27.06.2015

Tres nuevos dramaturgos en busca del ‘boom’

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Escena de 'Hey boy, Hey Girl' de

Escena de ‘Hey boy, Hey Girl’ de Jordi Casanovas. Foto: Javier Naval.

Las salas de teatro en Madrid continúan multiplicándose. Recientemente florecieron cuatro nuevas, en los antiguos cines Luchana, que se suman a la amplia red que ya existe. Para programar tantas salas, algunas con sesiones dobles y triples, son necesarios textos, muchos textos, y por lo tanto autores, buenos autores. Una nueva generación de dramaturgos ha copado la escena madrileña con una amplia variedad temática. Textos que hablan de política, de la historia reciente y no tan reciente de nuestro país, adaptaciones de clásicos e historias personales. Para desentrañar las claves de lo que está pasando, hablamos con tres representantes de este boom, los tres han estrenado esta temporada en Madrid: Alberto Conejero, Jordi Casanovas y Denise Despeyroux.

Para empezar, veamos qué es lo que está haciendo estos tres autores, cuál es su leit-motiv, lo que les mueve a hacer teatro.

Alberto Conejero (Jaén, 1978) es uno de esos autores privilegiados que ha estrenado dos obras en pocos meses. Cliff en La Pensión de las Pulgas y La piedra oscura, dirigida por Pablo Messiez, en el María Guerrero. Esta obra trata del encuentro de dos hombres, de distintos bandos, en un hospital militar en plena Guerra Civil. Rafael Rodríguez Rapún, compañero de Federico García Lorca, está herido y puede que sea fusilado al amanecer. Sebastián es el joven encargado de vigilarle. Entre los dos surge una relación que va más allá de las ideologías y las creencias.

“A mí sí me interesa volver al pasado para hablar del presente, y hay piezas como La piedra oscura, ambientada en 1937, y Cliff, sobre Montgomery Clift, que transcurre en 1960, que, aunque de temáticas diferentes, me sirven para hablar del pasado”, explica Conejero, quien cuenta cómo surgió la idea de escribir una obra sobre el actor estadounidense: Tras una estancia en Oxford con una beca de postgrado, pasó por Londres y allí le vino la imagen de Montgomery Clift: “Vi que me ayudaba, me servía para hablar de las inquietudes que yo tenía en ese momento respecto a lo que yo era y cuál era mi vocación. También me interesaba el asunto de la máscara, de la otredad. En este caso, Clift tiene que convivir con su yo anterior, con lo que la gente seguía demandándole de galán. En el teatro se acaba la función, la luz se apaga y tú desapareces, pero en el cine eres tú el que te vas y queda tu imagen”.

Jordi Casanovas (Vilafranca del Penedés, Barcelona, 1978) estrenó en febrero Hey boy hey girl, una versión muy particular de Romeo y Julieta de William Shakespeare. Fue un encargo para La Joven Compañía. Pero Casanovas quería traerla al día de hoy. Su intención era dar una visión de los jóvenes en la actualidad, o al menos de una parte de ellos: “Lo primero que hice fue realizar una lista con las cosas que podrían estar relacionadas con la juventud y que me podían interesar. Me encontré con este mundo de etiquetas como chonis y canis, que son clasistas y permiten demonizar a un tipo de clase obrera. Me interesaba ponerlo en duda y preguntarme qué estaba pasando y a la vez descubrir que los realities ayudaban mucho a que otra gente de la misma generación, de mi generación, que aparentemente somos muy sentidos para otras cuestiones sociales, pusieran etiquetas que menosprecian a una clase más apartada”.

Denise Despeyroux (Montevideo, 1974) emigró a Barcelona a los tres años y luego a Madrid en 2011. Acaba de estrenar Ternura negra sobre María Estuardo, en un proceso que considera “muy mágico y lleno de misterios”. “En enero de 2013 yo estaba haciendo La Realidad en el teatro Fernán Gómez. Ester Bellver vio la obra y le gustó mucho y decidimos tramar algo juntas, ella como actriz y yo como autora-directora. En nuestra primera reunión me dijo que le venían imágenes de aire romántico-medieval como la de una princesa encerrada en una torre. Curiosamente, yo estaba leyendo una biografía de Stefan Zweig sobre María Estuardo. A partir de ahí las dos empezamos a leer sobre esta reina de Escocia y resulta que es un personaje fascinante, teatral y conmovedor”. Pasó un tiempo sin saber cómo abordar el tema hasta que dio con la clave. No quería un monólogo pero para que tuviera el mínimo de actores posible utilizó una actuación via Skype. En escena habría dos actores, Ester Bellver y Joan Carles Suau, y un tercer actor, Fernando Cayo, estaría presente a través de una grabación de vídeo. “Después me di cuenta de que la obra tiene una gran complejidad. Entretejer toda la dimensión histórica con esa otra coyuntura tan contemporánea y con unos personajes y actores tan distintos y peculiares me ha resultado un reto precioso”.

Los orígenes de los tres autores y cómo llegaron al teatro son muy diversos: Alberto Conejero estudió dramaturgia en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), trabajó como investigador en el CSIC y luego obtuvo una beca en Inglaterra, que abandonó a la mitad para dedicarse a escribir: “Es una de las decisiones más dolorosas que he tomado, porque yo disfrutaba mucho, pero quise darle una oportunidad a mi vocación, no soportaba más no escribir, porque era lo que siempre había querido hacer desde que era un adolescente”.

Jordi Casanovas califica sus comienzos de “accidente”: Tras unos años estudiando Telecomunicaciones, se pasó a Bellas Artes. “Y descubrí el teatro. Cuando llegué a este mundo, me gustó esa respiración que oyes del público, esas risas… Fue por accidente. Era verano, yo estaba en mi pueblo con un amigo y no teníamos gran cosa que hacer y le dije: ¿Por qué no nos apuntamos a un curso para hacer algo? Lo intentamos en el de cocina, pero estaba lleno. Nos dijeron que en el de teatro aún había plazas. ¿Puede estar bien, lo intentamos? Y así fue como empezó todo, por un curso de verano”.

“Yo al principio no tenía inquietudes para escribir, pero tenía ganas de montar teatro y no encontraba los textos adecuados, así que me lancé a escribir.

Un texto no tiene que estar lleno de florituras para que sea buen teatro, algunas frases pueden ser muy banales pero pueden describir un momento muy teatral, muy potente”. ¿Influencias? Da tres nombres: David Mamet, Javier Daute y Rodrigo García. “Yo empecé a escribir después de ver una obra suya, After sun. Cuando la vi, me quedé impresionado. Me estaba hablando a mí, yo entonces tenía 21 años. Me estaba dando una bofetada, y esa misma noche me puse a escribir un monologuito que se llamaba Némesis”.

La autora teatral Denise Despeiroux. Foto: Ricardo Solís.

La autora teatral Denise Despeyroux. Foto: Ricardo Solís.

Por su parte, Denise Despeyroux fue muy precoz con su vocación teatral: “Desde niña tengo una relación complicada con la realidad. A los 9 años recuerdo haber tenido accesos de melancolía demasiado intensos. El resultado fue que me llevaron a un psiquiatra infantil y diagnosticó una adolescencia precoz junto con una fantasía exuberante. Supongo que el teatro permite encontrar un cauce para todo eso, y yo lo intuí muy pronto”. Denise recuerda dos experiencias que la motivaron cuando aún era niña. “Una fue que vi Yepeto, de Roberto Cossa, por una compañía argentina. Me fascinó esa obra. Otro episodio que sin duda me marcó fue que a los 12 años hice una gira por España con una obra de teatro infantil, Los músicos de Bremen. Mi padre hacía de perro, yo cantaba y actuaba en un coro infantil. Hay varias personas de ese elenco que nunca sabrán cuánto me marcaron. La cuestión es que yo en ese viaje, con 12 años, sentada en un restaurante de quién sabe qué pueblo, entre las cerca de 30 personas que componían la compañía, decidí que quería que mi vida de adulta consistiera en eso, en estar con gente como esa, haciendo teatro”.

¿Y qué es lo que les interesa, qué les mueve a escribir teatro?. A Conejero, el tema del otro; a Casanovas, romper algunos prejuicios instalados en la sociedad, y a Despeyroux una necesidad especial.

“Yo escribo para plantear preguntas sobre las que no tengo respuesta”, explica Conejero. “No escribo desde la certidumbre. Hay algo común en mi teatro que tiene que ver con el tema del otro, del encuentro con el otro y también con la capacidad sanadora de la ficción, de la palabra. Eso se ve en Cliff, en su empeño por montar La Gaviota para luchar contra sus fantasmas; afirma: “Chéjov nos salvará”, y se agarra a la idea de ese montaje para no precipitarse por ese acantilado con que juega el título. Las dos obras hablan de momentos muy intensos para los personajes, que luchan por no hundirse, por no rendirse. En todos mis textos hay algo de la lucha por la redención, por redimirse y de confianza en el hombre”.

Shakespeare, la corrupción política en España y los artistas son los temas que aborda Casanovas en Ruz-Bárcenas, Un hombre con gafes de pasta y Hey boy hey girl. ¿Qué tienen en común? “El intento de poner en duda preguntas que creo que pueden ser interesantes para el público”. “En Ruz-Bárcenas no decidí que eso era un texto hasta que no encontré un poco de recorrido a Bárcenas, y llegué incluso a entenderlo, que es lo que ha hecho su intérprete Pedro Casablanc. Intentar comprender a ese personaje que, de entrada, piensas que es un capullo. Pero a la vez que descubres que es curte, ves que tiene su manera de pensar, sus miedos, su arrogancia. Lo interesante era convertirlo en algo humano y poner en duda la figura que teníamos dibujada”.

El mundo de los falsos artistas que se creen con talento y son capaces de hacerlo creer a todo el mundo es la idea central de Un hombre con gafas de pasta: “Me sirvió para ponerme en duda a mí mismo, a los que somos creadores, a los que estamos muy seguros de nuestro trabajo, y también para pinchar a los que están al otro lado y tienen miedo. En Hey boy me pregunto sobre las distinciones clasistas que tomamos como normales y puede que al salir de la función consideremos que no son tan normales. Lo que intento es generar la pregunta de: ¿Por qué valoramos a esta gente de este modo? ¿Por qué los primeros 40 minutos de la obra tenemos un juicio sobre ellos y en los últimos 40 tenemos otro juicio?

Para Despeyroux, escribir es una necesidad existencial. “La escritura y el teatro son las principales herramientas que siento que tengo para enfrentarme a la vida, para tratar de comprender mejor lo que me ocurre y lo que ocurre a mi alrededor, para permitir que la realidad y la fantasía se entrelacen de alguna forma fecunda. Cualquier tema que se me cruce en el camino mientras estoy viviendo y escribiendo puede servir, pero los temas de fondo son siempre los mismos: el amor y la muerte, diría yo. Diría que esos son los dos grandes temas de la escritura y de la vida”.

El dramaturgo Alberto Conejero. Foto: MarcosGpunto.

El dramaturgo Alberto Conejero. Foto: MarcosGpunto.

Hablemos de la situación del teatro. “Creo que es de emergencia, con ciertas políticas que están acorralando y acosando todos los espacios del pensamiento”, opina Conejero. “El oficio de dramaturgo es muy inestable, yo no puedo decir que me va mal, sería muy ingrato, porque he estrenado La piedra oscura en el CDN, pero sé que eso es un momento, un momento muy importante del que me siento muy feliz, pero sé que mañana estaré en el mismo sitio. No puedo decir que me vaya mal, pero no tengo ninguna certeza en el futuro. Creo que todos los dramaturgos vivimos con eso, porque es realmente un milagro que haya gente que decida en tiempos tan oscuros apostar por tu teatro, llevarlo a escena, producirlo, interpretarlo, a menudo sin los sueldos que te permitan dedicarte a eso del todo. Ha habido una precarización del oficio teatral. Creo que no debemos conformarnos, que debemos recuperar el territorio perdido que tiene que ver con la dignificación de nuestro oficio y en general de las artes y la cultura en nuestro país. Para un dramaturgo, la muerte es no aprender en el escenario. Yo siempre digo que escribo para el teatro, creo mucho en el teatro escrito, en que se lea teatro, muchísimo en lo literario dramático, pero los dramaturgos sólo aprendemos con el contacto con la otra gente del teatro, de ensayos, de equivocarnos, que una función vaya mejor, que guste más que guste menos y que sea una carrera de fondo. Yo no he llegado a ningún sitio, sigo en el camino, esto es una parada muy feliz, pero no he llegado a ningún sitio. Quiero seguir aprendiendo, escribiendo y ojalá pueda seguir estrenando. No lo sé. Ojalá”.

Para Casanovas, la subida del IVA al 21% ha sido una pésima idea. “No sé si están mejorando sus ingresos, pero están dificultando mucho que la gente pueda mantener una vida profesional con el teatro, aunque a la vez está la esperanza de que hay una creatividad que va en aumento. Hay pocos medios, pero mucho talento. Es terrible cuando un actor, un director, un dramaturgo se queda dos o tres meses parado en su casa. Su capacidad de reacción después baja en picado. Si tú sabes que vas a estar parado tres meses, es mejor coger un rinconcito donde sea y montar una obra en lugar de quedarte en casa. Porque igual la obra sale mal, pero vas a estar entrenando; porque si desenfrenas, te fundes”.

“En época de sequía hay que seguir trabajando, aunque las condiciones no sean las más idóneas” termina Casanovas. “No es lo ideal que haya tantos espacios precarios, porque nadie se puede ganar un sueldo con espacios de menos de 50 localidades, pero a la vez son salas que están generando unos textos que dentro de diez años vamos a poder decir que hay una generación que está marcando una época en España y que nació en este momento. No nació gracias a las instituciones, sino gracias a los autores, que decidieron estrenar una obra hoy, otra mañana, y aprender a base de ver la reacción del público. Esto vale mucho dinero y, ya que no hay dinero y aquí no hay nadie dispuesto a invertirlo, lo tenemos que hacer nosotros, porque amamos el teatro y queremos que crezca”.

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