29.10.2017

Revueltas por lo que de verdad importa

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Foto: PIxabay

Foto: Pixabay.

Me llama la atención que algunas de las revueltas, insumisiones y rebeliones que ocurren en Europa son lo que yo llamaría revueltas propias de pijos nacidas, tal vez, del aburrimiento. De un extremo a otro de Europa me hubiera gustado ver marchas y manifestaciones en contra de las políticas de austeridad, de los recortes, de las desigualdades, a favor de un continente abierto y receptivo a los inmigrantes.

Pero lo que vemos no es eso. Las que ocupan las portadas de los medios y la atención de los políticos más bien tienen que ver con conflictos de identidades, con las fronteras, con la construcción de murallas para que no entren los ”bárbaros” ni los pobres. Con esto no digo que no haya una sociedad civil combativa que luche por mejorar las condiciones de los ciudadanos –en España, por ejemplo, la plataforma de afectados por la hipoteca–, pero su repercusión se pierde en el camino de la burocracia mediático-política cuando no se la ignora absolutamente. Como se ignora, por ejemplo, la batalla que están dando miles de ecologistas para intentar salvar un poco de lo que van a heredar nuestros hijos. Nuestro planeta, el único que tenemos, es nuestra identidad.

Una batalla, la del ecologismo social, que en el mundo costó la vida en 2016 a cerca de 200 personas, la mayoría en América Latina. Allí los activistas por los derechos sobre la tierra luchan desde hace décadas contra terratenientes y grandes empresas que intentan apropiarse de los recursos naturales y minerales de un continente que aún tiene las venas abiertas, parafraseando a Eduardo Galeano. Y de ese gran porcentaje latinoamericano, la mayor parte de las víctimas son indígenas que tratan de proteger sus tierras. El caso de la hondureña Berta Cáceres ha sido uno de los más paradigmáticos y dolorosos, pero hay decenas. Lo cuenta un informe de la ONG Global Witness. Esa es la lectura que propongo hoy desde esta Área de Descanso (dominical). A falta de una investigación seria, aún no sabemos si en 2017 tendremos que incluir en esta lista negra al argentino Santiago Maldonado, desaparecido durante 80 días y hallado muerto hace unos días. Por lo que he leído, Maldonado ni siquiera era una activista al uso, sino un joven de 28 años que en un momento dado decidió solidarizarse con la causa mapuche contra el rodillo de las excavadoras de los terratenientes, que han usurpado sus tierras.

Pocos lo saben, apenas se refleja en los medios, pero sin llegar a la situación de América Latina, también en España hay decenas de ecologistas a los que se acosa, amenaza o incluso se agrede por defender la naturaleza y el derecho a la tierra. El caso más grotesco, reciente y siniestro es el de Juan Clavero, un histórico del ecologismo gaditano, activista de la organización Ecologistas en Acción, a quien la mafia le tendió una trampa y ha estado a punto de ir a la cárcel. Aunque algunos medios han dado cuenta del suceso, el caso Clavero ha pasado casi de puntillas, a pesar de su gravedad y de la información que nos ha dado sobre cómo se las gastan algunos patriotas de la corrupción, en este caso del otro lado de la frontera del 3%. Lo cuenta muy bien la revista Ecologista:

“Juan Clavero, portavoz de Ecologistas en Acción de Cádiz fue detenido y llevado a los calabozos el 26 de agosto, al finalizar un recorrido para reivindicar la apertura de caminos cerrados por terratenientes en la Sierra de Grazalema. Un supuesto activista que participó en esa marcha era el compinche de los mafiosos. Al finalizar el recorrido, el acompañante pidió a Clavero que le llevara en su furgoneta y aprovechó para esconder una bolsita de cocaína. Minutos antes de que la Guardia Civil echara el alto al portavoz de Ecologistas en Acción, el cómplice de los mafiosos se había despedido. Dos agentes detuvieron a Clavero, sin ni siquiera pedirle que se identificara, acusado de tráfico de drogas”. En vista de las pruebas aportadas, del intachable historial de Clavero y de la solidaridad de la sociedad civil, el juez no solo dejó en libertad a Clavero sino que en el auto reconoció que había sido “víctima de actuaciones malintencionadas por parte de terceros, involucrándole en un delito del que no existe indicio alguno”.

Menos mal que la mafia fue esta vez más chapucera de lo habitual y pudo desmontarse la trampa. Porque lo triste, como digo, es que el caso de Clavero no es el único en España. La revista Ecologista dedica un artículo al respecto. Preocupado por el tema, yo mismo escribí un reportaje hace algunos años, en 2014, que iba a ser publicado en un importante medio de comunicación y que finalmente el redactor jefe arrumbó para siempre. Nunca supe por qué. Se titulaba Acoso al ecologista y entre otros hablaba de los casos de Francisca Blanco, amenazada en El Gordo (un pequeño pueblo extremeño) junto a su pareja por oponerse a la construcción de un complejo turístico ilegal (así lo declaró el Tribunal Supremo) en La Isla de Valdecañas, una zona de alto valor ecológico protegida por la normativa europea. Un proyecto iniciado a pesar de su ilegalidad y que contaba con el aval de la Junta de Extremadura, que removió todos los resortes a su alcance para concluirlo. A Francisca y a su pareja los vecinos les tiraban piedras, rompían los cristales de su vivienda y una noche unos encapuchados lanzaron al interior de su casa seis botellas con líquido inflamable. Del reportaje recuerdo también el caso de Francisco Gatón, exminero, agredido por oponerse a la explotación de las minas a cielo abierto en León, el valle de Laciana y en Babia, propiedad en su mayoría del polémico empresario Vitorino Alonso. Minas a cielo abierto, como cráteres, que provocan desmontes en una zona de alto valor ecológico que ha sido declarada Reserva de la Biosfera y donde habitan el oso pardo y el urogallo. O el caso de José Ignacio Domínguez, abogado ambientalista, en su lucha por proteger la costa almeriense del ímpetu urbanístico propiciado en la época del boom, el turismo y los invernaderos. Pintadas, acoso administrativo, ataques a su vehículo privado, intentos de echarle de su pueblo, asalto a su vivienda y contaminación del depósito de donde sacaba el agua para consumo son algunas de las agresiones que sufrió.

Aunque no he vuelto a saber nada de los protagonistas de estas historias ni de cómo evolucionaron los conflictos ambientales que menciono, mucho me temo que a nivel general la situación no ha hecho sino empeorar. Y lo peor es que en la mayoría de los casos los culpables de los acosos quedan impunes (algo parecido a lo que ocurre con quienes queman el monte). La fiebre por construir y un modelo de turismo que arrasa el territorio (los dos sectores sobre los que se asienta esta precaria y falsa recuperación económica) a veces solo encuentran enfrente a un pequeño grupo de soñadores muy realistas a quienes les gustaría que sus hijos, todos nuestros hijos, heredaran la Tierra como mínimo en las mismas condiciones en las que la recibieron.

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Sobre el autor

Javier Morales

Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan.
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2 comentarios

  • El 29.10.2017 , fernandog ha comentado:

    Enhorabuena por el artículo. Es triste el silencio cómplice de los medios sobre el recuento anual de asesinatos de activistas en América Latina, como también el de los periodistas que intentan contarlo. Ya se alargan en exceso los veranos, no llueve o hay temporal y cada vez hay más fuegos, intereses y corrupción.
    Nos conducen al desastre, a un entorno adaptado para el trans-humanismo. Saludos.

  • El 30.10.2017 , fernandog ha comentado:

    Ya hay predicciones de que estamos a unas décadas de que ocurra la “sexta extinción masiva” en la tierra:
    https://news.stanford.edu/2015/06/19/mass-extinction-ehrlich-061915/

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