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¿Por qué nos morimos? ¿Podemos vivir al menos 140 años?

Por Luis Miguel Ariza, el 1 de Mayo de 2016, en Divulgación

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Foto: Pixabay

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La prestigiosa científica Maria A. Blasco, bióloga molecular, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), se ha convertido en una experta mundial en los procesos de envejecimiento. Mónica G. Salomone es una de las periodistas especializadas en ciencia con más trayectoria y prestigio en España. Juntas han escrito un libro recién publicado que puede atrapar la curiosidad de cualquier humano: ‘Morir joven, a los 140′. De ello hablamos.

En la maravillosa serie The Twilight Zone, una joya de la ciencia ficción televisiva norteamericana nacida de la imaginación de Rod Serling, hay un episodio que narra las peripecias de un profesor de historia, Walter Jameson, que es inmortal. El filme comienza mostrando a una audiencia absolutamente fascinada por las charlas en primera persona de este profesor, interpretado por Kevin McCarthy, un actor memorable que participó en más de 100 películas a lo largo de siete décadas y que protagonizó esa obra maestra de Don Siegel, Los Ladrones de Cuerpos, en 1956.

El profesor Jameson, joven y atractivo, habla en primera persona sobre un capítulo de la guerra civil americana, leyendo un diario de un oficial que murió hace muchísimo tiempo. Conoce los detalles de lo que cuenta como ningún otro historiador y sus charlas son tan vívidas que despiertan las sospechas de un viejo colega suyo llamado Kittridge, cuya hija se casará con Jameson. Intrigado, Krittidge investiga y descubre una fotografía de finales de siglo XIX en la que aparece una persona que se parece tanto a Jameson –un oficial del Ejército– que concluye que tiene que ser él.

Jameson confiesa, tras negarlo varias veces, que participó en ese conflicto. Y cuando Kittridge le pregunta por su edad, el profesor de historia señala una estatua de Platón y revela que le conoció en persona ¡hace más de 2.400 años! El secreto de su inmortalidad, relata, radica en un proceso muy extraño llevado a cabo por un alquimista griego, que lo dejó meses en coma. Su viejo colega arde en deseos de conocer el secreto, pero Jameson es incapaz de explicarlo.

Esta historia de ciencia ficción no es exactamente mera ficción. Contiene elementos fascinantes para el debate. La científica Maria A. Blasco y la periodista Mónica G. Salomone abordan valientemente esta cuestión en un magnífico libro, Morir joven, a los 140 (Paidós), muy recomendable para aquellos que, como es nuestro caso, nos preguntamos por qué envejecemos, y a la postre, por qué tenemos que morir, que es quizá la cuestión más peliaguda y con la respuesta más esquiva.

Observemos el cuerpo humano. Es un prodigio de complejidad, producto de una organización celular y molecular realmente impresionante. ¿Por qué estamos destinados todos a morir? Blasco y Salomone nos sugieren una visión mucho más global, de largo alcance, no tan individualista. Desde que surgió la vida sobre la Tierra, en forma de células sencillas, se ha embarcado en una lucha implacable para no desaparecer. La vida lo ha tenido todo en contra: meteoritos y asteroides que causaban impactos catastróficos, condiciones ambientales extremas, un planeta convulso en sus orígenes, erupciones de supervolcanes, épocas glaciares y períodos con la atmósfera cargada de dióxido de carbono. Todo ello ha dado lugar a varias extinciones masivas a lo largo de la historia del planeta. Pero de alguna manera, la vida se las ha arreglado siempre para sobrevivir a tales catástrofes.

Esas primeras células murieron, pero aprendieron antes a reproducirse, a dividirse, para dejar descendientes para, a lo largo de la evolución, desembocar en organismos más complejos. Los seres humanos estamos conectados a los demás animales y podemos remontarnos por medio de las más finas ramas de este singular árbol genealógico hasta el origen de las primeras bacterias que poblaron la Tierra. Así que, en sentido estricto, la vida es inmortal. Desde que apareció, escriben las autoras, “han logrado establecer una cadena de divisiones que no se ha roto jamás”.

Si llevamos esta historia al celuloide, podríamos imaginar una segunda parte de ese genial episodio de The Twilight Zone, escrito por Charles Beaumont, en la que Jameson le explica a Kittridge que en realidad no es inmortal, pero que sus hijos son clones suyos exactos, réplicas idénticas que se han ido sucediendo a lo largo de la evolución, copias de sí mismas a lo largo de miles de años. En el mundo de la ciencia, esta explicación sería perfectamente válida en el caso de que Jameson fuera una ameba. Pero nadie hace películas sobre amebas que hablan. Los seres humanos somos bastante más diferentes y complejos.

Nuestra sugerencia sirve para comprender algo importante. La primera respuesta a por qué morimos podría señalar a la evolución como culpable: lo prioritario no es la conservación de los organismos, sino asegurarse de que dichos organismos se reproduzcan. Lo importante, nos dicen las autoras, es la protección de las células germinales, óvulos y espermatozoides. Nosotros no somos más que el envoltorio. Estamos programados para tener descendencia y el proceso es muy placentero. Nos enamoramos, hacemos el amor, los hijos llenan nuestras vidas, dejamos un legado, y de repente nos damos cuenta de que somos prescindibles. Así que desde este punto de vista, el envejecimiento es el resultado de “no mantener un organismo que ya ha superado su etapa reproductiva”, una idea mantenida por Tom Kirkwood, un especialista británico en envejecimiento.

Dicho de otra manera: a la evolución no le importa conservar las carcasas una vez pasada la edad reproductiva. Es decir, no le importamos. Todo lo construido se derrumba pasado este punto de la vida, porque ya ha cumplido su misión. El problema con esto es que no es flaco consuelo para los solteros que hayan decidido no tener descendencia o para todos aquellos, padres o no, que ansíen vivir muchos años más, conservando la juventud perdida.

Es una respuesta parcial y no satisfactoria. ¿Por qué un ratón vive dos años y el ser humano puede llegar a los 80? La explicación, de acuerdo con Maria Blasco, tiene que radicar en los genes. Más que pensar en que algunos se enciendan y proporcionen la orden de envejecer, su función más probable es alargar el tiempo de mantenimiento. Claro que en el mundo real, no hay animales viejos. No se vive lo suficiente como para llegar a eso. Pero existe una acción por parte de los genes que influye en la duración de la vida media de un organismo, y eso incluye a los humanos.

En Morir joven, a los 140, nos narran que la mujer más longeva del mundo -confirmado con datos- ha sido Jeanne Calment, que vivió 122 años y 164 días, siempre en Arlés, al sur de Francia (murió en 1997). ¿Ese es el límite? Hay quien piensa que la vida humana no tendría por qué tener límites. Si quieren saber más, lean este libro. Uno de los capítulos más fascinantes de la obra se refiere a las investigaciones de Blasco en los telómeros, los extremos de los cromosomas. Los hallazgos sugieren que el acortamiento de los telómeros tiene que ver con el envejecimiento celular. Una enzima, la telomerasa, cuyo gen fue identificado por Blasco en ratones –un hallazgo monumental– se encarga de que los telómeros no se pelen. De esta forma, la telomerasa juega un papel muy activo contra el envejecimiento. Pero también está muy activa en las células cancerosas, que no paran de dividirse. Los telómeros guardan aún capítulos misteriosos sobre el enigma de nuestra muerte, el envejecimiento y la inmortalidad.

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Comentarios

Hay un comentario

  • 02.05.2016
    jcbcp dice:

    ¿Para qué vivir mil años? Se preguntó un poeta.
    Que más vale ‘calidad’ que ‘cantidad’.

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