21.07.2017

Mujer desnuda en la bañera… mientras fuera el calor nos derrite la vida

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Foto: Victoria Iglesias.

Foto: Victoria Iglesias.

Una mujer desnuda. Sola. En la bañera. Mientras fuera el calor lo vuelve todo pegajoso y confuso. Una mujer sola y desnuda en la bañera, intentando concentrarse en sí misma, recordando cómo era de joven en aquel piso alquilado de Puente de Vallecas. Las ilusiones de entonces. La vida de madre de ahora. “Buscarte en el líquido como te parió la vida. Llegar a una misteriosa paz para que sea posible confundir el cuerpo con el agua y poder seguir viviendo”. La autora se desnuda en su nueva ‘Victografía’.

Hace algún tiempo… en unas horas pegajosas y lentas, un día de verano:

El sol hacía que las persianas crujieran; que la nevera no dejara de bramar en la cocina; y que el sofá de escay se resistiera como un chicle usado.

Eran días libres después de viajes de trabajo, cosidos a la fuerza, obligados. Acaso días aburridos, secos, tórridos e imperfectos…

Lo único que se podía salvar de ese piso de alquiler, cerca del Puente de Vallecas, era la bañera; tal vez las campanadas de una iglesia cercana, y quizás… un recién y estrenado sentimiento, ése que me hacía seguir al Rayo y animar a Policarpo: musculoso, macarra; así me lo había encontrado un día cerca del puente, lanzándome un guiño mientras me amagaba un gancho de derecha.

Era ya muy famoso Poli Díaz, por sus triunfos, en el Valle del Kas; aunque unos meses después, en el corcho de mi dormitorio un trozo de periódico anunciara finalmente: “De cómo el Guisante Dulce había derrotado al Potro”.

En aquellos días, por las ventanas venía el olor a fritos del bar de la esquina mezclado con el aire ardiente. Y la moqueta verde bajo mis pies descalzos, pelada y vieja, raspaba. Lo sabía muy bien, me había persuadido un fogoso amante, la noche anterior contra ella, y ahora me escocían las costillas. Así que, sin más tablas de salvación, yo me sumergía aquel verano, de vez en cuando, en la amable y cándida bañera:

Allí, las gaviotas me amenazaban mientras tumbada me sentía la náufraga del Relato. Se precipitaban sobre mí como cabezas amenazadoras, agitando las alas aquellos bichos. “El viento de las alas era más fuerte que el viento”, era lo que sentía después el General tumbado en su hamaca, desde el champán, siguiendo el curso del río Magdalena; y yo, desde mi particular laberinto, creía ver cañones cerca de Trafalgar que agitaban el agua y dejaban llena de sangre la cubierta.

Después, venía la observación, porque, como le sucedía a Marlow, al caer la tarde el aire se hacía impenetrable y denso. Y recién abandonada la bañera, y los libros, las sombras se precipitaban ya en el salón desdibujado de contornos.

Hoy… el agua me cubre hasta donde puede, sin sal, y las tinieblas me llenan, seduciéndome, hasta querer el corazón como trofeo.

Es el agua erótica aunque yo sólo estoy desnuda en el regazo del tiempo líquido, transparente.

Y a medida que pierdo oxígeno todo se vuelve menos brillante pero más profundo, como en aquel río, así como en el viaje que sigue empujándome y empuja a Marlow.

Los sonidos se amortiguan (el grifo debe de estar escupiendo las últimas gotas, todavía oigo de fondo la música relajante del Minecraft en manos de mi hijo) hasta que se hace el silencio. Lo rompo con burbujas para respirar de nuevo y me hundo lentamente, en vaivén, dejando que el agua lo borre todo. Hasta ese punto he sido yo, luego dentro en el reposo, sin peso ni cuerpo, debo de ser por fin yo: diminuta… sin lastre.

Perder oxígeno para respirar cuando fuera el aire duele. Buscarte en el líquido como te parió la vida. Llegar a una misteriosa paz para que sea posible confundir el cuerpo con el agua y poder seguir viviendo. Dejar la mente en el olvido hasta perderla y, cuando estás a punto de llegar, casi a punto de “morirte de paz”, escuchar un estruendo:

que es la puerta que se abre, que es una voz alta y aguda, que es el sonido de la cisterna, que es una sonrisa amplia y blanca, que son unos ojos azules.

Entonces, oigo más risas, y en el momento de asomarme escucho…: ¿Pero qué haces, mamá?

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Sobre el autor

Victoria Iglesias

Victoria Iglesias.
Fotógrafa y periodista. Ha publicado sus trabajos en la numerosas cabeceras de comunicación nacionales y extranjeras: El País Semanal, Panorama, París Match , MTV Magazine, El Magazine de la Vanguardia, Interviú, Grupo Z, Cosmopolitan, Vogue…; habiendo participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas. Su trabajo no sólo gira en torno al retrato (en sus comienzos, una de sus fotos de Camarón fue seleccionada en el Ortega y Gasset de periodismo), también deambula entre el reportaje de viaje, social (Chiapas, Libia, Sinaí…), el mundo editorial (Alfaguara, EB, Planeta…) y la fotografía artística. La Caja Oscura, pinceladas pixeladas (2015) y Miradas literarias (2016) son sus exposiciones individuales más recientes.

En Twitter: @viglesiasphoto
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