03.10.2017

Nuevo curso: “Mi hijo no es raro, es sólo inteligente”

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Foto: Victoria Iglesias

Foto: Victoria Iglesias

Son las cuitas y cuidados de una madre hacia su hijo, al que lo ven diferente. Las preocupaciones que nos rodean como padres y madres: ¿estará bien en el nuevo curso?, ¿hará amigos?, ¿le pondrán alguna nueva etiqueta que le haga sufrir? “Llorará sus decepciones. Nos pelearemos. Nos pediremos perdón…”. Y recordarán, madre e hijo, los días felices y despreocupados, como aplazándolo todo, del verano, sobre la arena, en una playa del norte.  

En la arena fina, bajo las nubes del norte, unas señoras empiezan a hablar del “resol”. En concreto dicen: “Hay un resolito”…

No sé si existe la palabra, pero corroboro la expresión. La charleta que, repentinamente, viene del otro lado de la duna me saca de mi letargo y de la forma que tengo yo de sobar la tierra, hundiéndome en ella para limar las púas que me salieron en invierno.

He notado que dejando caer, apenas, los ojos cerrados hacia un lado se vuelcan pensamientos, y que, luego, girando la cabeza hacia el otro se caen los sueños que, como frutas preñadas, después de saborear lo dulce, me hicieron atragantarme con el güito.

El hueco que deja mi cuerpo en esa arena cumple las expectativas del que quiere despojarse de la piel. Y afortunadamente esto no es aquella Pompeya y habrá mareas solitarias que no dejarán pistas, que nos barrerán una vez, llegado el invierno.

El resol, mientras, puede quemar tanto como el sol. Y si algo ya aprendí es que “apenas nada” y “casi todo” pueden llegar a a ser lo mismo.

Vuelvo a la tierra que me parió, la de la arena fina, y le llevo también a él de la mano. Siempre recurro a ella, para salvarme, creo. Y le animo a que su cuerpo, apenas toque el agua helada, se estremezca. La piel siempre está tibia en la orilla del agua espumosa y hasta que no hundes la cabeza, aún con casi todo el cuerpo dentro, sientes la misma sensación que cuando el dedo gordo de tu pie apenas se sumerge.

Nos bañamos en el mar como una purga antes de empezar de nuevo y nos secamos con la felicidad que nos da la brisa. Nos encurtimos en espera de la ciudad y del invierno, de los nuevos retos, del nuevo colegio para él, del psicólogo, de las profesoras. ¿Se acuerdan una que dijo que era muy raro?, ¿lo recuerdan, aquí mismo? Fue hace justamente un año.

Dentro de una semana reconocerá el murmullo de las voces que abarrotarán el cemento, el de la esquina desierta de la ciudad en verano que sentirá por vez primera; y que ahora estará llena de olor a galleta, a fruta, a lapiceros, a olor de mochila nueva.

Le veré perderse desprovisto de uniforme, con su pelo rebelde, con sus grandes ojos mirando hacia los lados. No conocerá a nadie, de momento. Esperará la campana del recreo tal vez escapando o huyendo de una nueva etiqueta. Viviremos amaneceres mientras sus piernas crecen. Soñará sus aventuras de mosquetero. Hará divisiones entre tres. Perfilará la ciudad inventada en su cerebro donde vive rodeado de futuro. Dibujará sus héroes con un trazo decidido. Coloreará con humor viñetas de pura fantasía. Le veré mearse de risa (literal). Leerá los Sherlocks y los Tintines. Llorará sus decepciones. Nos pelearemos. Nos pediremos perdón..

Pero cuando dejemos este mar habrá algo que hará el retorno distinto, que creará unas expectativas y unos sueños nuevos; aunque yo lo supe desde el principio.

Son las 14.00 horas del día 12 de septiembre. Estamos ya en Madrid rodeados de bultos. Me detengo al final del camión de mi mudanza. Veo que en una caja pone disfraces etc., y me digo: “mira, ahí van todos mis hijos”.

En mi móvil suena una campanita. Entra un mail. Es el informe del psicólogo al que estuvimos acudiendo aquellas tardes en tren de otoño e invierno. Estos días no había vuelto a pensar en ello.

Aun casi sabiendo el resultado, no puedo evitar el temor de abrir el pdf adjunto. Recuerden que apenas nada o casi todo.

Me salto las primeras líneas, leo el final. Pero reconozco que quiero ver el CI…

Suspiro. Guardo el teléfono en el bolso y, aunque sé que las cifras no valen para nada, se me escapa por la comisura una sonrisa.

Oigan, mi hijo no es raro, es sólo inteligente.

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Sobre el autor

Victoria Iglesias

Victoria Iglesias.
Fotógrafa y periodista. Ha publicado sus trabajos en la numerosas cabeceras de comunicación nacionales y extranjeras: El País Semanal, Panorama, París Match , MTV Magazine, El Magazine de la Vanguardia, Interviú, Grupo Z, Cosmopolitan, Vogue…; habiendo participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas. Su trabajo no sólo gira en torno al retrato (en sus comienzos, una de sus fotos de Camarón fue seleccionada en el Ortega y Gasset de periodismo), también deambula entre el reportaje de viaje, social (Chiapas, Libia, Sinaí…), el mundo editorial (Alfaguara, EB, Planeta…) y la fotografía artística. La Caja Oscura, pinceladas pixeladas (2015) y Miradas literarias (2016) son sus exposiciones individuales más recientes.

En Twitter: @viglesiasphoto
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3 comentarios

  • El 03.10.2017 , Álex Mene ha comentado:

    Interesante texto.

    • El 03.10.2017 , victoria ha comentado:

      Gracias!!!

  • El 04.10.2017 , Ruth ha comentado:

    A los inteligentes siempre nos confunden…

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