27.10.2017

‘Lo que queda del día’, el tiempo perdido del nuevo Nobel, Ishiguro

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Cartel de la película 'Lo que queda del día'

Cartel de la película ‘Lo que queda del día’

Revisitamos hoy una obra maestra del nuevo premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro,Lo que queda del día’ (1993), dirigida por James Ivory, con unos inolvidables Anthony Hopkins y Emma Thompson. Una historia sobre el error de la fidelidad como principio absoluto, de la represión de los deseos, de la negación de los sentimientos, de la educación bajo la servidumbre, del error; y sobre todo en torno a la absoluta certeza de que nada se puede hacer frente al tiempo perdido, el tiempo irrecuperable.

Créanme si les digo que no es fácil navegar en la memoria cada vez que intento encontrar para ustedes una película que ofrecerles el viernes. Siempre se agolpan decenas que sugerirles y no es tan sencilla la elección de aquélla que en ese momento pueda hacerles disfrutar al tiempo que les haga sentir cierto interés y, por qué no, disfrutar de alguno de los placeres del espíritu. Esta semana la actualidad me lo ha puesto muy fácil y he cazado al vuelo esta gran oportunidad. Hace unos días los señores de la Academia Sueca decidieron conceder su premio Nobel de literatura al escritor británico-japonés Kazuo Ishiguro.

por su obra en prosa, que si bien se trata de ocho novelas, cada una de ellas es una experiencia literaria de primerísimo orden, al menos para un servidor.

Pero yendo a lo nuestro, les recordaré que una de ellas es ni más ni menos que la base literaria en la que se adentra la que es, a mi parecer, la gran obra maestra del trío cinematográfico Ivory – Merchant – Jhabvala, Lo que queda del día (The Remains of the Day, James Ivory 1993), trío de director, productor y guionista que tantas buenas adaptaciones nos brindaron de obras de Henry James y M.E. Foster (Las Bostonianas, Una habitación con vistas, Maurice, Regresó a Howard’s End) o esta maravillosa Los restos del día, de Ishiguro.

Cuenta Kazuo Ishiguro en su novela, e Ivory en el filme, la historia de Stevens (Anthony Hopkins), un solitario y perfeccionista mayordomo que trabaja para un millonario americano (Christopher Reeve), nuevo propietario de Darlington Hall, castillo y mundo que vivió su época de esplendor 20 años atrás, cuando su dueño, un bienintencionado aristócrata británico (James Fox), reunía en su casa a los personajes más influyentes de los años de entre guerras. Su fiel sirviente Stevens fue también testigo como mayordomo, al tiempo que su vida personal, sumida en la obediencia y en la rutina -quizás sin haberse percatado del todo-, experimentará sucesos y cambios tras la llegada a la casa de la nueva y joven ama de llaves, la señorita Kenton (Emma Thompson). Nada será lo mismo y el mundo alrededor acabará dando un giro de 180 grados sin que Stevens lo vea llegar bajo la máscara que se ha impuesto a sí mismo, hasta que desesperadamente acometa su viaje hacia la búsqueda ansiada del tiempo perdido.

Y es que el director californiano James Ivory, el más británico de todos los directores estadounidenses, se adentra en la hermosa novela del flamante Ishiguro, ya saben, el más británico de los autores japoneses, de la mano de un guión de su fiel colaboradora Ruth Prawer Jhabvala, que escribe la historia, y la desgrana suavemente, bajo una sólida construcción narrativa sin fisuras. Construcción en la que el presente y los días pasados se intercalan tan excepcionalmente que sería cosa imposible contarlo sin el diseño preciso de tales tiempos que ya conjugaba la novela. Porque esta historia es una historia sobre el correr del tiempo, de su paso, de su búsqueda, de los errores cometidos bajo su influencia y su curso, a través de la historia personal y colectiva. De su andadura de un lado a otro del honor, de la dignidad, de la negación de los sentimientos, de la educación bajo la servidumbre, del error. El error de la fidelidad como principio absoluto, de la represión de los deseos, de la soledad como castigo, ya sea impuesto o asumido. De la venda colocada sobre la buena intención que no deja ver. Que también, tristemente, con nobles motivos se puede dar la impresión de ser un aficionado, hecho que aprovecharán muchos para retorcerlos a su favor para sus sucios fines. “Hubo un tiempo en que el mundo venía a esta casa” será la respuesta de Stevens a la pregunta de su nuevo señor sobre cuánto tiempo hace que no visita el mundo. Una historia de tiempo extraviado y de fantasmas dolorosamente desparecidos o extraviados.

La luz y la penumbra, espléndidamente asentadas por el fotógrafo Tony Pierce-Roberts, reflejan el estado de ánimo, los golpes y desaciertos de los personajes que envuelve con elegancia suprema, sin elevación innecesaria alguna o traspiés improcedentes que hagan decaer el ritmo, Ivory, componiendo una cinta que no deja espacio a la abstracción del espectador en ningún segundo de su metraje, ya de por sí nada desdeñable. Repleta, sin que por ello sea molesto, de detalles tan sutiles como hermosos y no sólo en la portentosa actuación de sus inmensos protagonistas, Emma Thompson y Anthony Hopkins.

Ver una segunda vez y poder comprenderlos y hacerlos propios es una oportunidad que no está de más; no dejar escapar esta narración del japonés que con su mirada alcanza a poner a la vista lo que para muchos británicos no estaba tan claro. Que cometer los errores propios y no los de otros estuvo ahí. Que ocuparse solo de la casa propia y dejar lo demás donde corresponde al resto no es siempre la mejor opción. Comprender que hubo un tiempo en que Gran Bretaña actuó como un aficionado, jugando al honor y a la dignidad malentendida frente a una Alemania que dividía el mundo en categorías a su antojo. Que el cambio era preciso y que la vida puede no solo llevarse por delante al culpable.

La historia de este mayordomo y su viaje en los años cincuenta, por carretera y por sus recuerdos de 20 años atrás, busca acariciar como última oportunidad la felicidad ante el dolor por el error cometido, error del amor, del fracaso por haberse ocupado tan sólo de lo que corresponde como obligación y dejado escasamente para uno mismo ese pequeño resto del día que pueda pertenecerle. Y tiene encerrada una terrible verdad, tan difícil de comprender antes de que ocurra: la absoluta certeza de que nada se puede hacer frente al tiempo perdido, el tiempo irrecuperable.

No se resistan a esta aventura, véanla o léanla, lo uno les llevará a lo otro. Sumérjanse en los mundos de este literato, escritor para el cine y la televisión, letrista de canciones, cuyo próximo trabajo será una novela gráfica, que huye de ser un pianista famoso o una estrella del rock y cuyo premio le llega según sus propias palabras “… en un momento en el que el mundo está inseguro en torno a sus valores, sus líderes y su seguridad”.

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Sobre el autor

Antonio Bazaga

Toño Bazaga. Más de 20 años dedicados al mundo del cine, habiendo tocado casi todos los palos: producción, desarrollo, escritura, financiación… Convencido de que el futuro del cine está aún por llegar. Apasionado de la literatura y la historia, creo que el celuloide es el mejor invento para contar lo que pasa, lo que pasó y lo que puede pasar. En fin, parte indispensable de nuestra vida.

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Un comentario

  • El 09.11.2017 , Olga ha comentado:

    Cómo me gusta esta columna de El Asombrario. Reconozco que las elecciones y el contenido me encantan. Da un giro diferente a las películas, unas perspectivas distintas.

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