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‘Creer y destruir’. Intelectuales y académicos al servicio del horror nazi

Por Antonio García Maldonado, el 15 de junio de 2017, en Europa General guerra fría Holocausto judaismo libros literatura muerte segunda guerra mundial

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El autor repasa el papel de los intelectuales del nazismo que ‘sustentaron’ en la ideología milenarista y el resentimiento su infame papel en los organismos represores del Tercer Reich. Para ello lee con atención y analiza ‘Creer y destruir’, un libro reciente del historiador francés Christian Ingrao que repasa la lista de los principales intelectuales nazis y valora el papel esencial que el milenarismo germano y el trauma de la Primera Guerra Mundial jugaron en la barbarie hitleriana.

Hace escasos días, el periodista y escritor Ramón González Férriz publicó una interesante columna dedicada al auge y la caída de los intelectuales. O de su influencia y de su papel como referentes capaces de guiar y movilizar a la opinión pública. Ciertamente, la llegada de las redes y la tecnologías de comunicación han dispersado (otros dirían “democratizado”) las voces que analizan su tiempo y, al mismo tiempo, lo conforman. Como apuntaba Férriz, es difícil pensar hoy en un intelectual de 40 años con la influencia que en su día tuvieron Isaiah Berlin o Sartre. No es tanto que no haya intelectuales como que el ecosistema digital hace difícil identificarlos.

Coincidió mi lectura de su columna con ‘Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado), del historiador francés Chirstian Ingrao (1970), y no lamenté tanto esa pérdida de influencia. El libro analiza el papel que varias decenas de jóvenes académicos alemanes jugaron durante el Tercer Reich en los órganos centrales de la represión del Estado nazi. No tanto qué barbaridades cometieron, sino cómo las justificaron con un sustrato intelectual y qué experiencias históricas y personales pudieron llevarles a semejantes planteamientos. Hay algo desalentador en la verdad incuestionable de que las lecturas, el conocimiento profundo de la historia o la filosofía, no vacuna contra las ideologías criminales. Las causas más objetivamente deleznables han tenido o tienen intelectuales sustentándolas, desde Al Qaeda al (salvando la infinita distancia) supremacismo de algunos asesores de Trump, pasando por el aislacionismo albanés en la Guerra Fría. Y recuerdo ahora la lectura de Y llegó la barbarie. Nacionalismo y juegos de poder en la destrucción de Yugoslavia (Ariel), del profesor granadino José Ángel Ruiz Giménez. Un libro desconcertante que recalca el papel que los intelectuales de las distintas repúblicas de Yugoslavia jugaron en la desintegración de la federación y en la posterior guerra de los Balcanes.

La academia al servicio del terror  

El libro de Ingrao comienza con una frase digna de ser subrayada que explica bien qué hicieron y el dilema que su comportamiento nos plantea: “Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas”. Estos intelectuales estuvieron al servicio de las SS en sus distintos organismos (SD, RSHA, Gestapo) sin descuidar sus intereses académicos. Fueron ellos los que proporcionaron a la intelligentsia alemana la justificación para las invasiones bálticas, rusas o la eliminación de los judíos. Se formaron en las universidades más prestigiosas del país, como las de Leipzig o Heidelberg (“las universidades no fueron para ellos únicamente lugares de estudio”), y eso les reforzó el sentimiento de agravio tras la derrota de la Primera Guerra Mundial. Las eminencias académicas reforzaron su interés en la mitología germánica, los convencieron de la naturaleza alemana de los territorios aledaños a un Reich que veían disminuido. La seguridad patológica en su causa les llevó a ver en el nazismo y la Segunda Guerra Mundial una guerra defensiva. Conviene aclarar que el autor no menciona a los intelectuales que (injustamente o no) asociamos al Tercer Reich, como Ernest Jünger o Martin Heidegger, sino que centra su estudio en académicos desconocidos (con justicia, diríamos) en nuestros días como Ernst Turowsky, Heinz Gräfe o Werner Best.

Es admirable el trabajo de hormiga que ha hecho Ingrao en los archivos de las SS, desde donde rescata numerosos testimonios de esta distorsión. “Mi primer combate fue contra la chusma y el segundo contra la basura”, escribe uno de ellos refiriéndose a los comunistas y a los separatistas de algunas regiones alemanas tras el armisticio con la Entente en 1918.

El trauma y el silencio de la Primera Guerra Mundial

El libro de Ingrao se cuestiona sobre el gran misterio contemporáneo que es el nazismo. ¿Cómo pudo prender una ideología criminal en la sociedad más culta del mundo? Que aún no hay una respuesta determinante al asunto se ve claro en la atención que prestamos a las distintas hipótesis (algunas más sólidas que otras) que nos ofrece la televisión generalista en documentales o el cine con grandes producciones. Y el éxito de muchas novelas. Tema inagotable, pero no agotador, porque el nazismo aún no se comprende. Y este libro nace de esa extrañeza, y de la tesis doctoral del autor, que ha hecho un trabajo que uno imagina extenuante en los archivos.

La hipótesis (estamos lejos aún de llegar a la categoría de tesis) se sustenta en el peso definitivo que el trauma de la Primera Guerra Mundial tuvo en esa generación de posteriores intelectuales, nacidos durante la primera década del siglo XX. Una de los descubrimientos del autor tras revisar archivos personales, públicos y memorias, es la llamativa falta de referencias al hecho mismo de la Gran Guerra, y el exceso en cambio de divagaciones y asertos sobre los “derechos germánicos” previos en según qué territorios, como los Sudetes, Polonia o el Báltico, o a los padecimientos de la posguerra, el humillante Pacto de Versalles y las “traiciones” de la República de Weimar.

“La mitad de la población alemana habría conocido la experiencia del duelo familiar” tras la guerra, de modo que “todo contribuye a hacer de la experiencia de la pérdida –temporal o definitiva– de los hombres enviados al frente un trauma masivo”, escribe. Incluso la industria del juguete de entreguerras estaba volcada en el apoyo a la movilización, el enaltecimiento del soldado y el milenarismo germano. La cultura cotidiana aplaudía la guerra y a sus mártires. En su repaso a los escritos de estos intelectuales, Ingrao se percata y explica la ausencia de relatos específicos de las batallas: “El silencio no expresa lo insignificante de la experiencia; al contrario, el silencio no es insignificante, es un indicio: el del trauma”, porque la sociedad alemana “discute apasionadamente tanto de los orígenes como de las consecuencias del conflicto pero no de su desarrollo, actitud colectiva rayana en la inhibición”. Es aquí donde el autor ve una de las claves de bóveda del nazismo posterior.

Un libro apasionante, que arroja luz pero también sumerge en la tiniebla aún inexplicada –quizá inexplicable– del nazismo. Dos hechos me asombran sobremanera del libro: que algunos de los profesores de estos “intelectuales” fueran judíos, y que algunos de estos ideólogos aún vivan y sean mis contemporáneos.

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Comentarios

Hay un comentario

  • 21.08.2017
    julio manuel rodriguez mariño dice:

    Es la cortina mas negra que tiene la humanidad desde su aparición sobre la tierra, eso y la cortina española , acaso Millan Astray estaba errado en su famosa frase delante de uno de los intelectuales de la época, la respuesta estará en libro de Garcia Maldonado.

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