100 años de Delibes en una magnífica exposición en la Biblioteca Nacional

Los 100 años de Delibes en una magnífica exposición en la Biblioteca Nacional

El escritor Miguel Delibes en su despacho.

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El 17 de octubre se cumplen cien años del nacimiento del escritor Miguel Delibes. La Biblioteca Nacional, junto con la Fundación Delibes y Acción Cultural Española (AC/E), lo celebra con una gran exposición con más de 200 documentos, algunos inéditos, que descubren el lado más humano del escritor. Recorremos la muestra de la mano de su comisario, el escritor y periodista Jesús Marchamalo.

Mi abuelo era un gran lector de Delibes. Entre los libros que rescaté de su biblioteca conservo la cuarta edición de la novela La sombra del ciprés es alargada, con la que inauguró su flamante carrera literaria en 1947 al ganar el Premio Eugenio Nadal, como se llamaba entonces. Es el volumen 38 de aquella colección Áncora y Delfín de la editorial Destino con las tapas enteladas en azul y el título estampado en el lomo con letras doradas. Cuando meto la nariz entre sus páginas rugosas vuelvo al largo pasillo alfombrado de la casa de mis abuelos, a su olor a madera encerada y a polvo. ES PROPIEDAD, pone tras enumerar las sucesivas ediciones de la novela. Y luego hay una escueta dedicatoria del autor: “A mis padres. A mi mujer. A mi hijo”. Y se me ocurre que si hubiera añadido: “Al campo”, resultaría un compendio de la manera de entender la vida que alumbra cada página del autor vallisoletano.

Este mes Miguel Delibes cumpliría 100 años y la Biblioteca Nacional, junto con la Fundación Delibes y Acción Cultural Española (AC/E), han organizado esta exposición en cuya entrada, impreso en un panel gigante, Delibes mira con ojos burlones y media sonrisa las enormes letras amarillas que forman su apellido en el panel opuesto. “Esta foto me encanta, porque no pertenece al canon de la imagen un poco seria que siempre tenemos del escritor”, comenta Jesús Marchamalo, escritor, periodista y comisario de esta muestra, que me acompaña en el recorrido y que acaba de publicar en la editorial Destino El libro de Miguel Delibes, que en estos días llega a las librerías.

“Espera un momento”, dice, “vamos a acostumbrar los ojos antes de entrar”. Más allá se adivina un espacio matizado y cálido igual que un cuarto de estar, donde las luces van revelando vitrinas y paneles, y sonríe satisfecho al añadir: Queríamos huir del típico estilo hagiográfico de las exposiciones de personajes y el diseño ha quedado precioso, elegante y acogedor”. En 1999 Marchamalo ganó el Premio Miguel Delibes de Periodismo, conoció al escritor en su casa y comenzaron una relación amistosa a través de las cartas que se cruzaron durante diez años. Para el catálogo de la exposición, además de una biografía detallada de Miguel Delibes, Marchamalo ha reunido textos de Joaquín Araújo, Sergio del Molino, Pilar Adón, Jiménez Lozano, Martín Garzo, Mateo Díez, Bernardo Atxaga, Lola Herrera y José Sacristán, entre otros.

Ángeles de Castro, esposa de Delibes, preside la primera sala de la exposición en el retrato que le hizo Eduardo García Benito: una mujer elegante con vestido rojo que daría título a la novela Señora de rojo sobre fondo gris de 1991, y al monólogo que el actor José Sacristán ha llevado a los teatros en los dos últimos años, y con el que ha anunciado que se despide de los escenarios. “Ángeles era una gran lectora que compraba dos o tres libros a la semana, y gracias a ella Delibes empieza a leer a autores como Shakespeare, Stevenson, Leopardi, Chejov”, me cuenta Marchamalo ante algunos volúmenes encuadernados en cuero que formaban parte de su biblioteca. Dos de ellos están abiertos y muestran las líneas manuscritas con las que registraba la fecha en la que Ángeles los adquiría: “Me lo regaló Miguel hoy 2 de noviembre”. “Lo compré con dinero que me dio Miguel.”

La vitrina contigua muestra la máquina de escribir Hermes Baby que le regaló cuando se casaron, cuando aún no era escritor, y de la que saldrían los primeros artículos y manuscritos. “Toda esta sección es una especie de álbum familiar donde contamos que Ángeles y Miguel tuvieron siete hijos, y que él también provenía de una familia numerosa”, dice Marchamalo mientras observamos fotos encantadoras y algunos documentos antiguos: un retrato con sus padres y sus siete hermanos, Delibes niño en su pupitre del colegio, con sus compañeros de clase, con su familia en la playa de Suances, su partida de nacimiento o el boletín de calificaciones.

Original manuscrito de ‘Cinco horas con Mario’. Foto: Fundación Miguel Delibes.

Y después me explica la historia familiar de los Delibes como si me contara un cuento: “Su abuelo Frédéric Delibes, sobrino lejano del compositor Lèo Delibes, vino para trabajar en el tendido del ferrocarril que va desde Alar del Rey a Santander, pero tardaron tanto en hacer el túnel de Molledo que le dio tiempo a enamorarse de Saturnina, la abuela de Delibes, y casarse con ella. Luego montó en Valladolid una serrería de la que salió el tablado del Teatro Calderón y un montón de molinos harineros. La herencia de este abuelo es lo que Delibes llamaba su educación francesa: al contrario de lo que solía hacer la burguesía vallisoletana de entonces, que era meterse en los casinos a leer y fumar puros, los Delibes estaban siempre al aire libre y desde pequeños todos aprendían a nadar o a montar en bicicleta”.

La vida sencilla en la naturaleza

Toda esa pasión por la vida sencilla en la naturaleza se refleja en libros como Mi vida al aire libre o Mi querida bicicleta, donde Delibes relata cómo su padre, que era un apasionado ciclista, le decía para enseñarle a montar que no mirase nunca la rueda, y cómo luego él no sabía pararse. Un verano en su juventud hizo casi 100 kilómetros hasta Sedano, el pueblo de Ángeles, para ir a verla. Y más tarde, cuando ya era catedrático de Derecho Mercantil, iba en su bicicleta cada mañana a dar sus clases. Jesús Marchamalo también extrae algunas de estas anécdotas en Delibes en bicicleta, un precioso volumen ilustrado por Antonio Santos que publicó a principios de año la editorial Nórdica.

En la exposición, nos fijamos en el programa de sus clases de Mercantil y en los cuadernos con sus apuntes apretados entre esquemas y mapas. En una fotografía se ve al Delibes profesor sentado en el tablero de su mesa en el estrado; sobre el encerado de la pared cuelga uno de aquellos planos enrollables de la Península Ibérica y sus provincias, que se recortaba contra un fondo azul celeste. “Este es un aspecto poco conocido de Delibes”, comenta Marchamalo. “Estuvo dando clases por las mañanas toda su vida hasta la jubilación, mientras dirigía ‘El Norte de Castilla’ o escribía novelas. Siempre contaba que él empezó a interesarse por la magia de la palabra al leer el ‘Curso de Derecho Mercantil’ de Joaquín Garrigues, tanto le impactó la claridad y exactitud con la que estaba escrito”.

Miguel Delibes en Sedano. Material gráfico. Álbum confeccionado con motivo de la publicación de la obra ‘Trilogía del campo’ (1984/1985). Foto: Fundación Miguel Delibes.

También fue su padre el que inculcó a Delibes su pasión por la caza y la pesca, un tema recurrente que alimentó libros como Diario de un cazador, Las perdices del domingo, Mis amigas las truchas o Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo. “He dicho a menudo que soy un cazador que escribe; es decir, tomé contacto con los elementos fundamentales de la Castilla profunda mediante mis excursiones de cazador y pescador”, escribió. Varios paneles muestran algunas de las fotografías que hizo Francisco Ontañón para El libro de la caza menor, y las de Oriol Maspons para La caza de la perdiz roja, donde Delibes calza botas altas y su característica gorra de campo, y charla con otros cazadores con la escopeta en el brazo y un puñado de perdices colgadas del cinturón. “Gran parte de la obra de Delibes”, comenta Marchamalo mientras estudiamos en una vitrina los diarios de caza en los que anotaba las piezas cobradas, “tiene que ver con el conocimiento del campo, del pueblo, con la cultura natural que adquiere al ir a cazar los fines de semana, hablando con lugareños, sesteando en los campos, aprendiendo palabras nuevas y toponimias de los lugares por donde pasa. Él tenía una idea sostenible de la caza, y denunciaba en sus libros esa otra caza de monterías y safaris”.

Los cielos y las palabras de Castilla

Todo en Delibes está impregnado de campo: el de Valladolid, León, Zamora, Burgos o Soria, el de los paisajes y personas de Las ratas, El camino, La hoja roja, El disputado voto del señor Cayo, Los santos inocentes. El de la tierra y los cielos castellanos donde suceden sus Viejas historias de Castilla la Vieja. Aquí, en una urna donde no observan nada, duermen sus prismáticos junto a una sobada guía de aves y las anotaciones de sus hallazgos: alzacola, buitrón, bigotudo. Delibes salía al campo con una grabadora a aprender el lenguaje de la tierra, quizá a tratar de retener las voces de una España rural que no parecía importarle a nadie, y esa melancolía por un mundo que desaparece también empapa toda su obra como un lamento. Y lo denunció en su atípico discurso de ingreso en la RAE, que hoy podríamos grabar en letras de piedra: “El verdadero progreso no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia”.

La familia Delibes acaba de donar este discurso a la BNE y se muestra aquí junto a las felicitaciones manuscritas enviadas por Cela, Carmen Martín Gaite, Gabriel Celaya, Ana María Matute, Francisco Ayala desde Chicago, o la nota de Vicente Aleixandre, que tenía que responder a su alocución y se excusa por problemas de salud. “Esto te va a encantar”, me dice Marchamalo. “Cuando le nombran académico de la Lengua, llega con un montón de palabras para incluir en el diccionario sobre pájaros, alimañas, trebejos de pesca… pero no le hacen mucho caso y parece que al final deja de ir a la Academia por ese rechazo sistemático de las novedades que aporta. Aunque en la RAE me han contado que de todas formas él siguió mandando cartas durante años con nuevas propuestas”.

La máquina de escribir de Delibes, una Hermes Baby que le regaló Ángeles de Castro cuando se casaron. Foto: Fundación Miguel Delibes.

Manuscritos en papel de periódico

El escritorio de Delibes, iluminado por un foco, flota en el centro de una sala presidida por un retrato donde el escritor mira con un raro aplomo al visitante, apretando entre los dedos su cigarrillo; es una mesa recia de madera oscura toda señalada de golpes, manchas de tinta y quemaduras. A su alrededor hay seis urnas con los manuscritos de sus novelas más conocidas tal como las escribía siempre: a mano, en las cuartillas que sobraban de las bobinas de papel para el periódico, y en cada una la voz de José Sacristán lee sus primeras páginas. “Cada manuscrito cubre más o menos una década”, me explica Marchamalo, “y es muy interesante observar cómo cambia la letra a través del tiempo”. Durante un momento escucho la dicción perfecta de Sacristán leyendo El camino, que es mi favorita, y busco cada palabra que pronuncia sobre el tosco bloque de papeles con borde rasgado, hasta que en algún punto pierdo el hilo en la letra compacta y vertical de Delibes. “No puedo escribir a máquina”, decía, “me parece que las ideas no fluyen. Entre la cabeza y el papel no puedo interponer mecanismos extraños”.

A partir de aquí la exposición ofrece mil curiosidades de su vida literaria: las reseñas y artículos sobre sus libros, como la que escribe Carmen Laforet a propósito de El camino diciendo que es un libro prodigioso; las cartas que cruzó con los escritores de su generación, con quienes además mantenía una buena amistad, como se ve en algunas fotografías: Rosa Chacel, Torrente Ballester, Cela, Gironella, Martín Garzo, Gabriel Celaya, Ayala; su correspondencia con Umbral verá próximamente la luz reunida en un volumen. Además hay notas a Josep Vergés, su editor en Destino, comentando acerca de las tipografías o el diseño de las portadas, señalando erratas o felicitándose por haber pasado la censura. “Toda la vida estuvo luchando contra la censura”, me cuenta Marchamalo. “Durante años, mientras fue director de El Norte de Castilla, era convocado todos los sábados a Madrid por la Dirección General de Prensa para advertirle no solo por lo que publicaba sino también por lo que no publicaba; en aquel tiempo te decían cómo tenías que tratar tal o cual acontecimiento, y él siempre intentó sortearlo hasta que al final le costó el puesto”.

Los libros de viajes

La exposición dedica un aparte al Delibes viajero, una de las facetas más desconocidas del escritor, que volcó las impresiones de su periplo por el continente americano o por Europa en libros como USA y yo o La primavera de Praga, ambientado en los días previos a la llegada de los tanques rusos. También viajó en su propio coche, un Seat 1500 con el que aparece en un par de instantáneas conduciéndolo o limpiándolo armado de esponja y cubo, y que recreó en su libro Dos viajes en automóvil. Las adaptaciones al teatro y al cine de sus obras se muestran en los carteles y en fotografías con los actores en los rodajes, en los libros donde marcaba fragmentos para el guión o hacía dibujos del escenario, y en documentos sorprendentes como su contrato con la Metro Goldwyn Mayer para la traducción de Doctor Zhivago, o una carta que le escribe Charlton Heston. En una nota manuscrita, cuando representaba Cinco horas con Mario, Lola Herrera le dice que Menchu sigue viva en los espectadores.

En una de las vitrinas se exhiben además varias primeras ediciones de sus novelas, abiertas por la página donde Delibes solía escribir una dedicatoria a su mujer o a sus hijos: “Para Ángeles y nuestros hijos este mi libro predilecto. Con un gran abrazo, Miguel”. “Tenía esa costumbre, y cuando en el 74 murió Ángeles, su mujer, siguió dedicándole cada nuevo libro”, dice Marchamalo. Y luego leemos tras el cristal la carta donde Emilio Lledó trata de consolar al autor por su pérdida, pero solo consigue escribir las mismas palabras que Delibes le había dedicado a él al morir su esposa Montse: “…solo se me ocurría copiarte algunos de tus hermosos y solidarios párrafos”; y otra carta donde Julián Marías recuerda a Ángeles de Castro como “esa mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de la vida”.

Delibes recibió numerosos premios por sus obras a lo largo de su trayectoria: doctorados Honoris Causa, Medallas de Oro, Caballero de las Letras Francesas, Premio Nacional de las Letras, Nacional de Narrativa, Fastenrath de la Academia, Príncipe de Asturias, Premio Cervantes… “A partir del 82, los premios se suceden y a veces él bromeaba diciendo: jo, me levanto un lunes y me han dado cinco”, me cuenta Marchamalo, “pero luego se ponía nervioso cada vez que tenía que hablar ante un auditorio, como se ve en las imágenes de la ceremonia del Cervantes, colocando con torpeza los papeles, bebiendo agua; su hijo Miguel llevaba una copia del discurso por si él se trababa leyendo”.

Una obra inmensa de más de 50 títulos

Al final de la exposición hay un panel con una sucesión de largas piezas perfectamente alineadas como si fueran cantos de libros, que repasan año a año todos los títulos de Delibes y dan algún dato curioso, como que el manuscrito de Señora de rojo sobre fondo gris constaba de 144 cuartillas de papel de periódico y otras 47 de un papel más oscuro, escritas como siempre con pluma estilográfica. “Es una obra inmensa”, señala Marchamalo, “alrededor de 50 títulos; y digo alrededor porque también hay relatos, artículos, obras que no son solo un libro y libros que son varias obras distintas”. Y los dos permanecemos un rato admirando la dilatada perspectiva que forman las piezas de toda una vida dedicada a la palabra. “¿Sabes lo que les dije el otro día a los Reyes cuando salíamos de ver la exposición?”, me comenta de pronto señalando el panel. “Pues mientras lo contemplaban asombrados les dije: por todo esto estamos aquí”.

DELIBES’. En la Biblioteca Nacional de España, Madrid. Hasta el 15 de noviembre.

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