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Papa Francisco, a secas. El extraño nombramiento de Juan Pablo I

Por Antonio García Maldonado, el 3 de Noviembre de 2016, en cine Iglesia libros magnicidio muerte

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Raf Vallone interprete a Juan Pablo I en 'El Padrino III'

Raf Vallone interprete a Juan Pablo I en ‘El Padrino III’.

El autor habla del uso correcto del nombre del Papa Francisco sin utilizar ordinal alguno, a diferencia del modo en que se nombró y se conoció a Juan Pablo I, cuyo papado duró apenas 33 días y que Coppola retrató tangencialmente en ‘El Padrino III’. El autor relaciona este fallo a la hora de nombrar a Albino Luciani con las hipótesis sobre su muerte. ¿Pensaban ya en el segundo Juan Pablo?

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Una de las confusiones más extendidas durante la intensa cobertura periodística de la elección del Papa Francisco tuvo que ver con su nombre. Los más de 5.000 periodistas se dividieron entre los que optaron por llamarlo Francisco y los que le añadían el ordinal I. Federico Lombardo, jesuita como el Sumo Pontífice y director de la oficina de prensa de la Santa Sede, se apresuró entonces a aclarar que, al ser el primero, la numeración carecía de sentido. Había que llamarle Francisco, a secas, y parece que los medios y los fieles así lo empezaron a hacer.

La confusión era natural. Al fin y al cabo, después de 2.000 años, son pocos los santos o personajes históricos que no han sido precedidos ni precedieron a otros con su nombre. De hecho, la mayor dificultad para el público tras la elección del pontífice anterior a Francisco fue saber la manera correcta de referir el sello de la reiteración histórica: ¿Benedicto Dieciséis? ¿Benedicto Decimosexto? Si no se enteró, ya da igual. Basta ahora con Papa Emérito. Sin embargo, hay ejemplos contradictorios y algún antecedente confuso. ¿Por qué se habla de Napoleón a secas y, en cambio, de Juan Carlos I? Las normas de la Iglesias, en cualquier caso, sí son claras al respecto.

Pero, entonces, ¿por qué se habló de Juan Pablo I desde el comienzo de su breve papado en 1978? Quizá la Iglesia no tenga demasiadas ganas de aclararlo. Al fin y al cabo, Albino Luciani sólo llevó el nombre papal durante 33 días, y su muerte se produjo en circunstancias muy extrañas y sospechosas. Su nombre fue, de hecho, una de las pistas a las que se agarraron aquellos que creen firmemente que Juan Pablo I fue asesinado por su intención de dar a conocer los sucios negocios que se traía entre manos el instituto de Obras Religiosas (popularmente llamado Banca Vaticana), dirigido por el opaco arzobispo estadounidense Paul Marcinckus.

Cuenta el padre Jesús López Sáez en su libro Juan Pablo I. Caso abierto (Sepha, segunda edición en 2012) una escena interesante. Al ser elegido Sumo Pontífice a los 66 años y con una salud razonablemente fuerte, y aún en La Sixtina, al ser preguntado cómo quería llamarse, Luciani respondió sin dudar: Joannes Paulus. Sin embargo, la respuesta que le llegó le causó extrañeza: “Serás conocido como Joannes Paulus Primis”. Luciani matizó: “Al ser el primero, no corresponde utilizar el ordinal, pero dado que así me habéis nombrado, lo acepto”. Ahí comenzó la confusión, que ni siquiera recogió Coppola en su recreación del Cónclave que eligió a Juan Pablo I en El Padrino III. Ralph Valone dice querer llamarse Joannes Paulus Primus. ¿Acaso pensaban ya en el segundo?

¿Cómo pudo equivocarse un arzobispo, acostumbrado a las leyes de la Iglesia y preparado para esta función clave en la organización milenaria como es preguntar el nombre al nuevo Papa? Esa duda es la que llevó a muchos partidarios de la teoría de la conspiración a pensar que, desde el momento en que fue elegido, aún en la capilla, Luciani era hombre muerto. ¿No recuerdan al arzobispo de Nueva York de El Padrino? “Debe entenderlo”, decía nervioso al teléfono, “este Papa tiene ideas muy diferentes a los demás”.

Cuenta el periodista norteamericano Robert Katz en su magistral crónica ‘The Saddy Deals of God´s Banker’ (publicada en España en el libro Madoff & Cia, ed. Errata Naturae, y que tuve el lujo de traducir) que las intenciones de Luciani eran quitar a Marcinckus y a su gente el control del Banco Vaticano, para lo cual había encargado un informe sobre el que basar su decisión. En dicho documento se relataban los delitos económicos y no económicos que, bajo el amparo de la Iglesia y en conexión con el Banco Ambrossiano y diversos paraísos fiscales, se habían cometido.

No hubo tiempo. Juan Pablo I murió de un infarto mientras dormía apenas un mes después de ser elegido. Eso anunciaron. No padecía enfermedad coronaria alguna, y su rictus al morir era de extraña paz y no de intenso dolor. Curiosamente, la profecía de San Malaquías sobre este Papa hablaba de “De medietate Lunae”, esto es, el Papa de la Media Luna, y no duró mucho más en la silla de Pedro. Esta escena sí la recogió finalmente Coppola, que además incluyó una verdad que la Iglesia intentó ocultar: quien va a despertar al Santo Padre y lo encuentra muerto no es un asistente (varón), sino una monja de su servicio cuando iba a llevarle el desayuno.

Esta historia fue también novelada por David Yallop en En nombre de Dios (Planeta, 2008), que añade que Paul Marcinckus no sólo no acabó muerto como su alter ego en el cine, sino que fue amablemente enviado a una archidiócesis en Texas. A su caso se uniría posteriormente el de Marcial Marciel, fundador de los Legionarios de Cristo y probado pederasta. Juan Pablo II, además del ordinal, se ganó el sobrenombre de El Protector. Visto estos ejemplos, parece razonable la insistencia de Federico Lombardo en que a Francisco no se le añadiera ordinal alguno.

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