"Mil mamíferos ciegos": vivir como una bestia, pensar como un poeta - EL ASOMBRARIO & Co.
03.06.2017

“Mil mamíferos ciegos”: vivir como una bestia, pensar como un poeta

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La escritora Isabel González.

La escritora Isabel González.

Definida por sus editores como una de las apuestas más arriesgadas del catálogo de Dos Bigotes, la novela ‘Mil mamíferos ciegos’ transita entre la ciudad y el campo, entre lo urbano y la naturaleza, para contar la historia de tres personajes marcados por la búsqueda incesante de un lugar propio del que parecen haber sido desterrados. La novela de Isabel González es un vagabundeo físico y mental en busca de un lugar en el mundo, un lugar que, como afirma la autora, tiene que ver con el universo de los sentimientos.

¿Podríamos definir ‘Mil mamíferos ciegos’, ante todo, como una fábula y, en concreto, una fábula sobre la pérdida (de uno mismo y del otro) y de la búsqueda desesperada?

Sin duda es un viaje de búsqueda, cuyos protagonistas son unos seres bastante tarados y lúcidos. Y en ese sentido, se acerca a la narración del viaje heroico, a una especie de leyenda que, sin embargo, sucede ahora. Con gente de ahora y de por aquí. Se producen hazañas bien cerca, en el piso de arriba, pero andan despojadas de misterio y de belleza. ¿Por qué les quitamos eso? Enamorarse es magnífico y vulgar. Una experiencia externa e interna. Quizá, por ello, esta novela tiene ese aliento de fábula, porque cuenta también el viaje del alma, de esa señora antigua que sabe mucho de no saber nada y que, por no saber, no sabe si existe y se encarna en todas las cosas queriendo descubrirse. El alma se pellizca a sí misma para saber si existe. Se golpea. Eso sí, quien encuentre al héroe y la moraleja que me lo diga, porque yo me perdí buscándolos.

En tu novela, el vagabundeo (Yago, el protagonista, lo deja todo para ir a vivir al bosque, para perderse entre la naturaleza) tiene una doble connotación, la física y la emocional, y es lo que une los dos espacios, la ciudad y el bosque.

Exacto. Al principio, no hay camino sino vagabundeo. Un vagabundeo circular provocado por la tensión entre alma y espíritu. El alma como fuerza oscura, múltiple e impura que nos inclina hacia la tierra, y el espíritu como fuerza luminosa, única y pura que nos eleva. Es curioso, pero justo ahora, mientras contesto a esta pregunta, caigo en la cuenta de que la tabla de salvación que encuentra Yago entre estos dos extremos es la palabra, las cartas de amor que escribe. No por su utilidad sino por el simple hecho de escribir, ese acto racional e irracional donde todo es verdad y mentira. Falso y real. Gutural y preciso. Aunque Yago coma hojas y duerma en el barro, la poesía lo salva, lo ubica entre lo humano y lo inhumano. El vagabundeo es poesía, el camino es narración. Algo así. En todo caso, el camino acaba apareciendo. Cuando Yago descubre el poder de la inminencia de la muerte, sus piernas comienzan a narrar, aunque su cabeza… Su cabeza es otro asunto.

En la novela, opones dos ámbitos, la ciudad y el bosque: la primera es la “cárcel” de Eva y Santi, y el segundo es el lugar de huida de Yago. ¿El bosque y, por tanto, la naturaleza, representa hoy la libertad que la ciudad no ofrece?

Tengo mis dudas. Es cierto que la novela está dividida en bosque y ciudad, pero la tensión no proviene del ejercicio de libertad sino de identidad. Creo que más que libertad, Yago, Eva y Santi buscan saber quiénes son. Yago huye al bosque porque la desesperación lo sume en el caos y el bosque se convierte en el hábitat donde comienza a reconstruirse tallando un árbol. En el bosque, la identidad queda anulada, sustituida por una supervivencia que solo otorga dos modelos: muerto o vivo, cazador o presa, leña o madera. Eva y Santi viven su propia crisis en la ciudad donde la identidad encuentra más andamiajes de construcción, pero demasiado efímeros. Y demasiados. ¡Y caros! El instinto, la confianza y la identidad son objetos en venta. El tercer espacio reflejado en Mil mamíferos ciegos es el ámbito rural. Los pueblos donde la familia, la tradición y la comunidad otorgan la identidad a sus habitantes de modo tan implacable que llegan a asfixiar el desarrollo individual.

El bosque tampoco se presenta idílico. La novela, de hecho, empieza: “La naturaleza tampoco basta. No bastan los bosques, la lluvia, el océano tal con su nombre tal”. ¿Ya no hay espacios que nos pertenezcan?

Exacto. No hay espacios que nos pertenezcan ni espacios a los que pertenecer. ¿Por qué habríamos de tenerlos? No sé. Todo esto suena muy enjundioso, pero lo que, en realidad, se cuenta es la historia de un muchacho que ha perdido el amor y de una pareja que quiere quererse por encima de todas las cosas. Quizá el espacio del individuo sea ése: el amor. Ese lugar donde nos volvemos reconocibles, únicos, donde podemos construirnos y construir. Quizá el otro sea nuestra identidad.

Yago es alguien que lo deja todo, desesperado por un amor aparentemente imposible, y se refugia en el bosque, con solo una navaja en el bolsillo. ¿Locura o la consciente renuncia de un mundo que ya no lo acoge?

Yago vive la imposibilidad del amor como un hecho inexplicable que despliega ante sus ojos el caos de la existencia. Caen los velos y la realidad se vuelve ficticia. No es que la realidad no lo acoja, es que la realidad se ha vuelto mentira y no puede acogerlo. Ni a él ni a nadie. A él solo le interesa la verdad. La verdad con su alijo de miseria y de muerte. Y como lo único cierto es su amor, va a por él. No está loco. Es plenamente consciente de su fragilidad y de ahí, su valor. Está ciego de tanto ver.

La novela plantea la duda de la locura de Yago que, al mismo tiempo, es particularmente lúcido cuando describe el mundo que le rodea.

Yago está enamorado como estaba Heathcliff en Cumbres borrascosas. Quien se haya enamorado alguna vez así sabrá lo que es. Yago huye de las medias tintas, no soporta las normas que enmascaran y atenúan. Y este es el mundo que Yago describe. El mundo enmascarado. El mundo envuelto en celofán, cortesía y leyes. De ahí su lucidez. Una lucidez criminal, ya que esta fantasía de plástico es la que nos permite vivir con cierta sensación de seguridad. Si fuéramos plenamente conscientes del caos, el terror nos paralizaría. No nos atreveríamos a dar un paso. Hacemos un esfuerzo constante por que el telón permanezca cerrado.

Uno de los temas que planteas a partir de la oposición entre ciudad y bosque es el de los excesos de la ciudad: en casi todas las escenas urbanas aparece el dinero, la adquisición de cosas, la necesidad de comprar. ¿El bosque es el reflejo de esa vida sin excesos, sin esas falsas necesidades que la sociedad urbana nos impone?

En cierto modo, sí. Y más que el exceso, la velocidad y las puertas. La velocidad y las puertas impiden crear lazos con el otro, con el entorno. Además, en la ciudad, la búsqueda ha de reducirse para alcanzar el deseo ¡ya! Lo importante es poseer el objeto. En el bosque, el deseo de Yago se hibrida con el instinto animal, con los elementos y con los ritmos primigenios. Yago es violento en la persecución y manso en la ejecución. De ahí tal vez su atractivo. Su empeño se despliega en la búsqueda. En ese lugar arcaico llamado bosque, Yago logra una simbiosis mágica. Se convierte en una bestia humana. En un animal tremendamente sofisticado. Vive como un bicho y piensa como un poeta. Una aberración mientras la tecnología y el liberalismo nos empujan a lo contrario. Sin lenguaje ni interacción con los otros, nos vamos a convertir en robots bastante jabalinescos. Viviremos como robots y pensaremos como animales. No. Viviremos como animales y pensaremos como robots. No. Ni viviremos ni pensaremos porque unos ciborgs ejecutarán nuestras acciones. No lo sé. Quizá sea mejor. Quién sabe. Solo percibo el adelgazamiento de cierta humanidad. Cuando veo a gente muy humilde mirando su móvil recuerdo el cuento La niña de los fósforos de Hans Christian Andersen. Esa pequeña cerillera pobre que encendía los fósforos sin vender para calentarse y disfrutaba imaginando que estaba frente a la estufa de un salón elegante. Hasta que encendió el último, claro.

El bosque no solo aparece como posible alternativa, sino como una realidad subyugada a la violencia del hombre que quiere dominarla. La caza, en este sentido, ¿es metáfora del carácter de dominación del hombre sobre aquello que escapa de su control?

La caza es fascinante. Pura. Yo no la percibo como un ejercicio de dominio sino como un ritual, como una conexión con elementos telúricos. Por supuesto, no se trata de soltar elefantes en Botsuana ni perdices en El Pardo para que los ejecute el monarca o el dictador. La caza, como modo de obtención del alimento, es la forma más humilde de supervivencia. Hemos invadido el planeta mediante la agricultura y la ganadería, actividades que, en el sentido de dominación de la naturaleza, han sido mucho más eficaces. Por supuesto, ahora no se caza para comer sino como un ritual de virilidad, de metamorfosis con el animal que dejamos de ser. Se debería orar al fuego y desnudarse antes de salir a cazar. Con arco o con jabalina mejor. Los cazadores de Mil mamíferos ciegos cazan para revivir su instinto. No pretenden superar al jabalí. Quieren ser jabalíes.

Hay un momento en la novela en la que un hombre llora por la muerte de su perro a la vez que acaba de matar a un jabalí, ¿un gesto de hipocresía? ¿Un sentimiento hacia la naturaleza domesticada, pero no hacia lo “salvaje”?

¿Hipocresía? No. Absoluta sinceridad. Él ama lo suyo, su perro. Su perro construido por él también es él. Llora porque lo quería. Porque cuando muere algo que quieres, mueres también un poco. Es cierto que es un lamento un tanto exagerado. Pero parece que hemos decidido proyectar nuestras emociones en cosas o animales que no nos compliquen mucho la existencia. Es más fácil tener un perro que un hijo o una madre. Ah, los perros, los perros. Esos perros urbanos, peinados y vestiditos. Explotados como animales de compañía igual que los pollos como nuggets.

La domesticación también se aplica a los sentimientos: Eva y Santi son una pareja que se obliga a que la relación vaya bien.

Es cabezonería más que hipocresía, creo. Ellos quieren amarse y también quieren ser quienes son, sentir placer. No traicionarse a sí mismos ni traicionar el amor que al fin al cabo exige entrega, cierta renuncia. ¿Cuánta? Esa es la pregunta. Y yo no sé la respuesta. En realidad, tengo que confesar algo. Yo no sé ninguna respuesta, o al menos, no sé si mis respuestas tienen que ver con Mil mamíferos ciegos. Conforme hablo y hablo, siento que conspiro contra el libro. Lo que digo no sé decirlo mejor de cómo lo he escrito. Escribir es una experiencia que debería reproducirse en la lectura. No basta con leer. Escribir y leer debe afectar. Está muy bien que hablemos de Mil mamíferos ciegos, faltaría más. Y como sería tonto hablar de otra cosa, mira cómo llueve, ¿sabes hacer croquetas?, sigamos… Eso sí, declaro que acertaré, como mucho, un 23% de las repuestas.

¿Hasta qué punto tiene sentido la pareja Eva-Santi y hasta qué punto su perseverancia en mantenerla es no querer romper con una imagen que tiene sentido de cara al exterior, pero no de cara a sí mismos?

Creo que Santi quiere hacerse la ilusión de que ama desprendiéndose de sí mismo cuando no es así. Su parafilia y la necesidad de un refugio se lo impiden. Eva, por su parte, quiere cumplir su papel de mujer sufridora que se somete al deseo del otro. Más que un tema de aceptación de cara al exterior es un conflicto con ellos mismos, con los patrones sociales y con las raíces milenarias que, nos gusten o no, somos nosotros.

¿Son tus tres personajes víctimas de la coerción de lo socialmente adecuado?

Son personas enamoradas y en crisis. Lo socialmente adecuado no les afecta. Más bien les repugna. Pueden tocar el cielo con una mano y meter el pie en una tumba. Pero no logran encajar, encontrar el equilibrio. Así es la pasión. La pasión contiene grandes dosis de fracaso porque sólo se puede vivir apasionadamente traicionándola. De lo contrario, acabará contigo. Hay que mantenerla a raya y eso genera frustración.

Tu novela se suma a una serie de libros, ensayos y novelas, que tienen la vida rural como fondo. ¿A qué crees que se debe esta corriente, este interés, incluso, reivindicación por lo rural? ¿Estamos hartos de la ciudad? ¿Nos hemos dado cuenta de que no todo se agota en la ciudad?

Yo soy una pueblerina. Nací y crecí en un pueblo y, por lo tanto, no tengo una imagen idealizada de esa vida. Conozco sus exigencias y también sus virtudes. En cuanto al interés literario que despiertan, déjame que lo piense… Creo que las personas que viven en los pueblos son más integras y poseen mayor entereza. Cumplen mejor su papel. Lo mismo sucede con el paisaje. De un vistazo, se abarca la plaza, la iglesia, el cementerio, la escuela, y cada cosa es lo que es. Los pueblos poseen un escenario mejor y mejores actores. Más sólidos. Tal vez estamos un poco agotados de lo que Zygmunt Bauman llama la sociedad líquida en permanente cambio. Ojo. El ámbito rural despierta nuestro interés literario. Irnos a vivir al pueblo es otra cosa.

Te pregunto esto paradójicamente en el momento en el que más se habla de esa España vacía de los pueblos y las zonas rurales. Por esto y volviendo a la anterior pregunta: ¿hay una verdadera conciencia de lo rural como espacio posible o solo es un tema literario?

De momento, es un tema literario, sin duda. Mi hermana gestiona los fondos de la Unión Europea para la reactivación de zonas rurales y la repoblación es un frente imbatible. La gente no quiere vivir en los pueblos. No queremos que nos vigile nuestro vecino con su cara y sus piernas y su pelo chafado, pero nos da igual que nos vigilen las redes sociales. Así somos. Es posible que la presencia física del otro comience a aterrarnos. No queremos conocer al que nos vigila. No queremos ver su jeta. Eso nos espanta. En el pueblo se vive en la mirada del otro. Y es muy duro, porque el otro siempre espera algo de ti. De todas formas, es posible que se estén dando pasos en sentido inverso. A grandes rasgos, del bosque salió la choza, de la choza el pueblo y del pueblo la ciudad: el epítome del desarrollo humano. Un lugar de libertad individual que incluía espacios comunitarios reales (plazas y parques) y espacios comunitarios morales (el bien común y la política). Sin embargo, el individualismo y la concepción del ser humano como un ser egoísta está acabando con todos los espacios comunitarios, los físicos y los mentales. Quizá volvamos a los pueblos como sucedió en la Edad Media tras la caída del Imperio romano. ¿Y después a la choza, al bosque, al principio, a la fusión primigenia? “Con tu solo corazón, mil mamíferos respiran”, dice la última nota del libro.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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Un comentario

  • El 04.06.2017 , Pablo ha comentado:

    El´ombre primitivo ya no es.Tan solo un gel.

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