‘Otello’, la tenebrosa oscuridad de una obsesión

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Otello, Gregory Kunde y Desdémona, Ermonela Jaho, en el Teatro Real de Madrid. Foto: Javier del Real.

La temporada operística del Teatro Real ha echado a andar con una de las obras más complicadas de Verdi: ‘Otello’. Con dirección musical de Renato Palumbo y de escena del neoyorquino David Alden, ha contado con dos estrellas sobre el escenario: el tenor Gregory Kunde en el papel protagonista y Ermonela Jaho, como Desdémona en el primer reparto.

Las redes sociales pueden convertirse en un inmejorable termómetro para acercarnos a los pensamientos y las demandas del público en todo tipo de manifestaciones artísticas. Echando un vistazo a las opiniones vertidas en Twitter y Facebook por algunos de los amantes de la ópera y asistentes a alguna de las representaciones de Otello -la obra de Verdi con la que ha abierto su temporada el Teatro Real- en Madrid, nos asalta sobre todo una pregunta: ¿De verdad es tan importante que haya una cama en escena para que Otelo asfixie a Desdémona? ¿En serio que no podemos imaginar al personaje de Shakespeare sin que le pinten la cara de betún?

Además, una de las grandes críticas que se le ha hecho a este montaje es la de ser “pobre, pequeño y con pocos cambios de escenografía”. Como si nos encontrásemos ante un musical de Broadway donde se le pide a las producciones que haya cientos de personas en escena, decenas de cambios escenográficos -a cada cual más complicado, sirvan o no al espíritu de la obra- y un ritmo frenético en el número de cosas que pasan sobre la escena.

Durante la década de 1984 a 1994, aproximadamente, David Alden, el director de escena de este Otello, hizo carrera en Londres con varios montajes para la English National Opera (ENO), fundamentalmente de la mano de Peter Jonas, que se había convertido en director artístico del segundo coliseo londinense. Pero, sobre todo, se hizo muy famoso en el mundillo operístico y pasó a ser conocido como el director de la “motosierra Mazeppa”. En su versión de la ópera de Tchaikovski –que por cierto acaba de inaugurar la temporada de Oviedo con puesta en escena de Tatjana Gürbaca- al final del segundo acto, Alden se sacó de la manga una buena y sangrienta matanza a base de motosierra, con la que comenzó a fraguarse una merecida fama de moderno y controvertido.

Es cierto que la escenografía de este Otello es claustrofóbica y simple. Un único patio de paredes desconchadas y agrietadas a las que no se les maquillan las marcas de un conflicto bélico que parece no tener fin ni principio. ¿Qué otro lugar podría convertirse en mejor metáfora de las almas de los dos protagonistas de esta historia? ¿Qué mejor hábitat podría tener la negrura de la maldad de Yago, (interpretado por George Petean), ese personaje abyecto que solo posee habilidad para la intriga y cuyo único talento natural parece ser la vileza? Yago y Otelo, ambos hombres limitados en sus almas por las fronteras que les impone la omnipresencia de sus obsesiones. La lóbrega venganza en el uno; los opresivos celos en el otro.

En este Otello cobra especial protagonismo el diseño de iluminación de Adam Silverman que por medio de focos bajos y con tiros telescópicos en diagonales proyecta y recorta duras sombras sobre paredes y suelo. Sombras de venganza y de sospecha que logran convertirse en personajes destacados sobre la escena. Pero su ayuda es inestimable sobre todo en el cuarto acto, ese en el que Ermonela Jaho (Desdémona) logra emocionarnos tanto con su canción del Sauce, con su oración antes de morir, con su lamento de mujer enamorada y abandonada. Una llama que brota del suelo –una obvia llama de amor que no se apaga- se convierte en uno de los elementos escenográficos más poéticos y potentes de esta producción. ¿Quién necesita una cama cuando cuenta con el fuego?

Otello es una de las obras más personales y maduras de Verdi. El maestro italiano aseguró tras el estreno de Aida en 1871 que no compondría ninguna ópera más. Pensaba que había alcanzado techo. Sin embargo, en 1879 comenzó a trabajar en Otello y terminó estrenándola en 1887, el mismo año que alcanzaría la edad de 74 años. Y todavía tuvo tiempo para componer Falstaff.

En el voluminoso libro Ópera, editado por András Batta, se asegura que “Otello es el mayor y más difícil papel de tenor creado por Verdi, y quizás el más comprometido también de toda la literatura operística del siglo XIX. (…) Sería insuficiente decir que para interpretarlo se necesita de un gran tenor dramático, con fuerza y carisma en la voz, ya que la parte de Otello es muy rica en facetas y matices: desesperación, ironía, intimidad y locura se suceden sin interrupción». El tenor estadounidense Gregory Kunde logra la proeza (habiendo cantado con solo unos meses de diferencia también el Otello de Rossini, algo que le ha alabado mucho la crítica). Está considerado como uno de los mejores tenores del mundo, pero pese a ser capaz de hazañas como interpretar con una pierna rota al Sansón de Camille Saint-Saëns en el Palau de Les Arts, hay que reconocer que en su faceta actoral está un poco limitado. Mucho más creíble en el amor que en la ira, el tenor cosechó una gran ovación en la representación del pasado sábado 24.

Mención aparte merece la dirección musical. El día del estreno, ambos directores, musical y de escena, tuvieron que escuchar algún que otro abucheo desde las alturas. El patio de butacas estaba prácticamente tomado por reyes y cortesanos, probablemente más preocupados de quién les miraba que de lo que ocurría tanto en el foso como en la escena. Es cierto que Palumbo logra que la orquesta del Teatro Real suene compacta y afinada, pero en ocasiones demasiado atronadora, enmarañada y acelerada, algo que no ayuda en absoluto a los cantantes.

‘Otello’. Giuseppe Verdi. Teatro Real de Madrid. Hasta el 3 de octubre.

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