Un ‘Caníbal’ español y miradas latinoamericanas de mujer en la tercera jornada del Festival de San Sebastián

Fotograma de Canibal

ZINEMALDIA DREAMING

Tres películas contadas en castellano. Tres títulos rotundos de una sola palabra y que proponen miradas originales, distintas a las del ‘establishment’  de las grandes productoras norteamericanas. Perspectivas distintas que también dan una oportunidad de verdad a la mirada femenina. ‘Caníbal’, ‘Gloria’ y ‘Paraíso’ supusieron un manjar en este tercer día del Zinemaldia 61.

LUIS ROCA ARENCIBIA / MANUEL CUÉLLAR

Puedes seguir a Luis Roca en Twitter y su blog. Luis es también autor de las fotos de la fotogalería.

Día 3, domingo, y salió de playa. De esos días tan alucinantes que todos los telediarios aprovechan para sacar en sus espacios meteorológicos. Pues bien, aún así el Festival de Cine no se resintió. Salas llenas, ir y venir puente arriba, puente abajo, y sudores para llegar de una peli a otra. Si en el día 2 la calle Mayor de la parte vieja registraba una de las mayores colas para ver Las Brujas de Zugarramurdi, ayer a la misma hora le tocó el turno a otra de las españolas más esperadas. De hecho, ayer solo vimos cine contado en castellano. ¿No es maravilloso este festival? 

LO QUE VIMOS

Caníbal. Había mucho, pero que mucho morbo por ver esta película coproducida por España, Rumanía, Rusia y Francia. Las parafilias siempre despiertan muchas bajas pasiones y las bajas pasiones han llenado salas desde que el cine es cine. Se trata de la historia de un sastre que, además, es un asesino que más tarde se come a sus víctimas, siempre mujeres. Arranca este Caníbal de Manuel Martín Cuenca con un larguísimo plano de una gasolinera iluminada en la noche granadina como si fuera una maravillosa foto animada de José Manuel Ballester y como aviso para navegantes de lo que vendrá: un lenguaje cinematogtráfico de largos fraseos y silencios sostenidos, sin concesiones musicales y con una fotografía opresora pero hermosísima.

Pero todos estos ingredientes marcados durante 116 minutos generan tanta presión en la olla que finalmente el público ríe, por no quedar boquiabierto, donde no debería. Pero todo se salva con una impresionante y contenidísima interpretación de Antonio de la Torre, al que en ocasiones el espectador llega incluso a leerle la mente. Una mente negra que transforma la ausencia de remordimientos en atormentada pesadilla por culpa del amor. De la Torre es capaz de transmitir pensamientos con la mirada, con un gesto mínimo y hasta con la ausencia de gestos. Interpreta a un monstruo y él es un monstruo.

Industria y Latinoamérica son los dos polos que quiere reforzar el Zinemaldia bajo la batuta de Rebordinos, director del certamen desde hace dos años, según propia confesión. Sobre eso que llaman industria y en realidad es -en España- un conjunto de artistas y artesanos malacostumbrados por irregulares políticas culturales… Mejor no me extiendo. Ojalá algún día lo sea de verdad. De Latinoamérica dicen que alguien dijo que el mejor cine actual viene de ahí. O si no ha llegado ya, que es que está por llegar. Ayer vimos dos.

Gloria. Solo la interpretación de la imperecedera Aguas de março de Antonio Carlos Jobim y Elis Regina en un momento del filme de Sebastián Lelio vale por esta película entera. Es algo parecido a lo que sucede, por ejemplo, con el Cucurrucucú paloma de Caetano Veloso en Hable con ella de Pedro Almodóvar. La emoción nos encoge. Aunque las películas, en ambos casos, son más que eso. Gloria es una cocción de hits comerciales y melódicos de los ochenta y noventa, que es lo que escucha su protagonista, interpretada por una Paulina García que, gracias a su espléndido trabajo, mereció el Oso de Plata en el pasado festival de Berlín.

El personaje es de los que se recuerdan, aunque la ovación con wows! que recibió al final del pase en el teatro Victoria Eugenia haya sido un poco excesiva. El cine primero es descubrimiento, después enseña. Son sus principales razones de ser. ¡Que viva el cine que muestra cómo son las cosas en las otras mil latitudes, que huye de lo tonto, del mercadeo vulgar, de facilones clichés! Gloria es una cincuentona divorciada en busca de algo que por fin le endulce la vida. Físicamente recuerda a la Tootsie de Dustin Hoffman. Sus grandes gafas retro de pasta transparente son su sello durante casi todo el filme. Y el reverso del perseverante gato sphynx que rechaza al principio, pero después acogerá. Gloria es una madre de dos veinteañeros, simpática y soñadora, con vecino esquizofrénico. Vive en un Chile con estudiantes en lucha y tiene amigos sociológicos que ya no reconocen su país. Y parece que ha encontrado en la disco a un hombre de verdad. Todo cambiará en su vida pero para no cambiar. Así sucede a menudo en los finales del cine contemporáneo.

Gloria es otra al final, sí, pero sus problemas no se han resuelto. Evolucionaron. ¿Les suena esto de algo? Piensen en los propios. Gloria se ha comprado gafas nuevas y baila desaforadamente la canción homónima de Umberto Tozzi. Quizás el resultado de sus angustias la hayan hecho más bailona. Los finales felices ocurren solamente en el cine. Pero en otro cine que no es el latinoamericano.

Paraíso. Las historias bonitas contadas sin pretensiones funcionan casi siempre. O casi siempre… si son capaces de llegar a las salas con las condiciones debidas… Paraíso es una película de directora joven, la mexicana Mariana Chenillo, contada con exceso de lugares comunes en el guion. Le falta novedad, sí, pero es limpia y noble. Exhibe un gran sentido del humor y está espléndidamente interpretada en sus papeles principales. Y logra emocionar un domingo a las nueve de la mañana a una sala abarrotada por un público mayoritariamente muy joven. Carmen (Daniela Rincón) y Alfredo (Andrés Almeida) forman una joven pareja mejicana que se traslada de la ciudad de Satélite a la capital. Se aman desde los créditos. Pero su despreocupada gordura en los ambientes sofisticados del D.F. no es igual de bien vista que en su ciudad de origen. Y ella -que se identifica con un pez globo de la tienda de animales («fíjate, parece un pájaro», le dice a Alfredo)- se agobia. Y pone manos a la obra. Los resultados, a la postre, jugarán en su contra.

La mirada femenina sigue sin estar suficientemente representada en las pantallas. Así ha sido desde que el cine es cine y si ha habido políticas en los últimos años -me consta muchísimo bla bla bla al respecto- no han servido absolutamente para nada. ¿O para tan poco que es como si fuera nada? Siempre hay un momento para esperar que se pondrán los medios para que la cosa funcione. Mientras llega, este filme sencillo de chica con sobrepeso que cocina igual de bien que siente, es otro ejemplo de cine de directora, protagonista y sensibilidad femeninas que merecería que existieran los canales adecuados para poder verse. En España no los hay.

Crónica de la segunda jornada

Crónica de arranque del Zinemaldia

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