27.06.2017

Luchar contra el cambio climático no va de sacrificios dolorosos, sino de cambios para vivir mejor

Menéalo
El ambientólogo Andreu Escrivà, experto en cambio climático.

El ambientólogo Andreu Escrivà, experto en cambio climático.

El ambientólogo e investigador en ecología Andreu Escrivà (Valencia, 1983), doctor en Biodiversidad y miembro del Observatorio del Cambio Climático y del Comité de Expertos en Cambio Climático de la Generalitat Valenciana, se ha convertido en las últimas semanas en una de las voces más autorizadas y transparentes en la divulgación sobre el cambio climático gracias a su esclarecedor libro ‘Encara no és tard’ (Editorial Bromera), cuya traducción al castellano (‘Aún no es tarde’) llegará en otoño. Hemos hablado con él de clima y ecología, de la importancia de la divulgación científica y de los medios de comunicación, de lo que hemos avanzado y de lo que aún nos queda para cuidar nuestro planeta, que es cuidarnos a nosotros mismos. Y lo dice en clave positiva: “La lucha contra el cambio climático no va de sacrificios dolorosos, sino de poner en marcha ya cambios para vivir mejor”.

Hemos soportado temperaturas exageradamente altas en junio, ¿lo debemos tomar como un aviso insistente de que algo está cambiando en el clima o es que, como algunos siguen diciendo, episodios de tanto calor siempre hubo en junio y no es nada anormal?, ¿o se debe, como señala otra corriente de opinión, a los ciclos naturales de actividad solar, en los que los humanos nada tenemos que ver ni podemos influir?

Una de las partes más complejas de la comunicación del cambio climático es justamente gestionar la información respecto a los eventos climáticos extremos. ¿Es esta ola de calor o son estas inundaciones producto del cambio climático? La respuesta es sí y no. Aunque resulta muy complejo atribuir un evento meteorológico concreto al cambio climático, se puede afirmar sin miedo a equivocarse que un contexto de cambio climático potenciará de forma clara algunos de ellos, entre los cuales están las olas de calor. Estas se producirán con más frecuencia, durarán más y serán de mayor intensidad, tal y como muestran los escenarios regionalizados de AEMET para España, y numerosos estudios a nivel global (el último de hace unos pocos días, que nos dice que un tercio de la humanidad se enfrenta a olas de calor mortales, y que a final de siglo el porcentaje subirá hasta la mitad de la población).

Por otra parte, desde hace años se sabe con total certeza que la actividad solar no es la causante del calentamiento global que vivimos actualmente, aunque obviamente fue una de las primeras hipótesis que se consideraron para explicar el paulatino aumento de las temperaturas. A este respecto, siempre recomiendo un enlace de Bloomberg (cadena nada sospechosa de tendencias ecologistas) que sintetiza muy bien la cuestión. Está en inglés, pero es muy gráfico y corto.

Nada más entrar en tu blog, leemos: “Observo con estupor cómo el debate sobre el cambio climático sigue ausente de la vida política española. Algunas menciones de pasada, y casi ni eso. Quienes se proponen gobernar nuestro país hasta 2020 se olvidan sistemáticamente de uno de los grandes retos que tendrán que afrontar. Llegados a este punto, ya no sé si es por indiferencia, desconocimiento, menosprecio o que, sencillamente, creen que no nos importa”. Contéstanos tú mismo: ¿por qué?

Creo que la causa es múltiple. En primer lugar, hay que considerar que a prácticamente ninguna persona de este país con más de 35 años se le ha explicado el cambio climático en la escuela o el instituto. Es decir, a la inmensa mayoría de nuestro establishment empresarial, político y mediático no se le ha explicado nunca qué es esto del cambio climático, más allá de alguna jornada, o de que hayan tenido interés por formarse. Les faltan herramientas. Por otra parte, no perciben que haya una demanda o alarma ciudadana, lo que seguramente activaría ciertas acciones y provocaría que el debate estuviese sobre la mesa; la preocupación de la ciudadanía sobre el asunto es difusa y a largo plazo. Por último, aunque haya más razones, la última que quiero resaltar es la falta de incentivos políticos: tomar acciones de mitigación y adaptación al cambio climático es caro y poco visible a corto plazo, con lo cual los votantes no perciben prácticamente mejoría en tres años (en el supuesto optimista de que se implementen al inicio de la legislatura). Frente a tomar medidas impopulares (véase la restricción de la circulación de vehículos privados en ciudades, y eso que era por motivos de salud pública en el muy corto plazo) o gastar dinero en actuaciones lentas (restauraciones de ecosistemas o mejora de vertederos, por ejemplo), es realmente tentador dejar de lado el cambio climático y apostar por otros temas más “vendibles” y hasta “entendibles”.

También insistes, y es lo que da título a tu libro, en que no es tarde. Pero ¿qué hacemos? Mucha gente se siente sobrepasada y bloqueada por las dimensiones del problema, siente que no se puede resolver con pequeños granitos de arena que aportemos entre todos. Como ciudadano: ¿cuáles serían las primeras medidas a tomar, lo primero a hacer?

Como ciudadano, lo más importante y transformador que podemos hacer es hablar de cambio climático. Es crucial, y no puedo enfatizarlo lo suficiente, que rompamos de una vez por todas el silencio climático que nos atenaza. No podemos afrontar un problema si ni siquiera hablamos de él, si no tenemos tampoco canciones, películas, libros, cómics, telenovelas y chistes sobre él. Después, si bien es cierto que no sólo podemos confiar en los “pequeños gestos”, que nunca serán suficientes, no debemos olvidar que son absolutamente imprescindibles, más aún si lo hacemos bien. Todo el mundo identifica coger el transporte público y dejar el coche en casa como una “buena acción” ambiental (y así es), pero no piensan, por ejemplo, que quizás pueden hacer mucho más modificando ligeramente lo que comen y cómo lo cocinan. Consumir productos de proximidad, reducir el porcentaje de productos de origen animal (especialmente vacuno y oveja) y aumentar el de vegetales, cocinar de forma eficiente (usando el calor residual, tapando correctamente, ajustando tiempos) o cambiar el agua de botella por agua del grifo (igual de saludable y que contribuye 1.000 veces menos al cambio climático) son acciones sencillas, que producen un ahorro económico y encima benefician a nuestra salud, no sólo al medio ambiente. Y por supuesto, no se trata de hacer una cosa o la otra: se pueden hacer ambas, reducir el transporte motorizado y a la vez cambiar nuestra dieta. Todo ahorro de energía, embalaje y kilómetros es valioso en todo aquello que hagamos o compremos. Como decimos en valenciano, “tota pedra fa paret”, toda piedra hace pared. Y además: compartir lo que hagamos, para que los demás puedan hacerlo también.

Andreu, y si fueras presidente del Gobierno, ¿lo primero qué harías?

¿Deprimirme? Ja, ja, ja. No, en serio. Intentar dar ejemplo (a nivel personal y a nivel administraciones públicas) y empezar todas y cada una –recalco: todas y cada una- de mis intervenciones con cinco hechos sobre el cambio climático: Uno, que el consenso científico en que está sucediendo es abrumador, y que el 97% de aquellos científicos que trabajan en el clima coinciden en que no sólo es una realidad, sino que nosotros somos los causantes, y no la variabilidad natural del clima. Dos, que no tiene nada que ver con el agujero de la capa de ozono. Tres, que es un problema presente y no una realidad futura que sucederá de aquí a siglos. Cuatro, que aún tenemos tiempo si actuamos inmediatamente, y cinco, que sí, tenemos las herramientas científicas y tecnológicas para hacerlo. Y siempre acabaría exhortando a la audiencia a que hablase de cambio climático.

En un plano más de gestión y acción política, revertiría inmediatamente los recortes en partidas que afectan directamente al cambio climático. Como cambio estructural, promovería la modificación del artículo 45 de la Constitución, para que el derecho a un medioambiente y un clima adecuados estuviesen reconocidos como derecho fundamental, y trataría de adecuar otros aspectos de la Carta Magna a la nueva realidad climática, desde los refugiados climáticos dentro del propio país (algo que ya pasa en EE UU) hasta el hecho de que la línea de costa cambiará en un futuro próximo y habrá que redibujar los mapas. Instauraría una vicepresidencia climática, volvería a vincular al Ministerio el Observatorio de la Sostenibilidad que cerró Rajoy y fortalecería la Oficina Española de Cambio Climático, con el objetivo adicional de proporcionar información actualizada, fiable y veraz para toda la población, algo que ya se hace pero que se debe potenciar, y hacerlo de forma coordinada con universidades y centros de investigación.

Instauraría mecanismos de evaluación climática de las políticas públicas y también infraestructuras, más allá de correcciones puntuales (es decir, en vez de hacer “más verde” una carretera, plantearnos ¿hace realmente falta esa carretera?). Implantaría un plan de ahorro de energía muy ambicioso y que se combinase con apoyo directo a las renovables; no podemos pensar en simplemente sustituir las fuentes de energía. Hay que disminuir el consumo y a la vez cambiar el “mix eléctrico”. Plantearía una tasa (elevada) al carbono y trataría de bajar a lo concreto el concepto de “economía circular”, que está perdiendo sentido de tan banalmente como se utiliza.

Pondría en marcha un sistema de formación ambiental de los empleados públicos y, más importante aún, un programa estatal de alfabetización climática acompañado de una conversación nacional sobre el clima: decidir entre todos qué país de futuro queremos ser (para lo cual debemos entender el reto al que nos enfrentamos). Por supuesto, incidiría en la educación, introduciendo el tema a nivel transversal. También tendría como prioridad inocular el cambio climático en los criterios de contratación pública, y apostaría por el apoyo a la investigación (especialmente la básica, absolutamente fundamental para entender qué le espera a nuestro país con el cambio climático). Habría que tocar la adecuación de los cultivos, crear estrategias para transitar hacia un turismo con menor huella ambiental, abordar la planificación hidrológica pensando en el futuro y no en los pelotazos, trabajar en la gestión forestal en un contexto menos extractivo y más protector… La verdad, hay tanto por hacer que asusta , pero siempre tendría presente, eso sí, que ni es tarde ni es imposible. Y que no es una cosa de una legislatura y un presidente.

Antxon Olabe, otro gran divulgador sobre el cambio climático, dice que será el reto que definirá el siglo XXI, así como otras luchas -los derechos de la mujer, la igualdad de todas las razas…- han definido otros periodos históricos, y que será la piedra clave para un cambio de sistema que deberemos abordar sí o sí. ¿Tú también lo crees así?

Efectivamente, estamos ante un momento clave para la humanidad, que no sólo definirá este periodo histórico, sino todo lo que vendrá después. Además, somos (o deberíamos ser) perfectamente conscientes, lo cual es peligroso: cuando tenemos demasiada responsabilidad y la confundimos con culpabilidad podemos llegar a estresarnos, a pensar que es imposible, a tirar la toalla. No debe ser así. No tenemos que pensar que somos culpables, sino responsables. La lucha contra el cambio climático no va de hacer sacrificios dolorosos, sino de poner en marcha cambios para vivir mejor y sí, evitar escenarios de auténtica catástrofe. Y de hacerlo ya.

Algunos ejemplos -de países, áreas, colectivos…-, que se lo estén tomando en serio y sirvan de ejemplo a seguir.

Daré un par de referencias (obviamente, hay muchas más). Actualmente, entre otros (suelo llevar unos 10-12 libros a la vez, aunque últimamente no tengo demasiado tiempo) estoy leyendo Mañana: una revolución en marcha, de Cyril Dion, y Drawdown: the most comprehensive plan ever proposed to reverse global warming, coordinado por Paul Hawken. Ambos, el de Dion desde una perspectiva más cercana y en primera persona, el de Hawken desde un enfoque más analítico, tratan de plantear soluciones que ya existen, con la intención de extenderlas en base al éxito allí donde se han probado. Algunas, lo reconozco, hacen que arquee las cejas, pero otras resultan profundamente inspiradoras. Y por supuesto, tampoco hace falta irse lejísimos para encontrarlas: en España hay municipios que están apostando de forma decidida por la movilidad sostenible, la agricultura periurbana, la mejor gestión del agua y energía o la “reverdización” de sus calles. Se me ocurren, así, rápidamente y sobre estos temas, Pontevedra, Zaragoza, València, Barcelona, la isla de El Hierro o Vitoria, por poner sólo algunos casos, y por supuesto hay decenas de pequeños municipios en los que es relativamente fácil adoptar soluciones que afecten a todos los vecinos. Lo que hay que hacer ahora es ponerlos en contacto (algo que por ejemplo hace la Red Española de Ciudades por el Clima) y replicar las soluciones que funcionen tan rápido como sea posible.

Leo en un titular en ‘Levante’, entrecomillado tuyo: “El cambio climático nos puede quitar hasta cuatro años de vida”. ¿En qué te basas para afirmar eso?

En un informe del Gobierno Vasco, que si bien no es exactamente asimilable a todo el país, sí que ofrece una magnitud entendible del impacto del cambio climático en nuestra salud. Esto no va de osos polares: va de nosotros, y que de si no hacemos nada viviremos menos y peor, y encima en unos paisajes más pobres y silenciosos.

Dices también que las inmobiliarias de EE UU están recomendando ya no comprar propiedades en primera línea de playa…

Sí, de hecho ya había mapas de vulnerabilidad a inundaciones costeras (debido, por ejemplo, a huracanes) que se están actualizando con la subida del nivel del mar. Ya hay compradores que preguntan a cuánto queda la playa, pero no para comprar en primera línea sino para alejarse y tener un cierto margen de seguridad. De la misma forma que otros sectores se están adaptando al cambio climático (por previsión o forzosamente), el sector inmobiliario también debe empezar a hacerlo.

De todas formas, aunque el impacto es global, hay áreas de la Tierra que resultarán más afectadas. ¿Cuáles, y España, en esa escala, dónde nos situaríamos?

Hay áreas muy vulnerables, como las islas con poca altitud (de hecho, ¡ya han desaparecido islas del Pacífico debido al cambio climático!), las zonas polares (donde el calentamiento se amplifica), las zonas marinas con arrecifes de coral (del que dependen millones de personas) y muchos más. Una de las áreas críticas del cambio climático, desgraciadamente, es el Mediterráneo, y España está justo en la delgada línea roja de la desertificación. Estamos en una situación en la que cambios leves de temperatura, o variaciones climáticas no muy severas pueden provocar cambios no lineales en nuestros ecosistemas. Es decir: igual hay países en los que llueve un poco menos, o suben un poco las temperaturas, y los efectos no son dramáticos. Pero en nuestro caso ya tenemos grandes masas boscosas al límite de su resistencia, cultivos bajo un estrés tremendo, grandes ciudades con temperaturas que cada vez más ponen en peligro la salud de sus habitantes… La capacidad de nuestro territorio para absorber impactos está disminuyendo, y más lo hará con el cambio climático. En este escenario se hace absolutamente imprescindible no sólo apostar por la mitigación del calentamiento, sino por la adaptación a esta nueva realidad para aumentar nuestra resiliencia, es decir, nuestra capacidad de absorber los impactos sin poner en peligro el equilibrio de nuestro entorno.

¿Qué tal lo estamos haciendo los medios de comunicación, estamos abordando bien, con responsabilidad y coherencia, el problema para informar bien a la gente?

Seamos claros: no. Hemos fallado. Y me incluyo, en parte, porque he escrito piezas en distintos medios, y también he cometido los errores que ahora reconozco y trato de subsanar. Hay dos partes en el análisis de cómo el periodismo está fallando a la hora de cubrir el cambio climático: la cantidad y la calidad. Si miramos una gráfica con el número de noticias sobre cambio climático en España los últimos años (en el libro la incluyo), lo que se aprecian son picos, no un incremento paulatino, como sería de esperar. Y los picos coinciden con polémicas políticas o cumbres internacionales: es decir, explicamos las noticias “humanas” (y en particular, las más deprimentes y aburridas) sobre cambio climático, no el cambio en sí, que igual pensamos que no es tan relevante o “vende” a nivel mediático. Pero no todo es cantidad: la calidad es fundamental. Y aquí hay un problema evidente. Mientras que el consenso científico es superior al 97% respecto al origen y gravedad del cambio climático, seguimos presentando en las tertulias a alguien que cree que es un problema, y a alguien que no, con lo cual los espectadores, oyentes o lectores se acaban haciendo la idea de que “los científicos no lo tienen claro”. El grado de desconocimiento del consenso es enorme, y eso es un problema porque cuando la gente percibe que los científicos sí están de acuerdo es mucho más proclive a actuar. Hay periodistas de medios prestigiosos de EE UU a quienes no dejaban publicar noticias sobre cambio climático sin incluir la opinión de un negacionista, y eso es una lectura perversa, errónea y dañina (también para el propio periodismo) del “dar voz a todos”. El cambio climático, en 2017, ya no es opinable.

¿En alguna parcela medioambiental sí hemos tomado más conciencia y hemos mejorado sensiblemente nuestro comportamiento en las últimas décadas?

¡Claro que hemos avanzado! De hecho, si mantenemos un discurso de “estamos igual que antes” mucha gente no lo entiende y se genera rechazo. ¿Cómo vamos a estar peor, si había marjales y ríos que eran pocilgas? ¿Cómo vamos a estar peor, si antes la contaminación era aún más visible? ¿Cómo vamos a estar peor, si tenemos sistemas de medición de la calidad ambiental muchísimo más precisos y controlamos el agua, el aire, los suelos, la comida? ¿Cómo le vamos a decir a alguien de la generación de mi abuelo, que vio cómo se transformaba el mundo y cómo su nieto podrá vivir el doble que su padre, que hemos ido a peor? Por eso, de hecho, yo defiendo un mensaje de “Gracias por tanto, combustibles fósiles, pero lo nuestro se ha acabado. Fue bonito mientras duró”. No culpemos a la gente por algo que ni sabía que estaba haciendo mal.

Tenemos estructuras institucionales y legislativas para provocar el cambio que necesitamos, estructuras que hace 20 o 30 años no existían. Hemos aprendido mucho sobre educación y sensibilización ambiental. Hemos empezado a realizar algunos pilotos en ciudades y pueblos que ofrecen resultados esperanzadores. De lo que se trata ahora es de utilizar ese conocimiento acumulado, esas herramientas medio dormidas, y ponerlas a trabajar sobre un sustrato que es indudablemente más fértil que el que había hace medio siglo.

Y en otras nos queda muchísimo aún, ¿no? Dices, por ejemplo, que en unas décadas nos resultará extraño que los coches circularan por el centro de las poblaciones, un cambio de mentalidad similar al que se ha producido con el hábito de fumar, que ahora no nos entra ya en la cabeza que se pudiera fumar en locales públicos cerrados, desde aulas de la universidad a restaurantes.

Sí, y lo bueno es que estos son también cambios que se aceleran y retroalimentan, si lo hacemos bien. Hay dos factores clave: que alguien rompa la barrera de “¿Y si lo hago yo pero no lo hace nadie más?” y se ponga manos a la obra, y que se alcance a continuación la masa crítica suficiente para impulsar a toda la sociedad. Esto no se cambia con un 20% o un 30% de convencidos, pero si ése 25% no hace nada porque piensa que el 75% pasará de él siempre nos quedaremos inmóviles. Cuando “no circular con coches por el centro de las ciudades” sea una nueva norma social, todo irá rodado. Y en Europa ese momento es ya: muchas ciudades se dirigen a un esquema en el que no te prohíben usar el coche en los cascos urbanos, sino que sencillamente lo ponen tan complicado y ofrecen tantas alternativas al transporte privado que convierten al coche particular en una opción indeseable. Esto mismo puede pasar con la gestión de los residuos y sobre-embalaje, en la compra diaria, en el ahorro de energía (ver como malgasto el derroche de luz, en vez de como algo deseable y bonito en una tienda o una calle), en las renovables, en sentencias judiciales a favor de la acción climática, en la desinversión en combustibles fósiles… Hay muchísimos bucles de retroalimentación sociales esperándonos para luchar contra el cambio climático: si somos listos, los activaremos lo antes posible.

¿Tus planes para este verano y para el otoño?

¡Tratar de desconectar! Y de leer, que lo echo muchísimo de menos. Presenté el manuscrito al premio (que le concedieron) el mismo día que hice la entrevista donde trabajo ahora, así que desde septiembre pasado ha sido todo una vorágine increíble a nivel laboral y personal, que me ha reducido el tiempo para mí a prácticamente cero. Eso sí, cansa pero compensa: es una auténtica gozada poder ir a decenas de pueblos no ya a presentar tu libro a lo Paco Umbral, sino a escuchar qué piensa la gente sobre cambio climático, qué sensaciones le provoca, cuáles son sus preguntas. Me gustaría tener tiempo para reflexionar y escribir algunas ideas que me rondan por la cabeza, aún no sé si en forma de posts, blogs o quién sabe, otro libro. Y por supuesto, poder dedicarme un poco más a noestarde.com, que paradójicamente actualizo poquísimo últimamente. Pero bueno, aún no es tarde para hacerlo, ¿no? 😉

Más sobre el cambio climático en esta sección.

Menéalo

Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

¿Quieres leer más artículos de este autor?

6 comentarios

  • El 27.06.2017 , Gonzalo Calvo Pérez ha comentado:

    Ningún dato comprobable sostiene la idea de que el CO2 cause el cambio climático. Todos los daos apuntan a que setrata de factores astronómicos, particularmente ciclos solares (ver trabajos de Zharkova y Charvatova). ¡Basta pues de tanta propaganda pseudoecologista! HIDE THE DECLINE

    • El 11.07.2017 , Charles ha comentado:

      Ignorant. You must read a just “little bit” more.

  • El 28.06.2017 , Francisca Corbalán Miras ha comentado:

    Es un tema muy especial e interesante me gustaría comprar el libro en catalán o español. Vivo en Brasil si pueden enviarlo Favor me lo digan a través de “EL ASOMBRARIO”
    francisca Corbalan M

  • El 28.06.2017 , Tomás Loewy ha comentado:

    Excelente, lo mejor y mas proactivo que he leido hasta ahora sobre el cambio climatico. Felicitaciones y – de mi parte- a difundir por doquier…

  • El 29.06.2017 , Vodalus ha comentado:

    Dejo este enlace (que está incluida en la misma entrevista) al genio del primer comentario. https://www.bloomberg.com/graphics/2015-whats-warming-the-world/

Deja tu comentario