Lola López Mondéjar, de Santa Perpetua a Rosa Luxemburgo
04.06.2017

Lola López Mondéjar, de Santa Perpetua a Rosa Luxemburgo

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La escritora Lola López Mondéjar. Foto: Pepa González.

La escritora Lola López Mondéjar. Foto: Pepa González.

Narradora, ensayista, psicoanalista, desde 2005 Lola López Mondéjar coordina los talleres de escritura de la Biblioteca Regional de Murcia, por donde han pasado decenas de estudiantes. En esta entrevista nos habla de sus primeras lecturas, de las razones que le llevan a escribir y de los motivos para enseñar a hacerlo. “El taller es una cura de humildad para todos”, asegura. “Para mí, escribir no es una elección consciente sino que surge espontáneamente y, cuando no lo hago, siento un malestar difuso que me convierte en insoportable para mí misma, e imagino que también para los demás. Escribo, entonces, para recuperar la paz interior”.

¿Cuándo empezaste a leer? ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

Comencé a leer muy pronto y, como procedo de una familia con fuertes creencias religiosas, lo hice con unos cómics que se llamaban Vidas ejemplares. A través de ellos conocí las vidas de Santa Rosa de Lima, de Santa Perpetua y de los primeros mártires cristianos, entre otras. Eran historias de personas con férreas convicciones morales, por las que eran capaces de soportar el martirio. Su entereza me emocionaba tanto como la crueldad de sus perseguidores y la sofisticación de los tormentos que les infligían los “pérfidos paganos”. Más tarde, mis lecturas se hicieron más laicas y comencé a leer a Los Cinco, Mujercitas y, sobre todo, a Emilio Salgari. Me encantaban sus aventuras de piratas. De ese modo pasé, de querer ser misionera o mártir, al deseo de navegar por los mares del Sur, lo que constituyó un firme progreso para mi salud mental. También podía intoxicarme durante un verano entero con los cómics de Conan el Bárbaro o de Dossier negro, hasta el punto de dejar de comer, alimentada por la fantasía.

¿Y a escribir? ¿Quiénes fueron tus maestros?

Empecé a escribir ficción apenas aprendí a coger un lápiz. Escribía relatos de unos pocos párrafos, los ilustraba, y doblaba por la mitad el folio para que pareciesen libros. Recuerdo que en muchos de ellos el protagonista era un ratón. A saber por qué… Mis maestros fueron muchos. Como viví mi adolescencia durante el final del franquismo y militaba en un partido troskista (cambié las vidas de santos por los piratas, y luego por el Manifiesto comunista; a Santa Perpetua por Rosa Luxemburgo y Alejandra Kollontai), los escritores “españoles”, o aquellos que formaban parte del establishment del régimen, los rechacé siempre. Y para no equivocarme al elegir leía solo escritores europeos: Marguerite Duras, Marguerite Yourcenar, Vladimir Nabokov, Italo Svevo, Henry James, Henry Miller, Anaïs Nin, Virginia Woolf. Durrell y su Cuarteto de Alejandría me impresionaron durante mi primera juventud, también El tambor de hojalata o El Rodaballo de Günter Grass. Luego llegaron los escritores del boom latinoamericano, pero no los incluiría en mi genealogía literaria.

¿Por qué y para qué se escribe?

Escribo porque no puedo evitarlo, como decía Charlotte Brönte. Para mí, escribir no es una elección consciente sino que surge espontáneamente y, cuando no lo hago, siento un malestar difuso que me convierte en insoportable para mí misma, e imagino que también para los demás. Escribo, entonces, para recuperar la paz interior. También para mostrar algunas cosas que creo haber comprendido a lo largo de mi vida; una actitud un poco adánica, pues seguramente están ya dichas en alguna parte, pero yo quiero pensar que ese es un descubrimiento exclusivamente mío, y necesito transmitirlo. Ese adanismo, esa ingenuidad no exenta de cierta omnipotencia, considero que es imprescindible para abordar la escritura. Si fuésemos definitivamente modestos, no nos atreveríamos a tomar la palabra y a publicar.

Tienes tu propio taller de escritura, en Murcia. Lo pusiste en marcha cuando aún había quien dudaba de que se pudiera enseñar el oficio. Algunos de ellos también se dedican ahora a la enseñanza.

Aunque empecé a escribir y publicar sin pasar por ningún taller de escritura, durante mi estancia en París, el curso 2004/2005, para escribir mi novela Mi amor desgraciado, asistí a un taller de orientación oulipiana del grupo El Aleph, y me pareció que era un espacio muy interesante para profundizar en la vocación literaria. Durante los siguientes años asistí a muchos talleres más como alumna. Con Mario Bellatín hice uno muy divertido del que salió un boceto de novela colectiva; en la Scuola Holden de Baricco, en Turín, realicé otro sobre El sueño en la literatura…, los hice con Marcel Benabeau, presidente definitivamente provisional del Oulipo (en este asistió casualmente Michel Houllebecq como participante), y otros más. Así fui creando mi forma de concebir un taller, elaboré una propuesta propia, que es una síntesis de mi experiencia como escritora y lectora, junto a todo lo aprendido con otros escritores, y mis conocimientos sobre grupos humanos. Cuando regresé a Murcia puse en marcha los talleres que desde septiembre de 2005 se llevan a cabo en la Biblioteca Regional, y que este año iniciarán su XIII edición.

¿Qué condiciones tiene que reunir una persona para convertirse en escritor?

Primero ser un buen lector. Creo que la pulsión lectora es el verdadero motor de la escritura. Un escritor debe tener buen oído, es decir, construir en su interior un lector crítico que valore el texto desde el punto de vista formal, musical, estructural; y también profundidad cognitiva para evaluar el contenido. Pero, sobre todo, ha de desear escribir, que es el auténtico estímulo para formarse sin desfallecer. Los alumnos se desmoralizan a veces cuando se dan cuenta de la historia que hay detrás de los textos que analizamos. Vienen con la ingenuidad de una escritura personal expresiva, catártica, que realizan clandestinamente en casa, y se enfrentan a unos conocimientos que los devuelven a la realidad de un campo de conocimiento vastísimo. El taller es una cura de humildad para todos porque el talento está muy repartido. También lo es para quienes los coordinamos. Aún así, yo distinguiría entre aprender a escribir y ser un autor. En los talleres, me parece innecesario decirlo, pues es una experiencia común entre quienes los conducimos, se mejora mucho la técnica narrativa, se aprende a escribir mejor, pero no se enseña a nadie a ser un autor. Ser un autor es un proceso personal dinámico, en el que uno se autoriza a sí mismo a invertir en sus propias producciones, a dedicarle tiempo a una actividad que los más considerarán inútil, pero que no podemos dejar de realizar. Un autor se empeña en bucear en su memoria, en sus experiencias, en su dolor y en su alegría y en las de los otros, para extraer de ese material pequeñas perlas, aproximaciones siempre, que van jalonando y dando textura a su obra.

¿Qué te ha aportado a ti la enseñanza de la escritura?

Los talleres son un espacio vitalizador para mí. En ellos se establece un clima mágico. Hay bastante afinidad entre los participantes, pues nos une el amor a la literatura, y la oportunidad de crear in situ es gratificante. A veces surgen textos que se aplauden unánimemente, como si se tratase de una ciencia exacta y todos confirmasen la bondad de lo leído, aunque sabemos que la literatura no es una ciencia exacta, que el valor literario es histórico y siempre está en entredicho; pero, no obstante, algunos textos concitan esa especial unanimidad tan gozosa para el grupo, que se vive con cierta euforia. Luego vienen las correcciones, las decepciones también… Cuando otros autores visitan nuestro taller, una actividad que realizamos entre dos y cuatro veces al año, se produce con frecuencia ese hallazgo común, como si existiese un criterio implícito sobre lo que es un texto que reúne valores literarios. Te voy a contar una curiosidad. Cuando era niña me encantaba el concepto del metro de platino iridiado, esa barra de dimensiones exactas que se conservaba en un museo, sin dilatarse jamás, como garantía de una medida precisa y universal. Aún me gustaría, ingenuamente, que en las cuestiones de la vida existiese ese metro, y también en las literarias, pero no existe. Creo que es debido a mi añoranza de un metro de platino iridiado que, cuando se producen esos momentos de unanimidad, me son tan gratos. Enseñar a escribir es también ordenar mejor tus lecturas, estudiar, aprender de otros escritores, comunicarte con ellos, intercambiar títulos y autores nuevos. Todo eso me aporta la enseñanza de la escritura.

¿Qué les exiges a los alumnos que van a tus clases?

No les exijo nada a priori. Mis alumnos son personas muy motivadas, adultos con profesiones distintas, universitarios la mayoría, que acuden en su tiempo libre a compartir con otros su afición, entregados al placer de la lectura y de la escritura. Suelo decir que ellos son lo mejor de nuestra sociedad. Personas que aman la cultura y que la disfrutan, que participan también en otros grupos, de teatro, de pintura, de música; en definitiva, seres muy creativos que piden a la vida que lo sea también. No he necesitado imponerles ninguna exigencia. Cada cual avanza a su ritmo. Los hay que se descorazonan y abandonan, y luego vuelven, o publican un libro y me lo comunican, agradeciendo su paso por el taller. Cada cual hace su propio itinerario.

Tu última novela publicada es ‘Cada noche, cada noche’, una relectura y un homenaje a Lolita. ¿Cómo fue el proceso de escritura, en la que es visible el gran trabajo de documentación que hay detrás?

A Nabokov lo leo desde que era muy joven, de ahí que mucha de la documentación que necesité para la novela fueran relecturas. Informarme sobre la Norteamérica de los años 50 no fue difícil. La literatura, el cine, la fotografía y la música de aquellos años fueron una ayuda imprescindible para crear la atmósfera de la novela. La empecé escribiendo los diarios de Dolores Haze, una Lolita niña, que forman parte de uno de los registros de escritura de mi libro. Y como no encontraba la voz de su hija, Dolores Schiller, que es mi protagonista, el personaje que yo he creado, la novela se detuvo durante dos o tres años. No daba con el tono. También, y esto tengo que decirlo, no lo encontraba porque no terminaba de autorizarme para esa empresa. Homenajear a Nabokov revisitando Lolita me parecía una enorme osadía, y tardé algún tiempo en concederme permiso para llevarla a cabo. Cuando lo hice encontré la voz de Dolores Schiller adulta que escuchamos desde el comienzo de la novela publicada, y la estructura se fue cerrando de modo casi natural. Luego viajé a Montreux, donde vivió sus últimos años Nabokov y donde transcurre una parte de la historia, para perfilar algunos detalles. Y entrevisté a Erika Preisig, una doctora que ayuda a morir, para abordar el tema del suicidio asistido, que también quería incluir en la historia de Dolores Schiller. Durante todo el proceso curioseé y aprendí, que para mí son dos formas de disfrutar la vida.

Todo escritor tiene sus manías, sus rituales. ¿Cuáles son los tuyos? ¿Dónde escribes? ¿Sigues un horario?

No tengo casi manías. Con los años he dispuesto mi vida de tal manera que dejo tiempo libre para la escritura: dos mañanas y un día entero a la semana. Además de los sábados y domingos. A veces no escribo nada en ese tiempo, pero si tengo el deseo de escribir dispongo del espacio para llevarlo a cabo. Escribo por la mañana. Durante los viajes en tren tomo muchas notas, así como en los viajes en general. Ese no estar en ningún sitio es una fuente de estímulos para mi imaginación. Y casi siempre, creo que esto es así en los once libros que he escrito, empiezo la primera versión en verano o, mejor, lo que yo llamo “verano”, que es la temporada, de mayo a octubre, en la que me retiro a mi casa de la playa, tranquila y sin el ruido que produce la ciudad, más vinculada al trabajo, para encontrarme allí con mi propio ruido interior y acceder a la escritura. Los paseos por la orilla del mar, separar algunos kilómetros el lugar de mi trabajo y el de la literatura, el ozono del aire de la playa – debe de ser cosa del ozono, estoy casi segura- me inspiran.

¿En qué estás trabajando ahora?

Como suele sucederme, llevo en paralelo un libro de relatos y un ensayo sobre psicoanálisis y literatura, que profundiza sobre los procesos creativos de los que di cuenta en mis dos ensayos anteriores. Ambos están muy avanzados. Solo que soy muy lenta corrigiendo, tengo que olvidarme de lo escrito para poder verlo desde fuera y mejorar el texto. Corrijo muchísimo, es una tarea que me gusta, me siento una escultora con martillo y el cincel, puliendo los textos.

Algún consejo para los escritores noveles.

Que lean, que dialoguen con los escritores y escritoras que nos han precedido, leyéndolos, que observen a su alrededor, que tomen notas, que sigan leyendo.

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Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado. Pionero en España, el Taller de Escritura nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. En esta sección, el lector encontrará recursos para la escritura, entrevistas, reseñas, historias sobre el mundo clásico y otras herramientas que facilitan un primer acercamiento a la creación literaria. Podrás encontrarnos los domingos, cada 15 días, aquí, en ‘El Asombrario’.

Cursos de verano en el Taller de Clara Obligado:

Modos de ver. Nuestra mirada nos sitúa en el mundo, también en la escritura. 

Se leerá a John Berger y a otros autores que han meditado sobre la mirada y la escritura (como el poeta canadiense Mark Strand). El curso es práctico, con sesiones teóricas.

Vuelta alrededor del cuento. Para iniciación-intermedio

Se leerá a los grandes cuentistas de la historia, desde Poe o Chéjov, hasta Cheever, Carver, Borges, Cortázar, Ribeyro, Munro, Lorrie Moore, entre otros autores. Curso práctico.

Más información.

O escribiendo a: http://escrituracreativa.com/contact

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en:

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Twitter:https://twitter.com/javiermoralesor

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Un comentario

  • El 04.06.2017 , Concha Lavella ha comentado:

    Enhorabuena.
    Es una riqueza el Taller.
    Una aventura y curación.
    Un privilegio poder asistir.Este curso me apunto al de iniciación.
    Escribir es parre de mi vida.Una forma de vivir y estar en el desierto.

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