lo que he intentado hacer en Connerland es jugar con todos los clichés del mundo literario, subvertirlos; me he divertido mucho creando los personajes de los editores.

Entre esos personajes, hay un editor que solo busca en los libros el provecho económico, lo literario no le interesa.

Sí, y lo paradójico es que se trata de un editor pequeño, es el editor que, en teoría, publica las obras de culto, pero en verdad es alguien al que nunca le ha importado nada aquello que publica y, sobre todo, nunca le ha interesado Van Conner. Lo único que quiere es sacar tajada y se reía absolutamente de su autor, que, por el contrario, era alguien que creía en lo que hacía y se ilusionaba. En oposición a este editor pequeño, está el gran editor rico que se siente por primera vez editor cuando lee el libro de Voss Van Conner. Hasta entonces, vivía con la sensación de estar publicando cosas sin relevancia y, de repente, al leer a Van Conner siente que ha descubierto un tesoro.

En este sentido, subrayas el papel de editor como descubridor, como agente esencial para la obra de un escritor.

Me gustaba jugar con la idea de qué significa ser editor y qué te convierte en editor. Creo que el trabajo de editor puede llegar a ser apasionante cuando descubres un tesoro literario, porque hay muchos tesoros, están ahí, solo que no siempre los encontramos. Como lectores, nos pasa lo mismo que al rico editor: cuando descubrimos un tesoro en forma de libro, nos parece un milagro y vemos que ha valido la pena todo el tiempo ocupado buscando entre libros insustanciales. Pero gracias a la búsqueda, podemos encontrar un libro que nos cambie la vida. Esto es lo que le pasa al editor.

Uno de los temas del libro es el fracaso.

Sí, hay una pequeña historia que me sirvió como motor para arrancar la novela y que tiene precisamente como tema el fracaso. Es una pequeña historia sobre el fracaso estrepitoso de un escritor que se suicida precisamente por no aceptar su fracaso. Sin embargo, lo que planteo es que del fracaso de uno puede surgir un éxito para otra persona, como es el caso del joven que inspirándose en este escritor fracasado funda una exitosa compañía aérea. Es decir, tu fracaso puede llevar al éxito, tu fracaso puede generar algo que inspire a otro para el éxito.

El fracaso de este escritor es asumido por el joven como un relato, como una historia a partir de la cual construir su propia aventura aeronáutica.

Exacto, es un relato frente al que se observa y ante el cual se contrapone. Los fracasos, como dice Samuel Beckett, sirven para fracasar mejor y sobre todo los fracasos son muy relativos. En la novela cuento la historia de un nadador que es un ídolo para su pueblo porque en una ocasión estuvo a punto de conseguir una medalla; es considerado un héroe, pero en verdad, es un nadador fracasado, que no ha tenido éxito alguno.

En relación al fracaso y a través de la figura de Van Conner reflexionas sobre cómo muchas veces el éxito se fragua a posteriori, cuando el escritor ya ha fallecido.

Me ha parecido siempre muy injusto que escritores y artistas hayan sido admirados solo cuando ya habían fallecido, cuando ellos ya no podían ser conscientes de su éxito. Es imposible no preguntarse por qué pasa esto, ¿no somos capaces de aceptar que haya un genio vivo? ¿Nos molesta que entre nosotros haya un genio? En el libro reflexiono precisamente sobre esto y llego a decir que parece ser que para triunfar uno debe desaparecer porque la humanidad no soporta que alguien brille demasiado. A lo mejor es así, no lo soportamos o, a lo mejor, lo que sucede es que la única manera de convertirte en único es que ya no estés entre los demás. Es decir, que solamente eres valioso cuando ya eres historia, cuando ya eres una historia acabada.

Una de las cosas que caracteriza la novela es el carácter paródico, incluso ridículo, de los personajes.

En cierta manera, Van Conner y todos los otros personajes son como muppets ridiculizados, porque, en el fondo, todos tenemos algo de ridículo, todos somos un cuadro de Picasso. Para mí la vida es una comedia, hay que restarle importancia a las cosas; por esto me gusta toda la literatura que ridiculiza, toda la literatura, todo el cine y las series que restan solemnidad. Por esto ridiculizo a los personajes, porque todos tenemos algo de ridiculez y es fantástico cuando puedes reírte de ella, porque si te ríes de tu propia ridiculez eres invencible, nadie puede atacarte.

Otro de los elementos característicos, no sé si por influencia de la ciencia ficción, es que el espacio donde transcurre la acción no es un espacio real. ¿Nunca pensaste en enmarcar tus personajes –los editores, los escritores, el periodista…- en un espacio real, reconocible?

Jamás. Yo lo que tengo muy claro es que no quiero escribir sobre lugares que existen. Si te inventas personajes, ¿por qué no te puedes inventar los lugares? Para mí es cuestión de principios: no encuentro ninguna localización que pueda ser verosímil para el tipo de historias que cuento, historias que pueden suceder en una sitcom norteamericana y, si te fijas, las sitcoms suelen rodarse en escenarios de cartón-piedra, nunca hay nada real. En mi literatura, un lugar real no tendría ningún sentido. Siempre he sido muy fan de Kafka, un autor que es universal, no importa desde dónde se lea y cuándo se lea, porque trasciende. El castillo es un castillo, pero no importa donde esté localizado.

Tu novela no es de ciencia-ficción, aunque es un género que has practicado en anteriores obras y del que siempre has sido lectora. ¿Por qué crees que, todavía hoy, la ciencia ficción, salvo excepciones, todavía sigue considerándose un género menor?

Creo que, durante mucho tiempo, de la misma manera que pasó con las novelas del Oeste y con la novela negra, se produjeron a destajo novelas de ciencia ficción y, cuando se produce a destajo y casi sin mirar la forma en la que se escribe, lo que te encontrarás son libros con una calidad mediana. Sin embargo, entre toda esa producción y entre todos esos autores, había también escritores muy válidos, como Philip K. Dick o Ballard; son autores que destacan porque jugaban con el género de la ciencia-ficción o hacían género y lo hacían como autores literarios, no simplemente como entretenimiento. Dick y Ballard destacan entre otros muchos escritores que escribían para ganarse la vida y, a lo mejor, no tenían su misma exigencia de calidad ni eran auténticos escritores con algo que contar, simplemente escribían porque les gustaba el género. El prejuicio, por tanto, existe y tiene parte de razón, aunque afortunadamente se está superando porque muchos de los escritores de hoy hemos crecido leyendo ciencia-ficción y hemos encontrado joyas entre toda esa producción.

¿Parte de ese ‘desprestigio’, al menos en España, se debe al prestigio que tiene todavía hoy el realismo?

Completamente, y no me parece justo. En la novela reflexiono sobre esto y sobre cómo el realismo intenta reflejar la realidad y ser incluso mejor que ella cuando la realidad siempre va a ser mejor. Es verdad que el libro puede dar sentido a la realidad, pero la realidad siempre es mejor y todo lo demás es ficción, sea realista sea ciencia ficción, todo es ficción, sin diferencia alguna. A mí lo que me pasa es que el realismo me aburre, aunque evidentemente hay buenas novelas realistas, como Knausgard, por ejemplo, solo que también hay muchos sobrevalorados.

No sé si definiría a Knausgard como un realista, aunque juegue con la idea de narrar fielmente su vida.

Sí, es verdad, las novelas de Knausgard están, en verdad, llenas de ficción, porque es imposible que uno recuerde todo. Lo que pasa es que en sus novelas hay verdad. Como dice Siri Hustvedt, lo que hace el escritor es coger su propio sentimiento y escribir, luego la historia es el envoltorio, puede tener cosas del autor o no, lo que es verdaderamente propio es el sentimiento. Y no importa el género, personalmente creo que todos los escritores funcionan igual, más allá del género que practiquen.

¿El género no modifica la interrelación del escritor con la ‘realidad’ y el texto ficcional?

No, por las entrevistas que he hecho, creo que el modo de trabajar y de modificar la realidad es siempre el mismo. Lo que hace el escritor es captar cosas que ve y que le cuentan para, luego, incorporarlas en la ficción, pero las incorpora no tal y como son, sino a partir de cómo las has percibido tú, del sentimiento que te han producido. En este sentido, la ciencia-ficción puede ser más real que el realismo, porque transmite el sentido.

¿Cuánto te ha ayudado ser periodista cultural en el momento de crear tus personajes?

El periodismo me ha dado la posibilidad de conocer a muchos escritores y nada me gusta más que entrevistar a escritores, porque aprendes mucho, porque puedes compartir 40 minutos o más con alguien que admiras, porque puedes hablar con ellos y preguntarles cosas. Para mí es muy interesante entrevistar a escritores, no solo para conocerlos y aprender, sino para darme cuenta de que, al final, somos todos iguales. Y lo que también aprendes haciendo entrevistas es a distinguir entre aquellos que son escritores y no pueden evitarlo y aquellos que escriben simplemente porque les gusta escribir. Hay quien no puede vivir sin escribir, yo misma ya estoy escribiendo otra novela y tengo un trabajo, tengo niños y una vida bastante complicada de tiempo, pero encuentro el momento para escribir.

Han pasado algo más de cuatro años desde tu último trabajo, ‘El Show the Grossman’.

Sí, ha sido por cuestiones logísticas. Cuando empecé a escribir esta novela el mayor tenía dos años y la pequeña todavía no había nacido; escribí Connerland a lo largo de cinco años y por cuestiones logísticas no podido acabarla antes. Sin embargo, a pesar del poco tiempo, necesito escribir, es algo físico; escribir te ayuda a tener otra vida mucho más apasionante, aunque la que tengo me parece maravillosa. La literatura te permite vivir una vida donde todo sea posible y es que yo no concibo la literatura sino como el espacio donde cualquier cosa es posible.

Si Virginia Woolf reclamaba un espacio propio, ¿Laura Fernández reclamaba más tiempo para escribir?

Claro, pero una se adapta a lo que tiene. Como entrevistadora, me da risa cuando un escritor me dice que necesita irse dos meses, sin tener distracción alguna, para escribir. Tengo la sensación de que, como seres humanos, nos adaptamos, porque el animal que no se adapta no sobrevive, solo sobrevive si puede adaptarse a su contexto. Si quieres ser escritor, te adaptas a lo que tienes y lo que yo tengo son pequeños ratos. Entiendo a aquel escritor que necesita una dedicación completa, pero también le diría que cuando no tienes la posibilidad de esa dedicación completa, si lo tuyo es compulsivo, acabarás escribiendo, aunque no tengas siete horas al día para hacerlo.

¿Sueñas con poder dedicarte solo a la escritura?

Cada día de mi vida, aunque también echaría de menos las entrevistas. De hecho, creo que seguiría haciéndolas siempre, pero sí me gustaría mucho poder escribir con tranquilidad y poder pensar solo en escribir.

¿Se ha precarizado mucho la escritura?

En el periodismo se ha precarizado mucho, en la literatura, las cosas son progresivas; en mi caso, en literatura siempre ha ido a mejor: empecé con poco, pero con el tiempo, gracias a que editoriales grandes se han interesado por mí, los adelantos han sido mejores. Dicho esto, evidentemente el adelanto de una novela te da para muy poco tiempo, aunque creo que, incluso cuando se es un escritor consagrado, no se vive de los adelantos, en parte se vive de las charlas y de los artículos, pero sobre todo de las traducciones. Lo que sucede en este país es que, si haces literatura, las ventas que tendrás son bastante menores a las novelas de entretenimiento capaces de vender 100.000 ejemplares, y no te van a dar para vivir.

Laura Fernández presenta ‘Connerland’ (Random House ) este sábado, 20 de mayo, a las 12.30 h. en la librería Calders de Barcelona.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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