26.03.2017

Creo que papá aún no ha olvidado que le quiero

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Foto: Victoria Iglesias.

Foto: Victoria Iglesias.

“Las vistas desde cualquier ventana cuentan cuando en el interior la vida es una descomposición. Cuando el tiempo de dentro sólo ayuda a desprender capas prensadas tras 86 años”. Una visita a la residencia de ancianos con la memoria en fuga. Un paseo en bucle por el pasillo de las 292 baldosas, una trampa en forma de demencia, una broma cruel al final de la existencia. Una visita al padre. Papá, ¿sigues estando ahí?, ¿sigues siendo tú?

Las ramas se mueven al otro lado de la ventana como si cualquier cosa, dejando que dentro pasen las estaciones sin ningún cambio, a no ser para morir.

Volver a ver la primavera conmueve a los que observamos desde el pasillo de las 292 baldosas. Entonces… yo dejo correr la cortina blanca para no seguir mirando; y es en ese instante cuando quieres ser la rama con nuevos brotes, una nube deshecha o un perro flaco que husmea al otro lado del muro. También quieres ser el papel que se deja llevar por el viento, pero eso es de cobardes, pienso.

Las vistas desde cualquier ventana cuentan cuando en el interior la vida es una descomposición. Cuando el tiempo de dentro sólo ayuda a desprender capas prensadas tras 86 años de existencia con la melodía que te sirvieron tus acordes.

“Mira, papá, todavía hay nieve en la sierra”, y él repite de forma despectiva: “Nieve en la sierra, nieve en la sierra, déjate de historias”. Y claro, tiene razón, qué nos importa a nosotros, ahora, el maldito pico blanco de una montaña desde esta esquina de la residencia.

Así que nos damos la vuelta para dirigirnos hacia el lado sur. He calculado que si la baldosa mide 35 centímettros, el pasillo tiene más de 100 metros de pasos perdidos; y de un lado a otro mientras empujas su silla de ruedas, o le ayudas a caminar, es mejor detenerse ni mucho ni poco. Es la maldita cadencia que hay que calcular para apaciguarle:

Ahora me paro un poco y te digo que ya no tienes los ojos rojos, y eso te calma, porque siempre te preocuparon; ahora continuo y avanzamos 10 pasos, me detengo, y leo el nombre de una de las cartelas que cuelgan de las puertas con sus fotos, repito el nombre y el apellido en alto, te distraigo unos segundos y luego suelta: “¿Y quién es ese?, déjate de historias”; avanzo y me llevo en los nuevos pasos la sonrisa congelada de uno de esos rostros (en la tuya tienes todavía puesto el abrigo y ya estamos en primavera, mi hermana y yo posamos a tu lado con la cara desencajada, pero no se nos ve); un metro más allá… y ahora ya no sé qué hacer…, pero, por si acaso, paso corriendo a la altura del comedor, que queda a la derecha, porque nunca te gusta que te deje en él y cuando ves la entrada protestas; ayer repasamos las tablas de multiplicar y no me mandaste a la mierda hasta que llegamos a la del siete, profesor; no te gusta salir a la calle, ni coger el ascensor y procuro, si lo hacemos, entrar de espaldas para que no te veas reflejado en el espejo.

El pasillo de los pasos perdidos se llama curiosamente la “calle de Las Letras”, y el nombre es tan desconcertante como las palabras o los gritos que llegan del piso de abajo trepando por el gotelé verde entre sombras que van y vienen.

La Paca se acerca ya, y me dice que cuando quiera que pase a su casa. Rosa es la mejor contadora de baldosas y estoy convencida de que en sus idas y venidas no quiere pisar las juntas, habla siempre muy deprisa mientras repite el gesto de tocarse un labio, de forma nerviosa, como si le sobrara saliva. Concepción tiene el volumen de la televisión muy alta en su cuarto, y se pega a ella siempre vestida de collares y pulseras. Antonio camina, se sienta, mira, se toca la sien, dirige la mirada al techo de forma alegre y vuelve a caminar (con él mi padre se disgusta mucho y le aparta la mirada, no entiende que su hermano no le salude; mi hermana y yo le decimos: “papá, se parece, pero no es él”, pero esa explicación a veces nos da pena y solemos dejarlo correr).

Sin embargo, ante la mayoría, generalmente guarda el sello de la cordialidad, como si aquello fuera el paseo marítimo o la calle principal de su pueblo en un día festivo. Quiere el cuello de la camisa bien puesto y el pelo en su sitio.

Cuando llega a su habitación no le gusta que la puerta se quede abierta. Allí, nuevamente el tiempo detenido se detiene, mientras me siento en su cama para suspirar. Es cuando, a veces, me mira y dice: “Ya sé que estás cansada”. Y es cuando sonrío y disimulo, y cuando pienso que tal vez no ha olvidado que me quiere. Después insiste en que le escuche mirándome a los ojos (le veo de nuevo e incluso llego a pesar que está curado): “Ha sido un error comprar esto, hay que vender esta casa, no sabes cuánto me arrepiento, ya se lo diré a tu madre y a tu hermana cuando lleguen. Además, se está colando mucha gente por la noche. No he pegado ojo”.

Finalmente acaba poniéndose muy nervioso y sé que tenemos que movernos otra vez.

Antes de volver al camino en bucle del pasillo, le cambio un jersey por otro entre muchas quejas. Le peino la cabeza casi rapada. Le lavo las manos limpias. Veo la maquinilla de afeitar y le afeito lo afeitado.

Luego, termino apurando la barbilla mientras estira el cuello hacia la estantería donde está el Don Quijote de madera que un día le regalaron sus alumnos de la escuela. La figura altiva y alegre sostiene un pequeño libro en la mano, con la mirada al frente: “Hay que ganar esta batalla ¿no lo cree usted. Sancho?…”.

Pero el escudero no ha venido, de momento; recuerdo que mi hermana y yo le rompimos una pierna y desde entonces no le movemos de aquel rincón de casa. Todavía lleva la venda improvisada de celofán transparente que pusimos para que mi padre no se diera cuenta …; pero eso creo que pertenece ya a otro tiempo de su memoria y, tal vez, de la nuestra.

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Sobre el autor

Victoria Iglesias
Victoria Iglesias. Fotógrafa y periodista. Ha publicado sus trabajos en la numerosas cabeceras de comunicación nacionales y extranjeras: El País Semanal, Panorama, París Match , MTV Magazine, El Magazine de la Vanguardia, Interviú, Grupo Z, Cosmopolitan, Vogue…; habiendo participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas. Su trabajo no sólo gira en torno al retrato (en sus comienzos, una de sus fotos de Camarón fue seleccionada en el Ortega y Gasset de periodismo), también deambula entre el reportaje de viaje, social (Chiapas, Libia, Sinaí…), el mundo editorial (Alfaguara, EB, Planeta…) y la fotografía artística. La Caja Oscura, pinceladas pixeladas (2015) y Miradas literarias (2016) son sus exposiciones individuales más recientes. En Twitter: @viglesiasphoto El blog de Victoria Iglesias

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4 comentarios

  • El 01.04.2017 , Mila ha comentado:

    Escribes muy bonito!!!!

  • El 05.05.2017 , Coral ha comentado:

    Me ha encantado,muy emotivo.
    Se lo estoy leyendo a mi ama, quien os recuerda con mucho cariño.

    • El 05.05.2017 , victoria iglesias ha comentado:

      Hola!!! Eres Coral, de Basauri, tus aitas amigos de los míos? ( Si es así tienes que leer lo último que he publicado aquí: Mi hermana y yo coleccionábamos ….Un abrazo.

      • El 07.05.2017 , Coral ha comentado:

        Aúpa Victoria; precisamente fue ese articulo el primero que leí, el cual me gustó mucho, lo he compartido y ya me tienes como seguidora tuya.
        Un fuerte abrazo

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