19.03.2017

¿Quién soy, cómo soy, cómo me ven los otros?: La nueva novela de Marian Izaguirre

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La escritora Marian Izaguirre fotografiada por Marta Calvo.

La escritora Marian Izaguirre fotografiada por Marta Calvo.

¿Cómo definirte, cómo decir quién eres cuando estás sola, cuando no tienes a “ese otro” que te devuelva tu imagen? Este es el interrogante que rige la última novela de Marian Izaguirre, ‘Cuando aparecen los hombres’ (Lumen). A través de los personajes, Teresa y Elisabeth, Izaguirre se interroga sobre la construcción de la propia identidad. Una novela sobre vacíos que hay que rellenar. Un juego de espejos, una historia ‘pirandelliana’ donde la idea de una ‘verdad’ se cuestiona y el ‘yo’ se vuelve en un nadie que, a la vez, esconde cien mil identidades.

La novela parece plantear la idea de que somos y nos definimos a partir de los otros.

Quería plantearme cómo la idea de la presencia de los otros aparece en la vida de las personas: la idea del otro aparece ya en la niñez, pero sobre todo en la adolescencia, que es un momento en el que se crea la propia imagen, es el momento en el que nos construimos. Junto a esta cuestión, quería ver cómo los otros, a su vez, nos devuelven una imagen que, sin embargo, no corresponde con aquella que nosotros nos hemos hecho de nosotros mismos. En este sentido, la idea de la identidad es como un triángulo de tres vértices: en un vértice, está la imagen correspondiente a cómo me veo yo; en el otro, está la imagen que los otros tienen de mí y me devuelven y, en el tercer vértice, está la imagen que los otros construyen de mí cuando yo ya no estoy, cuando ya no soy una presencia, cuando soy solo un recuerdo.

Sin embargo, el problema de Teresa, una de las protagonistas, es que no se ve a sí misma porque siente que no tiene a nadie que la rodea.

El mismo problema que la imposibilita para el amor la imposibilita para verse a sí misma. Es una mujer que ha quedado fraccionada y dinamitada por el primer amor, a la vez que, como también le sucede a la otra protagonista, la cambia completamente, si bien ella había sido una mujer que destacaba por su singularidad respecto a su época, no respondiendo a lo que se esperaba de ella. Sin embargo, ese primer amor extiende las garras sobre el resto de sus vidas, en una de manera trágica y en la otra provocando la completa soledad.

En tu novela, los hombres no tienen un papel negativo, pero sí dinamitan las vidas de las mujeres.

Sí, efectivamente, los hombres en la novela son elementos de distorsión. Y esto a pesar de que en la novela hay hombres maravillosos, los hombres tienen un papel de tutores, son personas que cogen de la mano a las protagonistas y las guían. Está el personaje de Gabriel, con quien Teresa habría podido construir un futuro cómodo, desdramatizado, pero que no tiene un buen final…, digámoslo así. Hay también personajes laterales que son simples invitados a la vida de las protagonistas, pero que reconfortan, porque son presencias constantes y son presencias de afecto.

Las mujeres de tu novela se apoyan mucho en estos hombres que ejercen de tutores. ¿No hay algo de paternalismo y de dependencia en estas relaciones?

Tienes que tener en cuenta que la novela cuenta la historia de dos chicas creciendo en épocas complicadas: principios de siglo y años sesenta. Llegar adonde ellas llegan siendo unas adolescentes era muy difícil para su tiempo, pero llegan y llegan solas, por sus méritos; pero esto no significa que podamos despojarlas de todo tipo de compañía, ellas necesitan a gente que las rodee. Y por esto el papel tan importante del padre-tutor, que es una figura que, a priori, está exenta de toda connotación sexual, aunque luego, en el caso de Teresa, no sea exactamente así: hay un romance entre el profesor de esgrima y tutor y Teresa, aunque él interrumpe radicalmente la relación, pidiéndole a ella, de tan solo 16 años, que no vuelva a pasar nada entre ellos, que no provoque para que suceda nada. Solo con los años, él se dará cuenta de lo absurdo que fue pedirle a Teresa que se alejara, como si él no tuviera ningún tipo de responsabilidad.

La mujer es acusada de provocar el deseo del hombre, que no asume su responsabilidad.

Así es. Hay una escena clave en la novela en la que Teresa se siente culpable por no haberse revelado o negado a mantener su primera relación sexual con alguien que la fuerza a ello, mientras el amor de su vida se está ahogando. Ella tiene solo 14 años, el chico con el que está tiene 20; la madre de ella no tiene dudas: Teresa ha sido víctima de una violación, pero ella no lo admite, no lo llegará a admitir nunca, si bien no dejará de odiar a ese hombre.

Y tú decides dejar sin resolver el tema de la violación.

Yo no suelo dar soluciones en mis novelas, porque la búsqueda de soluciones ya es de por sí bastante difícil para nosotros en nuestras vidas como para darlas en la literatura. Intento que las novelas no se parezcan a la vida material o epidérmica, sino a la vida íntima, subjetiva. Yo sólo planteo preguntas, situaciones que luego los lectores interpretan de una manera u otra.

La novela niega el concepto de verdad y de realidad, plantea que no hay más que relatos subjetivos sobre lo que acontece.

Date cuenta de que Philip es el narrador de esta historia, aunque hasta a mitad de la novela el lector no lo sabe. Este hombre ofrece una historia en la que se mezcla la verdad de lo sucedido y su invención, debido a que hay cosas que no sabe e imagina. Por esto, la supuesta verdad está siempre entre interrogantes, porque se complementa con la imaginación que llena los vacíos dejados por lo que no sabemos.

La invención se asocia directamente con la memoria y el recuerdo.

Sí, la sensación de recordar y darse cuenta de que el recuerdo es incompleto hace que pongamos sobre ese recuerdo cosas que hemos imaginado, pero nunca sucedieron de verdad. Se debería reflexionar sobre el choque entre tu recuerdo del pasado y las escenas reales de ese pasado. A veces me pregunto qué sucedería si me pasaran la película de mi vida, con las escenas reales de lo que viví; me pregunto si reconocería mi pasado, porque tengo una mirada tan subjetiva de él que ya no sé decir cómo fue de verdad, qué es lo que verdaderamente he vivido.

El personaje de Elisabeth, una mujer sordomuda, te permite indagar sobre cómo construir el propio yo y cómo relacionar ese yo con los demás desde el silencio.

Elisabeth es un personaje muy rico, precisamente porque debe buscar su modo de expresión y éste no puede ser el habla. Aprende a leer los labios, aprende el lenguaje de signos, aprende a leer y escribir…, se comunica con la escritura y, si bien físicamente no tiene voz, sí que la tiene, sí que habla. Al contrario, Teresa puede hablar perfectamente, pero no tiene voz. En este sentido, son dos mujeres que carecen de voz, pero de forma distinta.

¿La voz como una metáfora?

Efectivamente. La falta de voz de Elisabeth es completamente metafórica: es una mujer del pasado, cuyo eco llega hasta Teresa a través de la escritura, que no es la voz de verdad, sino solamente un eco. Elisabeth busca la argucia de escribirse a sí misma intentando ser sincera. Ella escribe cartas porque quiere comunicarse y nadie la entiende tan bien y la conoce tan profundamente como ella misma.

Teresa busca en Elisabeth al otro, mientras que Elisabeth busca ese otro en sí misma.

Así es. Elisabeth busca que el otro sea un desdoblamiento, mientras que Teresa busca que los otros sean personas reales que tengan influencia en su vida.

Un personaje clave es la madre de Teresa.

La madre de Teresa es una mujer que es capaz de romper con todos los moldes, es una mujer que a lo largo de su vida hace lo que le da la gana: deja a su marido y busca la más completa libertad, que nunca deposita en un solo hombre. Es una mujer que lleva a la niña a las correrías nocturnas, que se desnuda en la playa… Pero es un modelo que Teresa rechaza, la rechaza porque la censura.

Y, sin embargo, Teresa parece buscar esa misma libertad que su madre ha conseguido.

Sí, pero Teresa reproduce la peor libertad de su madre: la libertad de la madre es feliz, mientras que Teresa mantiene unas relaciones pocos satisfactorias con hombres casados solamente para no tener un compromiso, para no tener que atarse a ellos, pero sobre todo para que no borren la idea de ese único amor del que no se quiere desprender y que corresponde con su primer amor. La libertad de Teresa es falsa.

Uno de los temas de la novela es la culpa y la “obligación” de expiarla.

Sí, y Teresa se pasa casi toda su vida expiando esa supuesta culpa. Y esta idea de la culpa que tiene Teresa la tenían algunos personajes masculinos de mi anterior novela, que trataba precisamente acerca de la culpa y el perdón. En efecto, en Los pasos que nos separan, quien sentía la culpa y buscaba el perdón era un hombre. Lo que ocurre es que las miradas hacia dentro son más habituales en las mujeres que en los hombres, no sé si por una cuestión de reparto de roles, por cuestión histórica, social… Esto, sin embargo, no quiere decir que no haya atributos de las mujeres en los hombres y atributos de los hombres en las mujeres. Hay hombres que miran hacia adentro y la culpa es, en gran parte, causa de ello.

¿La historia se impone a los personajes o son los personajes los que se imponen a la historia?

En mi caso, te diría que son los personajes los que mandan.

¿El lector qué papel tiene en tu literatura?

Es inevitable tener presente a los lectores y cuando escribes piensas en algún comentario sobre la anterior novela que has recibido de los lectores y que te ha sorprendido. Te voy a poner un ejemplo: yo uso mucha documentación en las novelas, pero desde hace años intento que se note lo menos posible, porque uno de los comentarios de los lectores que más me dolía era que se me subrayara el exceso de documentación. Creo que ahora una de las cosas que más me agradecen los lectores es que, aunque la novela tenga un calado fuerte, se lea fácil, con continuidad, sin que el andamiaje se vea.

Citando a Kundera, dices que una novela debe ser “fácil de leer y difícil de entender”.

Yo estoy completamente de acuerdo con Kundera, tengo sus palabras grabadas a fuego. Como escritor tienes que ofrecer al lector la posibilidad de pensar, pero no debes ponerle zancadillas a la hora de caminar por la historia. Esta cosa de poner zancadillas tiene mucho que ver con ese tipo de escritor pontificador, sabelotodo, el escritor que tiene respuesta para todo. Yo intento ser la antítesis de esto y lo que es plantear preguntas, evitando deslizar las respuestas.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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