07.01.2017

El Nadal: una galardonada con méritos, Care Santos, y un premio en horas bajas

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La ganadora del premio Nadal, Care Santos. Foto: Quique García.

La muy solvente Care Santos ganó anoche el Nadal 2017 con ‘Media Vida’ y Xavier Theró el Josep Pla con ‘La fada negra’ en una ceremonia deslavazada y con llamativa ausencia de escritores. Pero más allá de la valía de las obras ganadoras, ha llegado el momento de preguntarnos si tiene algún sentido que sean las propias editoriales las que premien a sus propios autores. El tema no es quién gana, sino quién premia.

A los premios literarios se va frustrado de casa. Toda expectativa está llamada a convertirse en decepción, o al menos así lo han demostrado, con ahínco y voluntad, los más recientes premios supuestamente literarios. Lo mejor es acudir al premio esperando que el ganador sea el menos malo posible; a fin de cuentas, ya queda lejos aquella época en la que se fichaban autores como Camilo José Cela o Eduardo Mendoza para dar prestigio a galardones, cuya senda literaria no parecía ser muy prometedora. Y, en verdad, tampoco es que funcionara muy bien dicha estrategia: Cela consiguió el Planeta y también una denuncia por plagio.

En este contexto nada halagador, se celebró ayer, noche de Reyes, el Premio Nadal, cuya primera ganadora en 1944 fue Carmen Laforet que, gracias a su novela Nada, cuyo manuscrito llegó a última hora a las manos del jurado, arrebató el premio a González Ruano, que, según parece, ya daba por hecho ser el ganador. Han pasado 73 años desde entonces, 60 años desde que Carmen Martín Gaite obtuviera el Nadal con Entre Visillos y 31 desde que La Balada de Caín de Manuel Vicent se convertía en la novela ganadora. “La Balada de Caín fue el primer Nadal que leí”, comentó al recoger el galardón Care Santos, recordando también la figura de Martín Gaite, a cuya generación dedica Media Vida, novela con la que ha conseguido el premio otorgado por la editorial Destino.

Si bien entre los galardonados de la última década se encuentran nombres como Francisco Casavella (2008), Andrés Trapiello (2003) y Eduardo Lago (2006), que el Nadal ya no es lo que era es un dato. Algunos dicen que el desvarío empezó cuando Destino dejó de ser una editorial independiente, otros comentan que no hay que ser ingenuos: business is business y aquí no se puede premiar en balde. Mientras que hace dos años, casi a modo de espejismo, el Nadal parecía recuperar su espíritu originario descubriendo autores nuevos o, como diría el galardonado de ese año, José C. Vales, “despertando autores dormidos”, el año pasado el anuncio del galardón fue toda una declaración de intenciones: si no tienes nada que premiar, premia una novela negra que es lo que vende. En un momento en que en España hay casi más festivales de novela negra que autores, que ya es decir, el premio a Care Santos, autora de indudable solvencia narrativa, es un giro, no sé si estratégico, pero si bienvenido, hacia una narrativa no obligatoriamente vinculada a lo negro. La historia de cinco mujeres en la Barcelona de 1981, todas ellas marcadas por un suceso vivido en los años treinta, es el eje temático de Media Vida, “un homenaje”, comentó Santos, “a nuestras madres, que recorrieron un largo camino en un país aún muy tradicional.” Además, el premio a Santos es el premio a una autora que ha conseguido, a lo largo de su carrera, afianzarse entre el público lector, consiguiendo ventas que superan los 70.000 ejemplares. Care Santos es un valor seguro y lo es no solo en el ámbito castellano, sino también en el catalán, pues la autora de Mataró ha alternado siempre las dos lenguas: tras ganar el Ramón Llull en 2014, el más prestigioso para las letras catalanas, la obtención del Nadal supone su consolidación, también a nivel editorial. Destino y, consecuentemente Planeta, se asegura mantener en su catálogo a una autora muy tentadora para cualquier otro sello.

En temas de premios, no hay nunca puntada sin hilo y ayer esto quedaba patente, a lo largo de una ceremonia algo deslavazada en la que se echó de menos la presencia de escritores, más allá de los miembros del jurado. Y es que como viene sucediendo desde hace algunos años, los escritores más notables son ajenos a los Premios que, antaño, reunían a los más grandes de las letras. Mientras en el Planeta la ausencia de escritores se compensa con la farándula, el Nadal todavía conserva la distinción de un tiempo que, sin embargo, ya se ha agotado. La ausencia de escritores, comentada en los corrillos, es síntoma de un más que enfermizo sistema de premios literarios, cuya credibilidad está bajo mínimos. La ausencia de determinados autores de Barcelona no parece ser otra cosa que la no participación en una pantomima, pero ¿acaso antes, cuando se fichaba a autores para prestigiar el galardón, había menos pantomima que hoy? Y es que la cuestión va más allá de quién es el premiado y de su valía literaria: ¿acaso no es de por sí cuestionable que sean las propias editoriales las que premien a sus propios autores?

“Al presentarse a un premio literario, el autor debe preguntarse qué lugar dentro del campo literario quiere ocupar”, señalaba hace algunos años una docente universitaria a partir de los ensayos de Pierre Bourdieu. A esta pregunta, sin embargo, se le añade otra: ¿Qué papel quieren jugar los premios literarios en la consagración canónica de los autores? O, mejor dicho, ¿quieren ser mecanismos de atribución de capital simbólico o simplemente mecanismos de promoción? Este año el Nadal ha recaído sobre Care Santos, sobre una autora que tiene todas las cualidades necesarias para satisfacer las exigencias del premio y de los lectores, pero ¿cuáles son las cualidades del premio en sí mismo? Y no nos referimos al Nadal en concreto, sino en general. ¿Qué valor tienen los premios literarios actualmente? Puede que erremos, el tema no es quién gana, sino quién premia, pues, a veces, quien desmerece no es el galardonado, sino el galardón.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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1 Comentario

  • Alex Mene Dice:
    07.01.2017

    Interesante artículo.

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