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Argentina (II): el fiscal Nisman disecciona las cloacas globales

Por Antonio García Maldonado, el 9 de marzo de 2017, en América Latina argentina crónica General guerra fría Holocausto Israel muerte

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Atentados contra la Embajada israelí en Argentina.

Atentado contra la AMIA en Argentina.

El autor continúa y culmina su serie de dos artículos sobre Argentina. Hoy, a través de los atentados de 1992 y 1994 contra la Embajada israelí en Argentina y la AMIA, habla de las cloacas del Estado argentino durante los años de Menem, la penetración de Hezbollah e Irán en América Latina, y de las pistas sobre la muerte del fiscal Nisman en 2015, quien investigaba estos sucesos. 

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A finales de 2007, cuando vivía en Argentina, encender la televisión para ver las noticias significaba enfrentarse a un tema invariable, no importaba el canal que uno pusiera: gran parte de la programación giraba en torno al extraño maletín con casi 800 mil dólares que el empresario venezolano-estadounidense Guido Antonini Wilson había intentado ingresar ilegalmente en Argentina a través del aeropuerto metropolitano Aeroparque en Buenos Aires. Llegó hasta allí en un vuelo procedente de Caracas, y desde un principio el empresario fue acusado de traer dinero negro de Venezuela, por orden de Hugo Chávez, para financiar la primera campaña electoral de Cristina Kirchner. En su declaración ante el FBI, Antonini Wilson afirmó meses después que el dinero provenía de la ruinosa petrolera estatal PDVSA.

Aquello se convirtió en un culebrón que acabó con Antonini Wilson colaborando con las autoridades norteamericanas en Miami y delatando a varios intermediarios venezolanos y a un uruguayo residentes en Estados Unidos que, presumiblemente, eran o actuaban como agentes de Venezuela. La relación entre Argentina y Estados Unidos fue mala durante los gobiernos kirchneristas de Cristina, y este caso planeó durante los ocho años de la presidenta, que por supuesto negaba los hechos. El caso era tratado como contrabando, financiación ilegal de partidos, injerencia de potencia extranjera en proceso electoral, etc., pero no pasaba el estrecho límite del escándalo político local, regional si acaso, pero de una escala menor en un país y un subcontinente carcomido por corrupciones de nivel incomparable. Yo, desde luego, no le daba mayor relevancia. Craso error.

Atentados contra la Embajada israelí y la AMIA en Buenos Aires

Otro tema menos frecuente pero que siempre planeaba en la información periodística era el de las investigaciones que aún había en curso en relación a los atentados terroristas que se produjeron en 1992 y 1994 contra la embajada israelí y la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires. En el primero habían muerto 22 personas y 242 habían resultado heridas. 85 personas murieron y unas 200 fueron heridas en el segundo. Con apenas 18 meses de diferencia, ambos hechos se habían traspasado el dudoso honor de ser el peor atentado terrorista en América Latina hasta la fecha.

Los dos atentados se habían producido en un contexto particular, y dieron pie a todo tipo de teorías de la conspiración. Para unos, la pista había que buscarla en el antisemitismo nacional argentino, alentado por la facción extremista o “carapintada de un ejército que se resistía a dejar sus últimas cuotas de poder en Argentina. A ellos señaló el presidente Carlos Menem en sus primeras declaraciones tras la embestida criminal contra la Embajada. Los “carapintada” ya le habían amenazado con asonadas, y la acusación no parecía una locura dado el historial antisemita de la extrema derecha argentina, aliada del nazismo prófugo en la posguerra mundial. El segundo atentado, el de la AMIA, produjo una conmoción aún mayor, y la reincidencia en tan poco tiempo agravaba los lamentos. Menem, desbordado, pidió públicamente disculpas en un mensaje a la nación. Ordenó una investigación, y a partir de aquí las versiones difieren en su relato, pero todas las hipótesis consistentes (hay algunas delirantes que hablan de una “autobomba” puesta por los propios judíos) señalan a un mismo culpable: Irán y el terrorismo islamista.

Hubo un primer libro, Cortinas de humo (hoy descatalogado), coordinado por el argentino Jorge Lanata y el norteamericano Joe Goldman, que apareció en septiembre de 1994, apenas unos meses después del segundo atentado. Recreaba minuciosamente qué pasó entre el atentado de la Embajada y el de la AMIA. ¿Se había investigado seriamente sobre la autoría del primero? ¿Se tomaron medidas para evitar el segundo? ¿Había amenazas permanentes contra ambos lugares? Y, sobre todo, ¿cómo y quién lo hizo? Sus tesis no son concluyentes, pero sí señala la pista iraní. Aunque, sobre todo, este primer instant book muestra la calamidad de investigación criminal y forense que se llevó a cabo en ambos sucesos. Improvisación, desidia, contaminación de la escena del crimen.

Las pistas siria e iraní

El 18 de enero de 2015, las noticias informaban de que Alberto Nisman, el fiscal encargado del Caso AMIA, había sido hallado muerto en su casa, supuestamente tras cometer suicidio descerrajándose un tiro en la sien en su apartamento de Puerto Madero, un barrio lujoso a las espaldas de la Casa Rosada, en Buenos Aires. El impacto de la noticia fue tremendo, y aún hoy el asunto sigue siendo motivo de agrias polémicas en los medios argentinos. ¿Se suicidó? ¿Lo mataron? Aunque en un principio la del suicidio fue la tesis oficial, nadie sostiene ya que Nisman se matara. Fue asesinado, pero, ¿por quién? ¿Las propias cloacas argentinas? ¿Irán? ¿Por qué era tan peligroso este fiscal?

Alberto Nisman se disponía a presentar en las horas siguientes una denuncia contra la presidenta Cristina Kirchner por “fabricar la inocencia” de los supuestos terroristas iraníes que, dirigidos por el agente de la inteligencia iraní en Buenos Aires Moshen Rabbani, habrían cometido ambos atentados. Según esta hipótesis de la pista iraní, desde la cúpula del régimen de Jamenei se habría decidido castigar a Argentina por la cancelación del programa de asistencia nuclear que Menen, presionado por los norteamericanos en plena Guerra del Golfo, se habría visto obligado a decretar. Nisman iba a acusar formalmente a la presidenta de haber pactado, a través del Memorándum de Entendimiento con Irán (firmado en 2013 en Addis Abeba, Etiopía), la impunidad de los responsables iraníes identificados a cambio de acuerdos comerciales ventajosos para Argentina en un momento económico de crisis. Pacto que implicaría también, sottovoce, retomar la cooperación en temas relacionados con el programa nuclear iraní.

Antes, en 2001 y 2002, en plena crisis política y económica nacional, la justicia echó por tierra la primera tesis del juez federal Juan José Galeano, que hubo de dejar la carrera al demostrarse que había sobornado a un turbio comerciante relacionado con el temido (por corrupto) cuerpo de policía de la provincia de Buenos Aires para fabricar una pista falsa sobre el atentado contra la AMIA. Existe un vídeo con la supuesta confesión del comerciante, que luego se demostró comprado para declarar lo que el juez le pidió y así establecer una teoría que implicaba a delincuentes nacionales relacionados con la policía. Esta “pista local” habría sido supuestamente tramada para quitar el foco de la “pista Siria”, que implicaba a hombres cercanos al presidente Menem (de orígenes sirios), cuyo hermano era embajador en Damasco y mantenía contactos con personas cercanas al grupo terrorista libanés chií Hezbolá. En dicha trama habrían estado involucrados el propio presidente Menem, parte de su familia, su ministro del Interior Carlos Corach, el secretario de Inteligencia Hugo Anzorreguy, así como una miríada de funcionarios menores de la Secretaría de Inteligencia (SIDE) y de otros organismos públicos.

La investigación estaba viciada desde el principio y Nisman se disponía a señalar uno a uno y con pruebas en qué había consistido el montaje, quiénes eran los culpables y quiénes y por qué les encubrían. Esa protección habría partido de la Casa Rosada, de la presidenta, y se canalizaba a través de Luis D’Elía, un sindicalista y político extravagante en sus maneras populistas exacerbadas, peronista “descamisado” que había sido uno de los apoyos más firmes y movilizadores del kirchnerismo. Las escuchas que se han ido filtrando a los medios muestran conversaciones inquietantes antes de la muerte de Nisman entre D’Elía, funcionarios iraníes nerviosos por la demora en la ratificación parlamentaria del Memorándum, y agentes encubiertos de la SIDE. En dichas charlas –que forman el esqueleto en el que Nisman iba a basar su acusación– las evidencias de complicidad en el encubrimiento al más alto nivel parecen difíciles de refutar.

¿Cuál es la tesis del fiscal Nisman?

Nisman no sólo iba a acusar de encubrimiento a la primera magistratura de su país. También explicaría la trama de encubrimiento desde los tres poderes del Estado. Y, sobre todo, se disponía a mostrar las pruebas que señalaban a Rabbani, a Hezbolá, a Irán. Expondría el papel de la legación iraní, la impunidad con la que operó durante los 80, sus nexos con el traficante de armas sirio (como Menem, y ahora vecino conocido de Marbella) Monzer Al Kassar, el juego ventajista que los funcionarios de Teherán en Argentina habían hecho de los usos y costumbres diplomáticos con sus visas y valijas, así como las deficiencias de las investigaciones argentinas de ambos atentados. No es de extrañar, a este respecto, que los israelíes enviaran tras ambos hechos sus propios equipos de investigación a la zona.

El escenario de la propia muerte del fiscal se convirtió en una prueba del fracaso técnico y político que iba a denunciar. A su apartamento acudieron equipos que (ante las cámaras) contaminaban la escena agarrando las pruebas sin guantes, pisando los charcos de sangre, abriendo puertas sin cuidado. Uno de sus asistentes informáticos admitió que le proporcionó el arma a petición del fiscal, que le dijo que se sentía amenazado, pero también determinado a llegar hasta el final. Nadie, ni siquiera el kirchernismo al que Nisman pensaba denunciar, defiende la tesis del suicidio.

Hay dos enfoques predominantes claros, que se dejan ver en los debates apasionados –o directamente agrios y desagradables– que desde la muerte de Nisman se suceden en programas especiales en las televisiones argentinas. Especialmente interesantes son los de Jorge Lanata, periodista estrella, autor de aquel primer libro antes mencionado, Cortinas de humo, aunque su posicionamiento es claro: hay que investigar a los culpables y a los cómplices locales. Su interés es la política argentina, contrariamente al enfoque que aplica el israelí de origen argentino Gustavo D. Perednik, amigo del fiscal Nisman. En su libro Matar sin que se note (publicado en 2009, pero retocado tras la muerte del fiscal), Perednik defiende una aproximación geopolítica al asunto: Irán es culpable como país, Hezbolá fue su instrumento, y América Latina tiene un problema inadvertido de fundamentalismo islámico centrado en un núcleo de la Triple Frontera (Brasil, Argentina, Paraguay) que irradia violencia a través de unas fronteras porosas o inexistentes que permiten todo tipo de entradas y salidas, bien de productos, dinero negro, drogas o terroristas.

Perednik, que se ha fajado en numerosos debates de televisión estos años defendiendo sus tesis y las de Nisman, da numerosos datos, recrea con detalle lo sucedido y critica el enfoque nacional de otros periodistas como Lanata. Para el escritor israelí, estamos ante terrorismo internacional patrocinado, defendido, impulsado por Irán a través de Hezbolá (sin demasiados matices, algo que en muchos puntos devalúa el libro), y el encubrimiento argentino no deja de ser algo secundario en una trama global mucho más relevante de la que siente la necesidad de alertar al mundo. Ambos libros se complementan bien desde sus enfoques antitéticos y desde la distancia temporal en la que fueron escritos. Uno busca culpables en la región, en las cloacas argentinas; el otro ve un complot global que es necesario desenmascarar en todo el mundo. Ambos, sibilinamente, se critican en público.

El fiscal era, sin duda, el hombre que sabía demasiado. Y el que había “molestado” a demasiados. El grupo Memoria Activa sigue exigiendo que se esclarezca la verdad de los atentados de la Embajada y de la AMIA, y ahora ha sumado a la causa la búsqueda de la verdad de lo ocurrido con Alberto Nisman. Hay demasiados intereses en juego: la estructura del Deep State argentino, la influencia de Irán y Hezbolá en América Latina, las relaciones del clan Menem con Siria y Al Kassar, el papel de la crisis económica, el equilibrio de poder en Siria, e incluso la lucha entre suníes y chiíes. Todo eso, quién lo diría, en América Latina, una región que cualquiera imagina fuera de la geopolítica relacionada con el fundamentalismo islamista.

El maletín y el acuerdo Argentina-Irán

Para mi sorpresa, en 2015, la revista brasileña Veja publicó una noticia que vinculaba el mencionado maletín de Antonini Wilson retenido en 2007 con el acuerdo encubierto entre Argentina e Irán. Según varios funcionarios venezolanos declararon a Veja, el dinero habría sido pactado por la intermediación chavista como compensación por el encubrimiento argentino, y como parte del acuerdo de intercambio de cesión de tecnología nuclear. Así, lo que parecía un burdo movimiento más de dinero negro en una región en la que las financiaciones electorales ilegales son norma (yo así lo creí entonces), parece formar parte de una trama internacional de alcance mayor.

Los atentados, el encubrimiento y la muerte del fiscal parecen resultados fatales de la conjunción de fundamentalismo islámico, corrupción política e intereses geoestratégicos de pesos pesados en un contexto internacional en el que Irán y su nuevo encaje en la comunidad internacional pesan más que otras investigaciones y víctimas.

Kissinger en Argentina. Realpolitik sin paños calientes. O eso parece. El caso está lejos de cerrarse, si es que puede cerrarse.

 

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