01.03.2016

Una cura de realidad en el Thyssen (segunda parte con los Wyeth)

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Jamie Wyeth. Retrato de Andrew Wyeth, 1969. Foto: Peter Ralston.

Jamie Wyeth. Retrato de Andrew Wyeth, 1969. Foto: Peter Ralston.

El Thyssen se rinde esta temporada a la realidad. Tras Los realistas de Madrid, le toca el turno ahora a la primera retrospectiva en Europa sobre Andrew Wyeth (1917-2009) y su hijo Jamie (1946), destacados representantes del realismo americano del siglo XX. Más de 60 obras procedentes de instituciones públicas y colecciones privadas, algunas de ellas nunca antes expuestas en público, permiten conocer la producción de estos dos artistas, así como detalles de su vida y de su capacidad creativa. Los Wyeth forman una dinastía de artistas iniciada por el abuelo, continuada por el padre, Andrew, el héroe nacional del realismo americano y, finalmente, Jamie, el hijo que cierra la saga.

El comisario de la muestra, Timothy J. Standring, conservador de pintura y escultura de la Gates Foundation del Denver Art Museum, visitó durante cuatro años los lugares donde crearon sus obras padre e hijo, y así nació la idea de esta exposición: Wyeth: Andrew y Jamie en el estudio, con el objetivo de mostrar cómo en ocasiones el trabajo de ambos discurría en paralelo, se complementaba o, incluso, servía para plantear desafíos entre ellos. “Tenía una vaga idea de juntar a Andrew y Jamie y tratar de lo que hacían en el estudio, de cómo trabajaban y cómo abordaban la creación artística”, escribe Standring en el libro catálogo de la muestra. Jamie Wyeth ha logrado con Stranding una complicidad de la que ambos presumen. Si Stranding se toca con una gastada gorra de beisbol, Jamie Wyeth luce abundante cabellera blanca coquetamente despeinada y viste para su presentación en el museo madrileño un atuendo curioso: americana azul con pantalones bombachos que dejan ver los calcetines-medias de rombos.

Contemporáneo de Hopper, pintor de escenas cotidianas en la época de Einsenhower, Andrew Wyeth fue el pintor más conocido por los estadounidenses. Admirado y querido como un héroe nacional por el público que veía en él al retratista de su vida, de sus paisajes. Eight Bells, su casa en Chadds Ford, llamada así en homenaje a la pintura de otro héroe nacional, Wislow Homer, fue el lugar de donde nunca se movió. Tomo del impresionismo los sentimientos y del realismo de Edward Hopper, el modelo para plasmar el modo de vida americano. El presidente Richard Nixon le describió como un hombre “que ha alcanzado el corazón de América”. El mundo de Cristina, (1948), actualmente en la colección del Moma, su pintura más conocida y que jamás sale del museo de Nueva York, en la que aparece una mujer arrastrándose hacia la casa lejana del acantilado, es pura secuencia de Hitchcock. El paisaje retratado por Wyeth en el que se ve una granja, una colina y la torturada figura de una jovencita al pie de la colina, se convirtió en parte del vocabulario visual de Estados Unidos de la posguerra, e hizo de Wyeth, de 32 años, una estrella mediática.

Andrew Wyeth. 'Mi joven amiga, 1970'. Museo Thyssen-Bornemisza

Andrew Wyeth. ‘Mi joven amiga, 1970’. Museo Thyssen-Bornemisza

Andrew Wyeth alcanzó pronto la celebridad como pintor de paisajes, y de la costa del Estado de Maine. Fue un niño prodigio. A los 20 años ya era famoso. Nada más inaugurar su primera exposición individual en la Macbeth Gallery de Nueva York en 1937, vendió las 23 acuarelas que exhibía. Pocos años después, en 1943, fue incluido en una muestra de Realistas americanos y Realistas Mágicos en el Museo de Arte Moderno (Moma) de Nueva York. La consagración le había llegado sin pretenderlo.

Su padre, Newell Convers Wyeth, al que la familia se refiere siempre por sus iniciales N. C. Wyeth, fue uno de los más famosos ilustradores del país, autor de libros clásicos como La isla del tesoro o Robin Hood, se encargó de adiestrarle en el dibujo. Lo logró enseguida y en vez de seguir los pasos de su progenitor y enrolarse como portadista del Saturday Evening Post, no aceptó la oferta de la editorial y dejó que fuera Norman Rockwell quien consiguiera el cetro de retratar a la ordinary people de América.

Andrew investigó todas las formas de la pintura. Primero fueron las acuarelas, luego la técnica del pincel seco, arte en el que consiguió casi la transmutación con Durero. Andrew contaba que el artista alemán se le había aparecido en un sueño y fue tal su obsesión por él que empezó a firmar las obras con sus iniciales, A. W., con el tipo Times New Roman que utilizaba el artista alemán. Wyeth pintaba con pintura al temple, con técnicas casi de alquimista al modo de los pintores del Renacimiento. Aplicaba en tableros enyesados una combinación de pigmentos minerales molidos, yema de huevo y agua destilada. “Quería algo más intenso que la acuarela, un medio puro. Quería algo que pudiera masticar durante varios meses seguidos, algo en lo que pudiera sumergirme”.

Sus cuadros de desnudos llegaron tarde pero hicieron famosas a sus modelos; una de ellas, Helga, vecina del pintor, apareció en 246 obras, unos apuntes, dibujos y acuarelas que el libidinoso escritor John Updike, vecino de la zona del Maine, confesó que le ponían a mil por hora. La ingente cantidad de desnudos hechos de forma clandestina durante 15 años sin que ni Jamie ni su mujer supieran de su existencia le planteó una situación algo incómoda cuando se hicieron públicos. De golpe, el artista nacional tenía un pasado que a los puritanos vecinos del pintor les costó asimilar.

Andrew fue un maestro en la pintura de ventanas, cestas de frutas, puertas. Sus acuarelas de vacas reflejan un dominio de la técnica increíble. Con el pincel seco logró algunas pinturas hiperrealistas admirables, como Faraway (Lejanía) (1952), un retrato de su hijo Jamie de niño con gorro de piel de mapache a lo David Crockett. Faraway la empezó como una acuarela. A medida que avanzaba, modificaba la técnica y la acabó al pincel seco. Su mayor anhelo en ocasiones era responder a los críticos que decían que cultivaba el “dichoso realismo de cada hoja de hierba”, que su “obsesión por el detalle” era “un truco irrelevante”, que sus cuadros no pasaban de ser “una especie de dibujos coloreados” y demostrarles que sus lienzos eran dignos de considerarse obras maestras.

Andrew Wyeth. 'El Alemán, 1975'. Colección privada.

Andrew Wyeth. ‘El Alemán, 1975’. Colección privada.

Andrew Wyeth. 'Durmiente nocturno, 1979'. Colección Privada.

Andrew Wyeth. ‘Durmiente nocturno, 1979’. Colección Privada.

Jamie Wyeth (1946) siguió los pasos de su padre en la pintura. El trabajo de ambos discurría en paralelo, se complementaba o incluso servía para plantear desafíos entre ellos. Eran obsesivos. Andrew decía: “Soy un fanático de la pintura. No hay nada que signifique más en mi vida que pintar. Cuando encuentro un buen motivo, soy feliz, pero luego desciendo a los infiernos hasta que atrapo el tema”. Juntos trabajaban en el estudio; el hijo veía al padre preparar las pinturas, trazar los bocetos. Como su padre, Jamie comenzó a dibujar desde muy niño y con su tía Carolyn tomó algunas lecciones de dibujo. Fue Carolyn la que le inculcó la pasión por los animales. “Mi padre me advirtió: vida y pintura nunca deben separarse. Es como comer, respirar, dormir”.

Entre padre e hijo abarcan un siglo de dedicación a la pintura. Timothy J. Standring sostiene que el diálogo artístico entre ellos existió pero con resultados distintos. “Compartían una misma sensibilidad Los dos trabajaron en Pensilvania, Delaware y Maine, y en un relativo aislamiento del mundo artístico. Aunque fueron niños prodigio, los dos dedicaron miles de horas a dominar el oficio, y a buscar –hasta encontrarlo– el universo que querían mostrar a los demás. Se formaron como si fueran aprendices, asimilando los fundamentos mediante ejercicios de progresiva dificultad: dibujando cubos, esferas y pirámides para dominar el claroscuro, estudiando los elementos de la composición en sus dibujos, su método no era muy distinto del de John Cage, cuya música se basa en sonidos producidos por instrumentos de todo tipo pero siempre sujetos al control de una idea determinada. Aquellas lecciones les enseñaron lo importante que eran la disciplina y el trabajo intenso para transformar la destreza técnica en creación artística, y ambos reconocían que sin la primera raras veces se consigue la segunda”. Andrew reconoció la rivalidad entre padre e hijo, lo confesó en una entrevista: “Lo quiera o no, compito con mi hijo. Simplemente porque existo y soy pintor. Él no aparece por mi estudio. No quiere ver lo que estoy haciendo. Y en cierto modo espera que no lo esté haciendo”.

Standring sostiene que ambos podían ser obsesivos. “Andrew esperaba continuamente que apareciera otra idea visual, y cuando aparecía empleaba cualquier superficie para fijarla, por rudimentario que fuera el dibujo. En el caso de Jamie, su constante curiosidad le impulsaba a llegar hasta la esencia de lo que pintaba, fuera lo que fuera. Para ambos, hacer arte rozaba lo adictivo. No podían estar sin producir. El viaje artístico giraba siempre en torno a la forma de poner a su servicio los materiales y las técnicas. Los dos utilizaron la técnica y los materiales de una manera muy heterodoxa. Andrew dejaba que la pintura goteara sobre hojas extendidas en el suelo que no le importaba pisar. Jamie dibujaba y pintaba en cartón y contrachapado, en ambos casos sin imprimación”.

Jamie consiguió finalmente diferenciarse de Andrew, repitiendo la experiencia de su padre que, a su vez, logró encontrar un camino independiente del abuelo. A Jamie le gustaba pintar animales como si pintara personas. Esas ovejas que llama Lady; cerdos, bueyes; perros, muchos perros. Andy Warhol se sintió fascinado por el joven Jamie y este le correspondió retratándolo. En la Factory warholiana, Jamie hizo algunos retratos curiosos como el de un joven Arnold Schwarzenegger. Pasado el tiempo, ha descartado volver a pintar retratos.

A Jamie le gusta la teatralidad, la fantasía en la pintura. En la última sala de la exposición,n sus cuadros son sueños de la razón, casi pinturas abstractas.

Tras la muerte de su padre, Jamie confesó tener un sueño recurrente en el que él, su abuelo y los artistas Winslow Homer y Andy Warhol se asoman a los acantilados de Monhegan Island. De momento, él lo hace a los infiernos que pinta llenos de gente o a esos siete pecados capitales que encarnan unas ocas a picotazos.

Y como un plus a la exposición se exhiben en la primera planta del museo 27 fotografías de la francesa Joséphine Douet que durante años ha retratado los lugares y motivos que aparecen en las pinturas de los Wyeth. Su objetivo ha sido captar el misterio y la esencia del trabajo de los artistas, recorriendo las colinas de Chadds Ford y descubriendo a sus vecinos en la actualidad. “No sólo he construido relaciones cercanas y profundas con la gente, sino también con antiguos modelos de Andrew Wyeth, como Helga, su musa secreta durante 15 años”. Una buena manera de cerrar el círculo sin despeñarse por los acantilados.

‘Wyeth: Andrew y Jamie en el estudio’, se puede visitar en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid hasta el 19 de junio.

Andrew Wyeth. 'Christina Olson, 1947'. Myron Kunin Collection of American Art.

Andrew Wyeth. ‘Christina Olson, 1947’. Myron Kunin Collection of American Art.

Andrew Wyeth. 'El roble', 1944. National Gallery of Art. Donación de Edward Hyde Cox.

Andrew Wyeth. ‘El roble’, 1944. National Gallery of Art. Donación de Edward Hyde Cox.

Andrew Wyeth. 'Hierba pisada', 1951. The Andrew and Betsy Wyeth Collection.

Andrew Wyeth. ‘Hierba pisada’, 1951. The Andrew and Betsy Wyeth Collection.

Jamie Wyeth. Andy Warhol trabajando en la serie Pis', 2007. The Phyllis and Jamie Wyeth Collection.

Jamie Wyeth. Andy Warhol trabajando en la serie Pis’, 2007. The Phyllis and Jamie Wyeth Collection.

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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2 Comentarios

  • nestor Dice:
    01.03.2016

    Extraordinarios plásticos realistas y siempre se comprueba lo de 10% inspiración y 90% de trabajo y sudor.

  • giordano bruno Dice:
    01.03.2016

    Me ha gustado mucho, un artículo-reportaje que a pesar de ser largo, te atrapa y se lee muy bien y demuestra una gran clase y entendimiento en la autora. Espero ver más artículos tuyos.

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