17.11.2017

¡Mamaaá, me bajo a la calle! (esa utopía)

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Ilustración: Concha Pasamar.

Ilustración: Concha Pasamar.

Creo que el sábado pasado sufrí un episodio de locura transitoria, porque, así, sin más, me dio por ir a uno de esos megacentros comerciales de las afueras —¡¿qué queréis que os diga?!, me apetecía comprarme una bici—. Todavía estaba dentro del coche cuando me di cuenta de mi error. “¿Pero qué haces en este atasco absurdo?”, me pregunté. Y fui consciente del motivo de mi felicidad actual: haber abandonado los hábitos nocivos del fin de semana —y no me refiero precisamente a fumar, beber, comer u otros inconfesables.

A estas alturas ya os habréis dado cuenta de que, sí, yo también fui una de esas madres que frecuentaba ese tipo de lugares inhóspitos e impersonales sin pensar que lo único que hacía era crear, en mis hijas y en mí, unas necesidades que, en realidad, no teníamos. A menudo me pregunto cuál será el extraño mecanismo mental que nos empuja a hacer cosas, con la disculpa de entretener a nuestros vástagos, que, en condiciones normales, no se nos ocurrirían.
En mi descargo diré que las calles y plazas, al menos las de las grandes ciudades, no se parecen en nada a las de mi infancia: han cambiado tanto que, a veces, dudo si mis recuerdos son reales o me los ha implantado alguna mente creadora, a lo Blade Runner.

Cuando yo era pequeña, llegaba del colegio y, en vez de ir a miles de extraescolares, cogía mi bocadillo y gritaba: “¡Mamaaaá, me bajo a la calle!”; corría escaleras abajo —alguna vez las rodaba—, y, al final de aquella carrera, encontraba el paraíso: un lugar lleno de de niños y niñas agrupados por juegos —la comba, la goma, polis y cacos, el pañuelo, el balón…—, donde uno solo tenía que elegir en cuál quería pronunciar las palabras mágicas: “¿Puedo jugar?”. Mientras, los mayores podían permitirse el lujo de quedarse en casa haciendo sus cosas —no tenían aún tatuada la gorra de chófer que lucimos los de hoy—, porque a los pequeños se les cuidaba un poco entre todos: cuando teníamos sed, allí estaba Pepito, el dueño del bar La Gloria, que nos dejaba pasar detrás de la barra a servirnos nuestro agua; si nos caíamos, siempre había alguien dispuesto a levantarnos; sólo llamábamos al timbre de casa cuando la cosa se ponía fea, porque eso no ha cambiado y… ¡madre no hay más que una!

Volviendo al sábado pasado, os diré que no compré la bici —ni siquiera me bajé del coche—. Me metí aliviada en el atasco de vuelta y, allí, encerrada, recordé una noticia que había leído unos días antes sobre una iniciativa que está llevando a cabo el Ayuntamiento de Valencia, impulsada por el colectivo ciudadano Colecamins. Se trata de algo tan simple, y tan complicado a la vez, como preparar la ciudad para que los pequeños puedan ir andando solos al colegio. Entre frenazo y frenazo, deseé que la idea se extendiera por todas las ciudades del mundo como un primer paso para volver a llenar las plazas y aceras de niños al grito de: “¡Mamaaá, me bajo a la calle!”.

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Sobre el autor

Marta Rañada

Editora y documentalista de profesión, profesora de escritura creativa por devoción y cincuentista por pura diversión. Mi única ambición es reírme de los cincuenta y vivirlos con la cabeza bien alta, desafiando incluso la ley de la gravedad. He publicado varios libros infantiles y el año pasado me estrené como novelista con Las uvas de la Hidra (Bookolia, 2016).

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11 comentarios

  • El 17.11.2017 , Irune ha comentado:

    Precioso. Yo también lo echo de menos, aunque creo que podríamos conseguirlo si somos capaces de recordar que nuestros hijos son niños y que necesitan serlo. Y nosotros de paso dejar de lado por unos instantes también nuestras preocupaciones del día a día y disfrutar de un rato de parque o plaza, conversando con otros aitas y amas.

    • El 18.11.2017 , Marta Rañada ha comentado:

      Eso, Irune, dejemos que jueguen hasta caer rendidos.

  • El 17.11.2017 , Ana María ha comentado:

    Vivo en Rotterdam y aunque no es el paraíso, para dejar ir a los niños al cole solos en teoría sería más fácil… Y digo en teoría, porque aunque alfombrasen todas las calles de rojo y prohibiesen los coches, no dejaría bajar a mi hija sola al parque, ni la dejaría ir sola al colegio, por el simple hecho de que a veces, los coches son lo de menos, el peligro está en las personas que están en la calle. Ya sé que mala gente ha habido toda la vida, pero hoy en día hay mucha más.

    • El 18.11.2017 , Marta Rañada ha comentado:

      Ana María, no sé cómo es Rotterdam, seguro que muy peligroso. ¿Sabes lo que yo creo que ha cambiado? La solidaridad. Antes todos los adultos eran un poco cuidadores de los niños, mientras que ahora vamos a lo nuestro y ni les miramos. A mí, de pequeña, me dieron algún que otro un susto, pero la calle estaba llena de gente a la que acudir. Como tú dices, malvados ha habido siempre.

  • El 17.11.2017 , chifus ha comentado:

    que recuerdos me has traido…
    aunque tabn habia el tipico jefecillo que ns queria mangonear y ns metia en problemas
    esto tampoco ha cambiado

  • El 17.11.2017 , Marta Rañada ha comentado:

    Tienes razón, pero yo tengo la sensación de que, antes, las pandillas eran tan grandes siempre encontrabas a alguien que te apoyara, ¿no crees?

  • El 18.11.2017 , Marta ha comentado:

    Y por no hablar de nuestros queridos patines de metal, cuatro ruedas y correas de cuero, el clavo, la pita y el garbancito vaaaaaaa, para deslomarnos un poco y curtirnos para la vida. Yo tambien doy mi voto a favor para que vuelva, al menos un poco de todo eso.
    Muy bueno!!!! Como siempre 👏👏👏

    • El 18.11.2017 , Marta Rañada ha comentado:

      Ay, Marta, aquellos patines con sus fundas escocesas… Confieso aparecían en una primera versión del artículo, pero al final opté por los juegos de grupo. Otro que hubiera incluido es “el clavo”, que no sé si se jugaba en todas las ciudades. Recuerdo su clandestinidad, porque había un guarda de jardines que nos echaba la bronca si nos pillaba.

    • El 18.11.2017 , Marta Rañada ha comentado:

      Ay, Marta, aquellos patines con sus fundas escocesas… Confieso aparecían en una primera versión del artículo, pero al final opté por los juegos de grupo. Otro que hubiera incluido es “el clavo”, que no sé si se jugaba en todas las ciudades. Recuerdo su clandestinidad, porque había un guarda de jardines que nos echaba la bronca si nos pillaba.
      La verdad es que me he autoimpuesto un número de caracteres máximo en mis textos, y confieso que, en este, me ha costado cumplirlo.

  • El 19.11.2017 , Marina ha comentado:

    Qué bonito… Me ha hecho recordar cuando nosotras subíamos al Castillo de nuestro pueblo y llevábamos leche a los gatitos bebés que nacían allí. Les limpiábamos los ojitos con algodón y nuestras madres nos llamaban desde el balcón para cenar 🙂
    Por cierto, ¿conoces a Francesco Tonucci y sus “Ciudades de los niños”?

    • El 20.11.2017 , Marta Rañada ha comentado:

      !Qué bonita tu historia de los gatos, Marina! (Perdón por las exclamaciones, pero trabajo con un ordenador alemán y me da los signos de apertura solo cuando le apetece)
      Te confieso que no conocía a Tonucci, pero he estado enredando por internet y esta misma tarde empezaré a leerlo. Muchas gracias por la recomendación.

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