Palabras y sonrisas - EL ASOMBRARIO & Co.
20.07.2013

Palabras y sonrisas

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Foto: MANUEL CUÉLLAR

Foto: MANUEL CUÉLLAR

CUENTOS DE VERANO

ANDRÉS BARRERO

Cuando aquel desconocido niño hiperactivo hizo acto de presencia en el hasta entonces apacible compartimento en el que se iba a ver obligado a pasar, en el mejor de los casos, las siguientes tres horas, algo inesperado sucedió de repente: el viajero presenció como una palabra entredicha en un volumen apenas audible por un niño o dicha probablemente por error o tal vez no dicha en absoluto sino únicamente imaginada, tomaba poco a poco forma ante sus ojos y alcanzaba, en su libre vuelo, una altura insospechada. La palabra, oída, si oída, por sorpresa y dicha, si dicha, por error, fue papá, una de las pocas que se podría aventurar a ciencia cierta que el pequeño conociese, y tal vez por eso, por falta de recursos gramaticales, fuese emitida inadvertidamente o sin más intención que la de colorear el silencio, sin otro objeto que el placer de la ecolalia infantil.

Cuando una única palabra es suficiente, siempre se corre el riego de escucharla, aunque sea por azar o por error.

El hecho es que con el niño y la palabra entraron su madre y las maletas habituales de un viaje más las adicionales que la infancia suma a todo desplazamiento en grado, generalmente, de desmesura. Y tras los corteses saludos, la educada ayuda de rigor en la colocación de los bultos y los incesantes juegos del niño, se estableció entre los adultos un silencio cómodo, incómodo o ambas cosas a la vez, pero que en cualquier caso dejaba lugar para los pensamientos y para la imaginación, lo que para aquel viajero impenitente era algo más que una simple afición así que comenzó a fantasear sobre la vida de aquella mujer que tan dispuesta se encontraba a respetar su silencio y de aquel niño que, probablemente, le había llamado papá.

Pero la cara de la mujer, bien que vagamente, le recordaba algo que era incapaz de poner en claro, y antes de ubicarla debidamente en su vida se sentía incapaz de hacerlo en su imaginación. Como paso previo a inventarla se esforzó en recordarla sin más premio que la perturbadora en tanto que indescifrable sonrisa con que ella pareció responder a su cada vez más indisimulado interés. Sólo le distraían de su empeño, aunque poco, el ruido que ocasionalmente hacía el niño, ese niño que le había llamado papá, y la burocrática regañina con que su madre trataba de escenificar una preocupación que estaba lejos de sentir. Y entonces, con su mente sumida en una espiral de recuerdos y elucubraciones sobre esa mujer en pleno vértigo de identificación, llegó el momento fatídico en que uno baja la guardia y decide preguntarse ¿y si? Y entonces está perdido. ¿Y si no fue un error? ¿Y si realmente el niño esperaba encontrar en ese vagón a su padre? ¿Y si le sonaba la mujer porque en alguno de esos viajes en los que se permitió algún escarceo amoroso hubiese concebido con ella a aquel niño al que súbitamente incluso le veía un cierto aire de familia? ¿Y si ahora la palabra equivocada del niño no fue sino la imprudente revelación infantil de un secreto?

Notaba como su vida se ponía boca abajo. Un niño a su edad. Un punto de apoyo al que agarrarse para frenar su existencia nómada, esa vida errabunda que en sus delirios de juventud había confundido con la libertad y que ahora, en su madurez, se le asemejaba infinitamente más a una rutina funcionarial sólo que con un despacho sin paredes. ¡Y estaba tan cansado! En la cuna que prometía la enigmática sonrisa de aquella desconocida tan familiar bien podría descansar la tranquilidad de una vida diferente. El calorcillo de una familia. Un futuro apacible en el que el viajante edificara su reposo del guerrero. Solo ahora caía en la cuenta de que llevaba años deseando algo así aunque hasta apenas unos minutos atrás ni siquiera lo hubiera sospechado.

La palabra voladora del niño se había apropiado del habitáculo, ya casi nada existía en él que no fuera su eco, el sonido de sus juegos y la sonrisa de su madre. La situación del viajante comenzaba a ser tan desesperada que ya había desistido de su afán de recordar y en su lugar había tomado forma otro de averiguar, de preguntar, aunque tuviera más que decididas las respuestas. Y lo hizo en el preciso instante en el que su voz quedaba camuflada bajo la del aviso por megafonía de la siguiente estación. ¿Le habría oído? Con una nueva sonrisa, amplia, diferente, vino también una esperanza, pero pronto le asustó por ver en ella un no se qué de malicioso que le hizo apretar la espalda contra el respaldo como si las palabras que se aprestaban a salir de aquella boca fuesen potencialmente dañinas. Y lo fueron. “Hijo, prepárate, en la próxima estación nos bajamos”.

El viajante, sabiendo regateado el ridículo, respiró aliviado, le restaba el esfuerzo de disimular su azoramiento hasta que esos desconocidos que tanto habían perturbado su paz se bajaran del tren. Y se bajaron, y le pareció oir claramente una voz infantil que decía “adiós papá”, y escuchó atento unos pasos que se alejaban y vio como sus hasta entonces compañeros de viaje se reunían con un hombre, después de todo no tan distinto a él, que les esperaba y al que besaban y abrazaban con el inconfundible calor del reencuentro. Y creyó ver claramente cómo, en el último momento, una dura mirada cargada de malicia, a juego con la sonrisa que se mantenía aun en aquel rostro, se volvía hacia su ventana queriendo decirle algo que él se reconocía incapaz de comprender.

El tren reanudó su marcha, aquellas personas se fueron alejando junto con la estación hasta desaparecer de todas partes excepto de su cabeza. El viajero apagó la luz y trató de conciliar el sueño, como tantas veces en tantos vagones, pero esta vez se sentía inquieto, perturbado. Pero sobre todo se sentía solo, más solo de lo que nunca jamás se había sentido, aunque acompañado de la certeza, compañía al fin y al cabo, de que aquellos compañeros de viaje no le iban a abandonar nunca. O si. Tal vez incluso ellos sí. Y, francamente, no sabía cual de las dos opciones le aterraba más.

Andrés Barrero, Twitter: @abarreror (nacido en Gerona, 1971 y residente en Madrid) está a punto de publicar su primera novela Todo el mundo odia a Yoko Ono. Mantiene su blog http://dm-sovremennik.blogspot.com.es/ y también es bookblogger desde el año 2011.

Puedes leer las anteriores entregas aquí:

‘El recado’, de Raquel Castro

‘La puerta blindada’, de Rafa Ruiz

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Sobre el autor

6 comentarios

  • El 22.07.2013 , Nolofinue ha comentado:

    ¡Un cuento genial, Andrés! La historia me hace pensar que lo que vive el protagonista en ese tren no es otra cosa que aquéllo que pudo y no fue, una de esas tantas vidas paralelas que todos debemos tener y que, sin embargo, no sabemos cómo son.

    • El 23.07.2013 , Andrés Barrero ha comentado:

      Gracias, no sabes lo que me emociona que te guste. No sé si lo que mueve al protagonista es tanto lo que pudo ser como la insatisfacción con lo que es su vida, supongo que lo uno va de la mano de lo otro, ¿no?
      Un abrazo,

      Andrés

      • El 23.07.2013 , Nolofinue ha comentado:

        Si pensamos en eso, es todo tan relativo… Está claro que el chico no parece contento con su vida, ¿pero realmente lo habría estado de haber vivido otra? Y ella, esas miradas suyas me intrigan.

        Espero seguir leyéndote pronto. Un abrazo,

  • El 01.08.2013 , Ros ha comentado:

    Me encantó la musicalidad del cuento.Un abrazo y ánimo con los siguientes.

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