24.02.2016

Reciclaje de cine: cuatro películas sin desperdicio

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Un fotograma de la película Wall-e. Foto: Disney.

Un fotograma de la película Wall-e. Foto: Disney.

‘Los espigadores y la espigadora’; ”Waste Land’; Comprar, tirar, comprar’ y ‘Wall.e’ son cuatro obras maestras que, desde el género documental al de animación, logran remover nuestras conciencias para colaborar en un mundo más verde y más azul, con menos gigantescos vertederos, donde los humanos hagamos un ejercicio responsable de nuestro consumo, incluido el reciclaje. Este es el cine que nos ayuda a reducir desechos.

Sociedad de consumo, obsolescencia programada, vida útil, márketing y estrategias comerciales, en todos estos términos se basa el sistema económico y social de la humanidad hoy en día. Este modelo de felicidad programada necesita urgentemente una revisión: el contrapeso del reciclaje y consumo responsable que ponga freno a un planeta cargado de millones de toneladas de residuos generadas inútilmente y que afectan dramáticamente a nuestro medio ambiente. Y para concienciar sobre este degradado ambiente, nada mejor que los sectores de la creación tomen conciencia de ello y colaboren en un cambio de modelo. Por desgracia, no son muchos los ejemplos que nos hayan ilustrado en esta materia desde el medio audiovisual -tampoco muchos más en el campo literario, quizás algunos más en las artes plásticas- pero existen. Y unos cuantos de ellos me hicieron no sólo disfrutarlos en la pantalla, sino pensar y llegar a formarme una opinión sobre el problema espectacular que suponen el derroche y la basura.

Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse) (2000), dirigida por la realizadora francesa Agnès Varda, es una aleccionadora, ejemplarizante y nada maniquea investigación sobre la cultura del desperdicio, que apela a pensar sobre el derroche. De hecho, el documental logró varios premios de la crítica en festivales internacionales. Aquello que la mayoría consumista desperdiciamos es recogido por otras personas, muchas debido a la necesidad extrema en la que se encuentran y algunos bajo la absoluta creencia en la inmoralidad que supone tal desperdicio. Este sensible y cuerdo documento quiere llegar de frente a la conciencia del consumidor, al que enfrenta a los testimonios valiosos de gente corriente y no sólo necesitada, gente que ha comprendido que el derroche incoherente al que somos sometidos debe hacernos pensar y actuar responsablemente. Los espigadores antiguamente inclinaban su cuerpo para recoger las espigas que los segadores abandonaban en el rastrojo, los nuevos espigadores lo hacen entre la basura, recolectando alimentos desechados con arbitrariedad por grandes superficies y particulares, o tantos otros artículos despilfarrados por el ansia consumista que nos obliga a comprar, tirar y volver a comprar. Dicho esfuerzo supone alargar la vida de muchos de esos objetos o resucitarlos en forma de otros, a través del reciclaje.

Comprar, tirar, comprar (2010) es precisamente el título del documental dirigido por Cosima Dannoritzer, coproducido por TVE; sobre la obsolescencia programada y los problemas que soporta la naturaleza por su causa, el olvido del reciclaje de aquellos productos convertidos en residuos que podrían tener otra oportunidad e incluso una prolongación mucho más extensa de su vida útil. Cantidad inmensa de objetos desahuciados por los compradores que inundan enormes vertederos alrededor del planeta, cuya peor parte se la suelen llevar los países en desarrollo de África, anegados por los desechos tecnológicos del llamado Primer Mundo y abocados, cuando no engañados, a soportar la indiferencia del universo consumista que arroja y olvida, con todo lo que ello supone para sus habitantes y su entorno. O aquellos otros territorios donde la desigualdad es extrema en el continente americano, como Nicaragua, Bolivia o Brasil. Puedes ver el documental aquí. 

Y es ahí, en el corazón del país amazónico, donde transcurre otro ejemplo de audiovisual imprescindible para entender el enorme problema de desperdiciar que implica nuestro modelo socioeconómico, el documental Waste Land (2010), producido por Fernando Meirelles y dirigido por Lucy Walker, sobre el basurero de Ciudad Jardín, en Río de Janeiro, y sus habitantes. Personas que viven del reciclaje en ese inmenso vertedero, al que acude un artista puntero brasileño, Vik Muniz, con la intención de conocer a estos olvidados, tan cercanos pero tan increíblemente lejos, y, tras ello, impulsares a componer obras de arte con los residuos reciclados. Pero el mensaje esencial de esta película es el enorme paso que un conjunto formidable de desfavorecidos obligados a subsistir por y entre la basura arrojada por individuos mucho más afortunados alcanzan a dar hasta conseguir dignificar su vida y su trabajo recolectando valiosos materiales reciclables. Más de 15.000 personas que son totalmente dependientes de una economía que gira en torno al comercio de dichos materiales y que consiguen iniciar un proyecto piloto para crear una planta de energía de carbono negativo alimentada por residuos sólidos urbanos. Un enorme ejemplo para la ecología y el reciclaje, como a ellos mismos les gusta pensar.

Un fotograma de 'Wasteland'.

Un fotograma de ‘Wasteland’.

Desde la animación, el cine también ha querido tocar las conciencias de chicos y mayores, como individuos que irremediablemente necesitan de este planeta azul para vivir y experimentar la felicidad de hacerlo de manera más coherente con la Tierra. Lo hizo a través de la sonrisa y la aventura, tierna e irónica, de un personaje de animación, Wall.e (2008) (producida por Walt Disney y Pixar, y dirigida por Andrew Stanton), un ser de metal, sin órganos ni corazón. Un encantador artefacto creado por los humanos para dedicar su vida eléctrica a organizar y empaquetar la basura que ellos mismos acumularon y convirtieron en el destructor elemento que les obligó a caminar errantes por el Universo. Tras tener que abandonar el planeta en una enorme nave programada para ello y convertirse en una especie obesa e incapaz de cualquier actitud lejos de la de consumir compulsivamente, será gracias a Wall.e, a su afán y conocimientos sobre los materiales capaces de ser reciclados, como encontrarán su salvación. El pequeño robot conseguirá, no sin esfuerzo, devolver su hogar y la esperanza a aquellos que lo destruyeron, concediéndoles la inmensa oportunidad de comenzar a reconstruir su dignidad y la de su benevolente madre naturaleza. ¡Gracias Wall.e!

Ojalá el cine nos dé muchas más oportunidades de seguir aprendiendo sobre el valor que puede darle a nuestra existencia una sociedad sostenible.

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Sobre el autor

Antonio Bazaga
Toño Bazaga. Más de 20 años dedicados al mundo del cine, habiendo tocado casi todos los palos: producción, desarrollo, escritura, financiación… Convencido de que el futuro del cine está aún por llegar. Apasionado de la literatura y la historia, creo que el celuloide es el mejor invento para contar lo que pasa, lo que pasó y lo que puede pasar. En fin, parte indispensable de nuestra vida.

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4 Comentarios

  • Auri Dice:
    26.02.2016

    Uno de los mejores artículos que he leído respecto a este preocupante tema, en el que los que estamos sensibilizados no somos capaces de llegar a los demás, ni de cumplir nuestros propios objetivos. Interesante la relación de esas películas y la elección de las mismas.

  • Carlos Dice:
    26.02.2016

    Bien traído el tema, bien escogidas las películas, sobre todo los espigadores y la espigadora. Película documental que nos ha servido a algunos para ejemplificar en alguna charla sobre esta sociedad de consumo y el despilfarro.

  • César Dice:
    27.02.2016

    Muy buen artículo sobre un tema que nos afecta a todos y al que la mayoría de las veces permanecemos ajenos por comodidad. Como si mirando para otro lado fuera a desaparecer el problema.

  • Roberto Dice:
    27.02.2016

    Cuando vida la película de comprar tirar comprar, me impresionó descubrir cómo un chip puede ser usado para “matar” un aparato al llegar el momento programado.Todo por fomentar el consumismo.Me ha gustado mucho este artículo que demuestra que el cine apuesta también por descubrir y denunciar cómo estamos acabando con nuestro entorno más importante.

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