17.10.2016

Luisgé Martín: “Aspiro a que los homófobos lean mi novela”

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El escritor Luisgé Martín.

El escritor Luisgé Martín.

Una de las novedades más celebradas de este otoño literario es ‘El amor del revés’ (Anagrama), el nuevo libro de Luisgé Martín. El autor de obras como ‘La mujer de sombra’, ‘La muerte de Tadzio’ y ‘La vida equivocada’ realiza un amargo destape sobre cómo vivió su homosexualidad en su infancia, adolescencia y juventud. Confesiones de una sinceridad estremecedora. Ahora, en esta entrevista, el escritor se desnuda incluso un poco más.

Algo veo en este libro de terapia contigo mismo. ¿Estás totalmente curado, Luisgé? ¿Ya no te ves como una cucaracha, como tú mismo te llamabas, ‘el niño cucaracha’?

En algún momento del libro digo que yo creo que hay enfermedades que no se curan nunca del todo, y lo pienso más ahora que me han descubierto por marcas en la sangre que he tenido tuberculosis y sífilis, aunque no las llegué a desarrollar. Con este tipo de cosas pasa igual. Por mucho que uno ahora lleve una vida normal, esté casado, saque libros y tenga una vida supuestamente expansiva, yo creo que hay marcas que quedan en el carácter, miedos, y pienso que incluso una vergüenza inconsciente de algo. Creo que este tipo de cicatrices siguen ahí, no se curan del todo.

¿Y este libro te ha servido de algo personalmente?

Escribir el libro me ha servido para entender mi propia vida, para reconstruir aquello que yo viví envuelto en el caos y la incomprensión y el desconcierto; me fui comportando dando palos de ciego, sin rumbo, intentando descubrir y comprender… El libro me ha servido para entender que en todo ese trayecto hubo un camino, y cierta coherencia, hubo etapas que yo fui quemando, hubo mundos en los que entré, aunque fuera por la puerta de atrás, que me sirvieron para seguir descubriendo cosas; por ejemplo, yo no quería ir a los sitios de ambiente, pero estaba deseando que alguien me llevara; cómo fui aceptando cambiar mis parámetros de lo que eran las relaciones, lo que era mi visión del amor. La escritura del libro me ha servido claramente para entenderme a mí mismo, y en alguna medida espero que sirva al lector para entender a gente que realiza una travesía parecida. Y me ha servido para quererme un poco, yo que normalmente me quiero poco. Escribiendo el libro he tenido en algún momento ganas de abrazarme.

¿Cómo ha sido el proceso de escritura? ¿Lo has escrito de un tirón?

Absolutamente de un tirón, en un estado de felicidad literaria que para mí no es normal, porque siempre escribo con fórceps, lo paso mal y sufro mucho, y este libro ha sido, en ese sentido, prodigiosamente rápido. Empecé a escribirlo en junio del año pasado y, con interrupciones de viajes, que me disgustaban, a diferencia de otras veces, porque me interrumpían el proceso, lo acabé a finales de año.

¿El diario que reproduces existe, es real?

Todo es absolutamente real. El diario y las cartas que tengo guardadas porque no envié o pedí que me devolvieran. Existe; lo único, que me he tomado la coquetería, la licencia, de corregir algunos adjetivos.

Como crítico literario, eres muy duro con cómo escribías en ese diario de juventud…

Es que el diario es… No lo había vuelto a leer…

¿Y has descubierto algo de ti? Porque la memoria a veces es muy engañosa; y esa notaría de las palabras escritas a menudo nos enfrenta a una realidad pasada que habíamos distorsionado…

He descubierto cosas, sí; me ha servido mucho. El diario recoge un año y medio, con algunos huecos temporales gordos, pero, de ese periodo, algunas de las cosas que cuento con detalle y pormenor han sido gracias a él. Luego no he seguido escribiendo diarios. Aquel diario fue un diván. Lo único que he escrito a veces, aunque soy muy perezoso, han sido diarios de viajes.

¿Todo esto habría sido totalmente distinto si tú hubieras nacido 20 años más tarde? ¿Han cambiado mucho las experiencias de los jóvenes gays?

Este tipo de cosas son difíciles de decir porque yo acabo de conocer a una cucaracha de 20 años, y digo cucaracha porque ha tenido problemas para asumir su condición, no ya para contárselo a sus padres, sino para reconocérselo a sí mismo. Eso me lleva a pensar que sigue existiendo esa presión del ambiente, esa presión universal que te hace decir: bueno, a ver si puedo evitarlo y mejor, así vivo más tranquilo. Pero, dicho esto, yo creo que 1977 y 1997 y 2016 son mundos muy distintos.

¿Pero tú crees que la condición homosexual sigue causando mucho dolor en la infancia y la adolescencia?

Sí, de hecho, tengo un punto de pesimismo porque creo que los niños y adolescentes homosexuales van a seguir sufriendo siempre, pase lo que pase, porque al final yo creo que hay una parte de la crueldad humana por la que los diferentes siempre van a ser objeto de burla en el colegio y en el instituto. La gente necesita llamar gordo al gordo, gafotas al que tiene gafas y mariquita al mariquita…

Al sistema le interesa la estandarización…

Bueno, no creo que necesariamente sea el sistema, creo que tiene que ver con la condición humana. Otra cosa es que el sistema, sea cual sea, tiene que desplegar todos los elementos y herramientas necesarios para combatir eso, para aminorarlo, para, por ejemplo, ser muy proactivo en las escuelas para enseñar sin ningún genero de dudas que la diversidad sexual no es algo opinable; no es que yo, por ser cura o ser de derechas, opine que eso no debería ser así. Mire usted, es que no, es que sobre esto no debe opinar; esto es así y no es discutible, como no es discutible la ley de la gravedad. No es opinable ni discutible si los homosexuales deben tener los mismos derechos que los heterosexuales. En eso sí que el sistema debería ser muy activo y ahorraría mucho sufrimiento.

¿Crees que ‘El amor del revés’ puede interesar a todo tipo de público, puede interesar no sólo a tu generación, sino también a los más jóvenes y también trascender el público gay, y, como sucedió con la película ‘Brokeback Mountain’, atraer sensibilidades distintas, también las heterosexuales? ¿Qué ‘feedback’ te está llegando?

El feedback que me está llegando es maravilloso, de todo tipo de público, y es tranquilizador para mí. Yo creo…, o quiero aspirar a que al final este es un libro que, sobre todo, habla de tres cosas: el amor, y en ese sentido da igual a quien ames; habla de la soledad, y eso es algo por lo que, por razones distintas, atraviesa cualquier persona; y habla de cómo la sociedad, el sistema en el que vivimos, crea daños inventados, inexistentes, y condena a ciudadanos a vivir de una manera absurdamente marginal, en exclusión, sin que esos individuos hayan hecho ningún daño a la sociedad. Hay ahí un niño que, perplejo, se pregunta: yo, ¿qué he hecho?, y se esconde… Yo no solo aspiro a que el libro lo lean los heterosexuales; me encantaría que fuera el libro que leyeran los homófobos, porque a un homófobo que tenga al menos tres neuronas sí le pueda hacer pensar que al final los homosexuales no violamos niños, ni venimos de otro planeta…, sino que somos señores como ellos, pero nos señalan con el dedo.

Dentro de la amargura que planea sobre todo el libro, hay partes divertidas, como cuando cuentas cómo te acercas al kiosco a comprar la revista ‘Party’, algunas maneras de ligar… La forma de conocer gente y ligar ha cambiado mucho con las redes y las ‘apps’, ¿no?…

Con Grindr…, claro, claro, por supuesto…

¿Qué opinas de esta evolución, de cómo se liga ahora, de tanta facilidad para romper la fidelidad de una pareja?

Pues fíjate que no tengo mucho criterio para opinar…

Digo como escritor que analiza lo que tiene alrededor, no como usuario…

Sí que es algo que me interesa mucho, yo creo que quiero entender más, y que acabaré buceando más en todo ese mundo para comprenderlo. Yo creo que es maravilloso, que, como todo, y lo tecnológico más, puede producir excesos y determinadas perversiones de comportamiento. Seguramente, como oigo contar a algunos, cuando tienes Grindr, eres incapaz de comprometerte, porque se produce un desvinculamiento emocional; se trata de conocer y conocer, y de ir saltando pantallas como en un juego, y de ir follando con uno tras otro…

La fidelidad y la constancia ya no son valores…

Bueno, la fidelidad a mí nunca me ha parecido un valor muy defendible. La constancia, sí. Pero, en cualquier caso, yo creo que, como todo, tendrá su ley de gravedad, y todo irá posándose, y todo irá colocándose en su sitio; y, si no, que nos quiten lo bailao. Yo muchas veces me he preguntado qué habría ocurrido si a los 15 años hubiera tenido todo esto a mano; habría sido totalmente distinto, y distinto para bien, se habría ahorrado mucho sufrimiento.

Eres muy crítico con tu carácter; te defines como propenso a la rabia, la amargura y lo dramático. Y hasta casi se percibe en el libro un ajuste de cuentas contigo mismo. ¿Has modelado algo con el tiempo o no hay remedio, uno es así y punto…?

Lo intento, pero, no sé, yo siempre digo, con un poco de exageración pero me lo creo de verdad, que a partir de los 20 años, uno ya en lo sustancial no cambia. Aprendes a detectar cosas y relativizarlo. Pero cambiar, cambiar… Hay estados en los que la propia experiencia y la propia repetición nos enseña cómo comportarnos, y por tanto nos contenemos de cara a los demás, pero en el fondo hay cosas del carácter que no van cambiar. La propensión a la rabia y a la amargura es indiscutible; además, los pollos que monto en las sobremesas de las cenas son ya muy conocidos por mis amigos.

Y te quieren así…

Me quieren así, pero es terrible la capacidad que tengo para indignarme. Y lo de la amargura, también. Tengo una visión totalmente pesimista de la vida; se te muere la gente, tienes enfermedades…

Otro punto que me llama la atención: a pesar de ser tan descriptivo en todo lo que le rodeaba a ese niño y a ese joven, tu familia, tus padres y tus hermanas, apenas salen en el libro.

Vamos a ver, es posible, y me lo han dicho varias personas, que deberían salir más; de hecho, la escritora Marta Sanz leyó el manuscrito y me hizo este mismo comentario, y, a raíz de esa apreciación, añadí algún episodio de mi familia, por ejemplo, el del descubrimiento del diario por parte de mi madre… ¿Por qué sale poco mi familia? Porque yo creo que mi familia no tuvo ningún papel, ni para bien ni para mal. Yo fui un adolescente conflictivo bastante al uso. Es decir, de esto que me preguntaban: ¿adónde vas? y contestaba: donde me da la gana, ¿a ti qué te importa? ¿De dónde vienes? No contestaba, me metía en mi habitación y ponía la música a todo volumen. Es decir, algo bastante normal; lo que pasa es que en mi caso la razón de esa conflictividad no era la habitual de los adolescentes, la lucha contra la autoridad, la autoafirmación, sino que había algo más. Pero al final mi relación con mi familia, ese hermetismo, esa falta de comunicación, esa ruptura de vínculos no tenía más historia, no tenía más desarrollo… No había una sustancia para yo contar; podría haber hecho reflexiones más ensayísticas sobre lo que podían pensar, pero narrativamente no había mucho más que contar, y por eso no aparecen. Mis hermanas, con las que me llevo estupendamente, tampoco aportaban nada a esta historia. Yo tenía mi vida aparte de la familia, y nunca hubo una intimidad para que les contara nada de lo que me pasaba…, nada de lo importante que me pasaba.

Tu padre falleció. Le dedicas el libro a tu madre. Ahora lo ha leído, ¿y qué te ha dicho?

Mi madre leyó el manuscrito, nunca se lo había dado, pero esta vez quise hacerlo, lo tenía ya Herralde y estaba contratado, o sea que no era con la idea de que lo aprobara. Y ha sucedido algo curioso; como hay ya una inercia de silencio, lo ha comentado más con Axier, mi marido, que conmigo. Mi madre tiene una idea a mi juicio equivocada de cómo las cosas podrían haber sido. Ella cree que si yo hubiera sido más confiado y más abierto a ella, no lo habría pasado tan mal y ella me podría haber ayudado. Yo creo que no, que mi madre es una persona inteligente y abierta, pero fruto de una época, era católica y vivía en aquellos años de plomo, y no habría sido capaz de entenderlo, como en el fondo sigue siendo incapaz de entenderlo. Son cosas de las que queda la marca en la sangre; lo aceptas y borras de tus dudas, pero en el fondo eres incapaz de entender por qué tu hijo es gay.

Dices que el amor es un tema central, pero en el libro hay varios momentos en los que hablas de que el amor es desleal. Y llegas a escribir: “Los amores reales son todos pasajeros o un embuste; el amor más poderoso es el que uno se inventa, el que se alimenta del vacío”. Explícanos esto.

No, no; muchas de las cosas que digo en una carta escrita hace 30 años no las sigo pensando; probablemente ni las pensaba entonces; formaban parte de ese porte melodramático que yo asumí. Lo que yo sí creo es que he pasado de creer en un amor romántico, el amor como aquello que justifica tu vida, el centro que articula todo, que tú tienes que encontrar a esa persona, tú tienes una persona y tienes que conseguir esa mitad de la naranja y esa mitad platónica… He pasado de esa concepción del amor a algo mucho más realista y pragmático, en la que creo que el amor se construye, se educa, y que el amor consiste fundamentalmente no en estar sobrevolando el cielo o vivir en lo sublime sino en compartir, compartir todo, la vida, los amigos, una copa de vino, una tarde de teatro, la muerte de alguien… Compartir, con minúsculas. El amor pasó de ser algo escrito con mayúsculas a ser algo escrito con minúsculas. Pero, claro, del amor del que yo hablo en muchas partes del libro, sobre todo esos dos amores que yo me invento, con personas a las que no conozco, una de las cuales con las que ni siquiera llego a cruzar una palabra, esos amores que yo siento como tales, son obsesiones construidas, como dice Cortázar, de hueco y de la nada, construidos con mi propia imaginación. Y esos amores son indestructibles, claro, porque no hay posibilidad de que la realidad los lama, roce, cambie. Cuando tú conoces a alguien y follas con él, y viajas con él, y vas al cine, al final encuentras la mella; cuando te lo inventas todo, eso nunca va a llegar, eso es indestructible.

Aparte de esos tres temas centrales de los que me hablas -el amor, la soledad y la presión social con los diferentes-, veo otras dos obsesiones que no solo están en este libro, sino que recorren tu obra literaria: la belleza masculina y el paso de la edad.

Y una más: el discurso sobre cómo construimos la identidad. Yo creo que la belleza física es algo que me obsesiona, que me parece transformador, creo que lo digo así, y lo siento así: las veces que yo he visto a dios ha sido a través de la belleza masculina. Me parece que es algo sublime, que es algo que a uno le conecta con el más allá. La belleza física, a la que yo le he dedicado muchas páginas en muchos de mis libros, de gente con la que yo no tenía ninguna empatía, probablemente no podría tener ni una conversación, de gente con la que solo he compartido una noche de sexo, pero esa noche ha significado mucho más que lo que entendemos por una noche de sexo, he tenido una especie de sensación de que estaba tocando lo divino. Eso es algo que está ahí; voy por la calle y lo sigo viendo, continuamente, y más ahora que me he apuntado a un gimnasio. Es algo que me sigue deslumbrando y me sigue produciendo los mismos efectos místicos de siempre. Y enlazando con el segundo tema: ahora hay un añadido de melancolía absoluta, porque la juventud perdida, otro de los temas que están en El amor del revés, ese mundo que yo perdí, o malgasté o dejé escapar, o que me hicieron dejar escapar, transcurría en un tiempo que yo podía haber compartido con esa belleza masculina que yo ansiaba. Visto desde mi edad, lo veo con melancolía, porque en ese salto de la juventud hay ya un desencaje que a mí me produce dolor. Esa distancia respecto al epicentro de la vida, que yo sigo considerando que es la juventud, a mí me produce melancolía y a veces dolor.

Terminamos con tres cifras de la novela que me llaman la atención.

¿Cifras?

Sí. La primera: Dices “leo 100 libros al año”. Haznos alguna recomendación.

A ver, empiezo 100 libros al año; cada vez acabo menos. Antes acababa el 90%; ahora a lo mejor estoy en menos de la mitad. Dos recomendaciones: La España vacía, de Sergio del Molino; me parece de gran inteligencia. Y Patria, de Aramburu, que acabo de terminar; me parece una novela colosal, que merece mucho ser leída.

Otra cifra: “Me masturbaba hasta diez veces al día”.

Esa cifra sí que está tuneada… Pero a la baja…

¿En serio?

Ha habido épocas en mi vida en que me daba vergüenza aparecer como un sátiro; a veces me masturbaba cuatro veces seguidas; evidentemente, ya a la cuarta ni expulsaba semen; pero, sí, sí, eso es verdad.

Has tenido muy alto el nivel erótico.

En esa época, absolutamente.

Y otra cifra: “Conocí a 200 o 300 chicos con los contactos por palabras”.

Eso es verdad, esa cifra sí me la pensé mucho. Conocí, pero no quiere decir bíblicamente; bíblicamente conocí a un porcentaje bastante bajo. Aparte de los contactos por palabras, yo tenía otras vías de…, otras fuentes de financiación, pero sí, hubo una época de años en la que para mí eso se había convertido en una especie de rutina. En una semana podía ver a tres o cuatro chicos; incluso algunos días, en que yo ya preveía que las posibilidades de éxito podían ser escasas, quedaba con uno a las 6 y con otro a las 8. Si el de las 6 era maravilloso, le daba plantón al de las 8.

Entonces no había móvil, no podías ir improvisando o cambiando citas.

No, claro; si quedabas, quedabas.

Anda que el tiempo que le has dedicado…

Muchísimo. Lo profesionalicé.

¿Qué te ha dicho Axier, tu marido, del libro?

Axier lo sabía ya casi todo. Lo esencial, lo medular, lo sabía; para él no ha sido este libro ninguna sorpresa, ninguna revelación.

¿Se ha escrito algo del libro, alguna critica o reseña, que te haya dolido? Porque al ser algo tan personal, me imagino que la crítica literaria se puede tomar en un sentido más personal.

Estoy ya muy entrenado para estas cosas… Pero es verdad que con este libro tengo una aprensión especial porque no sé hasta qué punto voy a confundir literatura con vida.

Por eso te lo preguntaba…

Hasta ahora todo han sido parabienes, y gente que se ha sentido muy cercana. Pero es posible que si alguien hace una critica del libro que yo pueda entender no en clave literaria, para lo que yo ya estoy muy entrenado, y que me la pela, más o menos, sino en clave biográfica, es posible que me escueza como hace tiempo que no me escuecen las críticas. Pero ojalá no pase.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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Un comentario

  • El 17.10.2016 , Pau ha comentado:

    El titular tiene gancho pero es incongruente: Los homófobos no leen… de que otra forma se podría explicar que lo fueran!

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