Martínez de Pisón: "No me interesan los personajes admirables"
30.03.2017

Martínez de Pisón: “No me interesan los personajes admirables”

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El escritor Ignacio Martínez de Pisón. Foto: Elena Blanco.

El escritor Ignacio Martínez de Pisón. Foto: Elena Blanco.

Tras obtener el Premio Nacional de Narrativa por ‘La buena reputación’, Ignacio Martínez de Pisón vuelve a las librerías con ‘Derecho natural’ (Seix Barral), una novela de formación con un doble protagonista: el narrador, hijo de una familia desastrosa y con un padre convertido en un pícaro del cine de Serie B, y la sociedad española que, en los primeros años de la Transición, está aprendiendo a vivir en el nuevo marco democrático. En su búsqueda constante de rectitud, el protagonista, Ángel, se convierte en imagen de una sociedad en busca de una legalidad nueva, donde lo ético por fin vea su reflejo en lo legal. En ambos casos, la búsqueda está plagada de decepciones, incongruencias y contradicciones.

‘Derecho natural’, ¿una novela sobre la Transición a partir de la historia de una familia o una novela sobre la familia con la Transición de fondo?

Lo que hago siempre es coger materiales muy diversos para luego juntarlos y, efectivamente, en Derecho natural hay entremezclados estos dos elementos, la familia y la Transición. Derecho natural es, en efecto, una novela cuya acción solo puede transcurrir en una época muy determinada, la Transición, cuando la nueva legalidad democrática está a medio construir. Al mismo tiempo, es una novela sobre la familia, en concreto, sobre una familia desastrosa y es que las familias que tienen interés son precisamente las que son desastrosas.

Y parte de ese desastre tiene como responsable al padre.

Sí y, efectivamente, Derecho natural tiene algo de novela picaresca: el padre es un pícaro con ciertas pretensiones, con ciertos aires de grandeza, pero que vive a salto de mata y que cuando puede pegar un sablazo, lo pega sin problemas. Además, diría que también podemos definir la novela como una historia de amor: por un lado, Derecho natural es la historia de amor bastante lamentable de los padres y, por el otro lado, es la historia de amor aparentemente perfecta, pero no, del hijo, Ángel…

Protagonista y eje central de la novela…

Y si tomamos al hijo como referencia, Derecho natural es, ante todo, una novela de aprendizaje, pues a lo largo del libro el protagonista intenta descubrir las clases de esa vida en la que sus padres se han equivocado tanto para no volver a repetir esos errores. Como ves, he cogido muchos materiales que me son familiares y he hecho un cóctel con estos elementos y con elementos nuevos, aunque, en verdad, todas mis novelas se parecen.

En efecto, una vez más vuelves a tratar la familia como expresión microscópica de la sociedad y vuelves a abordar el tema de la relación padre-hijo, eje de tu novela ‘Carreteras secundarias’.

No puedo evitar que mis novelas se parezcan y, efectivamente, en Derecho natural hay algo de Carreteras secundarias, pero también de El tiempo de las mujeres o de La buena reputación. Todas mis novelas comparten un aire de familia. También es verdad que en esta última novela hay elementos nuevos: a diferencia de otras novelas, en Derecho natural, la familia funciona no tanto como reflejo de la sociedad, sino como una especie de célula de algo nuevo que se está construyendo. En cierta manera, la familia es la célula de esa nueva época en la que las cosas empiezan a ser diferentes. La actitud del narrador, es decir, del hijo, se corresponde en parte a la actitud de la sociedad en ese tiempo de cambio: la actitud del hijo hacia su familia es la actitud de la sociedad española, que está tratando de cambiar las cosas, de arreglarlas, a través de un cierto consenso.

En este sentido, ‘Derecho natural’ es una novela de aprendizaje donde quien aprende es, ante todo, una sociedad que acaba de salir de 40 años de dictadura.

Efectivamente, quien está aprendiendo es la sociedad en su conjunto. Con la Transición, las reglas del juego han cambiado: ya no basta con someterse a unas normas anteriores, sino que es necesario construir unas reglas del juego nuevas. Para el narrador, sin embargo, la necesidad de buscar nuevas reglas del juego se realiza en dos niveles distintos, el familiar y el social. Por un lado, está tratando de solucionar los conflictos domésticos y, por otro lado, en su vertiente de aprendiz de jurista está asumiendo parte de una responsabilidad colectiva que le lleva a buscar soluciones de consenso que sirvan a todos.

El protagonista no sólo se siente responsable ante su familia, sino asume que debe jugar un papel activo en la nueva sociedad democrática.

Cuando el Estado te es adverso no quieres contribuir a él, pero cuando se crea un Estado nuevo, como sucede en la Transición, el Estado debe englobar a todos y, a la vez, pedir la participación de todos; sin embargo, la participación sólo puede entenderse dentro de una tradición democrática que, en España y en ese periodo, no existía y había que crearla. Parte de ese desconcierto social se refleja en el desconcierto personal.

Un desconcierto que, en parte, el hijo resuelve buscando en el Derecho unas respuestas.

Hay que tener en cuenta que por entonces todo estaba por hacer, la legalidad que precedía a la nueva legalidad no sólo es que no se podía aprovechar, es que había que abolirla completamente. Por esto aparece el Derecho como motivo de reflexión y por esto el Derecho es tan importante para el protagonista.

En el libro se hace bastante hincapié en la figura de Norberto Bobbio como ejemplo del respeto a la legalidad institucional; sin embargo, el título remite al Derecho natural.

Por contraste.

¿Una reivindicación? ¿Un juego irónico?

Un juego irónico; no hay nada de reivindicación en el título, puesto que creo que como sociedad de lo que tenemos que dotarnos es precisamente de un corpus legal lo suficientemente sólido para que no quepan interpretaciones y para que nadie crea tener una legitimidad distinta o superior a la legalidad, aunque, por muy sólido que sea el corpus legal, no se agotan los debates. En relación a esto, recuerdo el debate entre Norberto Bobbio y Natalia Ginzburg, que eras buenos amigos. En el último de sus libros, Ginzburg hablaba del debate que se había creado en Italia a partir del caso de una niña filipina que había sido adoptada de forma irregular por un italiano, que la había hecho pasar por hija suya. Se planteaba, entonces, un debate moral: esta niña, gracias a la adopción, había abandonado una vida de miseria; sin embargo, la adopción se había realizado de forma ilegal.

Lo legal no siempre abraza lo ético o, dicho de otra manera, en este caso, lo ilegal es éticamente justo.

De hecho, lo que se plantea es qué se impone, ¿el beneficio de la niña o la ilegalidad de la adopción? Ginzburg defiende los beneficios personales que esta adopción, aun siendo irregular, ha proporcionado a la niña, que ahora está protegida por el Estado Italiano. Desde una perspectiva opuesta, Bobbio habla de la primacía de la ley y sostiene que no pueden hacerse excepciones, porque toda excepción es una manera de crear precedentes a partir de los cuales se puede, incluso, llegar a justificar una red de compra-venta de niños que, sin embargo, no puede aceptarse, a pesar de las buenas finalidades que pueda haber detrás.

Lo que planteas ahora y lo que se plantea en la novela es qué sucede cuando el Derecho positivo no acoge el Derecho natural o, incluso, lo excluye.

En el momento en el que se enmarca la novela esta exclusión es muy patente, sobre todo en cuanto a las mujeres. Hasta que no se aprobó la Ley del divorcio en 1981, la mujer estaba completamente desprotegida, aunque, como la madre del protagonista, tuviera razones éticas y morales no sólo para separarse, sino para separarse y quedarse con una parte del patrimonio del marido. Esto es lo que hace la madre de Ángel, pero la ley no la ampara y se plantea el debate entre lo legal y lo ético. Por esto, la historia que narro en Derecho natural solo podía transcurrir en esos años en los que la nueva legalidad democrática todavía estaba por hacer. Unos años más tarde, un tema como la separación del marido ya no habría provocado un debate entre lo ético y lo legal, puesto que la Ley del divorcio habría estipulado, como estipula, que los dos cónyuges que se separan tienen una serie de obligaciones y de derechos.

La mirada del hijo-narrador es una mirada compasiva, una mirada crítica que no condena, sino que trata constantemente de comprender, aunque no siempre lo consiga.

Sí, pero es una mirada que busca comprender en el sentido de entender, no de justificar. El papel del escritor no es el de juzgar, sino el de entender, es decir, el de explicarse a sí mismo por qué alguien hace lo que hace, aunque aquello que hace está mal. El hijo y narrador adopta esta misma actitud: evidentemente sin deshacerse de los rencores y de los sentimientos conflictivos hacia su padre, el hijo trata de elevarse por encima de todo esto para tratar de entender tanto a su padre como a su madre, puesto que está convencido de que sólo si consigue entender por qué los demás se equivocan podrá él aportar algo y aprender algo.

El aprendizaje de Ángel es por oposición; aprende alejándose del modelo de sus padres.

Ángel ha decidido desde niño ser alguien recto; por contraste de sus padres, ha aprendido que lo que debe buscar en la vida es la rectitud, que es el principio que va a guiar toda su vida y lo va a llevar hasta los últimos extremos. Además, esta búsqueda constante de la rectitud le va a provocar más de un conflicto, puesto que en determinados contextos no hay una única rectitud, sino que hay varias maneras, opuestas entre ellas, de ser recto.

Ángel se enfrenta a la imposibilidad de la coherencia.

A veces las circunstancias lo condicionan todo y, aunque estés haciendo algo que teóricamente está bien, este algo tiene consecuencias negativas. Es precisamente esto lo que se planteaba en el debate entre Ginzburg y Bobbio: algo que está aparentemente bien tiene consecuencias negativas o, en otras palabras, lo que es recto y moral puede tener consecuencias inmorales y provocar un daño a una persona vulnerable. Por esto los debates jurídicos son interesantes, puesto que esconden las claves para entendernos los unos a los otros y para saber aquello que debemos hacer y no hacer, aunque nunca terminemos de estar seguros de que vayamos a hacer las cosas bien.

Desde el momento en que el Derecho es objeto de interpretación, es imposible hablar de certezas.

La ley siempre admite una interpretación subjetiva; por un mismo delito dos jueces pueden condenar de forma distinta o, incluso, uno puede condenar y el otro absolver. El Derecho nunca puede ser una ciencia exacta; si así fuera, bastaría con meter los datos del delito en un ordenador y saldría la sentencia automáticamente.

Como en ‘Carreteras secundarias’, vuelves a presentar unos hijos que se forman desde la imperfección de los padres.

Me gusta jugar con la paradoja de que el hijo es más maduro del padre y, por tanto, se intercambian los papeles y el hijo termina actuando como si fuera el padre y éste como si fuera el hijo. Esto genera un cierto grado de humor, que es desde donde está escrita gran parte de la novela, aunque en ella haya momentos tristes o de dolor. Desde el principio tuve claro que para Derecho natural quería un registro humorístico.

¿Qué te aporta el humor?

Me permite quitar solemnidad. Creo que, en casi todas mis novelas, sobre todo a partir de Carreteras secundarias, ha habido humor, aunque nunca tanto como en esta ocasión.

¿Siempre? No sé si podemos definir ‘El día de mañana’ como una novela con humor.

Puede que no haya humor en El día de mañana, pero siempre, en todas mis novelas, hay un intento de rebajar la solemnidad a través de elementos que sirven como toma de tierra. Me gusta que en todas las historias haya toma de tierra y que nadie se venga arriba: me gusta representar a los personajes desde su debilidad y su pequeñez. Esta ausencia de solemnidad está en la mejor tradición española, principalmente en la tradición cinematográfica. Berlanga o Azcona nos han enseñado que los personajes tienen que ser personas con todas sus debilidades y que un personaje no es más interesante por el hecho de ser admirable. De hecho, yo no necesito admirar a nadie, hay muy pocos personajes en mis novelas que sean admirables, al contrario.

‘El Quijote’, figura clave de nuestra historia literaria, es de hecho un anti-héroe.

Sí, es lo que te decía: en lo no heroico está la clave de la mejor tradición literaria española, donde difícilmente te encuentras con personajes absolutamente admirables. Como novelista, cualquier interés que tengas por crear personajes más o menos complejos y reales, te exige que los momentos de gloria estén compensados por momentos de errores y de flaqueza. Los personajes tienen que tener una muy amplia gama de actitudes, los tienes que someter a influencias muy diversas para que el lector vea cómo ante acontecimientos distintos reaccionan de forma distinta. Lo que trato de mostrar con mi novela es la complejidad del ser humano.

Los personajes, por definición, no puede ser una inalterable línea recta.

Ningún personaje puede ser una línea recta. Si coges una novela y ves que los personajes tienen una única dimensión y, desde el principio hasta el final, actúan de la misma manera como si fueran robots, entonces la novela ya no tiene interés. Los personajes tienen que cambiar a lo largo del texto.

¿Toda novela es para Martínez de Pisón una novela de formación?

Para mí sí, para otros novelistas no. Hay muchos novelistas, algunos admirados por mí y por ti, que no prestan tanta atención al elemento psicológico, que procede de la gran tradición novelística del siglo XIX, donde se buscaban las contradicciones del ser humano. Piensa en Madame Bovary o en Anna Karenina, por ejemplo. El siglo XX, en cambio, no siempre ha explotado el aspecto psicológico de los personajes; al contrario, las vanguardias han tendido a reducir este aspecto. Kafka no tiene psicología, sus historias funcionan de forma distinta, sin introspección psicológica. Yo, por el contrario, reconociendo que la tradición literaria que me interesa viene del XIX, busco indagar en la psicología de los personajes.

Ignacio Martínez de Pisón. Foto: Elena Blanco.

Ignacio Martínez de Pisón. Foto: Elena Blanco.

Ahora que el realismo parece estar tan cuestionado, tú lo reivindicas.

Yo no sé por qué hay que dar por clausuradas las tradiciones simplemente porque pasa el tiempo. Si la invención de la fotografía contribuyó a los planteamientos del arte abstracto, pero no agotó el arte figurativo, por qué hoy debemos dar por agotada una tradición realista, a pesar de que, durante el siglo XX, surgieron tendencias que aportaron formas nuevas para la creación narrativa. Estas nuevas formas narrativas no imposibilitan el seguir escribiendo desde una perspectiva de realidad. Hay libros de hace 200 años o más y siguen siendo actuales. Jane Austen, por ejemplo: sus libros son perfectamente actuales. ¿Por qué no vamos a seguir esta tradición realista si como lectores seguimos encontrando los libros de esta tradición perfectamente actuales?

¿Está sobrevalorada la experimentación formal?

No, para nada. Yo creo que todo cabe. No creo que escribir novelas como las que yo escribo excluya las novelas que no son como la mía. Lo que me gusta de la literatura actual es que no es de menú, sino que ofrece una carta muy amplia.

Has escrito varios guiones de cine, ¿cómo ha influido el cine en el momento de pensar la literatura?

La experiencia de escribir guiones te enseña lo que está debajo de las historias y que el lector no ve, te enseña la estructura de las historias. Escribir guiones te enseña a construir situaciones, a estructurar, a dotar a las historias de una concatenación lógica de tal manera que sean las propias historias las que generen el movimiento y la acción de los personajes. Los guiones son una muy buena escuela de escritura, no de prosa ni de estilo, pero sí de estructuración interna de la narración.

En muchas de tus novelas el conflicto narrativo tiene una dimensión política, ¿qué importancia tiene lo político en tu compromiso como escritor?

Yo no hablaría de compromiso, en mis novelas cuento historias de individuos corrientes, lo que sucede es que no se puede excluir al individuo de la gran historia colectiva, puesto que todo individuo forma parte de su sociedad y del momento en el que vive. Y, por tanto, todo aquello que suceda en esa historia colectiva afecta, de una manera u otra, al personaje. En mi caso, en todas las novelas incorporo una reflexión en torno al momento histórico que les ha tocado vivir a los personajes, porque no renuncio a que en mis novelas haya algo de crónica, ni que sea como telón de fondo. Me gusta que a través de los personajes veamos cómo era la vida de los españoles en un determinado momento y cómo la vida colectiva afecta individualmente a las personas.

Pero no piensas en el escritor como un agente político…

Por lo que se refiere al activismo del escritor, personalmente no creo que las novelas deban cambiar las cosas; pueden ayudar a plantear cuestiones, pero no creo que estén llamadas a cambiar la realidad.

Y si te pregunto por las columnas de opinión en prensa.

Lo que pasa es que en las columnas no hay un narrador interpuesto, soy yo el que escribo y hablo. En las columnas digo lo que pienso, en las novelas es el narrador quien habla.

Ya, ¿pero no me dirás que no hay un trasvase constante o que, narrador interpuesto o no, el escritor y el columnista son siempre la misma persona?

Es inevitable que haya ecos, pero mientras a través de una columna en una sección de periódico puedes tratar de intervenir en la sociedad, en la novela no puedes, puesto que te convertirías en una especie de propagandista. La defensa de tesis pone las novelas al servicio de ideas superiores y, en cambio, la única idea al servicio de la cual debe estar la novela es la idea de novela misma. Por lo tanto, siempre rehuyo la defensa de cualquier tesis en favor de ese relativismo novelístico al que los narradores nos acogemos. En las novelas caben muchas cosas y tú como escritor no decretas lo que está bien o está mal, porque en las novelas las respuestas no existen, solo existen las preguntas.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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