13.12.2016

Use Lahoz, cómo hacer una buena novela sobre la lucha de clases

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El escritor Use Lahoz. Foto: Manuel Cuéllar.

El escritor Use Lahoz. Foto: Manuel Cuéllar.

Tras haber ganado el premio primavera con ‘El año en que me enamoré de todas’, Use Lahoz retoma su personal camino como narrador con ‘Los buenos amigos’ (Destino), donde vuelve al terreno que le ha hecho ganarse merecida fama como uno de los mejores escritores de su generación.

Su casa de Malasaña bien podría ser la de alguno de sus personajes. Esos personajes que crea, que le caen bien o mal, de los que sería amigo, amante o enemigo y que se cruzan de una novela a otra porque todos forman parte del mimo universo: el de su autor. “Así los sigo manteniendo vivos”, habla de ellos como si fueran sus hijos, unos recién nacidos de los que costara separarse. Use Lahoz siente que la Barcelona de la segunda mitad del siglo XX es su hogar tanto como su propia casa y las novelas, ese manual donde poder aprender cómo nos comportamos los que venimos a llamarnos seres humanos. Al fin y al cabo, las novelas son una suerte de documentales.

Acaba de publicar Los buenos amigos. En ella reúne lo mejor de sus tres novelas anteriores y hace girar a sus personajes en torno a la problemática de la lucha de clases. Una lucha de clases que se resguarda bajo el paraguas de unos amigos que, como si fueran de distintas razas, acaban traicionándose. Pues eso, una suerte de documental.

La amistad siempre toma fuerza en tus novelas ¿Qué hubiera sido de tu obra sin tus amigos?

Un libro lo escribe uno, pero con la ayuda de mucha gente. Por un lado van las novelas, pero por otro va la vida. Los griegos decían que la amistad, la filia, era la recompensa mayor que podía tener un ser humano en la vida. Yo esa recompensa en mi vida personal la he recibido con creces. Esta historia no tiene nada que ver con esto, porque los amigos protagonistas lo que hacen es traicionar la amistad. Como la amistad es el bien más preciado, conviene no traicionarlo, ellos lo hacen y así les va. Pero lo traicionan porque yo, que soy el escritor, quiero que lo hagan porque para mí la literatura viene del conflicto. Lo que más me interesa es poner en juego personajes que en el camino se vayan encontrando con unos dilemas morales cuanto más importantes mejor.

Hace años contabas que Santiago Cádiar (protagonista de ‘La estación perdida’) se te iba de las manos, hacía cosas que te daban rabia, ¿te ha vuelto a pasar?

Sí, es duro porque he procurado que los personajes tengan un marco de transformación muy grande. Hay personajes a los que quieres de niño, pero después cada vez menos, porque van empatizando menos. Estos son los personajes más interesantes para un escritor, no sólo porque hacen lo que quieren, que casi siempre es algo malo, sino porque sabes que gracias a ellos la novela va a hacer daño y a doler. Su personalidad va a sufrir unos giros que son muy interesantes para la trama. Hay otros personajes con los que tienes más afinidad: yo aquí admiro a Cecile y a Lucía, que son mis personajes favoritos, con los que me iría a vivir. Y sin embargo Sixto y Vicente son los más contradictorios, los más perversos, los que menos empatizan con los demás, incluso conmigo…, pero son a su vez los más interesantes.

¿Es de todas tus novelas las que más duele?

Sí, desde luego. Y la que tiene una intención más literaria. Es la que más me ha gustado y la que más he disfrutado. ¿Por qué? Porque es el resultado y la consecuencia de La estación perdida y Los Baldrich. Si Los Baldrich era una novela sobre una familia desestructurada y burguesa en Barcelona, La estación perdida era la novela de unos buscavidas emigrantes, obligados a buscar la felicidad con lo poco que tenían. En esta novela están esos dos mundos, están las familias más pudientes, está la pobreza, están todas las clases sociales, todos los sentimientos y todos los bandazos a los que nos somete la vida. Es la que más me ha costado, la que más he disfrutado y yo creo que es la mejor.

Barcelona es siempre un personaje, pero crece de distinta forma según la novela.

Claro, con Los Baldrich se ve desde un lado más burgués y aquí se ven otros barrios. Cuando digo que es la más ambiciosa es que he ampliado el abanico de escenografías. Vuelve a aparecer Espalión, que ya aparecía en La estación perdida, vuelve a aparecer Barcelona, pero es una Barcelona del barrio chino, que a mí me interesa porque es mi universo. Y sí, es un personaje, pero es que es mi universo, un escritor escribe siempre su memoria sentimental y mi memoria de la infancia está en Barcelona, que es una ciudad muy propicia para las novelas. La segunda mitad del siglo XX en España se entiende a partir de la emigración, España deja de ser rural para convertirse en urbana y las ciudades atrajeron a mucha gente que vino de los pueblos; entre ellos están mis personajes. Está la Barcelona obrera, la Barcelona pobre, la Barcelona de empresas, está la Barcelona aristócrata… Es una Barcelona más amplia.

Aparece un hotel, allí están todas las clases sociales: la burguesía y los trabajadores…

El tema de la novela es la lucha de clases. A partir de ahí van apareciendo otros como la amistad, la amistad traicionada, la familia –que para unos es una cárcel y para otros un amparo- la ambición, el dinero, la fatalidad…

Los sucesos históricos no toman tanta relevancia como la evolución de la cultura popular: las canciones, los comercios, cómo le va al Barça… ¿Ubican mejor los detalles que los grandes acontecimientos?

Son pequeños detalles para ambientar la trama. No me interesan tanto los hechos históricos como los dilemas morales de los personajes, como sus conflictos. Una historia necesita ser ambientada y ese tipo de detalles hacen que yo me lo crea más. No tendría sentido ambientar ni detallar una época si la historia no es buena; de lo que se trata es de contar una historia lo más interesante posible con unos personajes lo más definidos posible. Luego ya viene el envoltorio, la escenografía y la época. A mí me gusta mucho leer novelas en las que reconozco los lugares, las calles, los edificios.

El escritor Use Lahoz. Foto: M. Cuéllar.

El escritor Use Lahoz. Foto: M. Cuéllar.

Sin embargo, en el ámbito rural te inventas los pueblos…

Porque todos los pueblos se parecen y cada ciudad es distinta a la anterior.

El año en que me enamoré de todas’ fue un punto y a parte en tu trayectoria.

Lo más importante para un escritor es la libertad creativa. En ese momento me apeteció hacer una novela de formación. Mi universo literario es el de Los Baldrich, es el de La estación perdida y es el de Los buenos amigos, ésta es la senda que yo voy a seguir y la literatura que me interesa. En un momento determinado hice un paréntesis para hacer una novela de formación. Los buenos amigos es más interesante porque es una novela de novelas, es una novela de formación, luego viene una novela de aprendizaje, de descubrimiento, después es una novela de aventuras o más bien de desventuras y acaba casi como un thriller. Este es mi camino.

¿Te ves escribiendo dentro de 20 años con nostalgia sobre los tiempos de hoy?

Seguramente sí, porque del mismo modo que escribo de mi infancia ahora es probable que escriba con nostalgia de mi juventud, ahora que ya tengo 40. Cuando uno se pone a escribir una historia no dice: “voy a escribir esto porque estoy nostálgico de mis años de infancia”. No. Uno escribe llamado por una historia, que hay que ambientarla y hay que contarla lo mejor posible. Cada historia requiere de su punto de vista, su etapa, persona narrativa, etcétera. El ser humano tiende a la melancolía, a la nostalgia… Lo ideal sería que no existiera. Como decía Kierkegaard, la vida se vive hacia adelante pero se comprende hacia atrás. Entonces si la novela sirve para prepararnos para la vida y para entender mejor la vida, creo que será inevitable que recuerde esta época.

Una de las citas de la novela es “…lo que no se sabe no hace daño”, ¿qué es lo que ocultas como narrador?

Muchas cosas, porque uno nunca acaba de conocer a alguien. Todos tenemos secretos que no decimos, y me parece bien porque no tenemos por qué saberlo todo de todo el mundo. La literatura es el arte de saber callar a tiempo. Hay momentos en que cierro la puerta. Cuando un personaje se encierra con una puta en un burdel, cierro la puerta porque ya sabemos qué es lo que va a pasar. Y el lector también. No hay que tomar al lector por tonto.

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Sobre el autor


Enrique Llamas es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Formado en emisoras como Cadena SER, Inforadio u Onda Cero, actualmente aprende y trabaja en Acerca Comunicación y programa los actos culturales del Colegio Mayor Isabel de España.

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