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Sobre la generación que batalló y decidió (erróneamente) callar

Por Antonio García Maldonado, el 19 de octubre de 2017, en crónica España Europa General libros literatura madrid republicano segunda guerra mundial

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Viñeta de ‘Los surcos del azar’, de Paco Roca.

Un repaso por esa generación que calló sus luchas —en la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra Civil española…— para no remover episodios que tanto dolían y para sobreproteger a hijos y nietos. No es un reproche del autor, pero sí un acercamiento a una de las causas por las que las nuevas generaciones mantienen una relación tan ‘naif’ con el pasado y juzgan y hablan con tanta frivolidad o ensimismamiento de la historia en curso, de la que ahora mismo estamos haciendo, sin contextualizar, ni relativizar, ni sopesar.

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Desde hace unos años, en Navidad y en verano suelo mantener conversaciones con un familiar político británico sobre olvido, memoria, historia. Compartimos el interés por todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial, y hablando sobre determinado libro, me comentó que su abuelo había formado parte de las Fuerzas Expedicionarias que fueron evacuadas de Dunkerque, en 1940, en la conocida como Operación Dinamo. Un prodigio militar, pero también uno de los episodios más trágicos y desmoralizadores de la primera parte de la guerra. Su abuelo había participado en esa gesta (escribir derrota sería impreciso), que forma parte de la identidad política británica del siglo XX. No es casualidad que Christopher Nolan rodara una magnífica y costosa película sobre estos hechos en un momento en el que Reino Unido mira atrás con tanta nostalgia. Ahí está el Brexit, apoyado sobre todo por los más mayores.

Me contó que su abuelo, que tenía 25 años cuando se produjo la encerrona en la playa francesa, era el más mayor de su unidad, y que volvió a casa destrozado físicamente, pero que decidió callar. No contaba nada de lo que había visto. Le pregunté a mi amigo por qué, y él y su padre lo achacaban a los deficientes conocimientos psiquiátricos que había entonces: quizá el consejo era que no se comentara para no volver a atraer los fantasmas. A su regreso de la playa, fue asignado a un departamento relacionado con la propaganda. En Dunkerque se habían ganado muchos el derecho a no volver a ver un fusil en toda la guerra.

Leyendo el cómic Los surcos del azar, de Paco Roca, me encuentro una escena similar. En una viñeta, el malencarado y exiliado veterano de “La Nueve” (la 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada de la Francia Libre, la División Leclerc, compuesta por 150 republicanos españoles, una de las primeras en entrar en el París liberado) rehuye hablar con el autor, a quien dice: “Todo eso son cosas de viejos, ¿a quién interesan ya?”. Roca apela al heroísmo del veterano, al reconocimiento público que merece, pero él solo repite que está cansado y que le dejen tranquilo. “Yo creo que deberían interesarles a todos, para que no volvamos a sufrir algo así”, insiste el autor. De este cómic, su proceso de investigación y creación, así como la liberación de París, hay actualmente -y hasta el día 9 de diciembre- una exposición en el Centro Eduardo Úrculo, en Madrid.

Pero, sobre todo, el de su abuelo era un gesto de generosidad. Tanto la generación de nuestra posguerra como de la Segunda Guerra Mundial, decidieron callar por nosotros. Los baby boomers tuvieron padres silenciosamente traumatizados, y me pregunto si eso no fue un error que hoy pagamos. Nos acolcharon demasiado el mundo, hasta el punto de que hoy mi generación padece un ensimismamiento llamativo. Nuestra escasa relación afectiva con la historia, la falta de contexto con la que juzgamos todo, deriva en un malestar no siempre justificado.

En muchos casos, de niño caprichoso. Y en una utilización sonrojante de apelativos como “fascista” (¡a quién no se lo han llamado alguna vez estas semanas!) o de conceptos como “libertad” u “opresión”. La épica de cartón piedra en una democracia consolidada es una señal de ignorancia, pero quizá también reflejo de una necesidad humana más profunda: la de relatos y fábulas que nos dan una versión simplificada pero veraz del mundo, que consolidan y acrecientan cierta sensación de comunidad perdurable ante tanto cambio y la velocidad de los acontecimientos.

Mi abuelo materno falsificó su fecha de nacimiento para poder enrolarse en la Guerra Civil, y tampoco contaba nada de su experiencia en el frente en Córdoba. Dedicó su vida a la medicina y a la malacología. Cuando las urgencias de una España con escasos médicos y muchos padecimientos se lo permitía, buceaba en el Mediterráneo malagueño en busca de moluscos y fósiles, algo que se presta a una metáfora facilona con la memoria de la guerra. Pero él la “olvidó”. Décadas después supimos algo más porque uno de mis hermanos se empeñó en conocer los detalles, pero siguió siendo un tema espinoso porque casi nadie quería hablar.

Mi amigo virtual Juan Rey es uno de los responsables de la muestra basada en el cómic de Paco Roca, y me escribe: “Comparto plenamente tu reflexión. En mi caso, viví ese silencio en primera persona puesto que fue mi padre el encargado de mantenerlo respecto a su participación en la Guerra Civil. Era falangista en Madrid, tenía 18 años y solo se le ocurrió unirse al alzamiento encerrándose en el Cuartel de la Montaña. Apenas contaba algo más que ese dato, pero luego supimos que aquello, y especialmente la matanza que tuvo lugar en el patio del cuartel, le traumatizó de por vida, y de qué manera. Sin embargo, haciendo bueno aquello de que a un español le pones una alcachofa delante y te cuenta todo lo que quieras saber y lo que no, le contó superficialmente su experiencia a Ronald Fraser cuando vino a España en los años 70 para preparar su libro Blood of Spain (“Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Una historia oral de la Guerra Civil española”). Pero en casa, nada o casi nada, por más que como en tantas familias españolas de los años 60 y 70 la Guerra Civil era una especie de invitado perpetuo que siempre parecía estar ahí de una manera u otra, como si fuera un pariente que no se sabe si vive o si está muerto”.

Lejos de mi intención culpar a la generación que hizo la guerra y dio la vida (y los que sobrevivieron, no solo la juventud, aunque callaran su sufrimiento), pero hay lecciones que extraer, e historias que merecen y deben ser contadas. Sigue Juan Rey: “Un caso que me resulta paradigmático es el del autor de Flags of our fathers, que Clint Eastwood llevó al cine. Era el hijo de unos de los flagraisers, los marines que levantaron la bandera en el monte Suribachi en Iwo Jima, y escribió el libro (con ayuda) porque su padre nunca le contó su experiencia allí, tan marcado como había quedado por lo que pasó en aquella espantosa batalla. El silencio, aparentemente, le ayudó a sobreponerse o, por lo menos, a sobrellevar el horror. Fue el hijo el que tuvo que contarlo al tiempo que se enteraba por otras fuentes de lo que había sido aquello“.

Dudo que a ellos ayudara callar el horror que vieron, pero de lo que estoy seguro es de que a nosotros nos ha perjudicado que no nos lo contaran a menudo.

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Comentarios

Hay 5 comentarios

  • 19.10.2017
    montse grau dice:

    Hay que tomar en cuenta como afectan los traumas personales y que efecto tienen en los oyentes cuando se dicen si es sucede mas o menos en el mismo tiempo en que han sucedido. El horror en bruto es dificil de sobrellevar. Tal vez habria que tener en cuenta como se enlaza lo personal con lo colectivo.
    Creo que es una tarea intergeneracional. Los nietos pueden escuchar mejor a los abuelos que los hijos…hay una distancia para entender el dolor…
    tema complejo y de grandes consecuencias..

  • 19.10.2017
    Joaquín dice:

    Mi abuelo combatió en la Guerra Civil. Nunca quiso hablkar de su experiencia, al contrario que los protagonistas de ‘Recuérdalo tú y recuérdalo a otros’ ¡Qué gran libro!, mejora cada año que pasa. Podría convertirse en una serie de novelas gráficas estupendas… Con tu permiso, Antonio, invito a tus lectores a leer mi reseña de ‘Los surcos del azar’, el novelón gráfico de Paco Roca https://despuesdelhipopotamo.com/2014/01/01/roca-surcos-azar/ Un saludo cordial.

  • 19.10.2017
    Santiago Martín Solera dice:

    Pienso también en L´art de volar de Altarriba y Kim. La temática es la misma. Tenemos una necesidad -y me incluyo, porque estoy haciendo un documental, después de descubrir hechos de mi propia familia tras la muerte de mi madre; https://viajedemaria.wordpress.com/category/jose-sinde-gomez/page/2/

    -de contar lo que no pudieron o no quisieron contar nuestros abuelos o nuestros padres. O de homenajearlos. O de enterrarlos o desenterrarlos de fosas comunes, en algún caso. Esa necesidad es política y personal. Creo que no se pueden separar; al menos, en este caso.

  • 21.10.2017
    José Luis dice:

    De acuerdo en todo el artículo excepto en esto que has escrito sobre Dunkerque: “…esa gesta (escribir derrota sería impreciso)”.
    No es impreciso llamar derrota a Dunkerque, fue una derrota. Las tropas británicas tuvieron que reembarcar de vuelta a casa porque no podían parar el avance alemán. De hecho, creo que conocerás que Hitler ordenó a su generales rebajar la presión en el frente y permitir a los británicos reembarcar. Si los alemanes hubiesen seguido apretando como al principio los británicos no hubiesen podido ni regresar, hubiese sido un desastre peor del que ya fue.

    Lo de llamar gesta a las derrotas es algo que se hace mucho. En España se recuerda la “gloria” de Trafalgar, por poner un ejemplo, y fue una derrota total. Por no hablar de la “gloria” de la derrota en Santiago de Cuba ante la armada estadounidense.

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