04.09.2017

Séneca, no existe un gran genio sin un toque de demencia

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Séneca. Fotografía de Victoria Iglesias.

Séneca. Fotografía de Victoria Iglesias.

Nos trasladamos del sudoroso agosto a ese hermoso mes que nos conduce hasta el otoño, hacemos la transición de la mano de una nueva ‘Victografía’ de la reportera gráfica de ‘El Asombrario’ que de verdad retrata lo que nos pasa y lo que nos rodea. Hoy se detiene en un personaje que se hace llamar Séneca y habita entre los arcos de la Plaza Mayor de Madrid, con “esa bendita locura de creerse muy, muy cuerdo”.

Cuando el verano cuaja suele parir. Cuando queman las losas de la azotea en los pies descalzos y recibes el agua de la botella fría como un maná, ya casi estás preparado para convertirte en fuego, mirando el infinito repleto de luz, antes que sucumbir; porque, sobre todo, a estas alturas eres ya un personaje aunque tú no lo sepas.

El verano te transforma y está poblado de los que nacen con él desapareciendo al fin diluidos en otoño convertidos en viento, tal vez en hojas que al final serán barridas y desaparecerán.

El personaje, más o menos sólido, moldeado por el calor, pulido por los rayos, aderezado de sal… surge, de repente, y se mete en tu mundo. Lo acoges o te acogen en esos días nuevos, que van cayendo reventones y que poco a poco vas dejando atrás, como en todo buen agosto.

“Bolinhas, bolinhas…” cantan en la playa de Tavira, y todo el mundo que está de asueto mira, todos los días y sin inmutarse, al mismo vendedor exhausto, nevera al hombro con los dulces, que recorre kilómetros de arena convertido en personaje para ellos.

No muy lejos de ahí una mujer se desdobla en amante desconsolada que no disfruta de la belleza y sólo espera. Mientras, en otros mares, el tipo del traje en la ciudad se ha calzado un velero que vira a barlovento tal vez escapando como un pirata mirando el infinito que recorta el mar.

Todo lo anterior ocurre en un lado, pero en el otro…:

está él, ese tipo del asfalto que sostiene la parte árida, esos hombres y mujeres que florecen en el adoquín entre el vapor que no sólo sale ya del suelo ( ahora en las terrazas de los bares también te vaporizan) y que te hace ver borroso como un Quijote, o andar con la suela reblandecida, dejándote llevar estoico, sin saber que caminas sin rumbo, tal vez como un joven Séneca.

Menciono al filósofo porque Séneca también le llaman a Juan: 61 años, bajito, de mentón prominente, cejas pobladas, vigoroso y pequeño.

Y me encuentro con él aguardando a que caiga la noche, esperándola, con la cámara en el hombro a punto de comenzar un nuevo reportaje.

La creciente oscuridad a estas horas ya está aliviada por el viento, y en el cielo hay casi una luna llena dándole un bañito de humildad, merecido, al sol. Aún así, la plaza todavía despide calor, y también gente, y en los soportales las cajas de cartón empiezan a aparecer entre los que se avían deprisa para dormir en la calle.

Debajo de uno de los arcos, Séneca está vestido de blanco y rojo y me hace un pase de pecho toreando de salón en un suelo gris que brilla por los reflejos de las farolas. Así que la silueta se le define bien, ágil y flexible.

“Mira, mira…, tengo un don”, me dice. “Yo me comunico con los toros. Busco el que lleva el número cinco en el corral. A la mañana siguiente me pongo en la cuesta de Santo Domingo y me quedo quieto y el toro que lleva el cinco viene hacia mí porque me reconoce”.

Así, como si los San Fermines hubieran sido ayer mismo, vivo en la Plaza Mayor de Madrid un nuevo comienzo del verano. “La fama que tengo en Pamplona me ha subido como la espuma y todo el mundo conoce a Séneca” sigue diciendo.

Juan habla y habla, me inunda y siento que quiero escapar. Es un loco o un pirado, pienso… y, sin embargo, a punto de zafarme, le escucho una palabra clave: destino… Es entonces cuando me digo a mí misma: ¡A ver! ¿Qué me está contando?

“No existe un gran genio sin un toque de demencia”, decía el pensador y yo, ante las más de 100 palabras por minuto, decido congelarle y parar la escena:

Todo se ha quedado, al momento, en silencio porque el murmullo se convirtió en susurro y desapareció. Hasta los haces de luz parecen inmóviles y son ahora manchas difuminadas en el aire de distinto color e intensidad. Juan tiene una mueca de eterna sonrisa y sus ojos se dirigen hacia el fondo de la plaza. La mano derecha reposa en la rodilla flexionada y la izquierda, que bailaba en el aire, se ha quedado abierta reteniendo el viento con su palma. Antes, cuando estaba hablando, me di cuenta de que no pronuncia bien la erre, y creo que es por la posición de sus dientes: abajo se recogen como un ramillete y arriba dejan un hueco, así que sin querer absorbe algunas de las palabras que suelta.

Sus ojos negros brillan en la frente despejada. Tiene el pelo casi rapado con grandes entradas y patillas rectas. Unos pequeños lunares en la mejilla izquierda y la cara alargada con dos profundas arrugas de sol que parten del mentón, rompiéndola, como enormes surcos. En el pantalón blanco, que remata con unas alpargatas negras, lleva dibujado un toro de San Fermín y en el suelo ha dejado detrás de él una carpeta, justo al lado de los maniquíes de torero y sevillana que están para que los turistas se hagan la foto asomando la cabeza; me dijo que está cuidando el negocio a un amigo.

Como le tengo congelado reviso minuciosamente los documentos, y lo hago porque él antes me dio permiso: reseñas de mundotoro.com, fotocopias, un montón de fotos…etc.

¿Qué haces aquí?, le pregunto señalando una de las imágenes. Pero Juan no me contesta (claro, si está congelado).

Así que le llevo de nuevo a la realidad y escupe ya esa palabra que se le había quedado a medias.

El ruido y el movimiento llenan de nuevo la plaza así como el viento de verano que ayuda a Séneca a completar su pase. Después se incorpora y mira las fotos que tengo en las manos: “Ahí estoy mirando al cielo”, me dice. “Es que antes de salir miro al cielo y me digo: si mi destino es morir hoy, moriré; si mi destino es triunfar hoy, triunfaré. Yo no tengo miedo”.

Aunque yo lo miro fijamente y veo que tiene algo. Y es, precisamente, esa bendita locura de creerse muy, muy cuerdo, creo.

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Sobre el autor

Victoria Iglesias
Victoria Iglesias. Fotógrafa y periodista. Ha publicado sus trabajos en la numerosas cabeceras de comunicación nacionales y extranjeras: El País Semanal, Panorama, París Match , MTV Magazine, El Magazine de la Vanguardia, Interviú, Grupo Z, Cosmopolitan, Vogue…; habiendo participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas. Su trabajo no sólo gira en torno al retrato (en sus comienzos, una de sus fotos de Camarón fue seleccionada en el Ortega y Gasset de periodismo), también deambula entre el reportaje de viaje, social (Chiapas, Libia, Sinaí…), el mundo editorial (Alfaguara, EB, Planeta…) y la fotografía artística. La Caja Oscura, pinceladas pixeladas (2015) y Miradas literarias (2016) son sus exposiciones individuales más recientes. En Twitter: @viglesiasphoto El blog de Victoria Iglesias

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Un comentario

  • El 05.09.2017 , Alberto de Pablo ha comentado:

    Esta mujer no tiene miedo. Su destino es triunfar siempre.

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