¿Turistas o viajeros?
19.09.2014

¿Turistas o viajeros?

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Una imagen de Manhattan tomada desde el 'Top of the rock' que visitan miles de turistas todos los años. Foto: Manuel Cuéllar

Una imagen de Manhattan tomada desde el ‘Top of the rock’ que visitan miles de turistas cada año. Foto: Manuel Cuéllar

Es uno de los debates tópicos, sin duda, especialmente después de los periodos de vacaciones. Por eso lo traigo a esta columna, porque los tópicos en los que parece que nos enredamos una y otra vez, sin solución aparente, definen la época en la que vivimos, nuestras fobias y nuestras filias. Y nada más empezar, afirmo: turistas es lo que somos; viajeros lo que soñamos con ser.

Un tópico es, sobre todo, un mito. El del viajero es uno de los más arraigados en nuestro cielo moderno, tan arraigado o más, desde el Romanticismo, que el del escritor y el artista malditos. Huir, desmarcarse, explorar, arriesgarse más allá de los confines conocidos. En realidad podemos remontarnos a los descubridores del 1500. Y, por supuesto, a Ulises. Como todos los mitos, el del viajero es una metáfora de la vida, de sus incertidumbres, sus dolores y sus éxtasis inesperados. Un recorrido sin billete de vuelta, un ir constante a merced de la corriente y a pesar nuestro, porque amamos la aventura, pero sobre todo la vida, y ésta nos lleva inevitablemente hacia la muerte. El viaje es la curiosidad humana en estado puro. Su final probablemente también el nuestro. Quien haya leído a Joseph Conrad lo sabe.

Uno de los mitógrafos (¿se me permite usar esta palabra para designar a un constructor de mitos y mitologías?) más cercanos a nosotros es, sin duda, Paul Bowles. Para él, según explicaba en su novela El cielo protector, publicada en 1949, el viajero no pertenece a ningún lugar, no se apresura a volver a ningún sitio, se desplaza lentamente, sin calendarios, ni agendas, ni documentos de regreso. “No se consideraba un turista. Él era un viajero. Explicaba que la diferencia reside, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”. De entonces acá  –tras On the road, la generación Beat, el nomadismo hippy, el viaje iniciático que premia a los hijos de la burguesía estadounidense, y otros viajes, estos químicos, que no en vano se llaman así, “viajes”—,  nuestra imaginación no ha dejado de soñar con ese abandono de los mapas y despojamiento del alma: a menudo es un recorrido, pero cuanto más intrincados y complejos se vuelven los caminos y, sobre todo, más inevitablemente abarrotados, más deviene esa traslación en el espacio y en el tiempo en recorrido interior, solitario y melancólico. El viajero ya sólo parece buscarse a sí mismo.

Pero imbuidos de mitología, muchos se empeñan en seguir dividiendo el mundo entre viajeros y turistas, como si aún fuera posible. El último que me llamó la atención al hacerlo: un rico empresario de la noche ibicenca, en una entrevista de un semanario del corazón, este mes de agosto –y aquí me permito un inciso: lean las revistas del corazón de vez en cuando, son buen periodismo, aunque los prejuicios nos cieguen, y están llenas de datos difíciles de encontrar que dicen mucho sobre dónde y con quién se codea el poder-. Pues bien, este empresario español de éxito decía en su entrevista, sin asomo de pudor: “En invierno –refiriéndose a él y a su esposa- viajamos para descansar del verano, puesto que para nosotros es temporada alta. Pero viajamos como viajeros, porque somos viajeros, no turistas”.

Desde entonces le doy vueltas a las mismas preguntas: ¿Siguen existiendo los viajeros? ¿Qué es exactamente un viajero en el año 2014? ¿Yo misma, que he leído a Bowles, a Conrad y a Kerouac, soy una viajera o una turista? ¿De verdad es posible ser un viajero en esta época? Poco después viajé a Lisboa, durante unos días, y la respuesta que ya barruntaba, y que he avanzado nada más comenzar, se hizo firme: todos somos turistas, yo y los demás. Ya no hay viajeros, ya no es posible serlo, aunque se quiera.

Todos tenemos planos, equipaje bien guarnecido, un lugar al que acudir a la caída del sol a saciar el hambre y la sed y a descansar para reemprender el camino. Y, sobre todo, todos tenemos billete de vuelta. Seguro que hay excepciones, por supuesto, pero no creo que estén allí donde creemos: para mí, por ejemplo, los nuevos viajeros están hoy en los campos de batalla –los de la guerra y los de la pobreza, la injusticia y la supervivencia. Son los periodistas que inician su periplo porque buscan respuestas, la verdad, como Colón o Vasco de Gama hace cinco siglos, y para que otros conozcan esa oscuridad que habita en mitad de la selva, en el nacimiento de un río. Y que, a menudo, pierden la vida en su viaje. O también activistas de los derechos humanos, investigadores, maestros. Los padres y las madres. Los jueces. El viaje moderno ya no es geográfico, sino moral. Literalmente. Los viejos poetas románticos y Conrad y Bowles y Kerouac también lo sabían y lo afirmaban. Pero aquellos eran otros tiempos y los caminos inexplorados, los campos de yerba, los ríos que todo lo engullen en los rápidos, las junglas y los desiertos, los mercados y las callejuelas malolientes de ciudades olvidadas todavía servían de metáfora. Hoy figuran todos ellos en un catálogo de una agencia de viajes. Y, sí, hay lugares que parecen ubicados en el fin del mundo, pero por lo general pertenecen a lujosos enclaves donde el dinero todavía proporciona a ciertos privilegiados el espejismo de lo intocado.

Yo ya no diría, como Paul Bowles o, más bien, su personaje en El cielo protector, que el tiempo es el privilegio del que viaja de verdad. Hoy ya sólo nos queda la actitud. Sólo nos queda, en realidad, ser humildes. No pensar que un país se consume como un automóvil nuevo, ni se visita como un parque temático. Entender que una ciudad es un lugar vivo donde habita gente que no está de vacaciones, sino que va y viene, compra, come y duerme, en una rutina que cada vez es más parecida a la nuestra, pero no por eso menos respetable. Que los parques, y los tranvías, y las iglesias, y los cafés no son decorados de cartón piedra, sino que forman parte de la vida de la gente, que a su vez no ha sido contratada como figurantes en un espectáculo diseñado para nuestro solo disfrute y holganza. Que nunca, nadie, lo recorrió todo, ni lo visitó todo, ni lo fotografió todo. Y el que lo hizo, en realidad no vio nada porque empezaron a dolerle los pies de forma insoportable, y las fotos eran tantas que ya jamás recordó dónde las había hecho.

Quizá, después de todo, lo que dijo el personaje de Bowles puede seguir siendo válido: la clave es el tiempo, aunque uno tenga que volver. El tiempo de la vida, en la terraza cualquiera de una calle cualquiera de esa ciudad que todos dicen que es maravillosa porque tiene una torre en medio. Quizá no haya que ver la torre si la cola es demasiado larga en la taquilla de los billetes. Quizá haya que sentarse en una esquina y esperar. Y entonces, el viaje nos sale al encuentro. En la puesta de sol de esa tarde, en el olor de un jardín cercano, en el sonido de unas voces en un patio. Quizá son muy parecidos, o los mismos que también una tarde cualquiera percibió Pessoa en su ciudad blanca, o los que Simone de Beauvoir presentía desde la ventana de su hotel parisino mientras escribía, y, por eso, uno y otra amaron tanto las calles que les habían visto nacer.

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Sobre el autor

Elena Castelló
Elena Castelló es periodista. Fue redactora jefe en Dunia y directora de Mujer Hoy, TVMás y Hoy Corazón, en Vocento, durante más de 10 años. En la actualidad colabora con Vanity Fair, Telva, XLSemanal, Mujer Hoy y Hola Decoración. Twitter: @ecastello Facebook: Elena Castelló

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2 comentarios

  • El 20.09.2014 , alpino ha comentado:

    ¿Estamos seguros de que ya no hay viajeros sino los que se juegan el pellejo en una contienda bélica? A mi modo de ver hay dos tipos de viaje: los horizontales -los que realizan los turistas- y los verticales -propios de los viajeros-. El viaje no es un mero desplamiento sobre un eje territorial sino una disposición de ánimo. No hay duda de que es una metáfora muy recurrida a día de hoy. Para saber sobre los confines de un viaje sin desplazamiento físico, te recomiendo leer “Viaje alrededor de mi habitación”, del saboyardo Xavier de Maistre (siglo XIX). Para saber qué es lo que significa en sí el viaje, te recomiendo un ensayo reciente de Patricia Almarcegui: “El sentido del viaje”, que ya publicó un capítulo eldiario.es
    Revisar estos conceptos te puede venir bien a la hora de revisar si somos todos turistas o no. A no ser que tu afirmación fuera sólo un plural mayestático.
    Saludos desde la ladera del Popocatepétetl.

    • El 20.09.2014 , Elena Castelló ha comentado:

      Gracias alpino. Leeré tus sugerencias con fruición

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