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García Sánchez: “Todo en el caso JFK es esperpéntico si antes no fuera insultante”

Por Antonio García Maldonado, el 6 de abril de 2017, en crónica guerra fría javier garcía sánchez Kennedy libros literatura magnicidio muerte nixon norman mailer Oswald

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Kennedy en Dallas, poco antes de morir asesinado.

En la jerarquía de los misterios, seguramente la pregunta sobre el porqué de la vida y el origen del universo ocupen los primeros lugares, pero no andaría muy lejos la pregunta que varias generaciones llevan haciéndose sin hallar respuesta satisfactoria: ¿quién mató a Kennedy? El magnicidio del presidente americano, el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, ha obsesionado a muchos, pero eso no ha hecho más discernible establecer quiénes fueron los culpables, cuáles fueron las motivaciones y cómo lo hicieron.

Estas eran las preguntas clave que, haciendo el gesto de la enumeración con la mano, el exagente de la CIA al que daba vida Donald Sutherland en la mítica JFK  de Oliver Stone le pide al fiscal Garrison (al que interpretaba Kevin Kostner) que se plantee. ¿La Mafia en venganza por las investigaciones en su contra que llevaba a cabo su hermano, el fiscal general Robert Kennedy? ¿Los castristas? ¿Los soviéticos? ¿La CIA en venganza por no apoyar la invasión de Cuba en Bahía Cochinos? ¿El lobby armamentístico que denunció Eisenhower en su discurso de despedida? ¿Una joint Venture de esa amalgama de perjudicados por el joven y flamante presidente? El escritor Javier García Sánchez (1955) se ha hecho todas estas preguntas y se ha sumergido minuciosamente en todos los datos. Su trabajo ha dado como resultado Teoría de la conspiración. Deconstruyendo un magnicidio, un monumental libro de investigación sobre el asesinato de Kennedy que debe estar entre lo mejor de una bibliografía particularmente extensa y variopinta sobre el tema.

La Comisión Warren (llamada así por el magistrado y presidente del Tribunal Supremo que la presidió) estableció una verdad oficial que decía que un solo tirador, Lee Harvy Oswald, disparó a la lenta comitiva de descapotables tres tiros certeros en pocos segundos desde un almacén de libros. ¿Las razones de Oswald? Su fanatismo marxista, agravado tras haber vivido en la URSS. Es una versión más asumida que aceptada, y solo la creyeron los que la dieron a conocer y algunos escritores y periodistas con más ganas de epatar que de aclarar, como fue el caso de Norman Mailer en su (por lo demás, genial) Un misterio americano.

La extraña muerte de Oswald, acribillado pocos días después en una comisaría de Texas rodeado de policías a manos del mafioso arruinado Jack Ruby (vida magistralmente narrada por Don Delillo en Libra), la revelación de la famosa película en súper 8 de Abraham Zapruder en Life, más la desclasificación de algunos documentos y la confesión de supuestos implicados –algunos de ellos aparecían más tarde en el escándalo del Watergate–, hizo que se instalara en la opinión pública un estado de sospecha permanente, hasta hoy. Como la que sentía Alvy Singer en Annie Hall, una obsesión por las inconsistencias de la tesis del tirador solitario y la ‘bala mágica’ que le impedían concentrarse para hacer el amor con su novia.

Casi todos los que hemos leído algunos libros sobre el tema y visto algunos documentales, series y películas, hemos experimentado una sensación similar de atracción casi fatal por este asunto, un interés patológico por un misterio que solo conoce dos respuestas posibles: la chapuza exitosa (la tesis de la Comisión Warren) o la de la Conspiración, así en mayúscula, a la que alude el libro de García Sánchez, que descarta rotundamente la tesis oficial: “Ese es el nombre de la mentira que nos restriegan por la cara desde hace cincuenta años: Oswald”.

¿Cuál es tu tesis del magnicidio?

Bueno, de ahí las seiscientas y pico páginas, e ilustradas, de Teoría de la Conspiración, todas y cada una de las cuales están pensadas y escritas para refutar el Informe Warren, o sea la mentirosa versión oficial respecto a lo ocurrido en Dallas aquel 22 de noviembre de 1963. Aunque la lista de los posibles autores del complot sufrió variaciones, la CIA coordinó todo meticulosamente desde años antes del magnicidio. Sólo que les salió mal que Oswald no muriera cuando debía, y por tanto hablase. Poco pero suficiente. Por eso estamos hoy aquí, hablando de él…

En 2013, coincidiendo con el aniversario del asesinato en Dallas, salieron varios libros sobre la muerte de Kennedy, alguno realmente bueno, como ‘Caso abierto’, de Philip Shenon. ¿Qué aporta tu obra a una bibliografía tan extensa?

A principios de ese año me di cuenta de que ya no llegaba a tiempo para concluir un borrador que tenía sobre el tema, que era ficción. Dije: “Me espero a ver qué sale…”. Y lo que salió –valdría para películas, documentales, reportajes, etc.– fue un puñetazo en pleno rostro: volvíamos a 1963. Ni palabra de testigos liquidados por decenas, ni palabra de la CIA. De verdad, un delirio y una ignominia. En tal sentido me gusta decir que mi libro, además de ser una especie de indagación forense, con la excusa de Dallas, en torno a la mentira, o a la capacidad que posee el ser humano de adaptarse a ella, es una pura y documentada pataleta.

Oswald no fue el tirador bajo ningún concepto. ¿No lo fue porque no lo hizo o porque era imposible que lo hiciera una sola persona?

Ambas cosas. No fue porque casi con absoluta seguridad él no disparó, pero es que además, y esto quedó probado ya en los años setenta, hubo disparos, por lo menos, desde tres sitios, quizá cuatro. Este tema de los disparos de alguien que ni sabía disparar y encima aborrecía las armas, daría para otro libro… ¡Todo en el caso JFK es así, esperpéntico si antes no fuera insultante!

El libro que Norman Mailer dedicó al magnicidio, y que yo leí hace muchos años, cuando aún no sabía demasiado sobre el asunto, me sonó convincente. ¿Por qué no vale la tesis de Mailer, que dice que sí fue Oswald y que actuó solo?

A ver… Mailer convenció y sigue convenciendo hasta tal punto que ése es precisamente el problema. A ti te convenció, pero a mí me embrujó. Pienso, como entonces, que acaso sea el texto más hermoso escrito nunca sobre el magnicidio. El problema es que Mailer, luego de ofrecernos durante el libro innumerables pruebas de que Oswald no era ni bobo, ni un buen tirador, ni por supuesto comunista, reconoce que carece de sentido lógico. Pero es aún más insoportable la idea de un Oswald inocente. Eso, como la connivencia de la CIA y la Mafia durante décadas, no terminan de digerirlo en los USA. Mailer ha marcado la pauta de pensamiento de varias generaciones de intelectuales, asimismo hartos ya de tanta conspiración y fantasmas. Yo lo cuestiono todo, así es.

Estás más cerca de la tesis del fiscal Garrison y Oliver Stone, plasmada en la película de éste. ¿Qué datos nuevos hay desde la fecha del filme hasta hoy? ¿Lo que hemos sabido refuerza esa tesis?

Desde mitad de los noventa, a mi entender, la única conmoción interior del caso JFK –aunque ello nunca llegó a trascender en exceso– fue la evidencia de que Lyndon Johnson participó en el complot a través de su hombre para los “asuntos sucios”, Malcolm Wallace. También, en el momento del final de sus vidas, una decena de ex-agentes de la CIA, por fin reconocieron que ellos lo habían hecho. Y punto. Repito que a la postre de nada ha servido.

Insistes en que los norteamericanos prefirieron no saber, que es la única razón para que esto siga “tapado”. ¿Por qué?

Cuando en los años noventa quedó demostrada la participación de “sectores” del poder –Inteligencia, económicos, militares, etc.– en el magnicidio, solo cabía aceptarlo con la catarsis consiguiente (como hicieron los alemanes tras el nazismo o en Sudáfrica con Mandela) o volver a ese Oswald enigmático que, así lo creo, les alivia en parte en su conciencia. Pero Oswald siempre vuelve…

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